El ciclo de la ría

Aquí se irán publicando las escenas de rol tanto de trama principal, como las que querais publicar los jugadores. Debido a la naturaleza de este foro, si se admite contenido NSFW.
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Morcego
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El ciclo de la ría

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Introducción


Xabier Matalobos nunca fue el favorito de la familia. Tampoco el más carismático, ni el más violento, ni siquiera el más inteligente. Pero sí fue el que sobrevivió. Mientras otros hablaban demasiado, presumían demasiado o acababan muertos, detenidos o enterrados bajo pactos silenciosos con la policía, Xabier aprendió algo mucho más útil: observar y esperar.
Durante años permaneció en segundo plano, casi invisible incluso dentro del propio entramado criminal de las Rías Baixas. Era el hermano menor de Eva Matalobos, el hombre al que recurrían cuando había que resolver problemas logísticos, mover mercancía, cuadrar rutas, pagar silencios o hacer desaparecer vehículos comprometidos. Nunca levantaba la voz. Nunca amenazaba más de lo necesario. Nunca se dejaba ver en los locales donde otros buscaban respeto entre whisky caro y exhibiciones ridículas. Y precisamente por eso sigue vivo.
Xabier ronda los cuarenta y pocos. Tiene una complexión fuerte, ligeramente pasada de peso, y los hombros anchos de alguien acostumbrado al puerto, al salitre y a la humedad constante de la costa. Lleva el cabello oscuro peinado hacia atrás con una disciplina anticuada y unos ojos grises difíciles de interpretar, casi cansados. Su rostro transmite una calma incómoda, la serenidad de alguien que lleva demasiados años administrando miedo ajeno sin necesidad de demostrar nada.
Viste bien, aunque sin extravagancias: abrigos oscuros, camisas caras sin logotipos visibles, relojes discretos. El tipo de hombre que podría confundirse con un empresario gallego conservador si uno no se fijase demasiado en cómo calla una mesa entera cuando entra en un restaurante.
No consume cocaína. No bebe hasta perder el control. No persigue mujeres jóvenes para sentirse poderoso. Considera todo eso debilidades estructurales. Para él, el narcotráfico no es una aventura ni una demostración de fuerza; es una empresa hereditaria sostenida sobre tres pilares: deuda, silencio y miedo administrativo. No le interesan las demostraciones violentas gratuitas porque entiende algo que otros nunca llegaron a comprender: el verdadero poder no está en matar a alguien, sino en conseguir que nadie tenga que preguntar quién lo hizo.
Ahora, tras la caída parcial de la vieja estructura criminal de Cambados, el vacío le pertenece. Y lo preocupante no es que Xabier sea más cruel que sus predecesores. Lo preocupante es que es mucho más paciente.

La marea nunca se detiene

Punto de vista: neutral


La lluvia golpea los cristales de la casa familiar con una suavidad casi hipnótica. Desde el ventanal, el puerto de Cambados aparece cubierto por una neblina gris azulada que se arrastra lentamente sobre el agua. Las embarcaciones son poco más que sombras balanceándose con el oleaje bajo el temporal. Todo parece tranquilo. Quizá demasiado.
Xabier Matalobos permanece sentado frente a la mesa del comedor con una taza de café frío entre las manos. Hace rato que dejó de echarle azúcar, aunque todavía conserva la costumbre de removerlo de vez en cuando sin llegar a beberlo.
Sobre la mesa descansan tres teléfonos móviles, una libreta de tapas negras y un periódico doblado por la sección de sucesos.
No necesita leerlo otra vez. Ya conoce cada línea de memoria.
El nombre de Jorge aparece mencionado indirectamente entre rumores, piezas inconexas y especulaciones policiales. Desapariciones. Viejas conexiones. Gente que dejó de hablar. Gente que apareció hablando demasiado.
—Errores —murmura para sí mismo—. Siempre empiezan igual.
Levanta la vista hacia la ventana justo cuando escucha pasos acercándose por el pasillo. Pepe, uno de sus hombres de confianza, entra en el comedor sin atreverse a sentarse.
-Encontramos al chico del astillero.
Xabier no responde. Pepe traga saliva antes de continuar.
-Dice que no sabe nada... pero ya mintió antes.
Xabier deja la taza sobre la mesa con una lentitud calculada.
-Todo el mundo miente al principio -dice con aquella voz grave y cansada que nunca necesita elevarse-. Eso es lo de menos.
El silencio que queda después pesa más que cualquier amenaza. Pepe lo sabe. Lleva años trabajando para él y nunca lo ha oído gritar.
Xabier abre finalmente el periódico y observa una fotografía borrosa del puerto bajo la lluvia.
-¿Y Madrid?
-Sin novedades.
Esa vez sí hay un cambio mínimo en su expresión, casi imperceptible.
-Eso no es una buena noticia.
-¿Crees que volvió a aparecer?
Xabier gira apenas la cabeza hacia él.
-La gente como él nunca desaparece de verdad.
Se pone en pie despacio y camina hasta el ventanal. Saca una caja de tabaco del bolsillo del abrigo, extrae un cigarro y lo enciende mientras contempla la ría extendiéndose bajo el temporal; oscura, silenciosa, Viva...
Lleva allí toda su vida. La sal, el gasóleo y la humedad forman parte de su sangre igual que las bateas, los silencios familiares, las cajas descargadas de madrugada, los policías comprados y los funerales discretos. Galicia nunca expulsó el crimen. Aprendió a mezclarlo con la niebla hasta convertirlo en parte del paisaje.
Xabier mete una mano en el bolsillo del abrigo sin apartar la vista del agua.
-¿Sabes cuál fue el error de Eva?
Pepe permanece callado.
-Pensar que el miedo sirve para siempre. El miedo se acostumbra. La deuda no.
Uno de los teléfonos sobre la mesa comienza a vibrar.
Una vez.
Dos.
Tres.
Xabier se gira lentamente y mira la pantalla iluminada. Número desconocido.
Descuelga sin hablar primero. Nunca habla primero.
Del otro lado solo llega una respiración irregular y el sonido lejano de coches atravesando asfalto mojado. Después, una voz masculina pregunta:
-¿Xabier?
Los ojos grises de Matalobos se endurecen apenas un instante.
-Depende de quién pregunte.
Silencio.
Y luego, la llamada se corta.
Xabier baja el teléfono despacio. Por primera vez en toda la mañana sonríe, aunque no hay nada amable en esa expresión. Es la sonrisa tranquila de un tiburón que acaba de detectar sangre en el agua.
Fuera, sobre Cambados, la lluvia continúa cayendo sin descanso.
Morcego
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Re: El ciclo de la ría

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Punto de vista: neutral


La niebla llevaba horas adueñándose de la ríae incluso desde la playa apenas podía verse el mar. El horizonte había desaparecido mucho antes del anochecer y el mundo se había reducido a tres elementos: arena, agua y oscuridad. Las olas llegaban mansas hasta la orilla, se deshacían en espuma y regresaban de nuevo hacia la negrura de la que habían salido.
Xabier Matalobos observaba aquella oscuridad con las manos hundidas en los bolsillos del abrigo. No parecía preocupado ni especialmente atento. A ojos de cualquiera habría estado simplemente contemplando el paisaje, pero quienes llevaban años trabajando para él sabían que aquella calma era engañosa. Xabier no miraba el mar: leía el mar. Un retraso mínimo, un silencio fuera de lugar, un gesto nervioso. Detalles. Siempre detalles.
A unos metros, varios vehículos permanecían detenidos junto a un camino de tierra. Todo estaba apagado. Solo el viento y el mar llenaban el espacio.
—¿Falta mucho? —preguntó uno de los hombres.
Nadie respondió. El silencio lo obligó a bajar la vista de inmediato. Xabier no toleraba la impaciencia, porque la impaciencia llevaba a los errores, y los errores acababan costando dinero.
El jefe giró apenas la cabeza.
—Si tuviera que llegar ahora mismo, ya habría llegado.
No fue una respuesta. Fue una advertencia.
La niebla siguió moviéndose sobre la playa como una masa viva. A su lado, uno de los más jóvenes cambiaba el peso de un pie al otro con una inquietud difícil de disimular. Xabier lo observó apenas un segundo.
—¿Cuánto llevas con nosotros?
El muchacho tardó en reaccionar.
—Tres anos.
—Parecen menos.
—Síntoo.
—¿Por qué?
—Non lle sei.
Hubo un silencio breve. No incómodo, solo definitivo.
—Entonces no pidas perdón —sentenció Xabier.
La conversación terminó ahí, como casi todas las que mantenía con él.
Fue en ese momento cuando uno de los vigilantes alzó la vista.
—Ahí a está!
No señaló. No hizo falta.
Primero apareció un punto de luz. Luego otro, intermitente, perdido entre la bruma.
Xabier no se movió, pero el grupo entero cambió de postura sin necesidad de órdenes. La espera había terminado.
El sonido llegó después, un rumor grave sobre el agua, difícil de separar del propio mar. Creció lentamente mientras la niebla seguía ocultando la forma que avanzaba.
Y entonces la silueta apareció.
No de golpe, sino como algo que se construye por capas: una sombra, después una masa más definida, finalmente la presencia clara de una embarcación que avanzaba con precisión hacia la orilla.
El motor redujo su intensidad con naturalidad, acercándose lo justo para que el contacto con la arena se produjera sin brusquedad. El mar pareció ceder un instante.
A partir de ahí, el movimiento cambió. Los hombres se incorporaron desde distintos puntos de la playa y comenzaron a converger hacia la orilla. Vista desde lejos, la escena habría podido confundirse con una descarga pesquera de las que llevaban generaciones realizándose en aquella costa. Había algo familiar en la forma de moverse de aquellos hombres: el mismo silencio práctico de los marineros, la misma economía de gestos y esa costumbre tan gallega de trabajar sin necesidad de explicarlo todo.
La embarcación apenas permaneció el tiempo imprescindible junto a la arena. El motor quedó al ralentí mientras la actividad se concentraba a su alrededor. El olor a salitre se mezcló con el de combustible húmedo que llegaba desde el agua, y durante unos minutos la playa se llenó de sombras cruzándose entre la niebla.
No había gritos ni carreras. Solo voces aisladas.
—Coidado coa onda!
Una ola más fuerte que las anteriores avanzó por la playa obligando a varios hombres a retroceder un par de pasos antes de recuperar el ritmo. Uno de ellos hundió una pierna hasta media pantorrilla en una zona de arena blanda y soltó una maldición que provocó alguna sonrisa contenida.
El trabajo continuó.
Desde donde estaba, Xabier observaba cómo las figuras aparecían y desaparecían entre la bruma. En ocasiones resultaba imposible distinguir los rostros; muchos se identificaban más por la voz, por la forma de caminar o por la silueta que proyectaban al moverse.
La niebla absorbía los sonidos y alteraba las distancias. Un hombre podía parecer a veinte metros cuando en realidad estaba a cinco. Otro surgía de pronto de la oscuridad como si hubiera salido directamente del mar.
Aquella era una de las razones por las que Xabier prefería las noches así.
La playa parecía más pequeña y más grande al mismo tiempo.
Las cargas pasaban de unas manos a otras con rapidez, mientras los vehículos aguardaban junto al camino, medio ocultos entre la vegetación. De vez en cuando se cerraba un portón, arrancaba un motor y uno de los todoterrenos desaparecía hacia el interior. Al poco tiempo, otro ocupaba su lugar sin alterar el ritmo general.
Xabier avanzó unos pasos por la arena húmeda. Desde allí podía abarcar casi toda la operación de un vistazo. No observaba a un hombre concreto, sino al conjunto. Siempre había pensado que los problemas rara vez aparecían donde uno estaba mirando; aparecían en los márgenes, en los pequeños cambios de ritmo, en las interrupciones inesperadas.
Sin embargo, aquella noche todo fluía con la naturalidad de algo repetido muchas veces.
El mar seguía rompiendo al fondo. La niebla continuaba desplazándose lentamente sobre la playa. Y durante unos minutos, la actividad humana pareció formar parte del propio paisaje de la ría, como si hubiera estado allí desde siempre.El trabajo avanzaba sin interrupciones cuando Sergio se situó a su lado.
—Vai ben —comentó.
Xabier asintió sin apartar la vista.
—Siempre va bien cuando empieza bien.
Sergio no respondió. Sabía que aquello no era optimismo, sino método.
Poco después, un teléfono sonó, un único tono, seco, fuera de lugar en la playa que provocó que todo el grupo se girase.
El propietario del móvil se quedó rígido por un segundo antes de reaccionar.
—Perdón, xefe –dijo mientras apagaba el dispositivo con manos tensas.
Xabier lo observó sin cambiar la expresión. Luego volvió la vista al mar. La indiferencia fue más dura que cualquier reprimenda, de hecho, el hombre no volvió a levantar la mirada en toda la noche.
La actividad continuó hasta que dejó de haber tránsito en la orilla. No hubo anuncio ni cierre. Simplemente, el movimiento cesó. Los hombres comenzaron a retirarse. Los vehículos abandonaron la zona uno tras otro, perdiéndose en la carretera en distintas direcciones.
Xabier permaneció unos instantes más. Observó la playa ya casi vacía, donde la arena empezaba a recuperar su forma bajo la acción lenta de la marea y la niebla. Después se dio la vuelta y caminó hacia el todoterreno.
La ría volvió a cerrarse sobre Cambados como si nada hubiera ocurrido.
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