El peligro de Quererte

Aquí se irán publicando las escenas de rol tanto de trama principal, como las que querais publicar los jugadores. Debido a la naturaleza de este foro, si se admite contenido NSFW.
Indira
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Registrado: Vie Oct 04, 2024 11:44 pm

El peligro de Quererte

Mensaje por Indira »

No debí mirarte.

Punto de vista: Mía.

La Costa del Sol despertaba con la tranquilidad engañosa de cualquier lunes de Verano.
El Mediterráneo respiraba con un vaivén pausado contra el espigón del puerto deportivo de Estepona, mientras las primeras terrazas levantaban sus persianas metálicas y el aroma del café recién molido comenzaba a mezclarse con la brisa salada. Turistas madrugadores recorrían el paseo marítimo con ropa deportiva. Los pescadores regresaban lentamente después de una noche en alta mar. Los jardineros municipales regaban las macetas rebosantes de buganvillas que daban fama al casco histórico.
Todo parecía normal.
Tan normal que nadie habría imaginado que, detrás de los cristales tintados de algunos edificios, se cerraban acuerdos capaces de mover millones de euros antes incluso de que la ciudad terminara de desayunar.
Esepona siempre había sabido esconder muy bien sus secretos.

Mía abrió los ojos sobresaltada.
No fue un grito lo que la despertó.
Fue el silencio.
Permaneció inmóvil durante unos segundos, intentando distinguir si el corazón le latía con fuerza por culpa del sueño o porque todavía seguía dentro de él.
El techo blanco de su habitación sustituyó lentamente la imagen que había ocupado su mente unos instantes antes.
Un despacho.
Una inmensa cristalera.
El reflejo del mar.
Y un hombre vestido completamente de negro observándola desde el otro extremo de la estancia.
Ni una palabra.
Solo aquellos ojos grises imposibles de olvidar.
Se incorporó despacio sobre la cama y dejó escapar un largo suspiro.
—Otra vez...
Se llevó ambas manos al rostro.
No era la primera vez que soñaba con Kai Sterling.
Y aquello empezaba a parecerle absurdo.
Ni siquiera lo conocía.
Bueno...
Conocerlo era una forma muy optimista de describir lo ocurrido entre ellos años atrás.
Habían coincidido una única vez.
Ni siquiera habían intercambiado una conversación.
Sin embargo, aquella imagen permanecía grabada en su memoria con una precisión incómoda.
Una calle mal iluminada.
Lluvia.
Sirenas a lo lejos.
Un hombre tendido sobre el asfalto.
Y otro permaneciendo inmóvil.
No huyendo.
No celebrando.
Simplemente observando el resultado de una pelea que nadie se había atrevido a detener.
Kai Sterling.
Aquel muchacho del que todos hablaban en Estepona.
El estudiante brillante.
El heredero de una familia respetada.
El joven cuya vida había cambiado para siempre después de perder a sus padres.
Mía tenía dieciséis años cuando lo vio por primera vez.
Nunca olvidó la expresión de su rostro.
No era rabia.
No era miedo.
Era cansancio.
Como si ya hubiera vivido demasiado para alguien tan joven.
Sacudió la cabeza.
No pensaba empezar el día recordando a un hombre al que probablemente jamás volvería a cruzarse.
Se levantó de la cama y abrió la ventana.
La luz dorada del amanecer inundó inmediatamente la habitación.
Desde el tercer piso del edificio podía escuchar el murmullo del barrio despertando poco a poco.
El panadero saludaba a una vecina.
Una motocicleta atravesó la calle.
En la plaza cercana comenzaron a cantar las primeras gaviotas.
Aquella rutina tenía algo reconfortante.
Le recordaba que, por mucho que el mundo cambiara, siempre existirían lugares donde la vida continuaba exactamente igual.
Hasta que entró en la cocina.
Su madre ya estaba sentada frente a la mesa.
No desayunaba.
Observaba una libreta abierta.
Un bolígrafo descansaba entre sus dedos.
Había tachado varias cifras.
Otras permanecían rodeadas por círculos rojos.
Mía no necesitó preguntar.
Conocía aquella libreta.
Era donde Rosa anotaba cada ingreso y cada gasto desde hacía años.
Y las cuentas llevaban semanas dejando de cuadrar.
—Buenos días, mamá.
Rosa levantó la vista e intentó sonreír.
—Buenos días, cariño.
Fue una sonrisa breve.
Demasiado breve.
Mía abrió la nevera.
Quedaba medio cartón de leche.
Un yogur.
Mantequilla.
Poco más.
Preparó dos cafés en silencio antes de sentarse frente a su madre.
—¿Ha ido mal este mes?
Rosa soltó el aire lentamente.
—Peor de lo que esperaba.
Empujó la libreta hacia ella.
Mía recorrió las cifras sin decir nada.
Uno de los empleos de limpieza había terminado tras el fallecimiento de la propietaria.
El otro desapareció cuando la familia decidió vender la vivienda y mudarse a Málaga.
Solo quedaba una casa.
La de doña Inés.
—Con esto no llegamos al verano —admitió Rosa con serenidad, aunque el cansancio alrededor de sus ojos decía mucho más que sus palabras.
Mía cerró la libreta despacio.
Llevaba meses buscando un trabajo que pudiera compatibilizar con la universidad.
Había enviado currículos.
Solicitado entrevistas.
Respondido ofertas.
La mayoría exigía experiencia.
Las demás ofrecían horarios incompatibles con las clases.
Comenzaba a preguntarse si realmente existía un lugar para alguien que todavía intentaba construir su futuro.
—Encontraré algo.
Rosa la observó durante unos segundos.
—Lo sé.
Pero ambas sabían que encontrar trabajo en la Costa del Sol, incluso con idiomas y estudios, era mucho más complicado de lo que parecía desde fuera.

Aquella misma mañana, a pocos kilómetros del barrio donde vivía Mía, el ascensor privado del edificio Katábasis ascendía lentamente hasta la última planta.
Las puertas se abrieron sin emitir un solo sonido.
Kai Sterling salió acompañado únicamente por el director jurídico del grupo.
Los enormes ventanales ofrecían una vista privilegiada del Mediterráneo.
Desde allí podía verse casi toda la bahía.
Durante unos segundos ninguno habló.
Kai dejó una carpeta sobre la mesa de reuniones.
—¿La cancelación?
—Confirmada.
—¿Y la sustituta?
El abogado negó con la cabeza.
—Las dos traductoras externas rechazaron el contrato.
Kai frunció ligeramente el ceño.
—¿Motivo?
—Dicen que las reuniones requieren demasiada disponibilidad. Una ha aceptado un puesto en Bruselas y la otra se incorpora a una consultora en Madrid.
Kai permaneció pensativo.
En apenas tres días debía recibir a una delegación italiana interesada en una operación inmobiliaria de gran importancia para el grupo.
Necesitaba una traductora.
No dentro de un mes.
Ahora.
El abogado abrió otra carpeta.
—Doña Inés llamó ayer por la tarde.
Kai levantó la mirada.
—¿Mi abuela?
—Quiere recomendar a una estudiante de Administración. Habla italiano e inglés con fluidez. Dice que es responsable y que lleva años ayudando ocasionalmente a su madre cuando limpia la casa.
Kai permaneció unos segundos en silencio.
Después cerró la carpeta.
—Concertad una entrevista.
Nada más.
No imaginaba que aquella decisión, tomada en menos de diez segundos, cambiaría el rumbo de su vida.
Y tampoco podía saber que, al otro lado de la ciudad, la joven cuyo nombre acababa de escuchar seguía convencida de que Kai Sterling nunca volvería a cruzarse en su camino.
Los dos estaban equivocados.
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