El día en que el mundo dejó de sonar.
Punto de vista: Aitne.
Madrid amanecía envuelto en una luz blanca de finales de julio. El calor comenzaba a subir desde el asfalto, pero aquella mañana una ligera corriente entraba por los balcones abiertos del ático donde vivía StellaHazel, en el barrio de Salamanca. El aroma del café recién hecho se mezclaba con el perfume de unas gardenias que descansaban sobre la mesa del comedor. Todo parecía tener la calma habitual de un día cualquiera.Aitne Riverí apoyó los pies descalzos sobre el suelo de madera mientras removía distraídamente el azúcar de su taza. Había llegado temprano. Ella y Stella tenían previsto revisar algunos detalles de una colaboración futura y, después, salir a comer con Chema. El disco seguía creciendo, las entrevistas no paraban y el concierto del primero de agosto ocupaba la conversación de todos.
Stella aparecía distinta aquella mañana.
Vestía un pantalón deportivo color arena y una sudadera blanca demasiado grande para ella. El cabello rizado estaba recogido en un moño improvisado y el rostro aparecía completamente limpio de maquillaje. Parecía más joven así, más frágil.
Sin embargo, sonreía.
Una sonrisa pequeña.
De esas que solo aparecen cuando uno está pensando en alguien.
Aitne la conocía demasiado bien.
Sabía perfectamente en quién estaba pensando.
—Dormiste poco —comentó mientras dejaba la taza sobre la mesa.
Stella sonrió sin levantar la vista.
—Creo que sí...
Había algo distinto en su voz desde hacía semanas.
No era tristeza.
Era paz.
La paz que solo da sentirse profundamente enamorada.
Nunca hablaba demasiado de Romero.
No hacía falta.
Cada vez que pronunciaba su nombre cambiaba la expresión de su cara.
Los ojos se le iluminaban de una forma imposible de fingir.
Aitne jamás la había visto así.
Ni siquiera cuando Stella le había contado sus antiguas relaciones en México.
Romero era otra cosa.
No era una ilusión.
Era hogar.
Chema apareció desde la cocina con una carpeta bajo el brazo y el teléfono móvil entre el hombro y la oreja.
—Sí... sí, confirmen la entrevista para el lunes... no, el ensayo general no se mueve... gracias.
Colgó y dejó escapar un suspiro.
—Si sobrevivimos a esta semana, después todo será más fácil.
Las tres personas rieron.
Una risa breve.
Cotidiana.
La televisión permanecía encendida desde temprano, únicamente como ruido de fondo.
Nadie le prestaba atención.
Hasta que la música del informativo cambió de golpe.
La presentadora apareció en pantalla con gesto serio.
—Interrumpimos nuestra programación habitual para informar de un tiroteo ocurrido hace apenas unos minutos en la joyería Lluna de Diamant...
Aitne apenas giró la cabeza.
Chema continuó revisando documentos.
Fue Stella quien levantó la vista.
No por la noticia.
Por una palabra.
"...entre las víctimas mortales se encuentra Romero Leiva..."
El tiempo se detuvo.
Aitne todavía recordaría muchos años después el sonido exacto de aquella taza rompiéndose contra el suelo.
No porque Stella la hubiera lanzado.
Simplemente dejó de sostenerla.
La porcelana estalló en decenas de fragmentos blancos.
Ella seguía mirando la televisión.
Sin parpadear.
Sin respirar.
"...Romero Leiva falleció durante un enfrentamiento armado mientras protegía a varias personas que permanecían retenidas en el interior del establecimiento..."
—No...
Fue apenas un susurro.
Tan bajo que Aitne dudó haberlo escuchado.
—No...
Stella dio un paso hacia el televisor.
Luego otro.
Negaba lentamente con la cabeza.
Como si bastara con negarlo para cambiar la noticia.
—No...
Chema ya estaba de pie.
—Stella...
Ella no respondió.
Sus ojos permanecían clavados en la pantalla.
No lloraba.
No gritaba.
Simplemente parecía incapaz de comprender las palabras.
"...sus restos serán trasladados a Sinaloa una vez concluyan los procedimientos judiciales..."
Entonces Stella habló.
Pero no parecía hablar con ellos.
—Está equivocado...
Su voz era completamente plana.
—Se equivocaron de persona.
Chema se acercó despacio.
—Stella...
Ella seguía negando.
—No puede ser Romero.
Ayer...
Ayer hablamos.
Ayer me dijo que nos veríamos después del ensayo.
No...
No...
No...
Aitne sintió un nudo en la garganta.
Porque comprendió algo terrible.
Stella todavía estaba esperando que el teléfono sonara.
Esperaba que Romero llamara para decir que todo había sido un error.
Se acercó despacio y tomó su mano.
Estaba helada.
Completamente helada.
—Vamos...
Vamos a comprobar qué pasó.
Stella reaccionó de golpe.
—Sí.
La policía.
Ellos deben saber.
Él trabaja para mí.
Tiene que estar...
Tiene que...
No terminó la frase.
Ya estaba buscando las llaves.
Una hora después.
El edificio de la Jefatura Superior de Policía de Madrid olía a desinfectante, papel y café recalentado. Las conversaciones se mantenían en voz baja detrás de los mostradores y el ir y venir de agentes uniformados contrastaba con el silencio de Stella.
Había recuperado parte de la compostura.
Solo en apariencia.
Aitne caminaba un paso detrás de ella.
Nunca la había visto tan pálida.
Los ojos seguían secos.
Demasiado secos.
Eso la asustaba más que cualquier llanto.
Stella se presentó ante el funcionario con una serenidad que parecía imposible.
—Buenos días.
Mi nombre es Stella Hazel.
Romero Leiva trabaja conmigo.
Necesito verlo.
Necesito identificarlo.
El hombre levantó la vista del ordenador.
Tecleó durante unos segundos.
Después la observó con una expresión que Aitne jamás olvidaría.
No era frialdad.
Era compasión.
—Señorita...
La familia del señor Leiva ya fue notificada.
Los procedimientos concluyeron esta mañana.
Sus restos fueron entregados para su repatriación.
El vuelo hacia México ya salió.
Hubo un silencio absoluto.
Stella tardó varios segundos en comprender aquellas palabras.
—¿Ya... salió?
—Sí, señorita.
Lo lamento mucho.
La autorización para el traslado fue emitida por la autoridad judicial esta mañana.
Aitne vio cómo algo cambiaba en el rostro de Stella.
No fue un gesto.
No fue una lágrima.
Fue como si alguien hubiera apagado la luz detrás de sus ojos.
—Entonces...
¿Ya no puedo verlo?
El funcionario bajó la mirada.
—No.
Lo siento.
Stella permaneció inmóvil.
Durante largos segundos.
No discutió.
No insistió.
No levantó la voz.
Solo hizo una última pregunta.
Una pregunta tan pequeña que apenas salió de sus labios.
—¿Se fue...
...sin que pudiera despedirme?
El funcionario no respondió.
No hacía falta.
La respuesta ya estaba escrita en el silencio.
Aitne sintió que la mano de Stella empezaba a temblar.
Por primera vez desde la noticia.
La joven cerró los ojos.
Respiró profundamente.
Y susurró con una voz rota, casi irreconocible:
—Perdóname...
Prometí que volveríamos a vernos.
Y no llegué.
Aitne la abrazó antes de que las piernas dejaran de sostenerla.
Chema se acercó sin decir una palabra.
Los tres permanecieron allí, en medio del vestíbulo de la jefatura, mientras alrededor la vida continuaba con una normalidad casi ofensiva.
Fue entonces cuando Aitne comprendió que el verdadero duelo de Stella no acababa de empezar.
Acababa de descubrir que nunca tendría la oportunidad de decirle adiós.
El asiento vacío.
Punto de vista: Aitne.
Madrid seguía respirando con absoluta normalidad.Las terrazas continuaban llenándose para la hora de la comida. Los autobuses pasaban uno detrás de otro por el Paseo de la Castellana. En las aceras, la gente caminaba deprisa, con bolsas, teléfonos y conversaciones que nada tenían que ver con la tragedia que acababa de romper una vida.
Aitne nunca había sentido tanta rabia hacia una ciudad.
¿Cómo podía seguir todo igual?
Chema conducía sin decir una palabra.
Había apagado la radio.
También el navegador.
Dentro del coche solo existía el sonido del aire acondicionado y la respiración entrecortada de Stella.
Iba sentada detrás.
Junto a ella.
Mirando por la ventana.
No lloraba.
Eso era precisamente lo que más miedo daba.
Tenía las manos entrelazadas sobre las piernas con tanta fuerza que los nudillos habían perdido el color. Sus ojos permanecían fijos en algún punto de la ciudad que en realidad no estaba viendo.
Aitne deslizó lentamente un brazo alrededor de sus hombros.
La acercó hacia sí con cuidado.
Como si abrazara a una niña.
Stella no se resistió.
Simplemente dejó caer la cabeza sobre su hombro.
Su cuerpo temblaba apenas.
Muy despacio.
Como quien intenta contener un terremoto para que nadie lo note.
Ninguna de las dos habló durante varios minutos.
Chema observaba el retrovisor una y otra vez.
Cada vez que miraba atrás sentía el mismo nudo en el pecho.
No reconocía a Stella.
La mujer que llenaba habitaciones con su risa parecía haberse quedado aquella mañana frente a un televisor.
De pronto, Stella habló.
Con la misma voz con la que uno pregunta la hora.
—¿Por qué no me avisaron?
Aitne cerró los ojos.
No tenía respuesta.
—Yo...
No terminó la frase.
Stella continuó mirando la ventanilla.
—Solo quería verlo.
Nada más.
Cinco minutos.
Un minuto...
Lo que fuera.
Su voz comenzó a quebrarse.
No por el llanto.
Por el esfuerzo de seguir hablando.
—Solo quería despedirme...
Aitne sintió que la camisa comenzaba a humedecerse.
No eran lágrimas.
Era la respiración rota de Stella contra su hombro.
—No me dejaron decirle adiós...
Aquella frase terminó de romper algo dentro del coche.
Chema aflojó las manos del volante.
Tuvo que respirar profundamente para seguir conduciendo.
Nadie sabía qué decir.
Porque no existía ninguna frase capaz de reparar aquella ausencia.
Pasaron varios semáforos.
Varias calles.
Varias vidas ajenas.
Hasta que Stella volvió a hablar.
Esta vez con rabia.
Una rabia que no levantaba la voz.
Que dolía mucho más.
—¿Por qué estaba ahí?
Aitne bajó la mirada.
—Romero no tenía que estar ahí...
Su respiración comenzó a acelerarse.
—¿Por qué fue a esa joyería?
¿Por qué?
¿Por qué precisamente ese día?
¿Por qué con Eliana?
¿Por qué él?
Las preguntas comenzaron a salir una detrás de otra.
Sin esperar respuesta.
—¿Y si hubiera salido cinco minutos después?
¿Y si yo le hubiera llamado?
¿Y si...
La voz se rompió.
—¿Y si ese día no hubiera ido?
Aitne la abrazó con más fuerza.
—No pienses eso...
—¡¿Cómo no voy a pensarlo?!
Fue la primera vez que Stella levantó la voz.
No fue un grito.
Fue un corazón rompiéndose.
—¡Claro que lo pienso!
¡No dejo de pensarlo!
Cada segundo...
Cada maldito segundo...
La respiración comenzó a desordenarse.
Sus manos temblaban.
Buscaban algo a lo que aferrarse.
Encontraron la manga de la sudadera de Aitne.
La sujetó con desesperación.
—Él me prometió que nos veríamos...
Me dijo...
Me dijo que después del ensayo...
Su garganta se cerró por completo.
Las palabras dejaron de salir.
Solo el aire.
Solo ese intento inútil de seguir respirando.
Aitne comenzó a acariciarle lentamente el cabello.
Como una madre.
Como una hermana.
Como una amiga que entiende que ya no existen consejos.
Solo presencia.
—Lo sé...
Lo sé...
Estoy aquí.
No voy a moverme.
Stella negó con la cabeza.
Muy despacio.
—No...
Tú no entiendes...
Su voz apenas era audible.
—Nunca alcancé a decirle...
que lo amaba.
Aitne sintió que el tiempo volvía a detenerse.
Sabía que Stella estaba enamorada.
Lo había sabido desde hacía meses.
Pero jamás la había escuchado pronunciar esas palabras.
Jamás.
—Pensé...
que todavía teníamos tiempo.
El silencio volvió a llenar el coche.
Chema se limpió discretamente una lágrima antes de que pudiera caer.
No quería que Stella lo viera llorar.
Porque alguien tenía que seguir siendo fuerte.
Aunque ya no supiera cómo.
Al llegar al edificio, Chema estacionó el coche frente al portal.
Nadie abrió la puerta.
Nadie hizo el menor intento por bajar.
Entonces Stella habló una última vez.
Mirando el asiento delantero.
Con una serenidad que resultaba insoportable.
—¿Sabes qué es lo peor, Aitne?
Aitne negó lentamente.
—Que todavía estoy esperando que me escriba.
Se llevó una mano al bolsillo de la sudadera.
Sacó el teléfono.
Lo sostuvo unos segundos entre las manos.
La pantalla seguía igual.
Sin mensajes.
Sin llamadas.
Sin su nombre.
Lo miró con una esperanza infantil.
Como si desobedeciendo la realidad pudiera hacerlo aparecer.
Después apoyó la frente contra el cristal de la ventanilla.
Y dijo apenas un susurro.
—Solo necesito que esto sea una pesadilla...
Solo una...
Y por primera vez desde que todo comenzó, Aitne comprendió que había dolores que ni siquiera el tiempo podía prometer curar.
Porque no todas las personas que amamos alcanzan a convertirse en nuestra historia.
Pero algunas...
Se convierten para siempre en la ausencia con la que aprendemos a vivir.