Aquí se irán publicando las escenas de rol tanto de trama principal, como las que querais publicar los jugadores. Debido a la naturaleza de este foro, si se admite contenido NSFW.
La Costa del Sol despertaba con la tranquilidad engañosa de cualquier lunes de Verano.
El Mediterráneo respiraba con un vaivén pausado contra el espigón del puerto deportivo de Estepona, mientras las primeras terrazas levantaban sus persianas metálicas y el aroma del café recién molido comenzaba a mezclarse con la brisa salada. Turistas madrugadores recorrían el paseo marítimo con ropa deportiva. Los pescadores regresaban lentamente después de una noche en alta mar. Los jardineros municipales regaban las macetas rebosantes de buganvillas que daban fama al casco histórico.
Todo parecía normal.
Tan normal que nadie habría imaginado que, detrás de los cristales tintados de algunos edificios, se cerraban acuerdos capaces de mover millones de euros antes incluso de que la ciudad terminara de desayunar.
Esepona siempre había sabido esconder muy bien sus secretos.
Mía abrió los ojos sobresaltada.
No fue un grito lo que la despertó.
Fue el silencio.
Permaneció inmóvil durante unos segundos, intentando distinguir si el corazón le latía con fuerza por culpa del sueño o porque todavía seguía dentro de él.
El techo blanco de su habitación sustituyó lentamente la imagen que había ocupado su mente unos instantes antes.
Un despacho.
Una inmensa cristalera.
El reflejo del mar.
Y un hombre vestido completamente de negro observándola desde el otro extremo de la estancia.
Ni una palabra.
Solo aquellos ojos grises imposibles de olvidar.
Se incorporó despacio sobre la cama y dejó escapar un largo suspiro.
—Otra vez...
Se llevó ambas manos al rostro.
No era la primera vez que soñaba con Kai Sterling.
Y aquello empezaba a parecerle absurdo.
Ni siquiera lo conocía.
Bueno...
Conocerlo era una forma muy optimista de describir lo ocurrido entre ellos años atrás.
Habían coincidido una única vez.
Ni siquiera habían intercambiado una conversación.
Sin embargo, aquella imagen permanecía grabada en su memoria con una precisión incómoda.
Una calle mal iluminada.
Lluvia.
Sirenas a lo lejos.
Un hombre tendido sobre el asfalto.
Y otro permaneciendo inmóvil.
No huyendo.
No celebrando.
Simplemente observando el resultado de una pelea que nadie se había atrevido a detener.
Kai Sterling.
Aquel muchacho del que todos hablaban en Estepona.
El estudiante brillante.
El heredero de una familia respetada.
El joven cuya vida había cambiado para siempre después de perder a sus padres.
Mía tenía dieciséis años cuando lo vio por primera vez.
Nunca olvidó la expresión de su rostro.
No era rabia.
No era miedo.
Era cansancio.
Como si ya hubiera vivido demasiado para alguien tan joven.
Sacudió la cabeza.
No pensaba empezar el día recordando a un hombre al que probablemente jamás volvería a cruzarse.
Se levantó de la cama y abrió la ventana.
La luz dorada del amanecer inundó inmediatamente la habitación.
Desde el tercer piso del edificio podía escuchar el murmullo del barrio despertando poco a poco.
El panadero saludaba a una vecina.
Una motocicleta atravesó la calle.
En la plaza cercana comenzaron a cantar las primeras gaviotas.
Aquella rutina tenía algo reconfortante.
Le recordaba que, por mucho que el mundo cambiara, siempre existirían lugares donde la vida continuaba exactamente igual.
Hasta que entró en la cocina.
Su madre ya estaba sentada frente a la mesa.
No desayunaba.
Observaba una libreta abierta.
Un bolígrafo descansaba entre sus dedos.
Había tachado varias cifras.
Otras permanecían rodeadas por círculos rojos.
Mía no necesitó preguntar.
Conocía aquella libreta.
Era donde Rosa anotaba cada ingreso y cada gasto desde hacía años.
Y las cuentas llevaban semanas dejando de cuadrar.
—Buenos días, mamá.
Rosa levantó la vista e intentó sonreír.
—Buenos días, cariño.
Fue una sonrisa breve.
Demasiado breve.
Mía abrió la nevera.
Quedaba medio cartón de leche.
Un yogur.
Mantequilla.
Poco más.
Preparó dos cafés en silencio antes de sentarse frente a su madre.
—¿Ha ido mal este mes?
Rosa soltó el aire lentamente.
—Peor de lo que esperaba.
Empujó la libreta hacia ella.
Mía recorrió las cifras sin decir nada.
Uno de los empleos de limpieza había terminado tras el fallecimiento de la propietaria.
El otro desapareció cuando la familia decidió vender la vivienda y mudarse a Málaga.
Solo quedaba una casa.
La de doña Inés.
—Con esto no llegamos al verano —admitió Rosa con serenidad, aunque el cansancio alrededor de sus ojos decía mucho más que sus palabras.
Mía cerró la libreta despacio.
Llevaba meses buscando un trabajo que pudiera compatibilizar con la universidad.
Había enviado currículos.
Solicitado entrevistas.
Respondido ofertas.
La mayoría exigía experiencia.
Las demás ofrecían horarios incompatibles con las clases.
Comenzaba a preguntarse si realmente existía un lugar para alguien que todavía intentaba construir su futuro.
—Encontraré algo.
Rosa la observó durante unos segundos.
—Lo sé.
Pero ambas sabían que encontrar trabajo en la Costa del Sol, incluso con idiomas y estudios, era mucho más complicado de lo que parecía desde fuera.
Aquella misma mañana, a pocos kilómetros del barrio donde vivía Mía, el ascensor privado del edificio Katábasis ascendía lentamente hasta la última planta.
Las puertas se abrieron sin emitir un solo sonido.
Kai Sterling salió acompañado únicamente por el director jurídico del grupo.
Los enormes ventanales ofrecían una vista privilegiada del Mediterráneo.
Desde allí podía verse casi toda la bahía.
Durante unos segundos ninguno habló.
Kai dejó una carpeta sobre la mesa de reuniones.
—¿La cancelación?
—Confirmada.
—¿Y la sustituta?
El abogado negó con la cabeza.
—Las dos traductoras externas rechazaron el contrato.
Kai frunció ligeramente el ceño.
—¿Motivo?
—Dicen que las reuniones requieren demasiada disponibilidad. Una ha aceptado un puesto en Bruselas y la otra se incorpora a una consultora en Madrid.
Kai permaneció pensativo.
En apenas tres días debía recibir a una delegación italiana interesada en una operación inmobiliaria de gran importancia para el grupo.
Necesitaba una traductora.
No dentro de un mes.
Ahora.
El abogado abrió otra carpeta.
—Doña Inés llamó ayer por la tarde.
Kai levantó la mirada.
—¿Mi abuela?
—Quiere recomendar a una estudiante de Administración. Habla italiano e inglés con fluidez. Dice que es responsable y que lleva años ayudando ocasionalmente a su madre cuando limpia la casa.
Kai permaneció unos segundos en silencio.
Después cerró la carpeta.
—Concertad una entrevista.
Nada más.
No imaginaba que aquella decisión, tomada en menos de diez segundos, cambiaría el rumbo de su vida.
Y tampoco podía saber que, al otro lado de la ciudad, la joven cuyo nombre acababa de escuchar seguía convencida de que Kai Sterling nunca volvería a cruzarse en su camino.
Los dos estaban equivocados.
El reloj de la iglesia de Los Remedios acababa de marcar las nueve cuando el casco histórico de Estepona terminó de despertar por completo.
El verano había transformado la ciudad en un mosaico de idiomas. En apenas unos metros podían escucharse conversaciones en español, inglés, alemán, francés e italiano. Las terrazas comenzaban a llenarse de turistas que buscaban refugio bajo los toldos blancos, mientras los comerciantes abrían sus puertas con la resignación de quienes sabían que el calor del mediodía convertiría las calles en un espejo de luz.
Mía caminaba entre ellas con paso firme.
Llevaba una carpeta de cuero apoyada contra el costado y una botella de agua en la mano. Vestía una blusa blanca de lino de mangas remangadas, unos pantalones beige de cintura alta y unas sandalias de cuero color miel. Era una combinación sencilla, pero resaltaba la armonía natural de su figura.
Su estatura era media, aunque cualquiera habría jurado que era más alta. No era cuestión de centímetros, sino de la forma en que caminaba: espalda recta, hombros relajados y la cabeza siempre erguida, como quien había aprendido desde niña a mirar de frente sin desafiar a nadie. Había en ella una elegancia espontánea, imposible de fabricar, mezclada con una energía luminosa que parecía pertenecer al propio paisaje mediterráneo.
El sol de julio arrancaba destellos cobrizos de su melena castaña. El cabello, aclarado por años de salitre y veranos interminables, caía en capas desenfadadas alrededor de un rostro de facciones armónicas. Sus ojos color avellana recorrían cuanto ocurría a su alrededor con una atención constante; bajo unas cejas pobladas y naturales, aquella mirada adquiría una intensidad felina que contrastaba con la sonrisa abierta que regalaba al cruzarse con los vecinos del barrio.
No caminaba deprisa.
Observaba.
Una costumbre que había desarrollado desde pequeña.
Notó que la florista había cambiado las macetas de geranios por hortensias debido al calor. El dueño de la librería había sustituido el escaparate dedicado a novelas históricas por uno lleno de guías de viaje. Incluso el camarero de la cafetería de la esquina, siempre impecable, llevaba la manga izquierda ligeramente remangada para ocultar un vendaje reciente.
Pequeños detalles.
La mayoría de las personas jamás los habría advertido.
Ella sí.
Llegó frente a una casa de fachada blanca adornada con macetas de barro azul.
Golpeó suavemente la puerta.
No tardó en escuchar unos pasos pausados.
—Ya voy.
La voz conservaba una calidez inconfundible.
La puerta se abrió.
—Buenos días, doña Inés.
—Buenos días, hija.
Doña Inés rondaba los setenta y cinco años. Su cabello completamente blanco estaba recogido en un moño bajo y vestía con la elegancia discreta de quien nunca había necesitado demostrar su posición económica. Una blusa de algodón celeste, pantalón claro y un collar de perlas pequeñas bastaban para transmitir una dignidad natural.
Su sonrisa se amplió al verla.
—Pasa. Hace demasiado calor para quedarse en la puerta.
Mía obedeció.
El interior de la vivienda conservaba una agradable frescura. Las gruesas paredes de piedra protegían del calor exterior, mientras el aroma a jazmín entraba desde un patio andaluz donde una pequeña fuente dejaba caer el agua con un murmullo constante.
—¿Tu madre cómo está?
—Bien... aunque preocupada.
Doña Inés asintió despacio.
No necesitó más explicaciones.
Conocía a Rosa desde hacía más de veinte años.
También sabía que ambas atravesaban un momento complicado.
Las dos se sentaron junto a una mesa redonda de madera.
—¿Te apetece un café?
—Encantada.
Mientras la cafetera comenzaba a hervir, la anciana observó a la joven de reojo.
Había visto crecer a Mía.
La recordaba entrando en aquella casa con apenas ocho años, ayudando a su madre a limpiar los cristales mientras hacía preguntas sobre cada libro de la biblioteca.
Con los años las preguntas cambiaron.
Primero fueron sobre idiomas.
Después sobre economía.
Más tarde sobre empresas familiares, inversiones y derecho mercantil.
Nunca había conocido a una muchacha con semejante curiosidad.
Regresó con dos tazas.
—Rosa me contó que sigues buscando trabajo.
Mía bajó ligeramente la vista hacia el café.
—Sí.
—¿Nada todavía?
Negó con una sonrisa resignada.
—Hay ofertas, pero todas piden experiencia o jornadas completas. Si acepto una de esas tendría que abandonar la universidad.
—Y no vas a hacerlo.
—No.
La respuesta salió inmediata.
—Me ha costado demasiado llegar hasta aquí.
Doña Inés sonrió con satisfacción.
Esperaba exactamente esa respuesta.
Permaneció unos segundos en silencio antes de hablar.
—Quizá pueda ayudarte.
Mía levantó la vista.
La anciana entrelazó las manos sobre la mesa.
—Ayer hablé con mi nieto.
Mía no reaccionó.
No porque no supiera quién era.
Sino porque aquel apellido llevaba años sin pronunciarse en aquella casa.
Sterling.
Doña Inés continuó.
—Necesita incorporar temporalmente a una traductora.
La joven frunció ligeramente el ceño.
—¿Traductora?
—Sí.
Tiene varias reuniones con inversores italianos y británicos durante las próximas semanas. Su equipo habitual no puede atenderlas y necesita a alguien que domine los idiomas.
Mía permaneció pensativa.
—Yo nunca he trabajado como traductora profesional.
—Pero hablas italiano.
—Sí.
—E inglés.
—También.
—Y estás estudiando Administración de Empresas.
Mía asintió.
—Entonces reúnes exactamente el perfil que buscan.
La joven apoyó ambas manos alrededor de la taza.
—No creo que una empresa como Sterling Holdings contrate a una estudiante sin experiencia.
Doña Inés dejó escapar una pequeña risa.
—No seas tan rápida descartándote.
—Intento ser realista.
—Precisamente por eso pensé en ti.
Aquella respuesta la desconcertó.
—¿Por qué?
La anciana la miró con una mezcla de orgullo y serenidad.
—Porque llevas toda la vida creyendo que todavía no estás preparada.
Hizo una pausa.
—Y llevas exactamente el mismo tiempo demostrándome lo contrario.
Mía guardó silencio.
No estaba acostumbrada a recibir elogios.
Prefería los hechos.
Doña Inés abrió un pequeño cuaderno que descansaba sobre la mesa.
En una de las páginas había anotado una dirección.
**Katábasis.**
El nombre estaba escrito con una caligrafía impecable.
Debajo figuraban una fecha y una hora.
—Mañana a las diez.
La joven observó el papel.
El nombre le resultaba familiar.
Demasiado familiar.
No porque hubiera estado allí.
Sino porque llevaba años apareciendo en revistas económicas, artículos de prensa y conversaciones ocasionales entre empresarios de la zona.
Katábasis era uno de los proyectos más ambiciosos de Sterling Holdings.
Un complejo empresarial que reunía oficinas corporativas, salas de conferencias, un restaurante de alta cocina y un exclusivo club privado. Para la mayoría de los ciudadanos representaba el símbolo del crecimiento económico de Estepona y de la transformación de la Costa del Sol en un destino internacional para los negocios.
Nunca se había imaginado cruzando aquellas puertas.
—No tienes ninguna obligación de aceptar.
La voz de doña Inés interrumpió sus pensamientos.
—Solo quiero que tengas la oportunidad de presentarte.
Mía respiró hondo.
Miró nuevamente la dirección.
Después levantó la vista.
—¿Cómo es él?
La anciana comprendió inmediatamente a quién se refería.
Sonrió con cierta melancolía.
—Esa pregunta es mucho más difícil de responder de lo que imaginas.
—Todo el mundo habla de Kai Sterling.
—Precisamente por eso prefiero que formes tu propia opinión.
Hubo un breve silencio.
Finalmente añadió con absoluta serenidad:
—Solo puedo decirte una cosa.
Mi nieto lleva muchos años cargando con una reputación que no siempre cuenta la historia completa.
Mía dobló cuidadosamente el papel y lo guardó dentro de su carpeta.
Mientras abandonaba la casa unos minutos más tarde, el sol caía ya con fuerza sobre las calles encaladas de Estepona.
No sabía si aquella entrevista cambiaría algo.
Solo pensaba acudir, responder unas cuantas preguntas y regresar a casa.
Ignoraba que, al mismo tiempo, en la última planta de Katábasis, Kai Sterling acababa de recibir su agenda del día siguiente.
Entre todas las reuniones previstas, una ocupaba apenas una línea.
**10:00 h — Entrevista con candidata recomendada por D.ª Inés.**
No había fotografía.
Solo un nombre.
**Mía Romero.**
Kai leyó aquella línea una única vez antes de cerrar la carpeta.
Para él, no era más que una entrevista de trabajo.
Todavía no podía imaginar que aquella decisión administrativa sería el primer movimiento de una historia que alteraría el equilibrio que llevaba años construyendo.
A las nueve y cuarenta y cinco de la mañana, el calor ya comenzaba a elevarse desde el pavimento del puerto de Estepona.
El cielo lucía limpio, de un azul intenso propio de los primeros días de Agosto. Los yates permanecían inmóviles sobre un mar apenas agitado por una brisa cálida que llevaba consigo el olor a sal y combustible. Turistas con sombreros de ala ancha caminaban junto a empresarios vestidos con trajes de lino, mientras camareros ultimaban los preparativos para el servicio del mediodía.
Mía descendió del autobús unos metros antes del complejo.
Durante unos segundos permaneció observándolo.
Katábasis no se parecía a ningún club nocturno que hubiera imaginado.
Era un edificio contemporáneo de piedra caliza clara, acero y enormes paneles de cristal ahumado que reflejaban el Mediterráneo. No había carteles llamativos ni luces de neón. Una discreta placa de bronce, junto a la entrada principal, mostraba únicamente el logotipo de Sterling Holdings y, debajo, el nombre Katábasis Corporate Center.
Era un edificio pensado para transmitir prestigio.
No extravagancia.
Respiró hondo antes de cruzar las puertas automáticas.
El vestíbulo estaba inundado por luz natural. El suelo de mármol crema reflejaba los rayos del sol que atravesaban un atrio de cuatro plantas. Varias personas caminaban con portátiles bajo el brazo. Otras conversaban en distintos idiomas mientras una recepcionista organizaba acreditaciones para una conferencia empresarial.
Nada en aquel lugar coincidía con la imagen que muchos habitantes de Estepona tenían del edificio.
Todo desprendía profesionalidad.
—Buenos días.
La recepcionista sonrió con cordialidad.
—¿En qué puedo ayudarla?
—Tengo una entrevista a las diez con el señor Sterling.
La mujer consultó la pantalla de su ordenador.
—Mía Méndez Aguilar.
—Sí.
—La estábamos esperando.
Le entregó una acreditación temporal.
—La señorita Ángela Ruiz la acompañará.
Apenas terminó de hablar apareció una mujer de unos cuarenta años.
Vestía un traje azul marino impecable y llevaba una tableta electrónica entre las manos.
—Buenos días, Mía.
—Buenos días.
—Soy Ángela Ruiz, directora de Recursos Humanos.
La sonrisa de Ángela era amable sin perder la formalidad.
—¿Le apetece un café o un vaso de agua antes de empezar?
Aquella pregunta relajó ligeramente la tensión que Mía llevaba acumulando desde que salió de casa.
—Agua, por favor.
Mientras caminaban hacia una sala de reuniones acristalada, Ángela rompió el hielo.
—Doña Inés habla mucho de usted.
Mía sonrió.
—Espero que solo haya contado cosas buenas.
—No suele equivocarse con las personas.
Aquella respuesta le produjo una mezcla de orgullo y responsabilidad.
La sala era amplia y luminosa. Desde allí se veía el puerto deportivo.
Ángela esperó a que ambas tomaran asiento.
—Antes de que llegue el señor Sterling, me gustaría conocer un poco más sobre usted.
Mía asintió.
La entrevista comenzó con naturalidad.
—Hábleme de su formación.
—Estoy cursando el último año del grado en Administración y Dirección de Empresas. Desde pequeña me han interesado la organización empresarial y la economía. También he dedicado bastante tiempo al aprendizaje de idiomas.
—¿Qué idiomas domina?
—Español como lengua materna, inglés e italiano con fluidez. Además estoy empezando a estudiar francés por mi cuenta.
Ángela levantó ligeramente las cejas.
—¿Por qué francés?
—Porque muchas empresas familiares españolas mantienen relaciones comerciales con Francia e Italia. Creo que será útil en el futuro.
La directora tomó algunas notas.
—¿Ha trabajado antes como traductora?
—Profesionalmente, no.
—Entonces, ¿qué experiencia tiene?
Mía respondió sin intentar exagerar su currículum.
—He colaborado traduciendo documentación académica para profesores de la universidad, he acompañado a turistas italianos en actividades organizadas por el ayuntamiento durante dos veranos y, ocasionalmente, he ayudado a pequeñas empresas familiares con correos electrónicos y videollamadas comerciales.
Ángela sonrió.
—Me gusta que haya respondido exactamente a lo que le pregunté.
Mía la observó con curiosidad.
—Muchas personas convierten una entrevista en una competición para parecer más de lo que son.
—No creo que eso funcione durante mucho tiempo.
—Coincido.
La conversación continuó durante varios minutos.
Hablaron sobre disponibilidad.
Organización.
Trabajo bajo presión.
Confidencialidad.
Capacidad para preparar documentación antes de reuniones internacionales.
En ningún momento hubo preguntas capciosas.
Todo resultaba sorprendentemente cercano.
Cuando terminaron, Ángela cerró la tableta.
—Gracias, Mía.
Ha sido un placer conocerla.
Justo entonces llamaron suavemente a la puerta.
—Adelante.
Entró un hombre de unos cincuenta años.
—El señor Sterling ya está disponible.
Ángela se puso de pie.
—A partir de aquí continuará la entrevista con él.
Mía sintió un leve cosquilleo en el estómago.
No era miedo.
Era la incertidumbre de quien está a punto de conocer a alguien sobre quien ha escuchado demasiadas versiones distintas.
El despacho ocupaba una esquina completa de la última planta.
Las paredes combinaban madera de nogal con piedra clara.
No había ostentación.
Solo orden.
Una gran biblioteca cubría uno de los muros.
Historia.
Economía.
Derecho internacional.
Arte.
Geopolítica.
Biografías.
Todo perfectamente clasificado.
La cristalera permitía contemplar el Mediterráneo extendiéndose hasta el horizonte.
Kai Sterling permanecía de pie junto a la ventana revisando una carpeta.
Al escuchar la puerta levantó la vista.
Durante un instante ninguno habló.
Mía comprendió inmediatamente por qué resultaba imposible pasar inadvertido.
Era un hombre alto, cercano al metro noventa, de complexión atlética y hombros anchos. El traje gris marengo parecía confeccionado para él con absoluta precisión. El cabello negro, cuidadosamente peinado hacia atrás, dejaba ver una discreta cicatriz junto a la ceja izquierda. La barba corta acentuaba una mandíbula firme y un rostro sereno, mientras unos ojos gris acero la observaban con una calma que no intimidaba por dureza, sino por la sensación de que nada escapaba a su atención.
Kai, por su parte, tardó apenas unos segundos en relacionar el nombre de la carpeta con la joven que tenía delante.
Comprendió por qué su abuela había insistido tanto.
La fotografía del currículum no le hacía justicia.
La luz del verano arrancaba reflejos cobrizos de la melena castaña de Mía. Su postura erguida transmitía una seguridad tranquila, sin arrogancia. Sus ojos color avellana permanecían atentos, curiosos, analizando el despacho con la misma discreción con la que ahora lo observaban a él.
No parecía nerviosa.
Tampoco intentaba impresionarlo.
Aquello llamó inmediatamente su atención.
Kai rodeó la mesa.
—Buenos días, señorita Méndez.
—Buenos días, señor Sterling.
Él le ofreció la mano.
El apretón fue firme por ambas partes.
—Gracias por venir.
—Gracias por recibirme.
Kai señaló una de las butacas.
—Por favor.
Cuando ambos estuvieron sentados, abrió el expediente.
—Mi directora de Recursos Humanos me ha hablado muy bien de usted.
—Ha sido muy amable conmigo.
—No suele ser amable.
Suele ser objetiva.
Aquella respuesta arrancó una leve sonrisa a Mía.
Kai la percibió.
Era una sonrisa espontánea.
No estratégica.
Cerró la carpeta.
—Voy a hacerle solo unas cuantas preguntas.
No me interesa memorizar un currículum. Prefiero conocer a las personas.
Mía asintió.
—¿Por qué estudió Administración?
Ella reflexionó unos segundos antes de responder.
—Porque me gusta entender cómo funcionan las organizaciones. Siempre he pensado que detrás de una empresa hay personas, y detrás de las personas siempre hay decisiones.
Kai permaneció en silencio.
Era una respuesta poco habitual.
—¿Y los idiomas?
—Por curiosidad.
Cuando entiendes el idioma de alguien también entiendes mejor su forma de pensar.
Aquella frase captó completamente su atención.
—¿Cree que traducir consiste únicamente en cambiar palabras?
—No.
Traducir consiste en interpretar la intención del mensaje sin traicionar a quien lo emite.
Kai entrelazó las manos.
—Interesante.
Hizo una breve pausa.
—Suponga que durante una reunión un empresario italiano hace un comentario ambiguo. Literalmente significa una cosa, pero culturalmente puede interpretarse de otra. ¿Qué haría?
—Depende del contexto.
—Explíquese.
—Si la ambigüedad es deliberada, la mantendría. No me corresponde modificar la intención del hablante. Si la ambigüedad nace de una diferencia cultural que puede generar un malentendido comercial, la aclararía antes de traducir.
Kai no respondió inmediatamente.
Aquella era exactamente la respuesta que esperaba escuchar.
La mayoría de los candidatos anteriores habían hablado de gramática.
Ella hablaba de comunicación.
Guardó unos segundos de silencio.
Después formuló una última pregunta.
—¿Qué espera obtener de este trabajo?
Mía sostuvo su mirada.
—Experiencia.
Aprender.
Y demostrar que una oportunidad bien aprovechada vale más que un currículum lleno de promesas.
Kai asintió muy despacio.
Por primera vez desde que comenzó la entrevista, dejó de mirar el expediente.
Ahora observaba únicamente a la persona que tenía delante.
Y, sin saber exactamente por qué, tuvo la impresión de que aquella joven iba a cambiar mucho más que la agenda de reuniones prevista para el verano.
Más allá de las leyendas.
Punto de vista: Mía & Kai.
Cuando las puertas de cristal de Katábasis se cerraron a su espalda, el aire cálido de agosto volvió a envolver a Mía Méndez Aguilar.
Durante unos instantes permaneció inmóvil sobre la explanada del puerto deportivo.
El sol caía con fuerza sobre el mármol claro de los edificios, obligando a los transeúntes a buscar la sombra de las palmeras. A unos metros, una pareja de turistas italianos discutía frente a un plano de la ciudad. Más allá, el tintinear de los mástiles de los veleros acompañaba el rumor constante del Mediterráneo.
Todo seguía exactamente igual que una hora antes.
Solo ella sentía que algo había cambiado.
Comenzó a caminar sin rumbo fijo por el paseo del puerto, dejando que la brisa marina suavizara el calor que todavía conservaba en la piel.
Necesitaba ordenar sus pensamientos.
Y, por primera vez en mucho tiempo, no lo estaba consiguiendo.
Había imaginado aquella entrevista de decenas de maneras distintas.
En todas ellas, Kai Sterling era inaccesible.
Frío.
Autoritario.
Un hombre acostumbrado a intimidar con una sola mirada.
Sin embargo...
No había encontrado nada de eso.
Recordó cómo se había levantado para estrecharle la mano.
Cómo había esperado pacientemente cada una de sus respuestas sin interrumpirla.
Cómo formulaba las preguntas sin intención de ponerla en evidencia.
Ni una sola vez sintió que buscara demostrar quién tenía el poder en aquella sala.
Aquello no encajaba.
No con las historias que llevaba escuchando desde la adolescencia.
Se detuvo frente al mar.
El agua reflejaba miles de destellos plateados bajo el sol.
—¿Quién eres realmente...? —murmuró casi sin darse cuenta.
La pregunta se perdió entre el sonido de las olas.
Desde pequeña había escuchado hablar de Kai Sterling como si fuera un personaje imposible de comprender.
Cada persona contaba una versión distinta.
Para unos era un empresario brillante.
Para otros, un delincuente al que nadie conseguía demostrarle nada.
Había quienes aseguraban que controlaba media Costa del Sol.
Otros decían que era un hombre despiadado.
Y luego estaba aquella noche.
La única imagen real que conservaba de él.
La lluvia.
La sangre.
Las luces azules de una ambulancia acercándose.
Kai permaneciendo inmóvil en mitad de la calle.
Aquella escena había permanecido intacta durante años.
Hasta esa mañana.
Porque ahora, inevitablemente, otra imagen comenzaba a ocupar el mismo espacio.
Kai ofreciéndole asiento.
Kai preguntándole por qué había elegido estudiar Administración.
Kai escuchando más de lo que hablaba.
Dos recuerdos.
Dos hombres.
Y ninguno parecía pertenecer al mismo rostro.
Continuó caminando.
Al pasar junto a una cafetería, el aroma del café recién molido despertó otro recuerdo.
El sueño.
La noche anterior.
Volvió a verlo con una claridad inquietante.
El despacho.
La ventana.
La luz entrando desde el mar.
La voz grave.
"No deberías estar aquí."
Mía cerró los ojos un instante.
Qué tontería.
Era imposible que una entrevista de trabajo tuviera algo que ver con un sueño.
Sin embargo...
Los ojos eran exactamente los mismos.
No el color.
La expresión.
En el sueño tampoco había visto odio.
Había visto cansancio.
Como si aquel hombre llevara demasiado tiempo soportando un peso que nadie más podía comprender.
Abrió los ojos de golpe.
Negó con la cabeza.
—Estás perdiendo el juicio.
Se obligó a reír.
Relacionar un sueño con un desconocido era una estupidez.
Mucho más cuando ese desconocido era Kai Sterling.
A varios pisos de altura, en el despacho que acababa de abandonar, Kai permanecía de pie frente al ventanal.
No miraba el puerto.
Sostenía el currículum de Mía entre las manos.
La puerta se abrió discretamente.
Ángela Ruiz entró sin hacer ruido.
—¿Alguna impresión?
Kai no respondió enseguida.
Volvió a cerrar la carpeta.
—Sí.
—¿Buena o mala?
—Interesante.
Ángela sonrió.
Aquella palabra, en boca de Kai, equivalía casi a un elogio.
—¿Qué le ha parecido?
Él caminó lentamente hasta la mesa.
—No intenta impresionar.
—Eso mismo pensé.
—Responde únicamente lo que se le pregunta.
No exagera.
No improvisa.
Si no sabe algo, lo reconoce.
Ángela asintió.
—Tiene una forma muy particular de escuchar.
Kai levantó la vista.
—¿También lo notó?
—Sí.
Antes de responder parece ordenar las ideas.
No contesta por impulso.
Kai apoyó ambas manos sobre la mesa.
Era exactamente eso lo que llevaba varios minutos intentando definir.
No era brillante únicamente por los idiomas.
Había algo más.
Escuchaba.
De verdad.
Y eso era cada vez menos frecuente.
—Hay otro detalle —añadió Ángela.
Kai la observó.
—Mientras esperaba, estuvo mirando el vestíbulo.
—¿Y?
—Pensé que estaba nerviosa.
Pero cuando le pregunté después qué le había parecido el edificio...
Me dijo que la empresa debía tener un departamento jurídico grande.
Kai frunció ligeramente el ceño.
—¿Cómo lo supo?
—Porque había visto entrar y salir demasiadas personas llevando el mismo tipo de carpetas procesales.
También dedujo que hoy había una conferencia internacional porque escuchó hablar tres idiomas distintos en menos de cinco minutos.
Kai permaneció completamente inmóvil.
Aquello ya no era simple capacidad de observación.
Era otra cosa.
—Observa demasiado.
Ángela sonrió.
—¿Eso es un problema?
Kai tardó unos segundos en responder.
Miró nuevamente hacia el puerto.
Precisamente allí caminaba Mía sin saber que él seguía contemplando el horizonte.
—Todavía no.
Pero si trabaja aquí...
Terminó la frase únicamente en su cabeza.
"Tarde o temprano empezará a hacer preguntas."
Y él llevaba demasiados años intentando mantener a las personas inocentes lejos de las respuestas.
Mía llegó caminando hasta el extremo del puerto.
Sacó el teléfono móvil.
Su madre respondió casi al instante.
—¿Qué tal ha ido?
Mía sonrió sin darse cuenta.
No era una sonrisa de euforia.
Era de desconcierto.
—No lo sé.
Hubo un breve silencio al otro lado.
—¿Cómo que no lo sabes?
Ella apoyó los codos sobre la barandilla mientras observaba el mar.
—Solo sé una cosa.
—¿Cuál?
Mía tardó unos segundos en responder.
—Kai Sterling no se parece en nada al hombre que imaginaba conocer.
Muy lejos, en la última planta de Katábasis, Kai cerraba la carpeta de aquella entrevista pensando exactamente lo mismo.
Mía tampoco se parecía a ninguna de las personas que él esperaba encontrar para aquel puesto.
Dos mundos distintos.
El reloj del puerto marcaba las doce y media cuando Mía Méndez Aguilar dobló la esquina que conducía al casco antiguo de Estepona.
El calor había transformado las calles en un escenario de luz blanca donde las fachadas encaladas devolvían el resplandor del sol. Bajo las buganvillas fucsias que colgaban de los balcones, los turistas buscaban la sombra mientras los camareros recorrían las terrazas cargando bandejas repletas de gazpacho, pescaito frito y jarras de cerveza helada.
Mía caminaba despacio.
La carpeta con su currículum seguía bajo el brazo.
Había pasado casi dos horas desde que salió de Katábasis.
Y seguía pensando exactamente en lo mismo.
---
—¡Ahí está!
Una voz masculina la sacó de sus pensamientos.
Giró la cabeza.
Una mano se agitaba desde la terraza del Bar La Escollera.
Ilyan Aranda.
Apenas lo vio sonreír comprendió que sería imposible seguir caminando sin detenerse.
—Sabía que eras tú —gritó él levantándose de la silla.
Era alto, desgarbado y de cabello oscuro siempre ligeramente despeinado, como si el viento hubiera decidido instalarse permanentemente sobre su cabeza. Vestía una camiseta de algodón azul claro salpicada de pequeñas manchas de pintura que probablemente llevaría sin darse cuenta desde hacía días.
A su lado ya estaban sentados Caelan, Ysabeau y Amara.
—Ven.
Te estamos guardando sitio.
Mía terminó sonriendo.
—Solo cinco minutos.
—Eso dicen todos.
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Cinco minutos después tenía delante un vaso de limonada con hielo.
—Ahora sí.
Habla.
Ilyan apoyó los codos sobre la mesa.
—¿Cómo fue?
Mía dio un pequeño sorbo antes de responder.
—Bien.
Los cuatro intercambiaron miradas.
Caelan fue el primero en romper el silencio.
—Esa respuesta significa que pasó algo.
El joven irlandés hablaba un español impecable, aunque conservaba un ligero acento heredado de su padre. Siempre parecía tranquilo, incluso cuando todos los demás discutían.
Ysabeau cruzó los brazos.
—Estoy de acuerdo.
Cuando dices "bien" normalmente quieres decir "todavía no sé qué pensar".
Amara soltó una risa.
—La conocemos demasiado.
Mía negó con la cabeza.
—No pasó nada extraordinario.
—Entonces cuéntalo igualmente.
Ilyan acercó todavía más la silla.
—Necesito cotilleo para sobrevivir al verano.
Ysabeau le dio un suave golpe en el brazo.
—¿Puedes dejar de dramatizar cinco minutos?
—No.
Es parte de mi personalidad.
Caelan intervino sin levantar apenas la voz.
—No.
Forma parte de tu incapacidad para permanecer callado.
Las risas aparecieron inmediatamente.
Amara levantó el vaso.
—Por fin alguien se lo dice.
Ilyan fingió indignación.
—Traidores.
Todos.
Mía los observó divertida.
Aquel tipo de conversaciones siempre terminaban igual.
Cinco minutos hablando del tema importante.
Quince burlándose unos de otros.
Y, curiosamente, era precisamente eso lo que más echaba de menos cuando estaban ocupados con exámenes.
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—Bueno.
¿Y?
Insistió Ysabeau.
—¿Cómo es Kai Sterling?
La pregunta hizo que la conversación desapareciera de golpe.
Incluso Ilyan dejó de bromear.
Mía permaneció unos segundos pensando.
No sabía cómo responder.
Porque ninguna palabra parecía suficiente.
—No lo sé.
Ilyan abrió mucho los ojos.
—Otra vez esa respuesta.
—Es que es verdad.
Amara apoyó la barbilla sobre la mano.
—¿Te dio miedo?
Mía negó inmediatamente.
—No.
—¿Fue antipático?
—No.
—¿Prepotente?
—Tampoco.
Caelan la observaba en silencio.
Él sí esperaba.
Sabía que Mía terminaba encontrando las palabras.
Ella dejó lentamente el vaso sobre la mesa.
—Simplemente...
No era el hombre que esperaba conocer.
Los cuatro permanecieron atentos.
—Escuchaba mucho.
Hablaba poco.
No levantó la voz ni una sola vez.
No intentó hacerme sentir inferior por no tener experiencia.
Ysabeau arqueó una ceja.
—Eso no encaja con todo lo que se dice de él.
—Lo sé.
—¿Y ahora qué piensas?
Mía miró unos segundos hacia el puerto.
—Que una de las dos versiones está equivocada.
Ilyan sonrió.
—O quizá las dos sean ciertas.
Aquella posibilidad quedó flotando sobre la mesa.
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Muy lejos de allí, en la última planta de Katábasis, el ambiente era completamente distinto.
—Eso ha sido trampa.
Dragan dejó las cartas sobre la mesa con gesto resignado.
—No puedes tener tanta suerte.
Einar levantó apenas una esquina de la boca.
—No es suerte.
Es estadística.
—No vuelvas a hablarme de estadística mientras me desplumas.
Thiago soltó una carcajada desde el otro extremo del comedor privado.
—Acepta la derrota con dignidad.
Cassian cerró la carpeta jurídica que acababa de revisar.
—Lo curioso es que Dragan pierde exactamente igual jugando al póker que discutiendo conmigo.
—Porque tú manipulas las normas.
—Soy abogado.
Es mi profesión.
Las carcajadas resonaron por toda la estancia.
Kai apareció entonces procedente del pasillo.
Se había quitado la americana.
Las mangas de la camisa permanecían dobladas hasta los antebrazos.
Nada más verlo, Dragan señaló la mesa.
—Jefe.
Necesitamos un árbitro imparcial.
Kai observó las cartas.
Después miró a Einar.
—¿Has vuelto a ganar?
—Sí.
—Entonces no hace falta arbitrar nada.
Dragan levantó las manos.
—Lo sabía.
Aquí todos estáis en mi contra.
Sigrid entró en ese momento con dos cajas de comida italiana.
—No exageres.
Solo eres muy malo jugando.
—Gracias por el apoyo.
La arquitecta dejó las cajas sobre la mesa.
—Para eso están los amigos.
Para decirte la verdad.
Kai terminó sonriendo.
No era una sonrisa amplia.
Pero sí auténtica.
Cassian fue el primero en darse cuenta.
—Vaya...
Todos levantaron la vista.
—¿Qué ocurre?
Preguntó Thiago.
El abogado apoyó tranquilamente la espalda en la silla.
—Hace meses que no te veía sonreír durante una reunión de trabajo.
Kai negó con la cabeza.
—Esto no era una reunión.
—Exactamente.
Por eso me sorprende.
Dragan aprovechó la oportunidad.
—¿Tiene algo que ver con la traductora?
El silencio fue inmediato.
Kai levantó lentamente la mirada.
—¿Qué traductora?
—La que entrevistaste esta mañana.
Thiago sonrió con picardía.
—Empieza el interrogatorio.
Einar abrió una botella de agua.
—Cinco minutos.
Después Dragan dejará el tema.
Todos lo miraron.
—¿Cinco?
Preguntó Sigrid divertida.
—Tres.
Cassian negó con una sonrisa.
—No conoces a Dragan.
Puede hablar una hora seguida sobre cualquier cosa.
Kai tomó asiento sin perder la serenidad.
—La entrevista fue bien.
Eso es todo.
Dragan chasqueó la lengua.
—Qué decepción.
Esperaba una historia mejor.
—No la hay.
Cassian observó a Kai unos segundos.
Conocía demasiado bien aquella expresión.
No insistió.
Pero anotó mentalmente un detalle.
Kai jamás hablaba de los candidatos después de una entrevista.
Jamás.
Y, sin embargo...
Había dicho que aquella había ido bien.
Algo, por pequeño que fuera, había llamado su atención.
Todavía ninguno de ellos podía imaginar que dos personas que acababan de conocerse ocupaban ya, sin pretenderlo, un pequeño espacio en los pensamientos del otro.
Y aquella era, precisamente, la clase de cambios que terminaban alterando el rumbo de una vida.