Cómo desaparecer mal

Aquí se irán publicando las escenas de rol tanto de trama principal, como las que querais publicar los jugadores. Debido a la naturaleza de este foro, si se admite contenido NSFW.
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Morcego
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Cómo desaparecer mal

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relato

Tocata y fuga

Punto de vista: Jorge


Jorge San Martín siempre había creído que las consecuencias eran algo que les ocurría a los demás.
Nació en Cambados, un pueblo de costa donde el mar nunca era solo mar. Allí las mañanas olían a salitre, gasóleo húmedo y vino blanco derramado sobre barras de madera pulida. Allí las bateas flotaban sobre la ría como plataformas inmóviles perdidas entre la niebla atlántica. Desde lejos parecían parte natural del paisaje; desde cerca, cualquiera entendía que también eran dinero, favores, poder y silencio.
Cambados no era un lugar espectacular. Precisamente por eso resultaba tan difícil de abandonar. Las calles estrechas de piedra conservaban la humedad incluso en verano y el viento de la costa se colaba entre las fachadas como si el pueblo entero respirase despacio. Había tabernas antiguas donde el tiempo parecía transcurrir a otra velocidad, soportales oscuros y plazas donde los viejos observaban pasar a la gente con esa forma gallega de mirar, entre la nostalgia, la curiosidad y la desconfianza, una forma de mirar que parecía recordar demasiado.
Porque si, Cambados recordaba; recordaba quién había sido tu abuelo, qué negocios había hecho tu padre y qué coche permanecía demasiado tiempo aparcado junto al puerto ciertas noches. Allí los apellidos seguían teniendo peso propio. No hacía falta amenazar a nadie; bastaba la memoria.
Jorge aprendió de De niño que en el pueblo había calles donde convenía no hacer preguntas, bares donde algunos hombres nunca levantaban la voz y familias cuyo respeto se mantenía más por memoria que por miedo inmediato. Los Matalobos pertenecían a esa clase de nombres. No hacía falta explicar quiénes eran; bastaba pronunciarlos más bajo que el resto. Sin embargo, siempre creyó estar por encima de aquel mundo.
Se marchó a Santiago de Compostela para estudiar derecho convencido de que la inteligencia podía abrir cualquier puerta. Y, durante años, tuvo razón. Era brillante, rápido, peligrosamente encantador cuando quería serlo. Aprendió a leer a la gente como si fueran expedientes judiciales: detectar inseguridades, deseos, puntos débiles. Las mujeres llegaban a su vida con facilidad insultante y desaparecían con la misma rapidez. Para él, el compromiso no era más que una trampa elegante inventada por personas incapaces de soportar la soledad.
Su filosofía sentimental? seducir un juego, mentir una herramienta social y escapar antes de que aparecieran sentimientos reales una forma de supervivencia emocional, como si la vida no fuese más que una vulgar serie de TV. La diferencia era que Jorge no vivía en una comedia americana. Vivía en Galicia. Y en Galicia algunos errores no terminan con algo tan banal como una bofetada ni con una copa derramada sobre un traje caro.
Todo empezó con Eva Matalobos, La hija de Moncho Matalobos. Apareció en su vida como aparecen las tormentas atlánticas: lentamente al principio, inevitables después. Jorge sabía perfectamente quién era ella desde la primera noche. Sabía también que acercarse demasiado era una estupidez. Precisamente por eso lo hizo; porque parte de él necesitaba comprobar que seguía siendo intocable.
La relación duró apenas unas semanas; suficientes para que ella confundiera intensidad con amor y él confundiera arrogancia con control. El problema no fue acostarse con ella. El problema fue desaparecer después. No responder llamadas. Reírse del asunto en el lugar equivocado. Permitir que el orgullo hiciera el resto.
En pueblos como Cambados las humillaciones no se evaporan. Se pudren lentamente. La noticia llegó una madrugada lluviosa, envuelta en humo de tabaco y olor a café recalentado. Un viejo conocido entró en el bar donde Jorge bebía solo y dejó caer la frase sin dramatismo:
—Tes que marchar. Hoxe.
Nada más, no hizo falta explicar el resto.
El jefe de los Matalobos no había montado un escándalo. No había amenazas públicas ni coches ardiendo. Mucho peor: había puesto precio a su cabeza de forma discreta, fría, despiadada; exactamente como podría esperarse de gente acostumbrada a que otros ejecuten los problemas por ellos.
Por primera vez en muchos años, Jorge sintió miedo auténtico; no el miedo elegante de los pocos juicios en los que había participado hasta el momento, ni el de las discusiones inteligentes que mantenía con sus compañeros de promoción en esas cenas que tenían en algún restaurante fino de Santiago. No, este era un Miedo físico. Animal. El tipo de miedo que acelera el corazón cuando un coche reduce velocidad demasiado cerca o cuando un desconocido mantiene la mirada un segundo de más.
Abandonó el pueblo antes del amanecer con una bolsa de viaje improvisada, algo de dinero, varios contactos poco fiables y la incómoda sensación de que su vida pendía de algo mucho más fino que un hilo de pescar.
Mientras la carretera húmeda se alejaba de la ría, Jorge comprendió algo que jamás había considerado posible, quizá, y solo quizá, ya no era el hombre más peligroso de la habitación.
Última edición por Morcego el Dom May 24, 2026 11:20 pm, editado 1 vez en total.
Morcego
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Re: Cómo desaparecer mal

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Un encuentro accidental

un encuentro accidental

Punto de vista: Jorge y Laura

Un centro hospitalario de titularidad pública, situado en el distrito de Fuencarral–El Pardo. Está administrado por el Servicio Madrileño de Salud y es uno de los principales hospitales de referencia. También es centro de referencia nacional e internacional en varias áreas específicas de elevado nivel de desarrollo científico y tecnológico.
Apenas entras, te encuentras de frente con el mostrador de recepción. Diagonal a la derecha se ubica la sala de espera y, en frente de esta, el servicio de urgencias generales. Un poco más al norte, observas la entrada al hospital materno-infantil.
El lugar es un bullicio constante: gente que va y viene. Por suerte, Jorge solo necesitaba realizarse una analítica de control rutinario. Si no…, quizá estaría ahí hasta mañana.
La verdad es que tiene ganas de llegar a casa. El trabajo en el vivero es agotador, le duele todo… y desde que todo se complicó en Cambados las multitudes lo agobian. Aunque, para qué negarlo, eso tiene también sus puntos buenos: terrazas tranquilas, locales desenfadados… ahí también es un buen sitio para socializar.
Una mujer va caminando con la comida y el café hacia la salida del centro mientras piensa que “esto de compaginar las prácticas y las guardias era todo un suplicio”.
Jorge no es consciente de lo que ocurre hasta que el choque es inevitable:
—Perdona, estoy un poco despistada.
Los productos que llevaba la joven en la mano salen volando y acaban desparramados por el suelo.
Jorge se queda traspuesto. Durante un segundo se ve tirado en el suelo, sangrando, con un cuchillo clavado en el vientre… ¿cuándo se pasará este miedo?
Antes de poder reaccionar, la joven ya se está agachando para recoger lo que se le ha caído.
—No irás a comerte eso, ¿verdad?
—No… pero tampoco voy a dejarlo aquí tirado —responde ella, sonrojándose mientras baja la mirada.
—Me llamo Jorge. Y yo también te pido disculpas, iba pensando en mis cosas —dice él mientras se arrodilla para ayudarla.
—Soy Laura, encantada de conocerte.
—Creo que te he dejado sin cena. Déjame recompensártelo.
—No te preocupes, no es necesario…
—No, claro… es mejor cenar un bocadillo en la baldosa de un hospital.
Mientras se da esta conversación, la chica no sabe dónde fijar la mirada. El hombre que le está hablando es muy atractivo, y nunca ha estado con nadie como él.
—Tengo el coche fuera. Si te prometo no secuestrarte, ¿me dejas que te invite a tomar algo?
—Esto… iba a ir a por una hamburguesa.
—Venga, por lo menos te llevo yo. Es lo mínimo que puedo hacer.
—Está bien —no sabe muy bien cómo reaccionar; está completamente sonrojada—. Pero solo porque me has hecho reír.
Jorge le coge las bolsas empapadas de las manos y las tira en una papelera cercana.
—Venga, vente.
Ambos salen del hospital. El olor a desinfectante y productos de limpieza queda atrás mientras el sonido de los coches y autobuses lo envuelve todo.
Caminan hasta el coche de Jorge, estacionado cerca.
Es al entrar en el vehículo cuando Jorge se fija en su acompañante por primera vez.
Laura tiene una belleza delicada y elegante, con rasgos suaves y una expresión tranquila que le da un aire casi inocente. Su pelo oscuro cae cuidadosamente sobre los hombros, enmarcando un rostro de facciones finas y piel clara. Sus ojos verdes son grandes y expresivos, con una mirada dulce y sensible que rara vez consigue esconder lo que siente realmente.
Siempre va arreglada, con un estilo femenino y refinado. Le gustan las prendas que dejan ver algo de piel —escotes suaves, vestidos ajustados, faldas cortas o camisas ligeramente abiertas—, pero sin llegar a verse realmente provocativa. Hay algo contenido incluso en la manera en la que enseña más de sí misma, como si todavía conservara esa educación estricta que le impide excederse demasiado.
Tiene buenas curvas y una figura especialmente llamativa, aunque la lleva con cierta timidez, casi sin ser consciente del efecto que provoca. Sus movimientos son suaves, su voz calmada y mantiene esa educación impecable de niña modosita que parece imposible de quitar. Sonríe con cierta timidez y suele bajar un poco la mirada cuando se siente observada demasiado tiempo.
Desde fuera transmite dulzura, sensibilidad y una inocencia que contrasta con la imagen ligeramente más madura que intenta proyectar.
Jorge piensa que su acompañante es realmente atractiva. ¿Qué tiene esta ciudad? Su amigo Germán tenía razón: Madrid está lleno de monumentos.
Laura se retuerce las manos, nerviosa.
Jorge enciende el motor del coche, fija en el GPS las coordenadas de un local cercano y sale del estacionamiento.
Laura mira al muchacho con curiosidad.
—¿Y bueno, qué te trae por Madrid, Laura a la que no conozco y ya he subido en mi coche?
—Una beca para hacer las prácticas como médico forense mientras ayudo en las urgencias del hospital. ¿Y tú? ¿Eres de aquí?
Laura se toca el pelo con nerviosismo, pero nota cómo cada vez se relaja más.
—¿Yo? No, de unos cuantos kilómetros al norte —responde Jorge, dando la información sesgada. Sabe que debe seguir teniendo cuidado, aunque cada vez el miedo es menor.
—Como yo entonces.
—La verdad es que las circunstancias me han obligado a dar un cambio en mi vida recientemente… ¡imbécil! ¡Hay un ceda! —un coche casi les choca por no respetar el reglamento—. De verdad, aquí no saben ni conducir, mira ese.
—Vaya, ya lo siento.
—Mira, el local es ese.
Jorge aparca en un hueco libre, apaga el motor y se quita el cinturón.
—Venga, vamos.
—Gracias por traerme —dice Laura mientras lo sigue—. ¿Tú ya has cenado?
El olor a aceite recalentado, carne a la plancha y azúcar es un detonante para cualquier estómago.
—En realidad no. Venía de hacerme una analítica y… bueno, ya sabes, nos pedís que no comamos antes.
—Sí, eso es para que no salgan alteradas —responde ella.
—Mira, ahí hay una mesa libre. ¿Por qué no te sientas y pido yo? ¿Qué te apetece?
—Una hamburguesa de queso y bacon y patatas gajo, por favor. Para beber agua.
A la pobre chica le rugen las tripas.
Jorge le sonríe con franqueza.
—Pues venga, siéntate. Ya te la llevo yo ahora.
Laura se sienta para no perder el sitio, procurando no quitar la vista de encima del joven.
Mientras Jorge hace la cola del local, piensa que quizá esa noche tampoco la pase solo… y estaría bastante bien. Aunque no quiere relaciones serias ni nada que se le parezca, el hecho de dormir acompañado siempre es algo que se agradece.
La cola avanza lentamente hasta que por fin llega su turno. Pide la consumición y vuelve a la mesa haciendo malabares para que nada se caiga.
—Su pedido, señorita —dice Jorge con una sonrisa—. Espero que califiques con buenas estrellas al camarero.
Laura se alisa la camisa, nerviosa. Sonríe mientras piensa que desde que llegó a Madrid ha empezado a sentir cosas nuevas.
—Un diez le pongo. Qué rapidez.
Mira con ansia la comida. No ha comido.
El olor de los platos despierta hambre en ambos, y durante unos minutos comen en silencio.
—¿Y cómo llevas el trabajo en las urgencias? Supongo que es estresante.
Jorge mantiene la vista fija en sus ojos, que tienen algo hipnótico.
—Me encanta poder ayudar a la gente. Vemos verdaderos milagros a diario —responde ella, fijándose en las manos de su compañero.
—Ya me imagino. Más de una vez he tenido que estar en una sala de urgencias. Vosotros sí que sois ángeles.
—Supongo… —murmura Laura, ruborizándose.
La cena transcurre entre comentarios sobre el trabajo de Laura y frases divertidas. En un momento, tras beber un trago de agua, la joven se anima a preguntar:
—¿Y tú a qué te dedicas?
—Ahora mismo trabajo en el vivero, pero estudié Derecho y… bueno, soy abogado.
—Eso explica tus manos.
Jorge se mira las manos y suspira. El trabajo ha dejado marcas de palas, sacos, carros… qué error. Sabe que debería cuidar más su cuerpo, pero últimamente lo ha dejado de lado.
—Sabrás mucho tanto de plantas como de leyes entonces —dice Laura terminando las patatas.
—Bueno, sé más de leyes que de plantas —responde Jorge limpiándose las manos con una servilleta—. La verdad, no había tocado nada más que el cortacésped de casa de mis padres antes de llegar a Madrid, pero hay que adaptarse.
—Siempre es interesante conocer a un abogado.
—Sí, somos como la rueda de repuesto: siempre tienes que tener uno en tu vida.
Laura se ríe apenas, sin vergüenza.
Jorge coloca los cubiertos sobre el plato y lo aparta de sí.
La chica cada vez está más tranquila, más relajada. Puede dejar de ser perfecta: nadie tiene expectativas sobre ella.
—Madre mía, no era consciente del hambre que tenía.
—La cena estaba espectacular.
—Bueno, no es un cinco estrellas, pero por lo menos esta noche no moriremos de inanición.
—Touché.
—¿Te apetece ir a tomar una copa?
—Mañana tengo guardia y… no bebo -la joven agacha la mirada, sintiéndose poca cosa.
—¿Agua tampoco? Ten cuidado con eso, eh —dice Jorge, divertido.
—¡Agua y zumos sí! —ríe ella- por cierto…, No quiero importunarte, pero… ¿podrías acercarme a mi casa?
Jorge la mira.
—No tienes ni que pedirlo. Vamos -coge las llaves del coche de encima de la mesa. Su madre le ha llamado la atención mil veces por eso, pero no aprende, un día le van a dar un susto.
—Muchísimas gracias.
Vuelven hacia el coche. Jorge abre el cierre centralizado con el mando y ambos se suben.
—Usted dirá, señorita. ¿Dónde la dejo?
Jorge enciende el motor y espera. No conoce Madrid aún, así que usa el GPS.
—En la Pensión doña Matilda, por favor.
El abogado la busca en el teléfono y la selecciona.
Mientras vuelven a estar en marcha, Jorge mira de reojo a su acompañante y ella desvía la vista por la ventanilla observando la ciudad. En pocos minutos llegan a la calle de la pensión. Jorge busca aparcamiento, detiene el coche, apaga el motor y cuando va a desabrocharse el cinturón… Laura abre la puerta sin darle tiempo a reaccionar.
—Muchas gracias por acompañarme, eres todo un caballero. Supongo que nos veremos por ahí! -Laura camina hacia la entrada mientras mira de reojo a Jorge.
Jorge se queda totalmente descolocado. No es la primera vez que le sucede, pero nunca termina de acostumbrarse. Arranca el motor y se dirige a su casa. El día ha sido suficientemente largo como para salir por la noche. Además, mañana le toca entrar a primera hora.
Morcego
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Re: Cómo desaparecer mal

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Relato

una noche y solo una

Punto de vista: Jorge

Madrid tenía una cualidad peligrosa. Cual? hacía que todo pareciese temporal: las deudas, El miedo, Las personas...
Después de un par de semanas allí, Jorge había empezado a respirar de otra manera. Ya no miraba cada coche oscuro con desconfianza ni revisaba compulsivamente quién entraba detrás de él en los bares. La ciudad era demasiado grande, demasiado rápida y demasiado indiferente como para seguir viviendo como un fugitivo. Poco a poco, la tensión constante había empezado a aflojarse dentro de su pecho. Y eso era exactamente lo peligroso.
La luz gris del amanecer se filtraba por las persianas del apartamento cuando abrió los ojos. Durante unos segundos permaneció tumbado boca arriba, todavía envuelto en el calor disperso de la noche anterior, escuchando el ruido lejano de Madrid despertando varios pisos más abajo.
La cama estaba vacía. Aime se había marchado hacía rato, o al menos eso pensaba. Jorge apenas reaccionó ante eso. Más bien al contrario: una sonrisa leve apareció en la comisura de su boca mientras se pasaba una mano por el rostro. Aquello le resultaba familiar, Fácil, Limpio, Una noche intensa, unas horas de compañía, algo de sexo compartido y después? cada uno siguiendo su camino. Exactamente como siempre le había gustado que funcionaran las cosas, ningún drama, ninguna promesa que solo los más ilusos pensaban en cumplir; y lo más importante, Sin consecuencias.
Se incorporó lentamente y encontró parte de la ropa tirada por el suelo igual que la habían dejado en mitad de la urgencia de la noche anterior. La habitación olía a perfume femenino, sudor y ese olor picante del sexo. Nada especial. Nada distinto a otras veces y era precisamente eso lo que lo tranquilizaba porque significaba que seguía siendo él. No el hombre asustado que había abandonado Cambados antes del amanecer. No alguien perseguido ni roto. Sólo Jorge San Martín: abogado brillante, encantador cuando quería y peligrosamente bueno evitando cualquier vínculo que pudiera complicarle la vida.
Mientras preparaba café en la cocina del apartamento y observaba la puerta de la habitación de Laura cerrada, recordó la forma en que Aime lo había mirado en la cafetería, la facilidad con la que la conversación había derivado hacia el coqueteo, el paseo, el taxi, la cama. Todo había ocurrido con una naturalidad casi insultante. Madrid empezaba a parecerle una buena idea.
Una ciudad donde nadie preguntaba demasiado. Donde un hombre podía reinventarse simplemente cambiando de barrio, de rutina y de número de teléfono. Allí no existían las miradas cargadas de historia de los pueblos pequeños ni el peso eterno de ciertos apellidos. Allí podía volver a empezar.
Volvió al dormitorio con la taza aún caliente entre las manos y recogió el móvil del suelo. Ningún mensaje. Ninguna llamada. Ninguna complicación.
-Perfecto! –esclamó para sí mismo mientras buscaba el contacto de otra compañera para preguntarle si le apetecía salir a cenar esa noche.
Una gran sonrisa se dibujó en su cara mientras abría las persianas. Abajo, la ciudad hervía ajena a él: coches, gente apresurada, sirenas lejanas, cafeterías llenándose de desconocidos. Madrid seguía moviéndose sin importarle quién eras ni qué habías dejado atrás y Jorge, observando el tráfico desde la ventana de su habitación se sintió seguro, convencido de que realmente había escapado, que el miedo pertenecía ya a otra vida, que podía volver a hacer exactamente lo mismo de siempre sin pagar ningún precio por ello.
Morcego
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Re: Cómo desaparecer mal

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relato

una conversación extraña

Punto de vista: Jorge


Jorge desbloquea el móvil sin pensarlo demasiado, como si el gesto ya estuviera decidido antes de llegar a ejecutarlo.
Acaba de llegar a casa después de una noche que no ha estado nada mal, y se ha quedado de pie en la cocina. No se ha movido desde que dejó el teléfono sobre la encimera unos segundos antes. La luz de la tarde entra desde el salón y avanza por el suelo con una calma que no encaja del todo con el mensaje que Aime le escribió a noche. Lo mejor será pedir explicaciones:
SMS enviado: "Hola, acabo de volver a casa y me encontré con esto..., hay algún tipo de clave secreta que deba interpretar?, que hice anoche contigo?”
Deja el teléfono sobre la encimera de la cocina y se sirve un vaso de agua fría…, no es que tenga dolor de cabeza pero necesita refrescarse.
La pantalla se ilumina.
[SMS] Aime: "Hola guapo, revisa tus llamadas salientes. y tienes la respuesta."
Jorge baja la mirada un instante hacia el historial de llamadas y loo confirma en silencio. Vuelve al chat.
SMS enviado: "Acabo de verlo..., no recuerdo haberte llamado ayer, juraría que no bebí tanto..., que te dije?"
[SMS] Aime: "me diste un show de sexo virtual."
La respuesta del otro lado no le ofrece aclaración, sino definición. No hay matices: lo ocurrido ya tiene nombre, y no es el que él habría elegido. Durante un segundo en el que Jorge no reacciona se deja ver en él algo más pesado que el desconcierto o la molestia, es la incapacidad de gestionar el relato en tiempo real para que su mente lo comprenda.
SMS enviado: "hay madre..., yo..."
SMS enviado: "espera un momento, la duración de la llamada son 25 minutos..."
SMS enviado: "Sabes que eso podría considerarse como una invasión de mi intimidad,
Intenta recuperar control con una frase que introduce límite, distancia, una apelación a la intimidad y a la línea que separa lo accidental de lo permitido. Pero la respuesta que recibe no discute el hecho; lo devuelve como espejo. Lo recoloca. Lo invierte sin esfuerzo aparente.
[SMS] Aime: "te dejaron muy caliente mis fotos por lo que veo."
verdad?"
[SMS] Aime: "no, porque tú me buscaste a mí. pensaste en mi, con otra."
SMS enviado: "Vaya, además de estar buena te lo tienes creído eh?"
SMS enviado: "No voy a negarlo, estás muy buena mexicana, pero eso no te da permiso de quedarte a la escucha"
Ahí cambia algo en el ritmo.
Jorge ya no responde solo a la información, sino a la forma en que se la están devolviendo.
Contesta con ironía primero, un intento de rebajar la tensión sin ceder terreno. Pero inmediatamente después añade otra línea, más firme, casi declarativa, como si necesitara fijar su posición antes de que la conversación siga desplazándose.
[SMS] Aime: "imaginé que…, deseabas que te escuchara."
SMS enviado: "no soy de esa clase de tíos, pelirroja, no saco un clavo con otro clavo"
SMS enviado: "estás buena, follas genial, pero no eres única en mi vida"
Del otro lado no hay pausa real. La respuesta llega con una claridad seca, sin necesidad de elevar el tono. Y en ese punto la conversación deja de ser explicación. Se convierte en negociación implícita de significados.
[SMS] Aime: "entonces, para que tantas explicaciones, yo no espero nada de ti. solo lo mismo que tu"
SMS enviado: "porque me sorprende que te quedaras escuchando, no es una reacción que tendría alguien con quien solo te acuestas"
[SMS] Aime: "me parecio entretenido, y muy, estimulante. mi foto final te lo demuestra."
Jorge se detiene un instante más largo. No es duda, es calibración. Y continúa:
SMS enviado: "En fin, lo hecho hecho está, pero la próxima vez que pase, que tendré cuidado para que no sea así, por favor, cuelga, por respeto tanto a mí como a la otra persona"
Esta vez no corrige, no matiza: cierra. O intenta hacerlo. Marca una frontera, introduce respeto, responsabilidad, una especie de orden tardío sobre algo que ya ha ocurrido.
[SMS] Aime: "ok"
La respuesta que recibe no discute esa frontera. Simplemente la deja en reposo. Un asentimiento breve, sin resistencia. Pero el silencio que deja no es cierre. Es suspensión y eso Jorge lo percibe, aunque no lo nombre.
SMS enviado: "Por cierto, hoy en el metro escuché a un par de personas hablando de la apertura de un restaurante mexicano..., vas a ir?"
En lugar de dejarlo ahí, cambia de plano. Introduce otro elemento, algo cotidiano, externo, casi banal, como si necesitara comprobar si la conversación todavía puede desplazarse sin romperse.
La respuesta llega de inmediato, reconectando el hilo con un contexto real: un lugar, una familia, un evento.
[SMS] Aime: "es el restaurante de mi hermana"
Jorge aprovecha esa apertura sin pausa. Se mueve con rapidez, ahora en un registro más social, más estructurado. Desea suerte, suaviza el intercambio, desplaza la inercia hacia algo que pueda terminar con normalidad.
SMS enviado: "Deséale suerte, espero que os salga todo redondo"
SMS enviado: "entiendo que deberemos dejar la copa para otro día entonces"
Pero incluso ahí, añade una última línea, como si quisiera asegurar el marco final del encuentro futuro, fijar una distancia temporal. La respuesta del otro lado es breve:
[SMS] Aime: "si"
SMS enviado: "Pues lo dicho, que todo os salga genial hoy, mucha mierda!"

Y esa brevedad no corta la conversación de forma brusca. Simplemente la deja sin necesidad de continuar. Jorge mira la pantalla unos segundos más de los necesarios pero no escribe nada más, el teléfono sigue en su mano pero la conversación ya no avanza.
En el apartamento todo continúa igual. La luz sigue entrando desde el ventanal, el salón permanece intacto, el sofá de cuero marrón oscuro ocupa su lugar con la misma gravedad silenciosa de siempre, el único cambio es que ahora, en la mano de Jorge, hay algo que ya no es un intercambio en curso, pero tampoco es todavía algo terminado del todo, y esa sensación no termina de resultar cómoda.
Morcego
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Re: Cómo desaparecer mal

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relato

Marexada

Punto de vista: Jorge

El coche permanecía detenido en una calle lateral, a unos minutos a pie del edificio del bufete.
Jorge había llegado con demasiado margen. Y ahora ese exceso de tiempo empezaba a volverse en su contra.
El motor seguía encendido; el rumor grave y constante llenaba el habitáculo con una vibración mecánica que normalmente habría resultado tranquilizadora. Pero aquella mañana no conseguía tapar la actividad interna de su cabeza. No era la entrevista lo que le tensaba. Eso lo tenía claro desde hacía rato.
Había revisado el despacho. Conocía su estructura, sus áreas de práctica, el perfil de litigación que manejaban e incluso los nombres de algunos socios. No era un entorno que pudiera exigirle más de lo que ya sabía hacer. De hecho, había una ironía difícil de ignorar: cuando aquella gente se enfrentó a él durante el caso Tormenta, no solo les ganó, sino que lo hizo sin llegar a esforzarse realmente. No porque ellos fueran incompetentes, ni mucho menos, simplemente Jorge había entendido antes que nadie hacia dónde se inclinaba el caso. Eso, en cualquier otro contexto, sería una excelente carta de presentación.
Pero no era lo que le pesaba ahora. El problema era volver.
Volver a la abogacía significaba volver a existir dentro de una estructura visible. Recuperar una continuidad profesional. Volver a ser alguien localizable, registrable, verificable. Un nombre asociado a horarios, contratos, edificios, nóminas y rutinas, es decir, volverse de nuevo un Jorge observable.
Apoyó ambas manos sobre el volante y observó el edificio frente a él. Fachada limpia. Líneas modernas. Cristal oscuro. El tipo de arquitectura corporativa diseñada para transmitir eficiencia sin personalidad. Nada destacaba realmente. Precisamente por eso imponía más, porque todo lo importante ocurría dentro.
Había pasado tiempo suficiente desde Cambados como para que la vida hubiese aprendido a funcionar sin él en ese eje concreto? Quería pensar que si, o al menos esa era para él la lectura racional.
La otra posibilidad seguía ahí, inmóvil al fondo de la cabeza. Que no fuera olvido, que solo fuera pausa.
El sábado por la noche habían empezado los mensajes de Aime. El domingo se iban a ver pero surgió la inauguración del restaurante mexicano de su hermana. Y el domingo por la noche, después de leer aquel intercambio otra vez mientras volvía en metro a casa, Jorge seguía sin decidir exactamente qué pensar del asunto.
¿Habían discutido? No, o eso pensaba él, aquello no era una discusión al uso.
Simplemente no le había gustado descubrir que ella se había quedado escuchando durante la llamada accidental, y menos aún la forma en que había reinterpretado todo después, como si él hubiera necesitado demostrar algo o como si cada gesto terminara girando alrededor suyo. Eso era lo que más le irritaba, la seguridad con la que Aime parecía asumir que ocupaba espacio en la cabeza de los demás.
Que él se había ido con otra “pensando en ella”.
Que la otra mujer había sido poco más que una sustituta improvisada.
No, aquello no funcionaba así.
Jorge apoyó la cabeza un instante contra el reposacabezas.
Ninguna mujer había conseguido arrancarle un “te quiero”, nunca había sido ese tipo de hombre. No enviaba flores, no escribía poemas, no construía rituales románticos para sentirse importante dentro de una historia compartida. El apego sentimental siempre le había parecido una forma elegante de perder capacidad de maniobra.
Y, aun así, la conversación seguía ahí. No por romanticismo, ni siquiera por deseo exclusivamente; era otra cosa.
Una especie de continuidad mental incómoda como si Aime hubiera conseguido quedarse colocada en una zona intermedia de su cabeza donde normalmente no dejaba entrar a nadie.
El espacio reservado para aquello que todavía no representaba una amenaza clara, pero tampoco podía archivarse como irrelevante y eso le molestaba, no el sexo, no la provocación, lo que realmente le molestaba era La permanencia.
Habían pasado poco más de cuarenta y ocho horas y ya existía una dinámica propia entre ellos, un sistema de tensión autónomo que parecía seguir funcionando incluso cuando ninguno hablaba.
El móvil descansaba boca arriba sobre el asiento del copiloto en silencio absoluto y precisamente por eso resultaba incómodo, porque si hubiera aparecido un mensaje nuevo, un error, una provocación más o cualquier señal concreta, la lectura habría sido sencilla.
Pero no había nada, solo continuidad y ausencia de movimiento.
Y Jorge sabía perfectamente lo que significaba la ausencia de movimiento en sistemas que todavía estaban vivos, te observan.
Respiró despacio, fuera la ciudad seguía funcionando con absoluta normalidad. Gente cruzando pasos de peatones. Un autobús frenando en la esquina. Un repartidor descargando cajas frente a una cafetería, todo ordinario, y eso parecía lo peor.
Miró la hora:
-Imos alá –su gallego maternal le salía siempre en los momentos de tensión, y de hecho lo normal es que se defendiera mejor en aquel idioma que en castellano, pero en Madrid tenían la costumbre de no entenderlo bien así que tocaba ponerse el acento profesional.
Revisó el asiento, cartera, teléfono… No quedaba ninguna decisión pendiente, lo único que quedaba era solo un paso que todavía no había ejecutado.
Y en ese margen mínimo, entre la intención y el movimiento, seguía existiendo una última sensación de libertad: la idea de que aún podía dar marcha atrás al coche, marcharse y fingir que no había vuelto realmente, que todavía no estaba otra vez dentro del juego.
Morcego
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Re: Cómo desaparecer mal

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Tres bajo el mismo techo

Punto de vista: neutral

Hacía apenas unas horas que Jorge había recibido una llamada interesándose por el anuncio. Los rumores y comentarios que llevaba semanas escuchando en el despacho donde trabajaba habían terminado por convencerlo de alquilar la habitación que, en un principio, pensaba reservar para invitados.
La voz que había sonado al otro lado de la línea pertenecía a una mujer joven. Además, si no le fallaban los recuerdos de aquel verano de intercambio en San Francisco, tenía un marcado acento estadounidense.
Jorge nunca había imaginado compartir piso con dos chicas, pero la convivencia con Laura había resultado sorprendentemente sencilla. Quizá no fuera tan mala idea repetir la experiencia.
La había citado en casa, como hacía siempre con cualquiera que respondiera al anuncio. Le enseñaría la habitación y, si todo encajaba, podría instalarse cuando mejor le viniera.
El timbre sonó.
Jorge se levantó del sofá y se dirigió a la puerta. Casi al mismo tiempo, Laura salió de su habitación.
—¿Esperamos a alguien?
—¿Recuerdas a la chica que te comenté? La que estaba interesada en la habitación.
Laura asintió.
—La cité para ahora. Pensaba que estarías en el hospital.
—Le cambié la guardia a una compañera.
Jorge abrió la puerta.
Al otro lado, en el descansillo, esperaba una joven pelirroja.
Su cabello cobrizo, recogido en una elegante coleta alta, resaltaba sobre una piel clara salpicada de pecas. Tenía unos ojos gris acero que contrastaban con unos rasgos suaves y armoniosos, y una forma de mantenerse erguida que transmitía seguridad y disciplina. Su figura era atlética, propia de alguien acostumbrado al ejercicio físico, y se movía con una naturalidad elegante que llamaba la atención sin esfuerzo.
Vestía una impecable camisa blanca, unos pantalones color arena y unos mocasines de cuero camel. Cuando se acercó, Jorge percibió una fragancia dulce y afrutada que la precedía con discreción.
—¿Tú eres Morgan?
La joven sonrió.
—Hi, I'm Morgan. Good afternoon.
Jorge se hizo a un lado y le indicó que pasara.
—Adelante, pasa.
Morgan cruzó el umbral. Tras Jorge, Laura la observaba con una mezcla de curiosidad y simpatía.
—Hello —saludó Morgan al verla.
—Hi, and welcome. Don't you speak Spanish?
Morgan sonrió mientras asentía ligeramente.
—Me cuesta un poco, pero sí. Me estoy adaptando.
—Intentaremos ponértelo fácil —dijo Jorge.
—Yo sé hablar inglés —añadió Laura con una sonrisa—. Mi compañero de piso...
—También —la interrumpió Jorge—. No seas tan listilla.
Laura soltó una pequeña risa.
—Ven, pasemos al salón y sentémonos.
—Vamos —respondió Morgan.
Los tres se dirigieron al salón.
—Perdona el desorden —dijo Jorge mientras avanzaban—. Entre las guardias de Laura y mi trabajo, hay algunas cosas que tenemos un poco abandonadas.
Laura se limitó a encogerse de hombros.
Morgan observó la estancia antes de tomar asiento en uno de los sofás de cuero.
—No problem. Lo comprendo.
Laura se sentó a su lado y Jorge ocupó el lugar libre.
—Bueno, me comentaste por teléfono que acababas de llegar a España y que necesitabas un sitio donde quedarte.
Morgan asintió.
—La habitación que tenemos libre no es la más grande de la casa, pero está completamente preparada. Y en cuanto a las tareas, intentamos repartirlas entre todos.
Sonrió y señaló discretamente algunos objetos fuera de lugar.
—Aunque, como puedes ver, a veces nos retrasamos un poco.
Morgan dejó escapar una pequeña sonrisa.
—Me gustaría verla.
—Claro. Ven, te la enseño.
Jorge se puso en pie. Morgan hizo lo mismo, y Laura los siguió por el pasillo.
La habitación era sencilla, pero acogedora. Una cama individual ocupaba una de las paredes. Frente a ella había un escritorio con un portátil, una silla cómoda y un armario de madera. La decoración era prácticamente inexistente, dejando espacio para que quien la ocupara pudiera hacerla suya.
—Sería esta —explicó Jorge—. Puedes pintarla si quieres, cambiar la decoración o colgar los pósteres que te apetezcan. Mientras no tires ningún muro, tienes bastante libertad.
Morgan recorrió la estancia con la mirada, examinando cada rincón.
Finalmente sonrió.
—Me gusta.
Se acercó a la ventana y observó el exterior unos segundos antes de añadir:
—Además, no traigo mucho equipaje. Creo que me serviría perfectamente.
—El alquiler serían ciento noventa euros al mes.
—¿Cómo? —intervino Laura de inmediato.
Jorge se volvió hacia ella.
—Es la habitación más pequeña.
—Sí, pero compartimos baño y apenas hay diferencia con la mía. Lo único que cambia es la cama.
—¿Te parece poco?
Laura frunció el ceño.
—Ya verás cuando traiga visitas. La poca gracia que le hará tener una cama de noventa.
Una sonrisa traviesa apareció en el rostro de Jorge.
—Y la mucha gracia que te hace a ti tener una de matrimonio.
—Déjalo.
La respuesta fue seca.
Laura salió de la habitación antes de que nadie pudiera añadir nada más. Un instante después se escuchó el portazo de su cuarto.
Morgan permaneció en silencio, observando la escena con atención.
Jorge soltó un suspiro resignado.
—En fin... ya hablaré con ella. Está pasando una época complicada y lleva demasiadas cosas sobre los hombros.
—¡No tengo demasiadas cosas sobre los hombros! —gritó Laura desde su habitación.
Jorge alzó la voz para responder.
—¡Pues deja de comportarte como una niña y vuelve!
No obtuvo respuesta inmediata, así que añadió:
—¡Y te toca hacer la cena! ¡Yo hice la comida!
—¡Que la haga la próxima mujercita que invites a casa!
El silencio que siguió resultó incómodo.
Jorge se pasó una mano por la nuca.
—Bueno... ¿te interesan las condiciones?
Antes de que Morgan pudiera responder, Laura apareció de nuevo en el pasillo.
La tensión seguía flotando en el ambiente, aunque parecía haberse calmado un poco. Jorge se fijó entonces en que tenía los ojos ligeramente húmedos.
Morgan carraspeó con cautela.
—Oye... creo que la girl no está muy de acuerdo con todo esto.
—El problema no es contigo, tranquila —respondió Laura rápidamente—. De verdad. Estaré encantada de tener otra compañera de piso.
Hizo una breve pausa.
—O eso espero.
Morgan sonrió con cierta incomodidad.
—Yo creo que voy a esperar en el salón mientras ustedes hablan, ¿sí?
Desde el salón, Morgan solo podía escuchar el murmullo apagado de las voces de Laura y Jorge. No alcanzaba a distinguir las palabras, pero el tono bastaba para entender que estaban discutiendo algo más importante de lo que ambos querían admitir.
Se sentó de nuevo en el sofá y sacó el teléfono móvil. Mientras fingía revisar otras opciones de alojamiento, no pudo evitar sentirse algo incómoda. Aquello no era precisamente la bienvenida tranquila que había imaginado.
Pasaron unos minutos.
Finalmente, Jorge y Laura regresaron al salón.
La tensión no había desaparecido por completo, pero el gesto de Laura parecía mucho más relajado que antes.
—Bueno —dijo Jorge, intentando recuperar el buen ambiente—, si después de todo esto todavía piensas que vivir aquí no es una locura digna de una película de terror, creo que podemos decir que nos encantaría que te quedaras.
Miró de reojo a Laura.
Ella evitó devolverle la mirada.
—Así es —confirmó finalmente.
Morgan guardó el teléfono en el bolsillo.
—Entonces... creo que sí me gustaría quedarme.
—Perfecto. ¿Necesitas ayuda para subir el equipaje?
Morgan negó con la cabeza.
—Antes de eso, ¿cuánto sería finalmente el alquiler?
Jorge carraspeó.
—Para que Laura no me acuse de favoritismos y todo parezca más justo, lo dejamos en doscientos euros.
—Okey. Lo tomo.
—Pues entonces... bienvenida a bordo.
Morgan sonrió.
—Gracias.
—Ah, espera. Hay una cosa más.
Jorge levantó un dedo con teatral solemnidad.
—Esta casa tiene tres normas fundamentales.
Morgan arqueó una ceja, divertida.
—La primera: nada de zapatos dentro de casa. Se quedan en la entrada.
Ella asintió.
—La segunda: nada de actividades... íntimas en las zonas comunes.
Señaló el sofá.
—Y especialmente no en ese sofá. Está nuevo.
Laura puso los ojos en blanco.
—Ni que tú no lo hubieras usado...
Morgan tuvo que contener una sonrisa.
—Of course.
Jorge giró la cabeza hacia Laura.
—¿Y cómo sabes tú eso?
—¿Acaso lo tendrías en cuenta tú?
—Touché.
Morgan decidió intervenir antes de que empezara otra discusión.
—No tendrán problemas conmigo. Vine a Madrid para trabajar, nada más.
Laura le lanzó una mirada fulminante.
Morgan carraspeó discretamente mientras fingía un enorme interés por la decoración del salón.
—En fin —continuó Jorge, cambiando de tema—. Bienvenida, Morgan. Esperamos que te sientas como en casa.
—Gracias. Voy al hotel a recoger mis maletas y vuelvo.
—¿Necesitas que te lleve? Tengo el coche abajo.
Morgan soltó una pequeña risa.
—Pues la verdad es que lo agradecería.
Jorge miró a Laura.
—¿Te vienes con nosotros?
Ella negó con la cabeza.
—Me voy a mi cuarto. Bienvenida, Morgan.
—Gracias.
Laura se disponía a marcharse cuando Jorge volvió a llamarla.
—Lau.
Ella se giró con curiosidad.
—¿Qué?
—Ven con nosotros.
—¿Para qué?
—Confía en mí. Te vendrá bien salir un poco.
Laura dudó unos segundos.
—Vaaaale...
Morgan observó el intercambio sin poder evitar sonreír. A pesar de las discusiones, resultaba evidente que ambos se apreciaban más de lo que estaban dispuestos a reconocer.
Cuando ya se dirigían hacia la puerta, Laura se quedó mirando la mesa del salón.
—¡Jorge!
Él se sobresaltó.
—¿Qué pasa ahora?
—Un día vas a perder las malditas llaves del coche.
Jorge miró la mesa y recogió el llavero.
—Estaban en la mesa de mi casa.
—Ayer estaban en mi escritorio. Anteayer en la nevera.
—¡No estaban en la nevera!
—Sí estaban en la nevera.
—Se me cayeron cuando fui a coger una cerveza.
—Exactamente. En la nevera.
Laura cruzó los brazos.
—¿Acaso tenían calor?
Jorge suspiró profundamente y miró a Morgan con resignación.
—A veces creo que vivo con mi madre.
—Y alguien tiene que hacerlo.
Morgan soltó una carcajada.
Jorge abrió la puerta.
—Venga, vámonos.
Laura bufó como un gato enfadado, pero acabó siguiéndolos escaleras abajo.
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