[Trama Principal] Relatos del Cyberverse - Calle Mercurio

Aquí se irán publicando las escenas de rol tanto de trama principal, como las que querais publicar los jugadores. Debido a la naturaleza de este foro, si se admite contenido NSFW.
cyberlife
Site Admin
Mensajes: 235
Registrado: Dom Abr 21, 2024 6:53 pm

[Trama Principal] Relatos del Cyberverse - Calle Mercurio

Mensaje por cyberlife »

La lluvia no refresca. Solo moja. Se cuela por el cuello, por las costuras del abrigo, por los sitios donde uno ya no tiene energía para defenderse. El asfalto no brilla esta noche. Absorbe la luz como lo absorbe todo aquí.
Me detengo. No porque haya elegido parar, sino porque las piernas han decidido antes que yo.
Apoyo la espalda contra la pared.
— Otro día. — Lo digo en voz baja, casi sin abrir la boca. Como si decirlo en voz alta costara demasiado.
El cartel de Imperium Corporation lleva tres semanas parpadeando. Nadie lo arregla. No porque no puedan, sino porque así, con ese parpadeo, resulta más difícil mirarlo fijo. Más difícil leerle la cara al hombre del anuncio. Más difícil darse cuenta de que sonríe.
Siempre sonríe.
Un perro cruza la calle sin levantar la cabeza. Ni me mira. Aquí los perros aprenden rápido a no mirar a la gente.
Meto las manos en los bolsillos. Están vacíos.
Más abajo, en la esquina, hay un chico repartiendo volantes. Empapado. Solo. Los papeles se deshacen antes de llegar al suelo. Nadie los coge. La gente pasa con la vista al frente, con ese paso calibrado de quien sabe que detenerse tiene un precio.
Un coche corporativo dobla la esquina sin hacer ruido. Lento. Demasiado lento para ir a algún sitio. Lo justo para que todo el mundo lo vea pasar.
El chico de los volantes se paraliza.
Yo también.
El coche sigue. Desaparece.
Nadie dice nada. Nadie cruza ninguna mirada. La calle vuelve a ser lo que era: un sitio por el que pasar cuanto antes.
Trago saliva.
— Antes pensaba que lo peor era el miedo. — murmuro, sin moverme de la pared. — Pero el miedo al menos te avisa de que algo importa.
La lluvia arrecia.
Me quedo donde estoy.

Entonces escucho pasos.
No el ritmo seguro de alguien que sabe adónde va. Sino ese otro ritmo, el de quien camina hacia ti porque ya no le queda otra dirección.
El chico de los volantes se detiene a dos metros. De cerca es más joven de lo que parecía. Demasiado joven para estar aquí a esta hora, con esa cara, con ese montón de papeles empapados que ya no sirven para nada.
Me mira. Yo le miro.
Ninguno de los dos habla durante un momento que se estira más de lo cómodo.
— ¿Lo has visto? — pregunta al fin. La voz le sale pequeña, controlada, como quien ha aprendido a no alzarla en la calle.
No hace falta aclarar el qué.
— Sí. — respondo.
Asiente despacio. Baja los ojos al fajo de volantes. Los aprieta un momento y luego los suelta, los deja caer. Los papeles se dispersan por el charco a sus pies, la tinta corrida, las palabras ya ilegibles.
No dice nada más durante un rato.
— Llevamos tres semanas — murmura por fin, sin mirarme. — Tres semanas y cada vez que salimos aparecen. No siempre hacen algo. A veces solo pasan. — Hace una pausa. — Pero siempre pasan.
Conozco esa táctica. No necesitas apretar el puño si con abrirlo y cerrarlo despacio es suficiente.
— ¿Y seguís saliendo? — le pregunto.
Me mira otra vez. Hay algo en sus ojos que no es valentía exactamente. Es más parecido a la fatiga de haber considerado todas las alternativas y no haber encontrado ninguna mejor.
— ¿Tú qué harías?
No respondo.
La pregunta se queda suspendida entre los dos, mezclada con el vapor y la lluvia y el zumbido lejano de la ciudad que no duerme pero tampoco está despierta del todo.
El cartel de Imperium sigue parpadeando al fondo.
El hombre del anuncio sigue sonriendo.

Dejo pasar unos segundos más. Los suficientes para que la pregunta pese.
— Lo mismo que tú. — digo al fin. — Probablemente.
El chico no sonríe. No era una respuesta para sonreír. Pero algo en su postura cambia, un milímetro, como si soltar tensión fuera un lujo que se permite solo cuando hay alguien cerca que entiende el idioma.
Me separo de la pared. Las rodillas protestan en silencio.
— ¿Cuántos sois?
— Los suficientes para que les molestemos. — responde. — Los justos para que no les preocupemos demasiado.
Eso lo entiendo mejor que cualquier cifra.
Miro los volantes flotando en el charco. Rescato uno. Está casi deshecho pero se puede leer el encabezado.
ZONA LIBRE — DISTRITO PORTUARIO
— ¿Esto es real? — pregunto, sin alzar la vista del papel.
— Depende de a quién le preguntes.
— Te lo estoy preguntando a ti.
Una pausa. El chaval se pasa la mano mojada por la cara. Por un momento parece mucho más viejo de lo que es.
— Sí. — dice. — Es real. Por ahora.
Doblo el volante con cuidado, despacio, como si el papel no estuviera a punto de deshacerse. Me lo guardo en el bolsillo interior del abrigo.
El gesto no pasa desapercibido.
El chico me mira con una expresión que no es exactamente esperanza. Es algo más cauteloso que eso. Algo que ha aprendido a no llamarse esperanza para no tener que perderla.
— No te estoy reclutando. — advierte.
— Lo sé. — respondo.
Silencio.
La lluvia amaina un poco, solo un poco, como si la ciudad estuviera tomando aire antes de continuar.
— Me llamo Kael. — dice el chico.
Lo miro un momento.
— Ya. — respondo.
No doy mi nombre. Él no insiste. En este barrio eso también es un idioma.
Kael recoge los últimos volantes del suelo, los que todavía tienen alguna forma, y los mete bajo el brazo sin muchas esperanzas. Luego mira calle arriba, calle abajo, con ese gesto automático que uno desarrolla sin darse cuenta, el de comprobar que no hay nada que no debería estar.
— El coche vuelve a las cuatro. — dice, casi de pasada. — Siempre a las cuatro.
Me quedo mirando el extremo vacío de la calle.
Son las tres y doce.
— Cuarenta y ocho minutos. — murmuro.
— Cuarenta y ocho minutos. — repite él, como confirmando algo que ninguno de los dos ha terminado de decir en voz alta.
Se aleja sin despedirse. Los pasos se pierden pronto entre la lluvia.
Meto la mano en el bolsillo. Noto el borde del volante doblado.
Cuarenta y ocho minutos.
Me apoyo de nuevo contra la pared y enciendo otro cigarrillo.

Los minutos pasan como pasan las cosas que no quieres que pasen: deprisa.
A las tres y cuarenta me termino el último cigarrillo. Me quedo con el filtro entre los dedos más tiempo del necesario, mirando la brasa apagarse.
La calle sigue vacía. O lo parece.
Levanto la vista hacia el cartel.
El parpadeo se ha vuelto más lento. O quizás soy yo. A estas horas la ciudad y uno mismo empiezan a confundirse, los ritmos se mezclan, cuesta saber quién está cansado de quién.
A las tres y cincuenta y seis oigo el motor.
No lo oigo, en realidad. Lo presiento. Ese silencio particular que precede a ciertas cosas, ese hueco en el sonido que el cuerpo reconoce antes que la mente.
Me enderezo despacio. Sin prisa. Sin que parezca que me he movido.
Los faros aparecen al fondo de la calle. Bajos. Amarillos. Avanzando con esa lentitud deliberada que no es prudencia sino mensaje.
No me muevo.
El coche pasa.
Cristales tintados. Sin matrícula visible. El logo de Imperium en relieve sobre la carrocería, discreto, casi tímido, de la forma en que son discretas las cosas que no necesitan anunciarse.
Ralentiza al pasar frente a mí.
Un segundo. Dos.
Mantengo la mirada al frente. Al cartel. Al hombre que sonríe.
El coche acelera. Dobla la esquina. Desaparece.
El silencio vuelve a llenarse de lluvia.
Espero.
Treinta segundos. Un minuto. Dos.
Nada.
Saco el volante del bolsillo. Empapado, casi transparente, pero las letras del encabezado todavía aguantan.
ZONA LIBRE — DISTRITO PORTUARIO
Lo miro un momento largo.
Luego lo vuelvo a guardar.
Levanto el cuello del abrigo y echo a andar. No hacia casa. En la dirección contraria.
Hacia el puerto.
Responder