La Perla, sal y Mezcal

Aquí se irán publicando las escenas de rol tanto de trama principal, como las que querais publicar los jugadores. Debido a la naturaleza de este foro, si se admite contenido NSFW.
Indira
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Registrado: Vie Oct 04, 2024 11:44 pm

Re: La Perla, sal y Mezcal

Mensaje por Indira »

La llamada que no debía escucharse

Punto de vista: Olivia.

La noche había caído sobre Madrid con una calma espesa, de esas que no apagaban la ciudad, pero sí la volvían más íntima.
Desde el departamento de Olivia, la calle se escuchaba como una respiración lejana: coches pasando con rumor húmedo sobre el asfalto, alguna risa subiendo desde la acera, una moto perdiéndose hacia una avenida más grande, el zumbido bajo de los edificios habitados. La luz de las farolas entraba por las ventanas en franjas amarillentas, tocando los muebles del salón, la mesa baja, las sillas de comedor y una bolsa de tela del restaurante que Olivia había dejado junto a la puerta.
El departamento olía a cena ligera, a jabón de manos, a café de la tarde y a ese perfume tenue de especias que parecía no abandonarla nunca desde que Sabores de México había empezado a funcionar bajo su mando. Había una calma doméstica en el lugar, pero no una paz completa. En la cocina quedaban un plato lavado escurriendo boca abajo, un paño húmedo junto al fregadero y una libreta abierta donde Olivia había escrito números, nombres de proveedores, reservas del fin de semana y una nota breve sobre cambiar el punto de acidez de una salsa.
Olivia estaba en el salón, descalza, sentada de lado sobre el sofá.
Llevaba un pantalón cómodo de lino oscuro y una blusa suelta color crema, con el cabello recogido en una trenza floja que le caía sobre un hombro. Tenía el teléfono en la mano desde hacía varios minutos, mirándolo sin decidirse. La pantalla se apagaba, ella la encendía otra vez, volvía a leer el nombre de Sol García en sus contactos y luego se quedaba quieta, como si llamar fuera admitir algo que todavía podía fingir que no existía.
En el otro extremo del departamento, la puerta de la habitación de Aime estaba entornada.
Aime llevaba un rato ahí dentro. O eso parecía. Había puesto música baja, una canción lenta, casi ambiental, y de vez en cuando se escuchaba el sonido de un cajón abriéndose, una percha moviéndose, el roce de tela. Olivia no sabía si estaba arreglándose para salir o simplemente probándose ropa por costumbre. Tampoco preguntó.
Volvió a mirar el teléfono.
Suspiró.
Marcó.
Sol contestó al tercer tono, con ruido de cafetería al fondo, cucharillas golpeando tazas y una máquina de espresso soltando vapor.
Sol dice con acento español, "Olivia, reina. ¿Sigues viva o ya te tragó la Gran Vía?"
Olivia soltó una risa cansada, agradecida por la naturalidad de su amiga.
Olivia dice con acento sonorense, "Sigo viva, pero apenas. Siento que traigo encima todos los turnos de la semana juntos."
Sol dice con acento español, "Normal. Inauguraste un restaurante, sobreviviste a prensa, proveedores, invitados, familia y seguramente a medio Madrid queriendo opinar de los tacos. Eso no lo cura ni el café."
Olivia se recargó mejor contra el respaldo.
Olivia dice con acento sonorense, "No me hables de café. Hoy tomé como cuatro y siento que ninguno me despertó."
Sol dice con acento español, "Eso es porque lo que tienes no es sueño."
Olivia se quedó callada.
Del otro lado, Sol pareció sonreír sin verla.
Sol dice con acento español, "Ajá. Ese silencio me interesa."
Olivia cerró los ojos un momento y se llevó una mano a la frente.
Olivia dice con acento sonorense, "No empieces."
Sol dice con acento español, "No he empezado. Solo estoy escuchando cómo respiras raro."
Olivia abrió los ojos y miró hacia la ventana. Afuera, una pareja cruzaba la acera despacio, compartiendo un cigarro. Ella los siguió con la mirada sin verlos realmente.
Olivia dice con acento sonorense, más bajo, "No he dejado de pensar en él."
Hubo una pausa al otro lado.
El ruido de la cafetería siguió, pero Sol bajó la voz.
Sol dice con acento español, "En Romero."
Olivia no contestó enseguida.
Olivia dice con acento sonorense, "Sí."
En la habitación de Aime, la música seguía sonando. Un cajón dejó de moverse.
Olivia no lo notó.
Sol dice con acento español, "Lo imaginé."
Olivia soltó una risa mínima, sin alegría.
Olivia dice con acento sonorense, "¿Tanto se me notó?"
Sol dice con acento español, "A ti no se te nota cualquier cosa, Olivia. Ese es el problema. Cuando algo se te nota, es porque te movió de verdad."
Olivia bajó la mirada a sus manos. Las tenía entrelazadas sobre las piernas. Recordó los labios de Romero sobre sus yemas, la manera en que le dijo que esas manos transportaban. La frase volvió con una claridad casi física.
Olivia dice con acento sonorense, "No lo he vuelto a ver."
Sol no respondió de inmediato, como si estuviera eligiendo bien las palabras.
Sol dice con acento español, "¿Y quieres verlo?"
Olivia tragó saliva.
Olivia dice con acento sonorense, "Sí."
La palabra salió sencilla. Sin defensa. Y por eso mismo la dejó más expuesta.
Olivia se inclinó hacia delante y apoyó los codos en las rodillas.
Olivia dice con acento sonorense, "Me da coraje decirlo así, porque no tiene sentido. Lo vi una noche. Una noche, Sol. Y ni siquiera fue una noche limpia. Estaba Aime, estaba todo lo que él me dijo, estaba la inauguración, estaba yo con la cabeza partida en mil cosas."
Sol dice con acento español, "A veces una noche basta para dejar una pregunta."
Olivia sonrió apenas.
Olivia dice con acento sonorense, "Ay, no te me pongas poética, por favor."
Sol dice con acento español, "No estoy poética. Estoy siendo práctica. La pregunta es si esa sensación viene de él o de todo lo que pasó alrededor."
Olivia se quedó mirando sus manos.
Olivia dice con acento sonorense, "Viene de él."
Lo dijo con más seguridad de la que esperaba.
En el pasillo, la puerta de Aime se abrió apenas un poco más. La música bajó de volumen hasta quedar como un murmullo casi imperceptible.
Aime apareció en el umbral de su habitación sin hacer ruido. Llevaba una bata de satén sobre el cuerpo y el cabello rojo suelto, recién cepillado. No salió al salón. Se quedó a medio resguardo, en una zona donde la sombra del pasillo la mantenía fuera del campo visual de Olivia.
Olivia seguía de espaldas a ella, con el teléfono pegado a la oreja.
Sol dice con acento español, "Cuéntame."
Olivia respiró hondo.
Olivia dice con acento sonorense, "No sé. Me miraba como si... como si entendiera algo sin que yo tuviera que explicarlo. No solo el restaurante. No solo la comida. Algo de mí. Y eso me dio miedo."
Sol dice con acento español, "¿Miedo por Aime?"
Olivia se tensó un poco.
Olivia dice con acento sonorense, "También."
Aime no se movió.
Solo bajó los ojos hacia sus propias manos. Tenía las uñas impecables, pintadas en un tono claro. Con el pulgar, acarició despacio el borde de una de ellas, como si revisara una imperfección inexistente.
Olivia dice con acento sonorense, "Aime lo invitó. O algo así. Él dice que no le confirmó nada, que vino porque conocía el lugar y le dio curiosidad verlo cambiado. Pero igual. Ella estaba interesada en él."
Sol dice con acento español, "¿Y él en ella?"
Olivia cerró los ojos.
Olivia dice con acento sonorense, "No."
La respuesta fue demasiado rápida.
Sol no necesitó señalarlo.
Olivia abrió los ojos de nuevo.
Olivia dice con acento sonorense, "Eso es lo que lo complica todo. Que no."
En el pasillo, Aime levantó lentamente la mirada.
Olivia dice con acento sonorense, "Él fue claro. Brutalmente claro. Me dijo lo que pasó entre ellos, sin adornarlo. Me dijo que no tenía compromiso con ella, que no iba a disculparse por eso, pero que tuviera cuidado. Que Aime no le inspiraba confianza."
Sol dice con acento español, "¿Y tú qué sentiste cuando te dijo eso?"
Olivia se pasó una mano por la nuca.
Olivia dice con acento sonorense, "Me dolió. Me dio pena por Aime. Me dio culpa. Y al mismo tiempo... me dio miedo que tuviera razón."
Aime apretó la mandíbula.
No lo suficiente para hacer ruido. Solo lo necesario para que la línea de su rostro cambiara por un instante.
Sol dice con acento español, "Olivia, cariño, tú conoces a tu hermana mejor que Romero."
Olivia abrió los ojos con cierta tristeza.
Olivia dice con acento sonorense, "No sé si eso me tranquiliza."
La frase quedó en el aire.
Aime se apartó un poco de la puerta, como si hubiera recibido un golpe muy limpio. No se fue. Solo apoyó la espalda contra la pared del pasillo y respiró despacio, sin permitir que el cuerpo delatara nada.
Sol dice con acento español, "¿Ella sabe que estás pensando en él?"
Olivia soltó una risa amarga.
Olivia dice con acento sonorense, "No. Y no pienso decírselo."
Sol dice con acento español, "Pero vives con ella ahora mismo."
Olivia dice con acento sonorense, "Temporalmente."
Sol dice con acento español, "Temporalmente puede bastar para incendiar una casa si hay cerillos cerca."
Olivia se quedó callada.
Aime miró hacia la sala con los ojos muy quietos.
Olivia dice con acento sonorense, "Por eso no he hecho nada."
Sol dice con acento español, "Pero quieres."
Olivia bajó la cabeza.
Olivia dice con acento sonorense, "Sí."
La palabra volvió a salir sin fuerza para negarla.
Olivia dice con acento sonorense, "Tengo ganas de llamar a Stella Hazel."
Sol se quedó en silencio un segundo.
Sol dice con acento español, "¿La cantante?"
Olivia dice con acento sonorense, "Sí. Romero trabaja para ella. Es su guardaespaldas."
Sol dice con acento español, "¿Y tú conoces a Stella?"
Olivia dice con acento sonorense, "No de amistad, pero sí la he visto varias veces en el restaurante cuando todavía venía antes del cambio. Romero venía con ella. Por eso lo reconocí."
Sol dice con acento español, "¿Y qué vas a decirle? Hola, soy Olivia, la chef que inauguró el restaurante. ¿Me pasas el número de tu guardaespaldas porque me besó las manos y ahora no puedo dormir?"
Olivia soltó una risa, tapándose el rostro con una mano.
Olivia dice con acento sonorense, "No seas cruel."
Sol dice con acento español, "No soy cruel. Estoy ensayando para que no hagas una locura sin guion."
Olivia se recostó contra el sofá, más relajada a pesar de todo.
Olivia dice con acento sonorense, "No la voy a llamar así."
Sol dice con acento español, "¿Pero sí has pensado en llamarla?"
Olivia miró hacia el techo.
Olivia dice con acento sonorense, "Sí. He pensado en preguntarle por él. Como quien no quiere la cosa."
Sol dice con acento español, "Olivia."
Olivia dice con acento sonorense, "Ya sé. Suena fatal."
Sol dice con acento español, "Suena humano. Fatal sería que te mintieras diciendo que no te interesa."
Olivia guardó silencio.
Aime, desde el pasillo, se apartó de la pared y caminó sin ruido hacia la pequeña mesa que había junto al mueble de la entrada. Allí estaba el bolso de Olivia, abierto, con algunas cosas del restaurante dentro: llaves, recibos doblados, un labial, una libreta pequeña, tarjetas de presentación que le habían entregado durante la inauguración.
Aime no tocó nada todavía.
Solo miró.
Olivia dice con acento sonorense, "Me siento ridícula."
Sol dice con acento español, "No lo eres."
Olivia dice con acento sonorense, "Sol, estoy dirigiendo un restaurante que apenas empieza conmigo. Tengo mil pendientes. Estoy cansada. Aime está en mi casa. Y yo aquí, pensando en un hombre que se fue diciéndome que no me fiara de mi propia hermana."
Sol dice con acento español, "Eso no te hace ridícula. Te hace una mujer que también siente cosas fuera de la cocina."
Olivia respiró, tocada por la frase.
Sol dice con acento español, "Llevas mucho tiempo viviendo como si todo tuviera que ganarse con cansancio. Tal vez por eso te movió tanto que alguien te mirara con cuidado."
Olivia no respondió.
La garganta se le cerró apenas.
Sol bajó más la voz.
Sol dice con acento español, "¿Te gusta?"
Olivia cerró los ojos.
Olivia dice con acento sonorense, "Sí."
Aime tomó una tarjeta de presentación del bolso de Olivia, lentamente, solo con dos dedos.
Era de una periodista. La leyó, la volvió a dejar exactamente donde estaba.
Olivia dice con acento sonorense, "Me atrae. Mucho. Y no solo físicamente. O sea, sí, claro que me parece atractivo. Muchísimo. Pero no es solo eso. Es su forma de estar. Como si todo lo viera. Como si no regalara nada. Como si cuando dice algo, aunque suene brusco, no estuviera actuando."
Sol dice con acento español, "Te gustan los hombres peligrosamente honestos."
Olivia sonrió sin abrir los ojos.
Olivia dice con acento sonorense, "Me gustan los hombres que no me hacen sentir tonta por ser intensa."
Sol guardó silencio un momento.
Sol dice con acento español, "Eso sí es serio."
Aime deslizó la mirada hacia la libreta de Olivia. La tapa estaba gastada en una esquina. Tenía una cinta elástica cerrándola. Aime apoyó un dedo sobre ella, pero no la abrió. Miró de nuevo hacia el salón. Olivia seguía dándole la espalda.
Olivia dice con acento sonorense, "Cuando probó los tacos, Sol... no sé cómo explicarte. Se le cambió la cara. Como si algo le hubiera pegado en el pecho. Y yo sentí que todo el trabajo, todas las desveladas, todo ese miedo de no estar haciendo suficiente, valía la pena solo por esa reacción."
Sol dice con acento español, "Entonces no estás pensando solo en Romero. También estás pensando en lo que Romero te devolvió de ti."
Olivia abrió los ojos.
La frase le llegó con demasiada precisión.
Olivia dice con acento sonorense, "Sí."
Aime tomó el teléfono de la mesa donde Olivia lo había dejado cargando antes de usar el móvil principal. Era un teléfono viejo, secundario, que Olivia a veces usaba para revisar mensajes del restaurante cuando el otro se descargaba. La pantalla se encendió sin pedir código; solo mostraba notificaciones antiguas y un par de accesos a redes.
Aime lo miró unos segundos.
Luego lo dejó otra vez.
Exactamente igual.
Sol dice con acento español, "¿Y qué vas a hacer?"
Olivia se quedó mirando el reflejo de una lámpara en el cristal de la ventana.
Olivia dice con acento sonorense, "No sé."
Sol dice con acento español, "Eso no es una respuesta."
Olivia dice con acento sonorense, "Es la única que tengo."
Sol suspiró con cariño.
Sol dice con acento español, "Mira, yo no te voy a decir que lo busques ni que no lo busques. Pero sí te voy a decir algo: no conviertas la culpa por Aime en una cárcel. Si Romero no le prometió nada, si tú no sabías nada y si él se fue precisamente para no hacerte daño, entonces lo que queda no es una traición. Es un conflicto."
Olivia se quedó muy quieta.
Sol dice con acento español, "Y los conflictos se miran. No se entierran."
Olivia dice con acento sonorense, "Tú lo haces sonar muy fácil."
Sol dice con acento español, "No. Fácil sería decirte que lo llames y ya. Yo te estoy diciendo que pienses bien desde dónde lo llamarías."
Olivia bajó la mirada.
Olivia dice con acento sonorense, "Desde las ganas."
Sol soltó una risa suave.
Sol dice con acento español, "Eso ya lo sabemos."
Olivia también sonrió.
Olivia dice con acento sonorense, "Y desde la curiosidad. Y desde... no sé. Desde una parte de mí que no quiere dejar pasar algo que se sintió bonito solo porque apareció en mal momento."
Aime volvió hacia el pasillo. Antes de entrar a su habitación, se detuvo frente al espejo pequeño de la entrada. Se miró.
El reflejo le devolvió un rostro sereno, hermoso, cuidadosamente vacío.
Desde el salón, Olivia seguía hablando.
Olivia dice con acento sonorense, "No quiero lastimar a Aime."
Sol dice con acento español, "Lo sé."
Olivia dice con acento sonorense, "Pero tampoco quiero vivir tomando decisiones para que ella no se rompa, no se enoje, no se sienta fuera. A veces siento que cualquier cosa buena que me pasa tengo que esconderla para que no le duela."
Aime bajó la mirada.
Sus dedos se cerraron despacio sobre el cinturón de la bata.
Sol dice con acento español, "Eso no es vida para ti. Ni cura nada en ella."
Olivia se llevó una mano al pecho, como si la frase hubiera tocado un lugar incómodo.
Olivia dice con acento sonorense, "Me gustaría hablar con él una vez más. Solo una. Sin gente, sin Aime mirando, sin la inauguración, sin ruido. Para saber si lo que sentí fue real o nomás me agarró vulnerable."
Sol dice con acento español, "Eso sí me parece sensato."
Olivia dice con acento sonorense, "¿Sensato querer llamar a su jefa para encontrarlo?"
Sol dice con acento español, "No tanto."
Olivia rió por lo bajo.
Sol dice con acento español, "Pero puedes esperar. Tal vez él aparezca. Tal vez Stella vuelva al restaurante. Tal vez Madrid haga una de esas coincidencias suyas."
Olivia dice con acento sonorense, "O tal vez no."
Sol dice con acento español, "También."
La respuesta honesta le dolió más que una falsa esperanza.
Olivia miró la pantalla apagada de su teléfono.
Olivia dice con acento sonorense, "No sé si él quiera verme."
Sol dice con acento español, "Por cómo te miró, yo diría que sí. Otra cosa es que se permita hacerlo."
Olivia cerró los ojos.
Olivia dice con acento sonorense, "Eso es lo que me da vuelta en la cabeza."
Sol dice con acento español, "Entonces no tomes una decisión esta noche. Estás cansada. Es viernes, vienes de una semana brutal, y con cansancio una confunde intuición con urgencia."
Olivia respiró mejor.
Olivia dice con acento sonorense, "Tienes razón."
Sol dice con acento español, "Casi siempre."
Olivia sonrió.
Olivia dice con acento sonorense, "No te emociones."
Sol dice con acento español, "Imposible. Soy insoportable con fundamento."
Olivia se rió de verdad, suave, con el cansancio rompiéndose apenas.
Desde el pasillo, Aime escuchó esa risa.
La risa le molestó más que la confesión.
Porque no era una risa social. No era la risa medida de Olivia frente a invitados. Era una risa confiada, de esas que se entregaban a alguien sin pedir permiso. Aime no se movió durante unos segundos. Luego entró a su habitación y dejó la puerta abierta lo suficiente para seguir oyendo.
Olivia dice con acento sonorense, "Gracias por escucharme."
Sol dice con acento español, "Para eso estoy. Y porque si no me cuentas estas cosas, luego haces tonterías gastronómicas como ponerle demasiada sal a una salsa por frustración emocional."
Olivia dice con acento sonorense, "Jamás."
Sol dice con acento español, "Mentira. El martes pasado esa salsa estaba furiosa."
Olivia volvió a reír.
Olivia dice con acento sonorense, "Era una salsa con carácter."
Sol dice con acento español, "Era una salsa con ganas de mandar un mensaje."
Olivia se hundió un poco más en el sofá, ya menos rígida.
Olivia dice con acento sonorense, "Bueno. No voy a llamar a Stella. No hoy."
Sol dice con acento español, "Eso me gusta más."
Olivia dice con acento sonorense, "Pero si la veo en el restaurante..."
Sol dice con acento español, "Ahí improvisas con dignidad."
Olivia dice con acento sonorense, "No prometo tanta dignidad."
Sol dice con acento español, "Promete al menos no parecer desesperada."
Olivia dice con acento sonorense, "Eso sí puedo."
Sol dice con acento español, "Bien. Y duerme."
Olivia miró hacia el pasillo. No vio a Aime.
Olivia dice con acento sonorense, más baja, "Voy a intentarlo."
Sol dice con acento español, "Y Olivia..."
Olivia dice con acento sonorense, "¿Sí?"
Sol dice con acento español, "No eres mala hermana por sentir algo."
Olivia se quedó callada.
La frase le aflojó algo dentro.
Olivia dice con acento sonorense, casi en un susurro, "Gracias."
Sol dice con acento español, "Buenas noches, chef."
Olivia dice con acento sonorense, "Buenas noches, Sol."
Cortó la llamada.
El departamento quedó de nuevo en silencio, pero ya no era el mismo. Olivia mantuvo el teléfono en la mano durante unos segundos, mirando la pantalla oscura. Después lo dejó sobre el sofá y se cubrió el rostro con ambas manos.
No iba a llamar a Stella Hazel.
No esa noche.
Pero la idea seguía allí, viva, respirando bajo la piel.
En la habitación, Aime estaba sentada frente al tocador. La luz de una lámpara pequeña le iluminaba la mitad del rostro. Sobre la superficie había maquillaje, un frasco de perfume, aretes, una libreta fina y su teléfono. Con movimientos lentos, casi distraídos, abrió una aplicación y buscó las publicaciones recientes de Sabores de México.
Fotos del restaurante.
Fotos de Olivia.
Comentarios sobre la inauguración.
Una historia compartida por Sol donde Olivia aparecía sonriente junto a la barra.
Aime tocó la pantalla con la uña.
La historia pasó.
Otra publicación.
Romero no aparecía claramente en casi ninguna imagen. En una, apenas se veía de espaldas, cerca de una mesa. En otra, su perfil quedaba borroso, pero suficiente para reconocer la línea de su mandíbula y la postura vigilante.
Aime guardó esa imagen.
Después abrió sus mensajes.
El chat de Jorge seguía ahí. También el contacto de Laura, guardado desde aquella servilleta como una pequeña pieza que todavía no había decidido dónde colocar. Aime miró ambos nombres sin escribir nada.
Luego dejó el teléfono sobre el tocador.
Se levantó y salió al pasillo.
Olivia seguía en el sofá, mirando hacia la ventana, perdida en sus propios pensamientos. Aime caminó hasta la cocina y abrió el refrigerador.
Aime dice con acento jalisciense, desde la cocina, "¿Quieres agua?"
Olivia giró la cabeza, sorprendida por la voz.
Olivia dice con acento sonorense, "Sí, gracias."
Aime sirvió dos vasos. Su mano no tembló. Su rostro no mostró nada. Volvió al salón con una calma suave y le entregó uno a Olivia.
Olivia lo tomó.
Olivia dice con acento sonorense, "Gracias."
Aime se sentó en el sillón individual, cruzando una pierna sobre la otra.
Aime dice con acento jalisciense, "¿Hablabas con Sol?"
Olivia sostuvo el vaso con ambas manos.
Olivia dice con acento sonorense, "Sí."
Aime asintió despacio.
Aime dice con acento jalisciense, "Se nota que te quiere mucho."
Olivia la miró, intentando leer el tono.
Olivia dice con acento sonorense, "Sí. Es buena amiga."
Aime bebió un poco de agua.
Aime dice con acento jalisciense, "Eso es bonito. Tener gente así cerca."
Olivia sintió una pequeña punzada de culpa, aunque no supo bien por qué.
Olivia dice con acento sonorense, "Tú también puedes tenerla."
Aime sonrió apenas.
Aime dice con acento jalisciense, "No todo el mundo entra tan fácil en esos lugares."
Olivia bajó la mirada al vaso.
Olivia dice con acento sonorense, "A veces solo hay que dejarse querer."
Aime la observó.
La frase quedó entre ellas con una ternura peligrosa.
Aime dice con acento jalisciense, "Tal vez."
Olivia bebió agua. Estaba fría, limpia, demasiado simple después de todo lo que acababa de confesar por teléfono.
Aime apoyó su vaso sobre la mesa baja.
Aime dice con acento jalisciense, "Estuve pensando en lo del restaurante."
Olivia levantó la vista.
Olivia dice con acento sonorense, "¿Qué cosa?"
Aime acomodó un mechón rojo detrás de su oreja.
Aime dice con acento jalisciense, "En la pared vacía."
Olivia no respondió de inmediato.
Aime continuó con naturalidad.
Aime dice con acento jalisciense, "No para ahora. No quiero presionarte. Pero creo que podríamos pensarlo bien. Algo que no robe atención. Algo sobrio. Una pieza que dialogue con Guaymas, con el desierto, con tu idea de memoria."
Olivia la observó con cansancio, pero también con interés.
Olivia dice con acento sonorense, "Eso suena mejor que imponer una escultura dos horas antes de inaugurar."
Aime sonrió, aceptando el golpe pequeño.
Aime dice con acento jalisciense, "Estoy aprendiendo."
Olivia suavizó la expresión.
Olivia dice con acento sonorense, "Podemos hablarlo. Con calma."
Aime asintió.
Aime dice con acento jalisciense, "Me gustaría enseñarte unos bocetos. No ahora. Cuando tú puedas."
Olivia dio otro sorbo de agua.
Olivia dice con acento sonorense, "Está bien."
Aime miró hacia la ventana, como si la conversación hubiera terminado para ella.
Pero sus dedos, apoyados sobre el brazo del sillón, se movían apenas. Una vez. Dos. Tres. Como si llevara una cuenta silenciosa.
Olivia no lo notó.
Aime volvió la mirada hacia ella.
Aime dice con acento jalisciense, "¿Mañana irás temprano al restaurante?"
Olivia dice con acento sonorense, "Sí. Hay reservas fuertes. Y quiero revisar cocina antes del servicio."
Aime asintió.
Aime dice con acento jalisciense, "Puedo pasar en la tarde. Llevarte los bocetos. O dejarlos ahí para que los veas cuando tengas tiempo."
Olivia dudó.
Aime no insistió. Solo esperó.
Olivia dice con acento sonorense, "Pásate si quieres. Pero no prometo sentarme mucho rato."
Aime sonrió con una suavidad impecable.
Aime dice con acento jalisciense, "No necesito mucho rato."
La frase fue sencilla.
Demasiado sencilla.
Olivia no encontró motivo para desconfiar de ella en ese instante. Estaba cansada, sensible, con la cabeza todavía llena de Romero y la voz de Sol diciéndole que no era mala hermana por sentir algo. Quería creer que Aime estaba intentando acercarse de una manera menos invasiva. Quería creer que la noche anterior, con todo su desorden, no había roto lo poco que estaban empezando a construir.
Aime se levantó con su vaso.
Aime dice con acento jalisciense, "Voy a dormir. Tú deberías hacer lo mismo."
Olivia asintió.
Olivia dice con acento sonorense, "Sí. Ahorita voy."
Aime caminó hacia el pasillo. Antes de desaparecer, se detuvo.
Aime dice con acento jalisciense, "Olivia."
Olivia la miró.
Aime sonrió con una dulzura apenas visible.
Aime dice con acento jalisciense, "Me alegra que el restaurante esté funcionando."
Olivia recibió la frase como algo frágil.
Olivia dice con acento sonorense, "Gracias."
Aime entró a su habitación y cerró la puerta.
Esta vez sí.
Dentro, dejó el vaso sobre el tocador y tomó el teléfono de nuevo. Abrió la imagen borrosa donde Romero aparecía en el fondo de la inauguración. Luego abrió la foto de Olivia sonriendo con Sol.
No escribió.
Todavía no.
Solo miró las piezas disponibles, una por una, con la misma concentración con la que antes observaba el lugar exacto donde quería colocar una escultura.
En el salón, Olivia apagó una lámpara y se quedó unos segundos en la penumbra, con el teléfono en la mano.
Pensó en Stella Hazel.
Pensó en Romero.
Pensó en Aime.
Luego dejó el teléfono boca abajo sobre la mesa, como si con eso pudiera impedirse hacer algo imprudente.
En la habitación cerrada, la pantalla del móvil de Aime iluminó su rostro.
Sus ojos no tenían prisa.
La noche de viernes siguió respirando sobre Madrid, cálida, urbana, llena de ventanas encendidas y secretos pequeños. En el departamento, nada parecía haberse roto. No había gritos, ni lágrimas, ni amenazas. Solo dos hermanas separadas por una puerta, una pensando en un hombre que no había vuelto a ver, la otra ordenando en silencio los caminos por donde podía empezar a moverse.
Indira
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Registrado: Vie Oct 04, 2024 11:44 pm

Re: La Perla, sal y Mezcal

Mensaje por Indira »

Perlas de sangre y agave

La puerta propia


El Lunes 25 de mayo de 2026 04:51:21 apuntaste lo siguiente:

Punto de vista: Aime

El lunes llegó con una luz apagada sobre Madrid.
No era un día frío, pero el cielo estaba cubierto y la claridad entraba por las ventanas del departamento con un tono gris, tranquilo, casi cansado. La mesa del comedor todavía tenía señales de los días anteriores: una libreta de Olivia abierta por una página llena de pendientes del restaurante, una pluma sin tapa, un recibo doblado, una servilleta de lino que había terminado allí sin que nadie recordara haberla traído, y un pequeño ramo de flores bajas en un vaso ancho.
Olivia estaba en la cocina, descalza, con el cabello recogido de cualquier manera y una camiseta blanca amplia. Preparaba café en silencio. No se movía con la velocidad de los días previos a la inauguración. Su cuerpo parecía haber entendido por fin el cansancio de toda la semana, pero su rostro todavía conservaba algo de la noche de Sabores de México: una alegría agotada, un orgullo discreto, y una sombra que no conseguía quitarse del todo desde que Romero se había ido.
Aime estaba sentada a la mesa.
Llevaba una bata de seda color marfil, el cabello rojo suelto sobre un hombro y el rostro limpio. Tenía una carpeta negra a un lado, el teléfono junto a la taza vacía y varias llaves nuevas dentro de un sobre blanco. No las había escondido. Tampoco las había puesto en el centro. Las había dejado donde Olivia pudiera verlas tarde o temprano.
Olivia sirvió café en dos tazas.
Olivia dice con acento sonorense, '¿Quieres?'
Aime levantó la mirada.
Aime dice con acento jalisciense, 'Sí, gracias.'
Olivia dejó la taza frente a ella y se sentó al otro lado de la mesa. Bebió un sorbo largo, cerrando los ojos un instante. Cuando volvió a abrirlos, miró el sobre blanco.
Olivia dice con acento sonorense, '¿Eso qué es?'
Aime no respondió de inmediato. Rodeó la taza con ambas manos, como si el café fuera lo único importante en la mesa.
Aime dice con acento jalisciense, 'Las llaves.'
Olivia la miró con atención.
Olivia dice con acento sonorense, '¿De qué?'
Aime alzó apenas una ceja, sin dureza.
Aime dice con acento jalisciense, 'Del departamento.'
La frase quedó entre las dos con una calma incómoda.
Olivia bajó la vista hacia el sobre y luego volvió a mirar a Aime.
Olivia dice con acento sonorense, '¿Ya te las dieron?'
Aime asintió.
Aime dice con acento jalisciense, 'Ayer quedó todo cerrado. Hoy pasan a revisar unos detalles finales. Mañana puedo mudarme.'
Olivia se quedó quieta.
La taza seguía entre sus manos, pero ya no bebió. La noticia no llegó como una sorpresa completa; algo en los últimos días le había avisado que Aime estaba tomando distancia. Aun así, escucharlo con fecha exacta le apretó el pecho de una manera que no supo disimular.
Olivia dice con acento sonorense, '¿Mañana?'
Aime sostuvo su mirada.
Aime dice con acento jalisciense, 'Sí.'
Olivia bajó la mirada al café.
Olivia dice con acento sonorense, 'Pensé que ibas a quedarte más tiempo.'
Aime bebió un sorbo antes de contestar.
Aime dice con acento jalisciense, 'No quería abusar de tu espacio.'
Olivia levantó la cara de inmediato.
Olivia dice con acento sonorense, 'No estás abusando de nada.'
Aime dejó la taza sobre el plato.
Aime dice con acento jalisciense, 'Eso dices ahora.'
Olivia frunció el ceño, herida por la suavidad de la frase.
Olivia dice con acento sonorense, '¿Por qué me dices eso?'
Aime miró hacia la ventana. La calle se movía abajo con coches, pasos, un repartidor cargando una caja y una mujer mayor caminando con una bolsa de pan. Todo parecía normal. Demasiado normal para lo que estaba haciendo.
Aime dice con acento jalisciense, 'Porque no quiero que un día sientas que llegué a instalarme en tu vida sin pedir permiso.'
Olivia soltó aire despacio.
Olivia dice con acento sonorense, 'Yo te pedí que vinieras, Aime.'
Aime volvió a ella.
Aime dice con acento jalisciense, 'Lo sé.'
Olivia dice con acento sonorense, 'Entonces no lo pongas como si yo te estuviera sacando.'
Aime no respondió. Esa pausa hizo más daño que una respuesta directa.
Olivia apretó la taza con las dos manos.
Olivia dice con acento sonorense, más bajo, '¿Es por lo del restaurante?'
Aime ladeó apenas la cabeza.
Aime dice con acento jalisciense, '¿Por qué tendría que ser por eso?'
Olivia se quedó mirándola.
No quería decir el nombre de Romero. No quería ponerlo en medio de la mesa, junto al café, junto a las llaves, junto a esa distancia nueva. Pero desde la inauguración lo sentía allí, aunque nadie lo mencionara. Romero felicitando a Olivia. Romero mirándola como si la hubiera entendido demasiado rápido. Romero besándole los dedos. Romero yéndose. Aime marchándose sin despedirse.
Olivia dice con acento sonorense, 'Porque desde esa noche estás rara conmigo.'
Aime sonrió apenas, sin alegría.
Aime dice con acento jalisciense, 'Estoy igual.'
Olivia negó despacio.
Olivia dice con acento sonorense, 'No.'
Aime tomó la cucharilla y la movió dentro de la taza. El sonido metálico fue bajo, seco, repetitivo.
Aime dice con acento jalisciense, 'Quizá estás cansada y estás viendo cosas.'
Olivia bajó los ojos.
La frase le entró mal. No como un golpe abierto, sino como una duda puesta dentro de ella. Desde niña había aprendido a preguntarse si estaba exagerando con Aime, si debía tener más paciencia, si la menor cargaba heridas que ella no alcanzaba a entender. Aime era hija de José Fuentes también, pero no había nacido dentro del mismo lugar seguro que Olivia había tenido en la infancia.
Olivia había sido la hija del matrimonio visible.
La hija de la casa reconocida.
La hija que podía decir “papá” sin que nadie bajara la voz.
Aime, en cambio, había nacido en Tequila, Guadalajara, de Rosalinda Montalvo, la mujer que durante años fue mencionada en murmullos, en silencios incómodos, en frases cortadas cuando Olivia entraba a una habitación. Rosalinda había sido la tercera discordia en el matrimonio de José Fuentes y la madre de Olivia. Aime había sido reconocida a medias, aceptada en papeles, en ciertos gestos, en algunas visitas, pero siempre con una frontera alrededor. No completamente afuera. Nunca completamente dentro.
Olivia no tenía la culpa de eso.
Pero lo había sabido siempre.
Y por eso, cada vez que Aime se alejaba, Olivia sentía que volvía a fallarle a una niña que nunca había tenido una mesa entera para ella.
Olivia dice con acento sonorense, 'Yo no quiero que te sientas fuera.'
Aime levantó la vista.
Aime dice con acento jalisciense, 'No me siento fuera.'
Olivia la miró.
Aime sostuvo la mirada con una calma perfecta.
Aime dice con acento jalisciense, 'Ya compré mi lugar.'
Olivia se quedó callada.
Esa frase sí la alcanzó.
Aime tomó el sobre blanco y sacó una de las llaves. Era brillante, nueva, con una tarjeta pequeña de acceso a la torre. La dejó sobre la mesa, entre ambas.
Aime dice con acento jalisciense, 'Está en Plaza España. Es alto, luminoso. Tiene buenos ventanales, seguridad, conserjería, ascensores privados. Está casi listo. Solo quiero traer algunas decoraciones de México para que no parezca departamento de catálogo.'
Olivia intentó sonreír.
Olivia dice con acento sonorense, 'Suena bonito.'
Aime dice con acento jalisciense, 'Lo es.'
Olivia tocó el borde de la taza con el pulgar.
Olivia dice con acento sonorense, 'Me hubiera gustado verlo contigo.'
Aime volvió a guardar la llave en el sobre.
Aime dice con acento jalisciense, 'Puedes verlo cuando esté listo.'
Olivia sintió la diferencia.
No era lo mismo ver el lugar cuando ya estuviera terminado, elegido, cerrado, ordenado bajo el gusto de Aime. No era lo mismo acompañarla en el proceso que recibir permiso después. Pero si lo decía, sonaría exigente. Y Aime la miraba con esa serenidad que parecía decirle que cualquier tristeza sería una carga injusta.
Olivia dice con acento sonorense, 'Claro.'
Aime acomodó el sobre junto a su carpeta.
Aime dice con acento jalisciense, 'Además, con el restaurante estás muy ocupada.'
Olivia levantó la mirada.
Olivia dice con acento sonorense, 'No tanto como para no acompañarte.'
Aime la miró con suavidad.
Aime dice con acento jalisciense, 'No quería quitarte tiempo.'
Otra vez.
Olivia bajó la mirada.
Era una frase amable, en apariencia. Justa. Considerada. Pero en la boca de Aime dejaba algo más: la sensación de que Olivia había estado ausente, de que no había visto lo suficiente, de que Aime había tenido que resolver sola porque nadie le hizo espacio.
Olivia dice con acento sonorense, 'No me quitas tiempo.'
Aime no contestó.
El teléfono de Aime vibró sobre la mesa. La pantalla se iluminó con notificaciones de Instagram. Aime lo tomó, deslizó el dedo y abrió la aplicación. Olivia intentó no mirar, pero estaba demasiado cerca.
Aime seleccionó una foto tomada unos minutos antes: el borde de su taza de café, la carpeta negra de la galería, el sobre blanco con la tarjeta de acceso apenas visible, su mano apoyada junto a la llave. No aparecía su rostro. No aparecía Olivia. No aparecía el departamento.
Escribió una frase.
“Hay lugares donde una aprende que no debe pedir sitio. Solo comprar su propia puerta.”
Olivia alcanzó a leer parte antes de que Aime publicara.
No dijo nada al principio.
Aime subió la historia.
Dejó el teléfono boca arriba, como si la publicación no tuviera peso.
Olivia miró su café.
La frase quedó pegada en ella de inmediato.
No debe pedir sitio.
Comprar su propia puerta.
Era demasiado fácil sentirse aludida. Y precisamente por eso Olivia se obligó a no reaccionar demasiado rápido. No quería darle a Aime una escena. No quería parecer culpable de algo que no sabía cómo nombrar. Pero sintió que el pecho se le apretaba, como si la historia hubiera sido escrita para una sola lectora, aunque pudiera verla cualquiera.
Olivia dice con acento sonorense, '¿Eso era necesario?'
Aime levantó la mirada del teléfono.
Aime dice con acento jalisciense, '¿Qué cosa?'
Olivia señaló la pantalla con un movimiento leve.
Olivia dice con acento sonorense, 'La historia.'
Aime miró su propio teléfono como si revisara algo común.
Aime dice con acento jalisciense, 'Solo es una frase.'
Olivia dice con acento sonorense, 'Una frase que suena a reclamo.'
Aime dejó el teléfono sobre la mesa.
Aime dice con acento jalisciense, 'No todo es por ti, Olivia.'
Olivia se quedó callada.
No todo es por ti.
La frase tenía la forma de una defensa razonable, pero le dejó una vergüenza inmediata. Como si hubiera sido egoísta por sentirse aludida. Como si el cansancio, la preocupación y lo ocurrido en el restaurante la hubieran vuelto demasiado sensible.
Olivia apartó la taza.
Olivia dice con acento sonorense, 'No dije que todo fuera por mí.'
Aime dice con acento jalisciense, 'Pero lo preguntaste así.'
Olivia respiró hondo.
No quería llorar. No delante de Aime. No por una historia de Instagram. No por una mudanza que, en teoría, era una buena noticia. Su hermana menor había comprado un departamento en Madrid. Eso debía alegrarla. Debía sentirse orgullosa, no triste.
Pero no podía evitarlo.
Era lunes. El fin de semana había terminado. La inauguración había sido un éxito. Romero se había ido dejándole una inquietud que aún no sabía dónde poner. Y ahora Aime estaba frente a ella, con una llave nueva, una puerta propia y una frase pública que sonaba como despedida antes de haber terminado de llegar.
Olivia dice con acento sonorense, muy bajo, 'Siento que estás enojada conmigo.'
Aime se quedó quieta.
No respondió de inmediato.
Luego suavizó el rostro.
Aime dice con acento jalisciense, 'No estoy enojada.'
Olivia la miró.
Olivia dice con acento sonorense, '¿Segura?'
Aime dice con acento jalisciense, 'Sí.'
Olivia apretó los labios.
Olivia dice con acento sonorense, 'Desde la inauguración siento que... no sé. Como si hubiera hecho algo.'
Aime inclinó apenas la cabeza.
Aime dice con acento jalisciense, 'Fue tu noche. No había mucho que yo pudiera hacer ahí.'
Olivia cerró los ojos un instante.
Ahí estaba.
La puerta se abría otra vez hacia lo mismo.
Olivia dice con acento sonorense, 'Aime, yo quería que estuvieras. Me dio gusto verte ahí.'
Aime la miró con una expresión tranquila, casi cansada.
Aime dice con acento jalisciense, 'Lo sé. Me lo dijiste.'
Olivia dice con acento sonorense, 'Pero no me crees.'
Aime bajó la vista hacia sus manos.
Aime dice con acento jalisciense, 'No es eso.'
Olivia esperó.
Aime dejó pasar el silencio.
Luego habló con una voz más suave.
Aime dice con acento jalisciense, 'Es que tú tienes una vida muy completa aquí.'
Olivia no respondió.
Aime continuó, despacio, como si estuviera eligiendo cada palabra con cuidado.
Aime dice con acento jalisciense, 'Tus amigos. Tu cocina. Tu restaurante. Tu gente. Hasta cuando estás agotada, todo el mundo sabe dónde ponerse alrededor de ti.'
Olivia la miró con los ojos más brillantes.
Aime dice con acento jalisciense, 'Yo todavía estoy viendo dónde no estorbo.'
Olivia se levantó de la silla.
No de golpe. Solo necesitó moverse. Fue hasta la encimera y apoyó ambas manos en el borde. Miró el fregadero vacío, las tazas limpias, la cafetera tibia. Intentó ordenar la frase antes de decirla.
Olivia dice con acento sonorense, 'Yo no quiero que pienses eso.'
Aime dice con acento jalisciense, desde la mesa, 'No es algo que tú puedas decidir por mí.'
Olivia volvió el rostro hacia ella.
La frase era cierta.
Y por eso dolía más.
Olivia dice con acento sonorense, 'No. Pero puedo intentar demostrarte lo contrario.'
Aime la miró.
Aime dice con acento jalisciense, 'No tienes que demostrarme nada.'
Olivia soltó una risa breve, sin alegría.
Olivia dice con acento sonorense, 'Eso suena muy bonito, pero no es verdad.'
Aime no respondió.
Olivia se volvió hacia ella con los ojos húmedos, aunque la voz se mantuvo baja.
Olivia dice con acento sonorense, 'Desde que llegaste siento que cada cosa que hago puede ser una prueba que repruebo sin saberlo.'
Aime la observó.
Esa frase sí tuvo algo de filo inesperado.
Olivia siguió, sin levantar la voz.
Olivia dice con acento sonorense, 'Si te doy espacio, parece que te abandono. Si quiero acercarme, parece que te invado. Si te pregunto, parece que te controlo. Si no te pregunto, parece que no me importas.'
Aime tomó la taza.
Aime dice con acento jalisciense, 'No sabía que mi presencia te resultaba tan complicada.'
Olivia se quedó paralizada un segundo.
Olivia dice con acento sonorense, 'No dije eso.'
Aime levantó la mirada.
Aime dice con acento jalisciense, 'Sonó a eso.'
Olivia negó con la cabeza, afectada.
Olivia dice con acento sonorense, 'Aime...'
Aime se puso de pie.
La seda de la bata cayó con suavidad sobre su cuerpo. Caminó hasta la encimera, no demasiado cerca de Olivia. La distancia exacta para parecer contenida, no fría.
Aime dice con acento jalisciense, 'Está bien. Por eso es mejor que tenga mi espacio. Así no tienes que sentir que todo lo haces mal conmigo.'
Olivia se cubrió la boca un segundo con la mano y luego la bajó.
Olivia dice con acento sonorense, 'No quiero que te vayas así.'
Aime dice con acento jalisciense, 'No me voy mal.'
Olivia dice con acento sonorense, 'Sí.'
Aime sostuvo su mirada.
Olivia dice con acento sonorense, 'Sí te vas mal. Aunque lo digas bonito.'
Aime se quedó callada.
Por un momento, el departamento pareció demasiado pequeño para las dos. En esa cocina estaban todas las versiones anteriores de la misma historia: Olivia intentando reparar lo que nació roto antes de que ella pudiera decidir nada; Aime sosteniendo una herida antigua como si fuera una propiedad; José Fuentes entre las dos, aunque llevara años convertido en nombre incómodo; Rosalinda Montalvo como sombra en las conversaciones familiares; la madre de Olivia como la esposa legítima que jamás dejó de serlo del todo; y Aime, hija reconocida a medias, aprendiendo a entrar a las casas como si tuviera que demostrar que nadie podía echarla.
Olivia dice con acento sonorense, 'Yo sé que no fue fácil para ti.'
Aime apartó la mirada.
Olivia continuó con cuidado.
Olivia dice con acento sonorense, 'Lo de mi papá. Lo de tu mamá. Todo eso.'
Aime volvió a mirarla.
Sus ojos cambiaron.
No fue un estallido. Fue más pequeño. Una dureza inmediata.
Aime dice con acento jalisciense, 'No hables de mi mamá.'
Olivia tragó saliva.
Olivia dice con acento sonorense, 'No lo digo mal.'
Aime dice con acento jalisciense, 'No importa.'
Olivia asintió despacio.
Olivia dice con acento sonorense, 'Está bien.'
Aime mantuvo la mirada fija unos segundos más. Después suavizó el rostro, como si cerrara una puerta interna.
Aime dice con acento jalisciense, 'No quiero pelear.'
Olivia dice con acento sonorense, 'Yo tampoco.'
Aime volvió a la mesa, tomó el sobre de las llaves y lo guardó dentro de la carpeta negra.
Aime dice con acento jalisciense, 'Mañana me mudo. Solo me faltan unas piezas decorativas de México, unas cerámicas, quizá un textil de Jalisco y algo de la hacienda. Lo demás ya está a mi gusto.'
Olivia recibió la información con una tristeza muda.
A mi gusto.
Como si nada de lo que habían compartido en ese departamento pudiera tener ya un lugar.
Olivia dice con acento sonorense, '¿Quieres que te ayude con algo?'
Aime cerró la carpeta.
Aime dice con acento jalisciense, 'No hace falta.'
Olivia asintió.
Olivia dice con acento sonorense, 'Claro.'
Esa palabra volvió a salir pequeña.
Aime la escuchó.
El teléfono de Aime vibró de nuevo. Varias reacciones a la historia. Lo tomó con naturalidad. Abrió la lista.
Olivia la había visto.
Aime no dijo nada.
Olivia vio su propio nombre reflejado en la pantalla durante un segundo. No hizo falta leer más. Entendió que Aime sabía que la había visto. Y que, aun así, no iba a explicar nada.
Olivia tomó su taza y la llevó al fregadero.
Lavó más despacio esta vez. El agua cayó sobre la cerámica con un sonido constante. Su espalda estaba recta, pero los hombros se le veían bajos.
Olivia dice con acento sonorense, sin volverse, 'Tengo que ir al restaurante.'
Aime dice con acento jalisciense, 'Sí.'
Olivia apagó el grifo.
Se secó las manos.
Luego se quedó quieta un momento antes de hablar.
Olivia dice con acento sonorense, 'De verdad quería que esto funcionara.'
Aime la miró desde la mesa.
Aime dice con acento jalisciense, '¿Y quién dijo que no funciona?'
Olivia se volvió.
Sus ojos estaban húmedos, pero no lloraba.
Olivia dice con acento sonorense, 'Tú. Con todo menos con la boca.'
Aime no respondió.
Olivia tomó aire, como si se arrepintiera de haberlo dicho, pero ya no pudiera recogerlo.
Olivia dice con acento sonorense, 'Perdón. Estoy cansada.'
Aime suavizó la expresión.
Aime dice con acento jalisciense, 'No tienes que disculparte por estar cansada.'
Olivia sonrió con tristeza.
Olivia dice con acento sonorense, 'Contigo nunca sé por qué tengo que disculparme.'
Aime se quedó inmóvil.
Esa frase fue inesperada.
Olivia tomó las llaves del restaurante, el bolso y el móvil. Se acercó a la puerta. Antes de salir, miró a Aime una última vez.
Olivia dice con acento sonorense, 'Avísame si necesitas algo para mañana.'
Aime dice con acento jalisciense, 'Te aviso.'
Olivia asintió.
Dudó un segundo, luego se acercó y le dio un beso breve en la mejilla. El gesto fue suave, casi triste.
Olivia dice con acento sonorense, 'Cuídate.'
Aime permitió el beso sin moverse demasiado.
Aime dice con acento jalisciense, 'Tú también.'
Olivia salió.
La puerta se cerró con cuidado.
Aime quedó sola en el departamento.
El silencio que dejó Olivia no fue inmediato. Tardó unos segundos en asentarse. Primero se oyó el ascensor abriéndose al fondo del pasillo. Luego la puerta metálica. Luego nada.
Aime tomó el teléfono.
La historia seguía recibiendo reacciones.
Abrió la lista de vistas.
El nombre de Olivia estaba allí.
Aime lo miró unos segundos.
Después bloqueó la pantalla.
No sonrió de manera evidente. Solo respiró hondo, tomó la taza de café ya fría y bebió un último sorbo. Hizo una pequeña mueca por el sabor amargo.
Caminó hacia la ventana y miró Madrid.
En algún punto, la Torre Plaza España la esperaba con sus ventanales altos, su seguridad, sus ascensores limpios, sus paredes nuevas y su silencio todavía sin historia. Un departamento a su gusto. Una puerta que no tendría que compartir. Un lugar donde Olivia tendría que pedir permiso para entrar.
Aime apoyó dos dedos sobre el cristal.
Aime murmura con acento jalisciense, 'Mañana.'
La palabra quedó en el aire.
No como despedida.
Como inicio.
Indira
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Re: La Perla, sal y Mezcal

Mensaje por Indira »

Perlas de sangre y agave

el precio de la manipulación

Punto de vista:Aime.

Club Slainte.
Tras buscarla durante unos instantes entre la multitud que abarrotaba el local, Jorge localizó por fin a Aime. El ambiente del club nocturno era un hervidero de murmullos, risas ahogadas y el constante deambular de los clientes que se movían por la planta principal. El DJ jugaba con las luces y hacía sonar música actual a todo volumen, envolviendo el espacio en una atmósfera cargada y sofisticada.
Aime permanecía de pie junto a la barra, con una sutil sonrisa dibujada en los labios. Jorge se acercó a ella con paso firme y decidido; su porte pulcro de abogado destacaba entre la clientela ociosa. De su mano derecha colgaba un maletín rígido y, bajo el brazo izquierdo, presionaba con celo una carpeta de cuero.
Al sentir su presencia, la mujer giró la cabeza para mirarlo. Se acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja sin perder la sonrisa, saludándolo con ese deje suave y melódico, inconfundiblemente jalisciense:
—Hola, Abogado.
—Buenas noches, escultora —respondió Jorge, midiendo cada palabra—. No esperaba que me dejaran pasar a un sitio tan... refinado.
—Para que veas —replicó ella, encogiéndose de hombros con una confianza natural.
—¿Nos sentamos? —sugirió Aime, señalando con la mirada los taburetes altos de la barra principal, donde un par de bartenders despachaban copas a ritmo frenético.
Ambos tomaron asiento en dos de los banquetas libres, justo cuando varias parejas se desplazaban hacia la pista para perderse en el baile. Jorge, manteniendo un semblante imperturbable, pidió un vodka blanco y sin hielo. Aime, por su parte, solicitó un tequila al barman.
—Eres una chica difícil de encontrar en persona —comentó el abogado, clavando sus ojos en ella—. Parece que has estado atareada.
—Muchos pendientes de la galería y de mi hacienda —explicó ella, arrastrando las vocales con el orgullo propio de su tierra—. Estamos por sacar una nueva edición de tequila.
—Ah, es verdad... ¿Cómo era? La Rosa, en Tequila, Jalisco, ¿verdad?
Aime lo miró fijamente, permitiendo que un leve destello de sorpresa rompiera la calma de sus facciones. El murmullo del local aumentó cuando un grupo de personas se dirigió al fondo para jugar al billar. Ella se inclinó sutilmente hacia él, invadiendo su espacio personal con calculada parsimonia.
—Así es. La Rosa es mi hacienda —asintió, bajando el tono de voz a un murmullo—. No recuerdo haberte dicho el nombre... ¿Me investigaste, abogado?
—Y no lo hiciste —admitió Jorge con frialdad, mientras colocaba la carpeta de cuero sobre la madera de la barra—. En realidad... he tenido que buscarte. He tenido que hacerlo, pero los motivos no son los que piensas.
Aime alargó la mano y, con una lentitud casi felina, le rozó el cuello con la yema de los dedos. Jorge sintió un pequeño calambrazo eléctrico recorrerle la espina dorsal, pero recuperó la compostura de inmediato, congelando su expresión. Ella alejó la mano para tomar su copa de tequila, dio un trago corto y sonrió con total tranquilidad.
—Bien, entonces ¿cuáles son los motivos?
—En realidad, nada me gustaría más que esta copa fuese el inicio de una noche loca —confesó Jorge con una leve mueca—, pero dudo que eso vaya a pasar.
El abogado abrió la carpeta. Aime desvió la mirada hacia los documentos antes de volver a clavar sus ojos en él.
—Lo cierto es que te he tenido que buscar porque represento a una persona —continuó él—. Y el tema es... delicado.
—¿A qué persona? —cuestionó ella, endureciendo un poco el gesto mientras los camareros esquivaban clientes para atender las mesas contiguas.
—De momento, la identidad de mi cliente va a permanecer oculta. Pero lo sabrás, seguramente en poco tiempo. Antes... quiero dejar claro que ella no sabe lo que yo sé de ti.
Aime soltó una risa seca, cruzándose de brazos.
—A ver, abogado. ¿Me estás acusando de algo y no quieres decirme quién me acusa?
—Ella no sabe quién eres, ni el peso y la fuerza que puedes tener —insistió Jorge, ignorando la interrupción mientras ella intentaba hacer memoria de las pocas personas que había conocido desde su llegada a Madrid—. Aún no te he acusado de nada. ¿Crees que hay algo de lo que podría acusarte?
Aime dio otro trago a su copa, asimilando las palabras. Negó con la cabeza con una parsimonia absoluta, manteniendo la calma.
—La verdad es que no.
—Vale, yo te voy a exponer una serie de hechos —dijo Jorge, adoptando un tono estrictamente profesional—. Y después... intentaré llegar contigo a un tipo de acuerdo. No me interesa mancharte, ni que ella salga perjudicada. Ambos sabemos, repito, la fuerza que tienes y, teniendo en cuenta de dónde vienes y tus negocios... la presión que puedes ejercer sobre alguien que no está preparado para jugar a tu juego.
Aime se encogió de hombros, restándole importancia con un gesto displicente.
—El domingo, al salir del restaurante de tu hermana... ¿pasó algo? —soltó el abogado a bocajarro.
—¿Estás insinuando que uso mi poder para amedrentar a alguien en especial, abogado?
—Estoy insinuando que eres muy buena usando tu poder —replicó él sin parpadear—. Solo una persona con mucha capacidad sería capaz de controlar un negocio en México como lo haces tú.
Aime guardó silencio un instante. El recuerdo de aquella noche cruzó por su mente y dejó escapar un suspiro contenido. Sin embargo, enderezó la espalda y lo miró con una seriedad imponente, decidida a no dejarse intimidar en mitad de aquel bar.
—Eso es administración y estrategia empresarial —respondió con firmeza jalisciense—. Pero ya entiendo a quién te refieres, abogado. Si su representada me acusa de algo en concreto, espero pruebas. De lo contrario, déjeme decirle que no tengo un interés especial en ella.
La expresión de Jorge se volvió de piedra; su semblante mostraba una concentración digna de las negociaciones más encarnizadas en los tribunales.
—Tengo, por ahora, el testimonio del taxista, y el de la joven que dice que se negó a esa relación. Aime, no queremos destruirte, ni dañar tu reputación en Madrid. Además, ambos sabemos que tienes al número suficiente de abogados para hacer más daño del que ella merece. Pero un escándalo como este... arruinaría tus negociaciones con las galerías de España. Ella no estaba en condiciones de aceptar, y tú lo sabes.
—¿Se negó? —interrumpió Aime, asintiendo con una frialdad cortante antes de beber de nuevo—. Bueno, si ella por sus prejuicios quiere decir que se negó, está bien.
—¿Te quieres arriesgar al juicio mediático? —presionó Jorge, inclinándose hacia delante—. «Joven escultora mexicana que inicia su carrera en España es acusada de acoso sexual». No suena bien.
Aime plantó la copa sobre la barra y lo miró fijamente, con los ojos entrecerrados.
—Hábleme claro, abogado. ¿Qué quiere?
—Una disculpa. Y que la ayudes a costearse un psicólogo que le haga entender que ella no hizo nada malo.
—¿A pesar del trauma, quiere verme? —soltó ella con ironía—. No suena muy lógico eso, pero está bien.
—No he dicho eso —corrigió Jorge—. No sé si quiere verte; sinceramente, ¿ahora mismo? Lo dudo, y mucho. Pero hay otras formas de disculparse —el abogado la sostuvo con una mirada intensa—. ¿O acaso tú quieres verla?
—No tengo interés en ella —negó Aime de inmediato.
—¿Entonces? ¿Por qué la usaste?
Aime soltó una risa baja, cargada de incredulidad.
—¿Yo la usé?
—No intentarás tergiversar la historia diciendo que ella te usó a ti, ¿verdad?
—A ver, ella me coqueteó. Ella quería experimentar —replicó ella, defendiendo su posición con vehemencia.
—Ella estaba alcoholizada —sentenció Jorge—. Venga, ambos sabemos que lo puedes hacer mejor.
—¿Decirme que quería besarme es usarla?
—Continuar cuando ella te pidió que parases en el taxi, sí lo es.
—Yo no tengo la culpa de que sea una chica llena de prejuicios y reprimida —soltó Aime, sosteniéndole la mirada con frialdad.
El rostro de Jorge no mostró ni un ápice de afectación; parecía una estatua tallada en mármol, ajena al estrépito de la música que el DJ cambiaba en ese instante.
—Aime, aquí las cosas funcionan distinto —explicó con paciencia quirúrgica—. No siempre es no. Y solo sí es sí.
—Es su palabra contra la mía —zanjó ella, desviando la mirada—. Si quiere terapia, la tendrá.
—¿Anduviste de llamadas sin consentimiento? —murmuró Jorge, bajando aún más la voz—. Aime, eres buena, pero yo tampoco soy tonto. ¿Y las disculpas? Sea o no cierto, si ella se sintió violentada... creo que es algo que podrías hacer. No creo que la magnífica Aime sea menos por pedir disculpas.
—Si quiere que le mienta para que lo supere, está bien —cedió ella con desdén—, pero yo sé que no hice nada que ella no quisiera. No espere que me arrepienta, abogado.
Jorge guardó silencio y ojeó unos papeles dentro de la carpeta. La densidad del club parecía ajena a la tensión que se respiraba en esa esquina de la barra.
—¿Me disculpas un segundo? —pidió él.
Sacó su teléfono y marcó un número. Aime asintió con el rostro completamente inexpresivo, observándolo mientras el abogado hablaba con alguien al otro lado de la línea.
—Estoy con ella —dijo Jorge al auricular—. Está de acuerdo en la segunda parte pero... no en la primera... No estoy seguro... Sí, eso está claro, ya se lo dije... Pero bueno, su opinión es la misma. La decisión final es tuya... La que sospechábamos... Vale, lo intentaré... Te llamo después.
Jorge colgó y guardó el dispositivo.
—¿Y bien? —quiso saber ella.
—Vale. Dado que no estás dispuesta a ofrecer una disculpa, que es lo que realmente mi clienta más quería... creo que podrías ayudarla un poco con su carrera profesional. Es doctora, futura forense. Estoy segurísimo de que tienes ciertos contactos que la pueden ayudar, y eso para ti no es nada.
Aime dejó escapar una mueca de desprecio, asimilando la propuesta.
—¿Sabe lo que pienso, abogado? Que ella lo único que quiere es mi dinero. Me mandaron a investigar, saben que tengo dinero y ahora vienen con este cuento del trauma. Pero tenga cuidado, porque si de escándalos hablamos, no creo que la familia de su clienta quiera enterarse que ella estuvo esa noche sola en el restaurante de mi hermana. Por lo que se ve, su clienta viene de una familia conservadora. Y tengo contactos del medio, pero no en España. No creo que quiera irse a México.
Aime rió con amargura. Jorge se aproximó un poco más para evitar elevar la voz, invadiendo el espacio justo para que sus palabras sonaran como una advertencia privada.
—Esa excusa es malísima y lo sabes. Esos contactos tienen contactos. Y tú tienes la capacidad suficiente para... hacer que las cosas se muevan. Y a ti no creo que te interese que se filtren a la prensa ciertas fotos íntimas.
—Si las filtras, puedo demandarte, abogado, y vas a perder —amenazó ella, clavándole los ojos.
—¿En serio crees que vas a ganar más de lo que puedes perder? Eres lo suficientemente inteligente para saber qué puede significar para ti un escándalo así.
—Sí, lo sé —asintió Aime con orgullo—. Pero al final quien acabará peor es tu clienta. Una futura doctora forense en este escándalo...
—Tal vez, pero ella no tiene una reputación de escultora que mantener. Tú te mueves en los círculos sociales. ¿Ella? Lo más social que ha tenido es esa inauguración. Sí, a ella puedes estropearle el futuro; tú te estropearás el presente. Y creo que andabas buscando entrar en una galería de arte, ¿no? ¿Crees que te lo van a permitir?
—Ay, abogado —suspiró Aime, recostándose en el taburete—. La gente hablará de mí, sí. Pero yo también puedo defenderme. Tengo millones de seguidores en redes, ¿crees que no me van a apoyar? Y cuando el escándalo pase y otro se ponga de moda, volveré a empezar. Tú sabes cómo son las redes sociales y la sociedad en general. Vuelvo y digo: tu clienta va a quedar peor.
—¿Te compensa? —inquirió Jorge, mirándola con fijeza—. Es tirar una moneda al aire. Esas redes podrían abandonarte. Perderías tu imagen, tu reputación, contratos de importación de tequila... ¿Todo por no ayudarla? ¿Todo por no hacer algo de lo que nadie se va a enterar?
—Es tirar una moneda al aire, abogado —repitió ella, midiendo el riesgo—. No me he negado. Solo que sus formas son poco éticas, si a esas vamos.
Jorge dio un largo trago a su copa de vodka, saboreando el final de la negociación.
—Lo ha puesto en manos de un abogado, no te ha ido a gritar a la puerta de tu casa. Lo estamos negociando aquí, solos, sin prensa, sin cámaras... sin testigos. Si quisiera destruirte, si quisiera hacerte daño de verdad, habríamos ido por la vía dura. No lo ha hecho.
Aime guardó silencio, sopesando el panorama. La música del DJ cambió de ritmo una vez más, marcando el final de la tregua.
—¿Dónde quiere que firme mi compromiso de ayuda a su clienta? —preguntó finalmente, con el tono cortante—. Acabemos con esto de una vez.
—Te enviaré los papeles mañana por correo electrónico —respondió Jorge, cerrando la carpeta de cuero—. Los firmas, me los devuelves, y aquí se termina esta historia.
—De acuerdo.
Aime asintió, dejó la copa vacía sobre la barra y se levantó del taburete. Sacó su tarjeta de crédito y se la extendió al barman para liquidar la cuenta. Cuando el empleado se la devolvió, la guardó en el bolso y se giró para marcharse.
—Y Aime —la llamó Jorge, obligándola a detenerse. Él también se puso en pie, acomodándose la chaqueta—. Ten cuidado. Y no es una amenaza, no es mi estilo.
—Tendré más cuidado de no cruzarme con oportunistas como ustedes —replicó ella con una sonrisa gélida.
—Creo que ha habido gente que se ha aprovechado más de ti —concluyó el abogado, mirándola alejarse—. Más que ayudar a una chica a superar un trauma de una mala noche.
Aime le dedicó una última mirada cargada de desinterés y, dándole la espalda, se perdió entre la multitud en dirección a la salida del local.
Indira
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Re: La Perla, sal y Mezcal

Mensaje por Indira »

Perlas de sangre y agave.

La aprovación de Latifa ttrae un reencuentro.

Punto de vista:Aime.

El viernes por la tarde, Madrid se veía limpia desde la altura.
La luz entraba por los ventanales del departamento de Aime con un tono dorado, más suave que el del mediodía, y caía sobre el piso claro, sobre las paredes nuevas, sobre la mesa de centro todavía sin demasiados objetos y sobre las cajas abiertas que seguían esperando ser vaciadas. La Torre Plaza España tenía ese silencio caro de los edificios recién ocupados: pasillos alfombrados, ascensores suaves, puertas pesadas, vecinos que no se oían, cristales gruesos que separaban el ruido de la ciudad sin borrarlo del todo.
Desde allí arriba, Madrid parecía más manejable.
Aime estaba de pie junto al ventanal, descalza, con una copa baja de tequila en la mano. No bebía todavía. Solo sostenía el vaso y observaba cómo el líquido ámbar atrapaba la luz de la tarde.
El departamento ya era suyo.
No completamente. Todavía faltaban piezas. Las paredes necesitaban algo de México, pero no cualquier cosa. Nada comprado en tiendas de decoración para turistas. Aime quería una cerámica de Tonalá colocada en el lugar exacto, un textil sobrio de Jalisco sobre el respaldo de una butaca, una pieza pequeña de cantera volcánica cerca de la entrada y quizá una fotografía en blanco y negro de la hacienda, pero sin trabajadores, sin sonrisas, sin postal. Quería que el lugar hablara de origen sin parecer museo familiar.
En la sala había un sofá color marfil, una mesa de centro de mármol claro, dos sillones bajos en tono arena y una lámpara de pie con pantalla de lino. Todo era nuevo, contenido, elegante. Aime ya había movido tres veces una mesa auxiliar porque no soportaba que el ángulo interrumpiera la línea visual hacia la ventana. Sobre la barra de la cocina descansaban documentos de la hacienda, una libreta negra, el ordenador abierto y un pequeño sobre con tarjetas de contactos obtenidos en Madrid.
El departamento olía a madera nueva, perfume, café frío y al tequila que acababa de servirse.
También olía a distancia.
Esa distancia la tranquilizaba.
No estaba en casa de Olivia. No había notas pegadas a la cafetera. No había tazas ajenas. No había flores bajas del restaurante ni esa presencia afectiva de su hermana ocupando hasta los silencios. Allí, si alguien entraba, era porque Aime lo permitía. Si alguien se sentaba, era porque ella lo señalaba. Si alguien miraba alrededor, veía el mundo ordenado a su gusto.
Tomó un sorbo de tequila.
La nota de agave cocido le llenó la boca primero. Después vino la madera, algo de vainilla seca, un golpe leve de pimienta y ese fondo mineral que le recordaba la tierra de Jalisco en los días de calor. Aime cerró los ojos un segundo, no por nostalgia sino por reconocimiento. Aquello sí le pertenecía. No como una emoción heredada a medias, sino como una propiedad que podía tocarse, facturarse, exportarse, defenderse.
El teléfono estaba sobre la mesa de centro.
No vibraba.
Aime lo miró desde lejos.
Había decidido no revisar mensajes cada cinco minutos. No esa tarde. El viernes era de Latifa. O debía serlo.
Había enviado todo lo que la directora de Jannah al-Fan le había pedido: dossier actualizado, fotografías profesionales de las siete piezas, fichas técnicas completas, precios revisados, currículum artístico sin adornos, statement de una página, propuesta de transporte especializado para “Agave bajo la lengua del fuego”, condiciones de conservación, embalaje, seguro, tiempos estimados de traslado desde Guadalajara y revisión física de la obra en Madrid.
Lo había hecho bien.
No perfecto.
Bien.
Y eso, viniendo de Latifa Mubarak, tendría que bastar hasta que llegara la respuesta.
Aime dejó la copa sobre la mesa y caminó hacia el ordenador. Llevaba un pantalón amplio negro, una blusa de seda color hueso y el cabello rojo recogido en una coleta baja. No estaba arreglada para salir, pero tampoco estaba informal. En su mundo, incluso esperar una respuesta por correo tenía una estética.
Abrió el PDF del dossier por quinta vez esa tarde.
Pasó las páginas.
“Agave bajo la lengua del fuego” aparecía con una fotografía limpia, fondo neutro y luz lateral. La piedra volcánica negra se veía porosa, densa, sin necesidad de ser explicada. El bronce patinado abría sus formas en verdes oscuros y azul petróleo. El vidrio ámbar del centro retenía una claridad cálida, casi líquida, atravesada por vetas rojizas. El cobre pulido marcaba los bordes con precisión. La resina color caramelo en las grietas ya no parecía decorativa; parecía parte del lenguaje de la pieza.
Aime acercó los dedos a la pantalla sin tocarla.
Latifa había dicho que esa obra podía funcionar.
Ese “podía” todavía le molestaba.
El teléfono vibró.
Aime no se movió de inmediato.
Miró la pantalla desde donde estaba.
Correo nuevo.
Remitente: Latifa Mubarak.
La sala quedó demasiado quieta.
Aime cerró el PDF.
Tomó el teléfono.
No abrió el correo todavía. Fue hasta la ventana, recuperó la copa de tequila, bebió un sorbo pequeño y dejó que el calor bajara antes de desbloquear la pantalla.
Entonces abrió el mensaje.
“Señorita Fuentes Montalbo:
He revisado el dossier junto con mi equipo curatorial. El material enviado cumple con los requisitos iniciales de evaluación y muestra una evolución clara respecto a la primera presentación.
La obra Agave bajo la lengua del fuego ha sido aprobada para avanzar a revisión física y posible incorporación en la presentación privada de Jannah al-Fan programada para finales de junio.
Necesitaremos coordinar recepción, seguro, transporte, montaje y documentación de autenticidad. También solicitaremos una reunión presencial la próxima semana para revisar discurso curatorial, condiciones de venta y alcance de representación temporal.
Su statement funciona mejor en esta versión. La obra gana fuerza cuando no intenta imponerse mediante dramatismo verbal. Mantenga esa línea.
Mi asistente le enviará opciones de horario.
Atentamente,
Latifa Mubarak.”
Aime leyó el correo sin respirar del todo.
Luego lo leyó otra vez.
Y una tercera.
Aprobada.
La palabra estaba ahí.
No “considerada”.
No “en revisión”.
No “interesante”.
Aprobada para avanzar.
Aime bajó lentamente el teléfono.
La ciudad seguía abajo, indiferente. Coches, peatones, fachadas, semáforos, autobuses moviéndose alrededor de Plaza España. Nadie en la calle sabía que algo acababa de acomodarse en su vida con un clic silencioso. Nadie escuchaba el pulso que le había subido al cuello. Nadie veía cómo sus dedos se cerraban un poco más alrededor del vaso.
Aime dejó escapar una respiración breve.
No fue una risa.
Tampoco un suspiro.
Fue algo más contenido.
Una descarga limpia.
Caminó hacia el espejo grande del recibidor. Se miró.
La luz de la tarde le tocaba la cara de lado. Los ojos miel tenían un brillo más duro, más despierto. La boca estaba quieta, sin sonrisa completa. Una parte de ella quería verse celebrando. Otra parte no quería concederle a nadie, ni siquiera al espejo, el espectáculo de la emoción.
Aime dice con acento jalisciense, muy bajo, 'Aprobada.'
La palabra sonó mejor en su voz.
Se acercó al ordenador y abrió el correo en pantalla grande. Lo copió en una carpeta. Guardó una captura. Después hizo otra captura solo del párrafo donde aparecía el nombre de la obra y la aprobación. No la subió. No todavía. Las noticias importantes no siempre debían salir completas. A veces convenía dosificarlas.
Abrió Instagram.
Luego lo cerró.
No.
Primero había que elegir qué versión de Aime iba a recibir esa noticia.
La artista seria.
La heredera sofisticada.
La recién llegada a Madrid que empezaba a abrirse paso sin pedir permiso.
Todas servían.
Ninguna debía parecer demasiado desesperada.
El teléfono vibró de nuevo.
Esta vez no era Latifa.
Era la asistente de la galería.
“Estimada señorita Fuentes Montalbo, por indicación de la señora Mubarak, le comparto disponibilidad para reunión presencial la próxima semana...”
Aime abrió el mensaje.
Martes a las once.
Miércoles a las cinco.
Jueves a las doce treinta.
Aime eligió martes.
No quería esperar.
Respondió con brevedad profesional.
Aime: “Martes a las 11:00 me resulta conveniente. Confirmo asistencia. Saludos, Aime Fuentes Montalbo.”
Envió.
Luego dejó el teléfono en la mesa.
Por primera vez en toda la tarde, sonrió.
La sonrisa no duró demasiado.
No porque la alegría se fuera.
Sino porque otra sensación entró detrás.
El club.
Jorge.
La negociación.
La forma en que la noche había cambiado de textura cuando él dejó de ser un hombre deseoso y se convirtió en abogado. La manera en que había puesto sobre la mesa palabras como compensación, terapia, acuerdo, privacidad, imágenes, escándalo. La forma en que había usado lo ocurrido con Laura como una cuerda alrededor de su cuello justo cuando Aime empezaba a entrar en el circuito de Latifa.
Aime tomó la copa, pero no bebió.
La sostuvo con fuerza.
Laura.
La chica de ojos verdes, la de Navarra, la que en el taxi había temblado con deseo y confusión. Aime no quería pensarla como víctima. No le nacía. En su recuerdo, Laura se había acercado, había dado su número, había besado, había permitido, había respondido. Aime seguía convencida de que la joven había querido cruzar ese límite aunque después no supiera qué hacer con lo que sintió.
Pero el problema no era lo que Aime creyera.
El problema era lo que podía contarse.
Lo que podía escribirse.
Lo que podía filtrarse.
Lo que podía llegar a Latifa convertido en ruido.
Eso era lo intolerable.
Aime dejó la copa sobre la mesa con un golpe más seco de lo necesario.
No había cedido por culpa.
Había cedido por control de daños.
El acuerdo económico se firmaría. La ayuda psicológica se cubriría. Los términos quedarían por escrito. Jorge y Laura tendrían lo que pidieron. Y después, para Aime, dejarían de existir.
No merecían más espacio.
No en su teléfono.
No en su cabeza.
No en Madrid.
Aime pensó en contratar Seguridad personal.
Hasta hacía poco, le habría parecido excesivo. Propio de alguien con miedo o de alguien demasiado importante. Ahora le parecía práctico. Madrid era una ciudad elegante, pero también estaba llena de gente que podía acercarse con una sonrisa, una copa, una fragilidad bonita o una amenaza bien vestida. Aime había confiado demasiado en su capacidad de leer a todos.
No volvería a hacerlo.
Primero Latifa.
Luego seguridad.
Después el resto.
El orden importaba.
Aime volvió al ventanal.
La tarde comenzaba a inclinarse hacia la noche. El cielo tenía franjas de azul pálido y naranja suave. Las ventanas de otros edificios empezaban a encenderse. El tráfico bajaba por las avenidas como una corriente constante de luces rojas y blancas.
El departamento estaba limpio, demasiado nuevo todavía.
Eso le gustaba.
No había recuerdos ajenos.
No había voces familiares pegadas a los muebles.
No había olor a comida de Olivia ni rastros de conversaciones que empezaran con cariño y terminaran en culpa. Allí no era hija reconocida a medias, ni media hermana, ni invitada temporal, ni la presencia incómoda nacida de Rosalinda Montalvo y José Fuentes. Allí era la dueña. La artista que acababa de recibir aprobación de Jannah al-Fan. La mujer que podía decidir quién entraba, quién esperaba y quién se quedaba fuera.
Tomó una fotografía de la mesa.
No del correo completo.
Solo un fragmento: el borde del ordenador abierto, una esquina del dossier impreso con su nombre, la copa de tequila a un lado y el reflejo de la ciudad en el cristal. En la pantalla, desenfocado pero legible para quien mirara con atención, se alcanzaban a distinguir las palabras “Jannah al-Fan” y “Agave bajo la lengua del fuego”.
Escribió una historia.
“Hay puertas que no se piden. Se trabajan.”
La miró.
Demasiado directa.
La borró.
Escribió otra.
“Materia, espera y fuego. Madrid empieza a escuchar.”
Mejor.
No mencionaba aprobación. No daba detalles. Dejaba suficiente espacio para que preguntaran.
La subió.
Las reacciones comenzaron en menos de un minuto.
Corazones.
Fuego.
“¿Ya hay noticia?”
“Necesito saber más.”
“Esa obra es brutal.”
Aime observó las notificaciones acumularse. No respondió a ninguna. Las dejó subir como una temperatura.
Luego abrió el chat de Olivia.
No había mensajes nuevos.
Aime pudo escribirle.
Pudo decirle: “Latifa aprobó la obra.”
Pudo recibir un “estoy orgullosa de ti” o un audio emocionado desde Sabores de México. Pudo permitir que Olivia entrara en la noticia antes que el resto.
No lo hizo.
Dejó que Olivia lo viera como los demás.
Desde una historia.
Desde fuera.
Unos minutos después, apareció la visualización.
Olivia Fuentes Guerra ha visto tu historia.
Aime se quedó mirando el nombre.
Esperó.
No llegó mensaje.
Aime dejó el teléfono sobre la mesa, boca arriba.
Esta vez sí bebió el tequila.
El sabor fue más fuerte que antes.
A las siete y diez, el correo de la asistente de Latifa quedó confirmado.
Reunión el martes a las once.
Jannah al-Fan.
Aime anotó la cita en su calendario. Después abrió una carpeta nueva en el ordenador.
“Jannah — Presentación privada.”
Dentro creó subcarpetas.
“Transporte.”
“Certificado autenticidad.”
“Seguro.”
“Statement oral.”
“Vestuario reunión.”
La última carpeta la hizo sonreír apenas.
El vestuario también era información.
Para Latifa no podía parecer una mujer intentando seducir a la galería. Tampoco una heredera jugando a artista. Tenía que parecer lo que Latifa empezaba a reconocer: una escultora capaz de corregir, sostener y negociar sin perder fuerza.
Aime abrió un documento y escribió ideas para la reunión.
Leyó la última línea.
Latifa había hablado de cincuenta por ciento de comisión.
La galería podía pedirlo.
Aime podía aceptarlo.
Pero no sin entender exactamente qué recibía a cambio: coleccionistas, montaje, prensa, reputación, circulación, venta. No iba a entregar margen solo por agradecimiento. Eso sería propio de alguien demasiado ansiosa por entrar. Ella quería entrar, sí. Pero no arrastrándose.
El teléfono vibró.
Esta vez era Olivia.
“¿Lo de la historia es por la galería?”
Aime miró el mensaje.
No respondió de inmediato.
Dejó pasar un minuto.
Luego otro.
Finalmente escribió:
Aime: “Sí.”
Olivia respondió rápido.
Olivia: “¿Buenas noticias?”
Aime miró la pantalla.
Podía castigarla con silencio.
Podía decirle que no era momento.
Podía hacerla preguntar más.
Pero la noticia era demasiado buena como para no mostrarla con una elegancia controlada.
Aime: “Latifa aprobó Agave bajo la lengua del fuego para avanzar a revisión física y posible presentación privada.”
Olivia tardó unos segundos.
Luego llegó un audio.
Aime no lo abrió.
Esperó.
Después lo reprodujo.
La voz de Olivia sonaba cansada, con ruido de restaurante al fondo, platos, una puerta, alguien diciendo “chef” desde lejos.
Olivia dice en audio, con acento sonorense, 'Aime, eso es enorme. De verdad. Qué orgullo. Sabía que esa obra tenía algo muy fuerte. Felicidades. Me da muchísimo gusto por ti. Cuando llegue a casa... bueno, a tu casa, o cuando puedas, lo celebramos. Perdón, estoy en medio de servicio, pero quería decírtelo bien.'
El audio terminó.
Aime se quedó con el teléfono en la mano.
“Qué orgullo.”
Otra vez.
Olivia tenía esa habilidad irritante de decir cosas que podían sonar verdaderas incluso cuando Aime no estaba segura de querer recibirlas.
Aime escribió:
Aime: “Gracias. Estoy organizando lo de la próxima reunión.”
Olivia: “Claro. No te distraigo. Pero felicidades otra vez.”
Aime dejó el móvil.
No contestó más.
Aime dejó el teléfono sobre la mesa.
La noche terminó de caer sobre Madrid.
Aime encendió solo dos lámparas, una junto al sofá y otra cerca del pasillo. El departamento quedó envuelto en una luz baja, cálida, calculada. Desde los ventanales, las luces de Plaza España y los edificios cercanos parecían suspendidas en capas. Abajo, los coches seguían moviéndose. Arriba, el silencio del piso alto daba una sensación de separación limpia.
Preparó una cena sencilla: queso, aceitunas, pan, un poco de fruta, una ensalada pequeña con aceite de oliva. No tenía hambre real. Comió de pie al principio, luego se obligó a sentarse.
Abrió el correo de Latifa una vez más.
“Aprobada para avanzar a revisión física...”
Lo leyó como quien toca una superficie para comprobar que no desaparece.
Después abrió la galería de fotos de “Agave bajo la lengua del fuego”. Pasó una imagen tras otra. Detalles del vidrio, la base, el bronce, el cobre, las grietas selladas. La obra parecía más paciente que ella. Había esperado en Guadalajara hasta que Madrid tuviera una sala posible. Ahora tendría que viajar. Tendría que entrar en Jannah al-Fan y resistir la mirada de Latifa, de su equipo, de coleccionistas, de personas que no sabían nada de Aime pero sabrían si una pieza tenía o no presencia.
Aime dejó el móvil junto al plato.
Por primera vez en horas, el recuerdo del club con Jorge no logró ocupar toda la habitación. Seguía ahí, como una mancha que necesitaba cerrarse con dinero, abogados y distancia. Pero ya no mandaba.
Latifa había aprobado la obra.
El martes tendría reunión.
Madrid empezaba a organizarse alrededor de nuevas puertas.
Aime tomó la copa de tequila y se acercó otra vez al ventanal. La ciudad reflejó su figura en el vidrio: cabello rojo recogido, blusa clara, rostro serio, copa en mano, la sala elegante detrás de ella. Parecía una imagen lista para publicarse.
No la publicó.
Algunas cosas eran mejores cuando nadie las veía todavía.
Aime murmura con acento jalisciense, 'Primero la galería.'
Bebió.
El tequila bajó cálido, firme, conocido.
El teléfono vibró sobre la mesa con nuevas reacciones a la historia. Aime no se giró de inmediato. Las dejó esperar.
Abajo, Madrid siguió encendida.
Arriba, en su departamento nuevo, Aime sostuvo la copa con calma.
No estaba limpia de rabia.
No estaba libre de amenazas.
No estaba arrepentida de nada.
Pero tenía una obra aprobada, una cita con Latifa, una puerta propia y la decisión de no volver a quedarse expuesta por confiar en la fragilidad de nadie.
Eso, por ahora, era suficiente.
Aime dejó que las notificaciones siguieran acumulándose sobre la pantalla.
No tenía prisa.
La historia que había subido seguía funcionando. La copa de tequila, el dossier, el reflejo de Madrid y la frase medida habían hecho su trabajo. No decía demasiado, pero sugería lo suficiente para que la gente quisiera completar lo que faltaba. Había respuestas de conocidos de Guadalajara, de dos contactos de la inauguración, de una mujer que había comprado una pieza pequeña suya meses atrás y de varios seguidores que no tenían importancia concreta, pero sí servían para sostener esa corriente de admiración silenciosa que Aime revisaba sin admitir que la necesitaba.
El departamento estaba casi en penumbra.
Solo dos lámparas encendidas dejaban una luz cálida sobre la sala. Las cajas abiertas junto a la pared proyectaban sombras ordenadas. Una de ellas contenía textiles envueltos en papel de seda; otra, piezas de cerámica que aún no encontraba dónde colocar. En la cocina, el vaso bajo conservaba una línea ámbar de tequila en el fondo. La ciudad, al otro lado del ventanal, brillaba con una distancia elegante.
Aime estaba sentada en el sofá, con una pierna recogida bajo el cuerpo, el móvil en la mano y el cabello rojo suelto después de haberse quitado la coleta. Había abierto de nuevo el correo de Latifa, solo para leer una vez más la palabra que le interesaba.
Aprobada.
El martes iría a Jannah al-Fan.
El martes entraría no como una aspirante insistente, sino como una artista en proceso formal de incorporación.
Eso le acomodaba la respiración.
El teléfono vibró otra vez.
Una reacción nueva a la historia.
Aime bajó la mirada con desinterés inicial.
Después se quedó quieta.
Julián.
El nombre apareció acompañado de una reacción sencilla: un corazón oscuro y una frase enviada casi enseguida.
Julián: “Sabía que Madrid terminaría mirándote.”
Aime no abrió el mensaje de inmediato.
Se quedó mirando la notificación en la pantalla bloqueada, con la copa olvidada sobre la mesa y el ruido lejano del tráfico filtrándose por los cristales. El nombre de Julián no pertenecía a esa etapa de Madrid. Pertenecía a Tequila. A tardes secas, a caminos de tierra, a cascos de hacienda, a obras a medio construir, a una época en la que él todavía creía que entenderla era cuestión de paciencia.
Aime desbloqueó el teléfono.
Julián había enviado otro mensaje.
Julián: “Estoy en Madrid.”
Debajo apareció una fotografía.
Aime la abrió.
La imagen estaba tomada desde una habitación de hotel con ventanales altos. Se veía parte de Plaza Mayor al fondo, las fachadas rojizas iluminadas por la noche, los soportales oscuros y las mesas de terraza recogidas bajo la luz amarilla. En primer plano estaba Julián, reflejado parcialmente en el cristal. Llevaba camisa negra abierta en el cuello, chaqueta ligera y el cabello oscuro peinado con ese descuido cuidado que nunca había necesitado demasiado esfuerzo. La piel trigueña le resaltaba bajo la luz cálida del cuarto. La mandíbula fuerte, los pómulos marcados y los ojos café oscuro le daban una seguridad seria, casi desafiante, aunque en la foto había también algo más blando. Algo que Aime reconoció antes de leer el siguiente mensaje.
Julián: “Llegué por un proyecto de arquitectura. Un hotel boutique cerca de Las Letras. Voy a estar unas semanas.”
Otro mensaje.
Julián: “Me gustaría verte, Aime.”
Aime apoyó la espalda contra el sofá.
La sorpresa le duró poco.
Luego vino algo más cómodo: una sensación de recuperación. Como si una pieza antigua, guardada en un cajón de Guadalajara, hubiera aparecido de pronto en su sala nueva de Madrid, todavía útil, todavía sensible al tacto correcto.
Julián.
Lo había conocido en Tequila casi dos años antes.
Había llegado a la hacienda para revisar una propuesta de rehabilitación de unas bodegas antiguas que José Fuentes había dejado sin concluir. Era joven, pero ya tenía nombre en ciertos círculos. Arquitecto con carrera en expansión, mirada precisa para los espacios, cuerpo trabajado sin alarde y una manera de escuchar que al principio a Aime le pareció demasiado limpia para ser interesante.
Se equivocó.
Julián tenía paciencia.
Eso lo volvió útil.
No paciencia débil, no falta de carácter. Era paciente porque creía en los procesos, en las estructuras que necesitaban tiempo, en las grietas que podían reforzarse sin destruir el muro completo. Aime recordaba su primera conversación en el patio de la hacienda: él hablándole de orientación de luz, ventilación cruzada, muros de adobe, piedra original, estructura y memoria. Ella escuchándolo con una copa de tequila en la mano, divertida por lo serio que sonaba cuando hablaba de conservar.
Julián la había mirado como si ella también fuera algo que se podía restaurar.
Eso fue su error.
Su historia no había empezado con escándalo. Había empezado con largas caminatas por la hacienda, con él mostrándole planos y ella corrigiendo materiales aunque no le correspondiera, con cenas donde él se sentaba demasiado cerca, con mensajes por la noche sobre detalles de obra que terminaban convertidos en conversaciones personales. Aime lo había dejado acercarse porque le gustaba la forma en que Julián combinaba firmeza y devoción. No se arrastraba. No al principio. Pero la miraba como si ella pudiera ser más que su propia vanidad.
Eso también le gustaba.
Durante meses, Julián fue presencia constante.
La recogía en la hacienda para ir a revisar proveedores. Le llevaba libros de arquitectura y catálogos de diseño. La escuchaba hablar de escultura con atención real, no con deseo disfrazado de interés. Cuando Aime se enfadaba porque un trabajador no seguía sus instrucciones o porque alguien de la familia la trataba como hija secundaria, Julián no le decía que exageraba. La dejaba hablar. A veces le decía que tenía razón. A veces, con cuidado, le decía que estaba siendo injusta.
Aime odiaba eso.
Y lo buscaba después.
Lo había castigado con silencios de varios días. Lo había hecho esperar respuestas. Había subido fotografías sabiendo que él las vería. Había permitido que otros hombres la rodearan en eventos de Guadalajara solo para medir si Julián apretaba la mandíbula. Luego volvía a él con una frase suave, un “me acordé de ti”, una visita inesperada a su estudio, una mano en la nuca, una noche intensa y una mañana fría.
Julián soportó más de lo razonable porque no lo llamaba maldad.
Lo llamaba intensidad.
Capricho.
Herida.
Miedo a confiar.
Una vez, después de una discusión fuerte en la terraza de la hacienda, le dijo con voz baja que ella no era cruel, solo estaba acostumbrada a defenderse antes de que alguien pudiera quedarse. Aime recordaba haberlo mirado durante varios segundos, casi fascinada por la ingenuidad elegante de esa frase.
No era tonto.
Ese era el problema.
Era inteligente para todo, menos para verla sin esperanza.
La relación terminó sin un final limpio.
Aime se cansó de su forma de pedir verdad. Julián se cansó de sentirse cerca y lejos en la misma semana. Hubo una escena en Guadalajara, una cena cancelada, una llamada que ella no respondió y una fotografía subida a redes desde un evento de tequila con un hombre demasiado cerca de su hombro. Julián no gritó. No hizo espectáculo. Solo se apartó.
Pero nunca del todo.
Aime lo supo por sus reacciones. Por las veces que veía sus historias sin escribir. Por un mensaje en cumpleaños. Por un comentario discreto cuando ella publicó una fotografía de una escultura nueva. Por el modo en que su nombre aparecía de vez en cuando, como si Julián se negara a cerrar una puerta que ella tampoco había terminado de bloquear.
Ahora estaba en Madrid.
En Plaza Mayor.
A unas calles de la ciudad donde ella acababa de empezar a ordenarse.
Aime volvió a mirar la foto.
Julián se veía mejor que en su recuerdo. Más ancho de hombros. Más seguro. La mandíbula más marcada. Los ojos con esa calma oscura que siempre parecía desafiarla sin llegar a soltarle la mano. Había madurado sin perder la parte que lo hacía vulnerable con ella.
Eso podía servir.
Aime dejó el teléfono sobre el sofá y se levantó.
Caminó hasta el ventanal. La ciudad seguía encendida abajo. Por un momento, imaginó a Julián en su habitación de hotel, quizá dejando la maleta abierta, quizá revisando planos sobre una mesa, quizá dudando antes de enviar el mensaje. Lo vio mirando la foto de su historia. Vio la palabra Jannah al-Fan en la pantalla. Vio la copa de tequila, el dossier, la ciudad. Y luego el impulso de escribirle.
Aime sonrió apenas.
Julián no llegaba por casualidad.
Nadie llegaba a su vida sin poder ser ubicado en alguna parte.
Aime tomó el móvil y abrió el chat.
No respondió enseguida.
Primero escribió:
Aime: “Madrid está recibiendo demasiada gente de Jalisco últimamente.”
Lo leyó.
No.
Demasiado ligera.
Borró.
Escribió otra cosa.
Aime: “No sabía que estabas aquí.”
Eso era más limpio.
Pero todavía demasiado disponible.
Borró también.
Se sentó en el borde del sofá, cruzó las piernas y observó la foto una vez más. Julián no debía sentir que ella lo estaba esperando. Tampoco debía sentir que lo rechazaba. Había que dejarlo justo en el punto donde su esperanza trabajara sola.
Aime escribió al fin.
Aime: “Así que Plaza Mayor. Elegiste una entrada bastante teatral.”
Envió.
Julián respondió rápido.
Julián: “Tú me enseñaste que las entradas importan.”
Aime leyó y soltó una risa baja.
Seguía siendo Julián.
Aime: “Yo enseñé muchas cosas.”
Julián: “Sí. Algunas todavía me pesan.”
La frase quedó en la pantalla con una honestidad que Aime encontró incómoda y atractiva a la vez.
No respondió de inmediato.
Julián continuó.
Julián: “Perdón. No quería empezar así. Vi tu historia. Lo de la galería parece importante. Me dio gusto.”
Aime apoyó el teléfono contra la palma.
Aime: “Es importante.”
Julián: “Lo sabía.”
Aime miró la frase.
Aime: “No sabías nada. Hace mucho que no hablamos.”
Julián tardó un poco más.
Julián: “No necesito hablar contigo todos los días para saber cuándo algo significa mucho para ti.”
Aime se quedó quieta.
Ese tipo de frases eran precisamente la razón por la que Julián seguía siendo peligroso de una manera distinta. No peligroso como Romero, que resistía. No peligroso como Jorge, que negociaba con amenazas. Julián era peligroso porque todavía creía que podía leer algo verdadero en ella y no salir corriendo.
Aime dejó el móvil sobre la mesa y fue a servirse más tequila.
No debía responder desde la incomodidad.
Volvió con la copa y se sentó junto al ventanal. Afuera, Madrid brillaba en capas de luz. Pensó en la decisión que había tomado horas antes sobre la seguridad.
No necesitaba un desconocido con protocolos.
Necesitaba a alguien suyo.
Alguien de la hacienda.
Alguien que conociera sus silencios, sus gestos, su forma de pedir sin pedir. Alguien que la hubiera visto crecer entre bodegas, eventos, proveedores y discusiones familiares. Alguien capaz de moverse en Madrid sin hacer preguntas de más. Alguien que no solo la cuidara por contrato, sino porque no podía evitar deshacerse por ella.
Pensó en Emiliano Ríos.
Treinta y dos años. Encargado de seguridad logística de la hacienda desde hacía tiempo, hijo de un antiguo capataz de confianza. Fuerte, discreto, acostumbrado a moverse entre trabajadores, cargamentos, rutas y eventos privados. No era guardaespaldas de traje oscuro, pero sabía mirar puertas, manos, coches detenidos demasiado tiempo, hombres que se acercaban con sonrisas falsas. Había acompañado traslados de tequila, reuniones con distribuidores y noches complicadas en Guadalajara.
Y, sobre todo, Aime sabía cómo reaccionaba cuando ella lo llamaba por su nombre.
Emiliano no le discutía demasiado.
No porque fuera débil.
Porque con ella perdía cierto filo.
La miraba con una devoción contenida, casi avergonzada, que Aime había notado desde hacía años. Nunca se había atrevido a cruzar una línea. Jamás le había dicho nada inapropiado. Pero siempre estaba un segundo antes de que ella necesitara algo. Abría puertas. Cargaba cajas. Revisaba autos. Se quedaba cerca en eventos donde había demasiado alcohol. Bajaba la mirada cuando ella lo provocaba con alguna frase innecesaria.
Sí.
Emiliano podía venir a Madrid.
Aime tomó el teléfono y escribió un mensaje breve a su administrador de Guadalajara.
Aime: “Necesito que revises disponibilidad de Emiliano para viajar a Madrid una temporada. Motivo: apoyo logístico y seguridad personal discreta durante reuniones de galería y asuntos de exportación. No lo comentes con nadie hasta que yo confirme.”
Envió.
Luego volvió al chat de Julián.
Él había escrito otra vez.
Julián: “No quiero incomodarte. Solo quería que supieras que estoy aquí.”
Aime miró el mensaje, tomó un sorbo de tequila y respondió:
Aime: “Si no quisieras incomodarme, no habrías mandado una foto desde Plaza Mayor.”
La respuesta de Julián llegó casi al instante.
Julián: “Quería que sonrieras.”
Aime bajó la mirada.
No sonrió.
O no del todo.
Aime: “Qué seguro estás de conocer mis reacciones.”
Julián: “No. Ya no estoy seguro de nada contigo.”
Esa frase le gustó más.
La inseguridad, cuando no era patética, podía ser un punto de entrada.
Aime: “Entonces has aprendido algo.”
Julián: “He aprendido muchas cosas. No todas me sirvieron para alejarme.”
Aime dejó el teléfono sobre la mesa.
La sala quedó en silencio unos segundos.
La luz de las lámparas le rozaba la piel. La Torre Plaza España seguía aislándola del ruido exterior.
Todo podía organizarse.
Todo podía usarse.
Pero Julián requería más cuidado.
No era un contacto nuevo al que bastara con seducir. Ya conocía partes de ella. No todas. No las peores, quizá, o no las reconocía como tales. Pero sí había visto su frialdad después de la ternura. Sus silencios. Su manera de borrar a alguien por días y volver como si nada. Su facilidad para hacer que el otro pidiera perdón incluso cuando ella había herido primero.
Y aun así estaba en Madrid.
Deseando verla.
Aime abrió el chat.
Aime: “¿Qué proyecto te trajo?”
Julián respondió con más detalle esta vez.
Julián: “Rehabilitación interior de un hotel boutique. Edificio antiguo, estructura protegida, quieren conservar elementos originales pero hacerlo rentable. Estaré entre el estudio, la obra y reuniones con inversionistas.”
Aime leyó con interés real.
Arquitectura, hotel, inversionistas.
Círculos útiles.
Aime: “Eso sí suena a ti. Rescatar edificios que otros ya habrían reemplazado por algo sin alma.”
Julián: “Tú te burlabas de mí por decir cosas así.”
Aime: “Me burlaba porque las decías demasiado serio.”
Julián: “Y aun así te quedabas escuchando.”
Aime se quedó con el dedo sobre la pantalla.
Era verdad.
A veces se quedaba.
No por amor, se dijo.
Por curiosidad.
Porque Julián hablaba de los espacios como si cada grieta tuviera una razón. Porque miraba una pared y encontraba historia. Porque tocaba materiales con una concentración que a Aime le resultaba más sensual de lo que admitió en su momento.
Aime: “A veces eras entretenido.”
Julián: “Solo a veces.”
Aime: “No te emociones.”
Julián: “Ya es tarde para eso.”
Aime leyó la frase con una quietud más intensa.
Podía cortar ahí.
Podía dejarlo esperando hasta mañana.
Podía darle una mínima respuesta y medir si insistía.
Le convenía no verlo esa noche. Latifa acababa de aprobar su obra. La noticia debía permanecer limpia. Julián podía entrar después, no como urgencia sino como posibilidad.
Aime: “No voy a verte hoy.”
Julián tardó.
Julián: “No te lo pedí para hoy.”
Aime: “Pero lo pensaste.”
Julián: “Sí.”
Aime sonrió.
Aime: “Martes tengo reunión con Jannah al-Fan. Esta semana estaré ocupada.”
Julián: “Entonces después del martes.”
Aime no respondió enseguida.
Fue hasta el espejo del recibidor con el teléfono en la mano. Observó su reflejo: blusa clara, pantalón negro, cabello suelto, ojos miel atentos, copa de tequila olvidada en la mesa. Se imaginó frente a Julián después de casi dos años. Él de pie en algún café sobrio, alto, atlético, oliendo a madera, hotel y planos. Mirándola con esa mezcla de deseo, reproche y esperanza que tan bien le sentaba.
Sí.
Podía ser útil.
No solo por él.
Por lo que traía.
Arquitectura. Inversionistas. Madrid. Sensibilidad estética. Un pasado que podía activarse cuando ella quisiera sentirse deseada sin empezar de cero.
Aime escribió:
Aime: “Quizá.”
Julián: “Eso antes significaba que sí, pero querías hacerme esperar.”
Aime dejó escapar una risa breve.
Aime: “Antes hablabas menos.”
Julián: “Antes tú me dejabas hablar menos.”
Aime miró la pantalla con una satisfacción lenta.
El hombre seguía ahí.
No intacto.
Pero ahí.
Aime: “Descansa, Julián. Madrid exige más de lo que parece.”
Julián: “Lo sé. Tú también.”
Aime no respondió.
Bloqueó el teléfono y lo dejó sobre la mesa.
La conversación quedaba abierta.
Exactamente donde debía.
El administrador de Guadalajara respondió media hora después.
Lucas: “Emiliano puede viajar si usted lo solicita. Habría que reorganizar dos rutas de supervisión y avisarle directamente. ¿Desea que él se comunique con usted?”
Aime leyó el mensaje mientras caminaba por la sala.
A través del ventanal, Madrid ya era noche completa. El reflejo de su cuerpo se mezclaba con las luces de la ciudad. Le gustó verse así: suspendida entre el interior nuevo y una capital que todavía no conocía todas sus formas.
Aime escribió:
Aime: “Sí. Que me llame mañana a primera hora. Quiero discreción absoluta. No es un traslado de la hacienda; es un asunto mío.”
Lucas : “Entendido.”
Aime dejó el teléfono sobre la mesa.
Aime se acercó a una de las cajas abiertas y sacó una pieza de cerámica envuelta en papel. Era un cuenco bajo, de barro oscuro, con una línea irregular color crema en el borde. Lo había traído de Jalisco sin decidir dónde colocarlo. Caminó por la sala hasta encontrar el lugar: una mesa auxiliar cerca del ventanal, donde la luz de la mañana podría tocarlo sin volverlo protagonista.
Lo acomodó.
Dio un paso atrás.
No estaba perfecto, pero funcionaba.
Como casi todo en esa etapa.
Aime tomó el teléfono una vez más y abrió Instagram. No publicó nada sobre Julián. No reaccionó a su foto. No subió una indirecta que pudiera delatar demasiado pronto su regreso.
Solo revisó quién había visto su historia.
El nombre de Julián estaba ahí.
También el de Olivia.
Aime miró ambos nombres durante unos segundos.
Luego cerró la aplicación.
No todo tenía que moverse la misma noche.
Algunas presencias convenía dejarlas madurar.
Apagó una de las lámparas.
Aime tomó la copa y bebió el último sorbo de tequila.
Aime murmura con acento jalisciense, 'Bienvenido a Madrid, Julián.'
No sonó a recibimiento.
Sonó a cálculo.
La sala quedó más oscura, más íntima. En el teléfono, la conversación con Julián quedaba suspendida. En Guadalajara, Emiliano recibiría instrucciones para llamarla. En Madrid, el hotel de Plaza Mayor guardaba a un hombre del pasado que todavía pensaba que verla podía significar algo más que volver a entrar en su juego.
Indira
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Registrado: Vie Oct 04, 2024 11:44 pm

Re: La Perla, sal y Mezcal

Mensaje por Indira »

Perlas de sangre y Agave

La materia que no se somete.

Punto de vista: AIme

La mañana en Madrid tenía una claridad limpia, casi blanca, cuando Aime llegó a la galería Jannah al-Fan.
El coche la dejó frente al edificio unos minutos antes de las once. Aime no bajó de inmediato. Permaneció sentada en el asiento trasero, con la carpeta negra sobre las piernas y el móvil boca abajo junto a la mano. No había subido ninguna historia esa mañana. No había mostrado el trayecto, ni el café, ni el reflejo de su rostro en el cristal del coche. Había considerado hacerlo, por supuesto. Una imagen de su mano sosteniendo el dossier, la esquina del edificio al fondo, una frase medida sobre puertas que se abren con materia y disciplina.
No.
Latifa no era público para una historia.
Latifa era una sala que había que saber leer.
Aime llevaba pantalones negros de corte amplio, una camisa marfil de seda ligera, el cabello rojo recogido en un moño bajo y unos pendientes pequeños de oro viejo. El maquillaje era limpio, contenido: piel luminosa, ojos definidos, labios en un tono suave. Nada en ella parecía accidental, pero tampoco parecía ofrecerse al lugar como espectáculo. Había decidido no vestir para dominar la entrada. Esa mañana necesitaba otra clase de control.
El chofer abrió la puerta.
Aime bajó con la carpeta en una mano.
El aire de la calle olía a piedra tibia, café cercano y a la limpieza reciente de algún local que acababa de abrir. La fachada de Jannah al-Fan no gritaba modernidad. Era sobria, con una placa discreta, grandes cristales y una puerta pesada de metal oscuro. Desde fuera se alcanzaba a ver el interior: paredes claras, suelos pulidos, esculturas espaciadas con una distancia casi religiosa y una luz que parecía colocada para no perdonar errores.
Aime subió los dos escalones de la entrada.
La puerta se abrió antes de que tocara.
Una asistente joven, vestida de negro, la recibió con una sonrisa profesional.
Asistente dice con acento español, 'Buenos días. ¿Señorita Fuentes Montalbo?'
Aime dice con acento jalisciense, 'Sí.'
Asistente dice con acento español, 'La señora Mubarak la espera. Puede acompañarme, por favor.'
Aime asintió.
Entró.
El olor de la galería era distinto al de Sabores de México, distinto al de su departamento en la Torre Plaza España, distinto incluso al de la hacienda. Olía a madera tratada, pintura seca, metal limpio, piedra fría, papel de archivo y una nota apenas perceptible de flores blancas en algún punto. No era un aroma cálido. Era un aroma controlado, pensado para que nada compitiera con la obra.
Los pasos de Aime sonaron sobre el suelo pulido.
La asistente la guio por una sala principal donde tres esculturas ocupaban el espacio con mucha separación entre sí. Una pieza de mármol claro, abierta por cortes interiores; una estructura de hierro oxidado suspendida con cables casi invisibles; y una obra de cerámica negra, baja, rugosa, que parecía negarse a brillar. Aime las observó sin girar demasiado la cabeza. No quería parecer impresionada. Tampoco ignorante.
La galería no estaba llena de gente. Había silencio de trabajo. En una sala lateral, dos técnicos revisaban iluminación. En una mesa larga, una mujer con guantes blancos examinaba documentos. Desde algún pasillo llegaba el sonido leve de una impresora.
La asistente abrió una puerta de cristal esmerilado.
Asistente dice con acento español, 'Por aquí.'
El despacho administrativo de Latifa Mubarak estaba al fondo.
Latifa estaba de pie junto a la mesa, revisando unas hojas.
Aime la vio antes de que Latifa levantara la vista. La directora llevaba el pelo azabache recogido en un moño alto decorado con una diadema de perlas que no parecía vanidad sino decisión estética. El rostro, de piel bronce cálida, tenía una limpieza casi severa. Sus ojos grandes, almendrados, de café moca profundo, no se movían con prisa. Observaban. Medían. Su boca llevaba un tono nude satinado que no alteraba la naturalidad de sus labios. Los pendientes de aro de oro envejecido rozaban suavemente la línea de su cuello cuando giró la cabeza. Vestía una túnica rojo coral de caída fluida sobre pantalones negros de seda, sandalias plateadas y un reloj satinado en la muñeca izquierda. Las uñas, en forma de lágrima, blanco perla con detalles en oro, parecían demasiado delicadas hasta que uno miraba sus manos con atención: dedos largos, palmas amplias, pequeñas callosidades en zonas donde la materia había dejado memoria.
Al acercarse, Aime percibió su perfume. Una fragancia suave, luminosa, con algo floral y especiado que no invadía. Permanecía cerca de Latifa como una capa de orden.
Latifa levantó la vista.
Latifa No sonrió de inmediato.
Latifa dice con acento árabe, "Buenos días, señorita Fuentes Montalbo."
Aime se acercó con la carpeta contra el cuerpo.
Aime dice con acento jalisciense, "Buenos días, señora Mubarak."
Latifa extendió la mano.
Aime la estrechó.
El apretón de Latifa fue firme, seco, sin exageración. Una mano de escultora. No una mano que teme al peso.
Latifa indicó la silla.
Latifa dice con acento árabe, "Siéntese, por favor."
Aime se sentó sin cruzar las piernas enseguida. Dejó la carpeta sobre sus rodillas, luego la colocó sobre la mesa cuando Latifa hizo un gesto leve.
Latifa tomó asiento frente a ella.
Entre ambas quedó el dossier.
Salvador toca la puerta del despacho, areli va de su mano
Latifa dice con acento árabe, "Adelante. "
Salvador entra junto a areli. saluda a latifa y a la mujer que la acompaña
Latifa mira a su socio y a Areli.
Salvador dice con acento mexicano: "buenas"
Latifa dice con acento árabe, "Salvador, llegas justo a tiempo para conocer a la señorita Aime Fuentes Montalbo. Ya te había hablado de ella. "
Salvador asiente
AIme los observa con una sonrisa.
Aime dice con acento Jalisciense, "Buenos días. "
areli juega distraídamente con el adorno de su bolso.
Salvador sonríe.
Aime se levanta y extiende la mano hacia Salvador.
Salvador le estrecha la mano con delicadeza
AIme se percata de su acompañante y la mira con cierta curiosidad y saluda.
areli le devuelve el saludo a aime
Latifa dice con acento Árabe, "Él es salvador, pintor y socio de la galería. La señorita es, Areli. "
Salvador dice con acento mexicano: "ella es areli; mi tutelada"
Aime dice con acento jalisciense, "Es un gusto conocerlos.
areli dice, sí eso
Latifa dice con acento árabe, "bueno, tomen asiento. Vamos a revisar la propuesta de la señorita fuentes. "
Aime vuelve a su lugar frente a Latifa.
Salvador se sienta, areli hace lo propio
Latifa apoyó una mano sobre la cubierta negra del dossier.
Latifa dice con acento árabe, "Su material llegó dentro del plazo. Eso ya dice algo. "
Aime sostuvo su mirada.
Aime dice con acento jalisciense, "Bueno, Usted pidió viernes antes de las seis."
Latifa abrió la carpeta.
Salvador centra su atención en la carpeta
Latifa dice con acento árabe, "Mucha gente oye una fecha y entiende una sugerencia."
Aime dice con acento jalisciense, "No me convenía malentenderla."
areli mira de reojo
Latifa levantó los ojos.
Por primera vez, una sombra de sonrisa apareció en su boca.
Salvador dice con acento mexicano: "a veces pasa, lo bueno es que no es tu caso"
Latifa extiende la carpeta para que salvador también dé su punto de vista.
Latifa pasó la primera página del dossier. Sobre la mesa ya tenía otra copia, con marcas adhesivas pequeñas en algunos puntos. Había revisado de verdad. No solo había leído por encima. Aime lo notó, y esa constatación le tensó apenas los hombros.
Aime mira a salvador y asiente a su comentario.
Latifa dice con acento árabe, "La presentación mejoró. Las fotografías son más limpias. La información técnica está ordenada. La decisión de retirar temporalmente “Lengua de tierra roja” hasta revisar la base fue correcta."
Aime dejó que la frase entrara sin moverse.
Aime dice con acento jalisciense, "Tenía un problema visual."
Latifa dice con acento árabe, "Tenía un problema de ego."
Aime no respondió.
Latifa pasó otra página.
Latifa dice con acento árabe, "La pieza quería levantarse antes de saber sostenerse. Usted lo vio después."
Aime apoyó las manos sobre sus piernas.
Aime dice con acento jalisciense, "Lo vi cuando dejé de defenderla."
Latifa asintió despacio.
Latifa dice con acento árabe, "Eso me interesa más que si la pieza era buena o no. Una artista joven puede tener piezas fallidas. Lo grave es no verlas."
Latifa mira a salvador.
Latifa dice con acento árabe, "Tú que opinas de las obras de la señorita fuentes, salvador? "
areli dice, ese agabe está como para hacerlo tequila
Salvador mira serio a areli
Salvador vuelve su mirada a latifa
Latifa sonríe ligeramente ante el comentario de Areli.
Salvador dice con acento mexicano: "me parecen buenas como para exponerlas"
AIme sonríe más aflojando la tensión.
Salvador dice con acento mexicano: "mira ésta"
areli se parte de risa.
areli dice, es que en serio
Aime dice con acento jalisciense, "es hermoso no crees? "
Aime mira a la chica.
Salvador dice con acento mexicano: "pa qué te digo que no si sí"
areli dice que sí con la cabeza
Aime sonríe.
Salvador sonríe.
Aime dice con acento jalisciense, "Una cosa si quiero decir. No me interesa sostener una pieza solo porque salió de mi taller."
Latifa dice con acento árabe, "Bien. Entonces hablemos de la que sí vamos a sostener."
Latifa Pasó hasta la página de “Agave bajo la lengua del fuego”.
La fotografía ocupaba casi toda la hoja.
Latifa la miró en silencio.
Salvador mira la fotografía de la pieza que menciona latifa
Salvador dice con acento mexicano: "me recuerda a una hacienda tequilera, no sé."
Aime también.
A AIme le brillan los ojos por el reconocimiento del pintor.
Por unos segundos, la única presencia real en la mesa fue la obra.
areli murmura, ves lo que te digo? con ese agabe saldría un tequila que te saca hasta los demonios
aime se percata del comentario.
Salvador le sonríe a areli
Aime dice con acento jalisciense, "Es justo lo que quería transmitir, el recuerdo del tequila de mi región. "
Salvador dice con acento mexicano: "si es que eres un caso"
Salvador dice con acento mexicano: "primero lo que digiste del cuadro del pañal y luego esto"
Latifa no puede evitar reír por la interacción.
areli hace como que piensa
Latifa retoma la conversación mirando la fotografía y a Aime.
Latifa dice con acento árabe, "Esta pieza tiene carácter. También tiene un riesgo."
areli dice, si yo nomás dije que ese pañal de tu cuadro se lo aventaría a más de un molestoso
Aime dice con acento jalisciense, "¿Cuál?"
Salvador mira atento a latifa
Latifa tocó con la uña blanca perla el borde de la fotografía, sin rozar directamente la imagen.
Latifa dice con acento árabe, "Puede volverse demasiado dependiente de la historia del tequila. Del agave. De la hacienda. De usted como heredera. Si la obra necesita que usted esté al lado contando su origen para funcionar, entonces no es suficientemente fuerte."
Aime miró la imagen.
Aime dice con acento jalisciense, "La obra sostiene materia. No anécdota."
Latifa levantó la vista.
Latifa dice con acento árabe, "Demuéstrelo."
La frase quedó limpia en el despacho. Aime sintió la respuesta subirle demasiado rápido. Podía hablar de la hacienda, de Jalisco, de la tierra roja, de José Fuentes, del agave cocido, de hornos, barricas, herencia, cuerpos de trabajo. Podía construir una narración poderosa. Sabía hacerlo. Sabía convertir origen en autoridad. Pero Latifa acababa de pedirle otra cosa.
Aime respiró despacio.
Salvador no le quita la vista a la imagen
Aime dice con acento jalisciense, "La piedra volcánica trabaja como peso inicial. No está pulida porque no quería una superficie domesticada. Absorbe luz y obliga al ojo a entrar despacio. El bronce abre la pieza, pero no la vuelve ligera. La patina no busca envejecimiento decorativo; marca oxidación controlada. El vidrio ámbar está colocado como tensión central, no como referencia literal al tequila. Si alguien piensa en tequila, está bien. Si no piensa en tequila, la pieza igual debe leerse como presión, corte y transformación."
Latifa escuchó sin interrumpir.
Aime continuó.
Salvador dice con acento mexicano: "si la ponemos junto a las otras piezas sí remite a la hacienda y al tequila, pero si la separamos ya es otra cosa."
Aime dice con acento jalisciense, "Las grietas con resina son importantes. No reparan la piedra. No la curan. La obligan a mostrar el daño como parte de la forma. La pieza no habla de un producto bonito. Habla de lo que una materia atraviesa antes de adquirir valor."
Latifa mira a Salvador y asiente.
Latifa vuelve a Aime.
Aime sostuvo la mirada. No añadió nada. Eso fue difícil.
Latifa apoyó la espalda en la silla.
Latifa dice con acento árabe, "Eso es mejor que el statement."
Aime bajó apenas la barbilla.
Aime dice con acento jalisciense, "El statement tenía que ser más contenido."
Latifa dice con acento árabe, "Sí. Pero no vacío. Usted lo corrigió. Sigue habiendo una tendencia a querer imponer intensidad con palabras."
Aime sintió el comentario como una mano firme sobre la mesa.
Aime dice con acento jalisciense, "Estoy acostumbrada a que si una no coloca fuerza, otros la colocan por una."
Latifa la miró con atención. No con compasión. Eso habría irritado a Aime. Con atención.
Latifa dice con acento árabe, "En una sala de galería, no funciona así. Si usted fuerza demasiado, el coleccionista mira a la artista y deja de mirar la obra. Eso puede servir una noche. No sostiene una carrera."
Latifa dice con acento árabe, "Tú que opinas salvador? "
Salvador mueve la cabez asintiendo
Salvador dice con acento mexicano: "porque aparte puede que le expliques cada pieza al coleccionista, pero cuando alguien más la vea en la sala de éste, tendrá qué recurrir a ti; porque es que dudo que el coleccionista se aprenda de memoria cada palabra de cada pieza."
Salvador dice con acento mexicano: "y la verdad me ha pasado que cada quién percibe una obra de distinta forma."
Aime no respondió enseguida. Los comentarios tocaron algo más amplio que la galería. Una noche. Una sala. Miradas. La artista eclipsando la obra.
Aime cerró esa puerta mental.
Aime dice con acento jalisciense, "No quiero que compren mi presencia. Quiero que compren la obra."
Latifa ladeó apenas la cabeza.
Salvador dice con acento mexicano: "es lo ideal; al menos para mí."
Latifa dice con acento árabe, "¿Está segura?"
areli mira a salva riendo
Aime sostuvo la pregunta. No era una acusación. Era peor. Era una observación directa.
areli dice, en tu caso comprarán espantos
areli dice, ah, y algo para no tener pesadillas
Latifa mira a Areli y sonríe.
Salvador se encoje de hombros ante el comentario de areli
Salvador dice con acento mexicano: "quien las compre sabe a lo que va"
Latifa Dice con acento árabe: "Tranquila pequeña que, los coleccionistas ya están habituados al arte terrorífico de salvador."
areli hace un gesto quitando importancia
Aime se relaja unos segundos y sonríe.
areli dice, la gente ya me ve raro por no asustarme con eso
aime dice con acento Jalisciense, "Me gustaría ver sus cuadros. "
Salvador asiente a aime
Salvador dice con acento mexicano: "están en la sala central, de hecho."
Salvador vuelve la mirada a areli
Salvador dice con acento mexicano: "en realidad te ven raro por tu 1.25 y la chapita"
areli dice, bueno también.
AIme dice con acento jalisciense, "¿Puedo preguntar porqué usa esa chapa? "
Latifa mira a salvador.
Salvador suspira
Salvador dice con acento mexicano: "cosas de las leyes"
Salvador dice con acento mexicano: "hay una ley que entre otras cosas, dice que las personas como areli deben usar esa chapa como identificativo. como salga y no la lleve consigo me la quitan y la llevan a un piso tutelado."
areli pone cara de fastidio.
areli dice, eso y si salgo sola y si se me ocurre trabajar y hacer cosas de persona.
Aime escucha y se sorprende un poco.
AIme dice con acento jalisciense, "Imagino que debe ser complicado. "
Salvador asiente afirmativamente.
Salvador dice con acento mexicano: "sobre todo porque no tiene derechos."
Latifa dice con acento árabe, "Aún así, salvador es un extraordinario pintor y Areli lo apoya vastante. "
Aime asiente a ambos con una sonrisa.
Salvador se sonroja
Salvador dice con acento mexicano: "bueno hago lo que me gusta"
Latifa dice con acento árabe, "Bueno, regresemos a la obra. "
Aime dice con acento jalisciense, "Estoy segura de que puedo aprender a separar ambas cosas cuando convenga."
Latifa sonrió apenas.
Latifa dice con acento árabe, "Esa respuesta sí le creo."
Salvador asiente
Salvador dice con acento mexicano: "con el tiempo se aprende"
Latifa tomó otra carpeta.
Dentro había una hoja con membrete de la galería y varias líneas marcadas.
Latifa dice con acento árabe, "La aprobación no significa representación completa. Eso debe entenderlo desde hoy."
Aime dice con acento jalisciense, "Lo entiendo."
Latifa dice con acento árabe, "Vamos a avanzar por etapas. Primero, revisión física de “Agave bajo la lengua del fuego”. Si la obra llega en buenas condiciones y responde al espacio como esperamos, entrará en una presentación privada con coleccionistas seleccionados a finales de junio."
Aime mantuvo el rostro quieto.
Finales de junio. Era una fecha cercana. Real.
Latifa continuó.
Latifa dice con acento árabe, "La galería no hará una exposición individual. No todavía. Será una presentación cerrada, con tres artistas jóvenes y dos piezas de artistas consolidados que dialogan en materialidad. Usted tendrá una obra principal y, tal vez, una segunda pieza menor si el montaje lo permite."
Aime dice con acento jalisciense, "¿Cuál considera para segunda pieza?"
Latifa pasó una página.
Latifa dice con acento árabe, "“Barrica para una ausencia” tiene posibilidades. Es menos segura que “Agave”, pero más silenciosa. Me interesa verla físicamente."
areli tamborilea los dedos en la mesa en señal de aprobación
Aime asintió.
Latifa dice con acento árabe, "Estás de acuerdo Salvador? "
Salvador dice que sí con la cabeza
Aime dice con acento jalisciense, 'Puedo coordinar traslado de ambas.
Latifa dice con acento árabe, "No todavía. Primero una. No quiero que gaste dinero en transporte de una segunda pieza antes de confirmarlo."
Salvador dice con acento mexicano: "si hasta a areli le hizo gracia la elección"
Salvador dice con acento mexicano: "bueno en realidad está algo desatada"
Aime dice con acento jalisciense, mirando a Salvador, "Estoy segura que le gustará. "
Aime se permite una risa baja.
Aime vuelve a mirar a Latifa.
Aime dice con acento jalisciense, "El dinero no es el primer problema."
Latifa cerró la carpeta suavemente.
Latifa dice con acento árabe, "Aquí sí. No porque falte, sino porque también comunica. Una artista que quiere mover todo de inmediato parece desesperada por llenar la sala. Una artista que sabe esperar el momento de cada pieza parece profesional."
Aime tragó la respuesta que quería dar.
Aime dice con acento jalisciense, "Entonces primero “Agave”."
Latifa asintió.
La directora tomó un bolígrafo.
Latifa dice con acento árabe, "Condiciones. La obra deberá viajar con seguro completo. La galería revisará contrato de transporte. Usted aportará certificado de autenticidad, factura proforma, ficha de conservación y documento de propiedad. Si hay venta, la comisión de galería será del cincuenta por ciento."
Aime no parpadeó.
Latifa la observaba mientras lo decía. Probándola.
Aime dice con acento jalisciense, "¿Cincuenta sobre precio final o sobre precio neto después de transporte?"
Latifa apoyó el bolígrafo.
Latifa dice con acento árabe, "Buena pregunta."
Aime dice con acento jalisciense, "No vine a entregar margen sin saber de dónde sale."
Latifa sonrió con más claridad.
Latifa dice con acento árabe, "Sobre precio final de venta. Transporte y seguro inicial corren a cargo de la artista, salvo acuerdo distinto con comprador. Si la obra se vende, algunos gastos pueden recuperarse según negociación. Pero no se garantiza."
Aime dice con acento jalisciense, "Entonces el precio debe revisarse."
Latifa dice con acento árabe, "Sí."
Aime abrió su carpeta y sacó una hoja.
Aime dice con acento jalisciense, "En el dossier marqué dieciocho mil quinientos euros."
Latifa dice con acento árabe, "Lo vi."
Aime dice con acento jalisciense, "Con comisión, transporte, seguro y embalaje, queda bajo para una pieza única de este peso y material."
Latifa la miró con interés.
Latifa dice con acento árabe, "¿Qué propone?"
Salvador la mira con interés. areli permanece en silencio
Aime no había esperado que se lo preguntara tan pronto, pero no dudó.
Aime dice con acento jalisciense, "Veintidós mil."
Latifa no reaccionó de inmediato. Tomó la fotografía de la obra y la miró otra vez.
Luego se la pasó a Salvador.
Salvador observa la fotografía
Latifa dice con acento árabe, "Veintidós mil puede ser defendible si la pieza físicamente tiene la presencia que promete."
Latifa dice con acento árabe, "¿Qué pienzas del precio de la señorita fuentes, salvador? "
Salvador dice con acento mexicano: "22000 está bien tomando en cuenta transporte y demás gastos."
Aime dice con acento jalisciense, "Tiene presencia. "
Latifa levantó los ojos.
Latifa dice con acento árabe, "Yo lo decidiré cuando la vea."
Aime sostuvo la mirada.
Aime dice con acento jalisciense, "Ustedes decidirán si entra. Yo sé lo que pesa."
Salvador suspira
Salvador dice con acento mexicano: "habrá qué verla en físico; aunque en la foto ya dice algo."
Latifa guardó silencio. Después hizo una anotación.
Latifa dice con acento árabe, "Veintidós mil como precio preliminar sujeto a revisión física."
Latifa dice con acento jalisciense, "De acuerdo salvador? "
Salvador dice con acento mexicano: "de acuerdo."
Aime asintió.
Ese punto le gustó. No todo era concesión.
La reunión continuó durante casi una hora. Hablaron de transporte, seguros, tiempos. Latifa explicó la necesidad de que la pieza llegara al menos diez días antes de la presentación privada. Aime tomó notas sin mostrar ansiedad. Preguntó por altura de sala, base, iluminación, temperatura, control de humedad, tiempo de montaje y si la galería permitiría que un representante suyo estuviera presente durante la apertura de embalaje. Latifa respondió todo sin apuro.
Latifa acomodó los papeles en una carpeta beige.
Latifa dice con acento árabe, "Le enviaré esta tarde una carta formal de intención. No es contrato de representación total. Es una aprobación de obra para proceso de presentación privada. Su abogado puede revisarla."
Aime sintió una molestia breve al escuchar la palabra abogado. No la mostró.
Aime dice con acento jalisciense, "La revisaré."
Latifa dice con acento árabe, "También recomiendo que tenga a alguien de confianza para coordinar logística desde Guadalajara. La obra debe salir bien embalada. No quiero sorpresas."
Aime dice con acento jalisciense, "Mandaré personal de la hacienda."
Latifa la miró.
Latifa dice con acento árabe, "¿Personal de su hacienda o técnicos de arte?"
Aime sostuvo su mirada.
Aime dice con acento jalisciense, "Ambos. La hacienda tiene gente que sabe tratar materiales pesados, rutas, cargas y seguridad. Para embalaje específico contrataré técnicos especializados. No pondré la obra en manos de improvisados."
Latifa asintió.
Aime agregó, con calma:
Aime dice con acento jalisciense, "Uno de mis hombres viajará a Madrid para apoyo logístico."
Latifa notó la frase. “Mis hombres.” No la corrigió. Solo la registró.
Latifa dice con acento árabe, "Mientras no interfiera con el montaje de galería."
Aime dice con acento jalisciense, "No interferirá."
Latifa cerró la carpeta.
Latifa mira a salvador.
Salvador le devuelve la mirada
Latifa dice con acento árabe, "¿Alguna duda que tengas salvador? "
Salvador dice con acento mexicano: "no todo está bien"
Salvador dice con acento mexicano: "sólo esperando ver la obra en físico"
Latifa dice con acento árabe, "Entonces estamos de acuerdo por ahora."
Aime se mantuvo erguida.
Aime dice con acento jalisciense, "Por ahora."
Latifa dice con acento árabe, "Le gusta esa frase."
Aime dice con acento jalisciense, "Es honesta."
Latifa dice con acento árabe, "Sí. Y protege a ambas partes."
Aime tomó su carpeta.
La reunión estaba terminando. Lo supo por la manera en que Latifa ordenó los papeles y miró hacia la puerta, no de forma descortés sino práctica.
Latifa se levantó.
Aime también.
Salvador se levanta, areli lo sigue
Latifa dice con acento árabe, "Ha trabajado mejor de lo que esperaba desde la primera entrevista."
Aime se quedó quieta. El elogio no era suave. Era sobrio. Por eso pesó más.
Aime dice con acento jalisciense, "No suelo desaprovechar oportunidades."
Latifa dice con acento árabe, "No basta con no desaprovecharlas. Hay que merecerlas después de recibirlas."
Salvador dice con acento mexicano: "eso habla de un artista, sabes?"
Aime sostuvo la mirada.
Aime dice con acento jalisciense, "Eso hago."
Aime se gira hacia salvador.
Aime dice con acento jalisciense, "Gracias. Lo tomaré en cuenta. "
Salvador dice con acento mexicano: "tienes cara de que sí"
Aime dice con acento jalisciense, "Por cierto me gustaría pasar a la sala central a ver sus cuadros. "
Latifa sonríe ante el interés de aime.
Salvador dice con acento mexicano: "por mí no tengo problema"
Latifa dice con acento árabe, "Siendo así, te dejo en buenas manos, yo tengo más reuniones y pendientes. Pero salvador y Areli pueden guiárte.
Latifa extendió la mano.
Salvador asiente
Aime la estrechó.
Otra vez sintió esa firmeza de taller, esa mano que no había sido hecha para adornar una mesa sino para trabajar materia.
Latifa dice con acento árabe, "Nos vemos cuando llegue la obra."
Salvador dice con acento mexicano: "será un placer"
Aime dice con acento jalisciense, "Nos veremos antes. Para la carta de intención."
Latifa sonrió.
Latifa dice con acento árabe, "Sí. Para la carta."
Aime salió del despacho seguida de salvador y Areli.
Salvador se marcha.
Comunidad de NeoMadrid; Galería de Arte Jannah al-Fan - Sala Central de Exposiciones
Este es el corazón de la galería. Es un espacio monumental de techos altos con vigas de hierro visto pintadas de blanco. Las paredes son paneles móviles de gran espesor que permiten reconfigurar el espacio. El silencio es casi reverencial, interrumpido solo por el siseo del sistema de climatización. Bajo los pies, una moqueta técnica de color gris neutro absorbe el sonido de los pasos.
Ves Un cuadro titulado mercado de carne enmarcado con un marco Luis XV en Plata Envejecida, Un cuadro titulado pesadilla en la bañera enmarcado con un marco Luis XV en Plata Envejecida, un cuadro titulado belleza aguzanada enmarcado con un marco Luis XV en Plata Envejecida, un cuadro titulado pesadilla de hojas enmarcado con un marco Luis XV en Plata Envejecida, un cuadro titulado codicia enmarcado con un marco Luis XV en Plata Envejecida, y Un cuadro titulado contrastes II. enmarcado con un marco Luis XV en Plata Envejecida aquí.
Te encuentras con Salvador.
Salidas visibles: escalones, sala, longe, arriba, y puerta
AIme llega a la sala central de tras de los chicos.
Aime admira el lugar.
aime murmura con acento jalisciense, "El día que mis esculturas estén aquí... "
aime se detiene frente al primer cuadro de salvador.
Salvador mira los cuadros como si volver a verlos le recordara algo.
se trata de un salón de exposiciones a medio llenar. al frente hay un podio y sobre éste, seis sillones ocupados por figuras sin brazos, otra con los ojos sin luz, la tercera tiene la cara deformada, una cuarta tiene un pie mmás corto que el otro, la quinta babea sin control mientras parece estar en otro mundo y la sexta tiene un cuerpo bien formado pero el tamaño de una niña pequeña. la gente examina las figuras como quien examina frutas mientras decide a quién llevarse. las iniciales S L aparecen en el suelo del podio.
Esta obra está enmarcada con un marco Estilo rococó con curvas elegantes y un acabado plateado con pátina oscura en las hendiduras.
areli se para de puntillas
Aime mira a salvador.
AIme dice con acento jalisciense, "¿Tiene un significado especial? "
Salvador dice con acento mexicano: "sí"
Salvador dice con acento mexicano: "a areli la saqué literalmente de una exposición parecida a la de la pintura"
Aime mira a la niña del cuadro luego a Areli.
areli señala la figura que ocupa el último sillón
areli dice, había un podio y todo
AIme dice con acento jalisciense, "es, inpactante. "
Salvador murmura con acento mexicano: "en el periódico y en la misma expo se vendía como una obra de caridad"
AIme dice con acento jalisciense, "Lo has pintado con mucha profundidad y se percibe. "
aime se muestra sorprendida por ell hecho.
areli murmura, caridad mis orejas.
AIme dice con acento jalisciense, "Yo tampoco lo vería como caridad. "
Salvador dice con acento mexicano: "porque no lo es"
Aime camina un poco más hacia el segundo cuadro.
en el cuadro se observa a un joven alto, con cuerpo bien torneado, se nota que pasa horas en el gimnacio. sus labios incitan al beso y sus ojos verdes le dan un aspecto varonil. el joven parece mirar al espectador, que seguro quedaría cautivado por su aspecto varonil; sin embargo su pecho luce avierto, dejando ver gusanos que brotan de su interior. las iniciales S L aparecen en la esquina superior del cuadro.
Esta obra está enmarcada con un marco Estilo rococó con curvas elegantes y un acabado plateado con pátina oscura en las hendiduras.
AIme dice con acento jalisciense, "Me gusta ese. "
AIme dice con acento jalisciense, "Es, peculiar. Pero habla de que no toda la belleza es bondad."
AIme sonríe.
areli suspira al ver la pintura de la belleza agusanada
areli dice, cómo no vi los gusanos.
aime ríe ligeramente.
Salvador suspira.
Salvador dice con acento mexicano: "todo mundo ve la belleza del muchacho, pero nadie voltearía a ver lo podrido"
AIme dice con acento jalisciense, "Te ha quedado bien. "
Salvador mira a areli
Salvador dice con acento mexicano: "es que no se podían ver, areli"
Aime se identtifica por su comentario.
AIme dice con acento jalisciense, "Podríamos hablar de comprarlo. "
AIme se acerca al tercer cuadro.
areli mira a aime sorprendida
se trata de una joven dentro de una bañera; el aspecto de la joven es relajado, parece disfrutar de la ducha. del hueco que hay entre el excusado y la pared emerge un ser completamente descarnado y enorme. la figura se aproxima a la bañera, sorprendiendo a la joven que nada puede hacer, ya que el ser se aproxima rápidamente y comienza a sumergirla. las iniciales S L aparecen en la esquina inferior izquierda.
Esta obra está enmarcada con un marco Estilo rococó con curvas elegantes y un acabado plateado con pátina oscura en las hendiduras.
Salvador la mira con interés
AIme dice con acento jalisciense, "Cualquier espectaddor sencible al terror se asustaría. Me parece que transmites bien el hecho. "
Salvador ríe bajito recordando de algo.
Salvador dice con acento mexicano: "varios me han hablado diciendo que no pueden evitar azomarse a ese espacio antes de bañarse"
Aime va al siguiente cuadro.
"se trata de un paisaje dominado por verdes praderas y aves revoloteando. los árboles se mecen suavemente movidos por el viento. a lo lejos un niño pequeño corre tranquilamente persiguiendo una pelota. justo cuando el pequeño logra alcanzar la pelota, las hojas comienzan a caer de los árboles, cubriéndolo por completo. las iniciales S L se aprecian entre las hojas que cubren al niño."
Esta obra está enmarcada con un marco Estilo rococó con curvas elegantes y un acabado plateado con pátina oscura en las hendiduras.
areli mira el cuadro evitando el espacio entre el excusado y la pared
Aime observa el cuadro de las plantas y admira la obra.
AIme dice con acento jalisciense, "Me gustan los colores que usaste para este. "
Aime mira el último cuadro.
Salvador asiente
se trata de una bolsa de basura sobre un contenedor. una mujer se acerca y rompe la bolsa para hurgar en ella; de pronto encuentra un pañal sucio que desprende una luz violeta. la mujer toma el pañal pero antes de que pueda siquiera dar un paso, el pañal se retuerce en sus manos hasta cubrirla por completo de un fluído viscoso que parece querer salir del cuadro. las iniciales S L aparecen formando el fluído del pañal.
Esta obra está enmarcada con un marco Estilo rococó con curvas elegantes y un acabado plateado con pátina oscura en las hendiduras.
areli ríe al ver la escena del último cuadro
Salvador ríe con ella
AIme ríe.
AIme dice con acento jalisciense, "Desagradable sorpresa se ha llebado. "
Salvador dice que sí con la cabeza.
Salvador dice con acento mexicano: "sí."
Salvador dice con acento mexicano: "a veces la curiosidad nos hace llevarnos esas sorpresas"
AIme se gira hacia ambos.
AIme dice con acento jalisciense, "Bien, hablemos del cuadro. "
Salvador dice con acento mexicano: "perfecto"
Aime señala el cuadro de la belleza.
Salvador se gira hacia el cuadro que señala aime
AIme dice con acento jalisciense, "¿Cuanto cuesta? "
areli suspira.
Salvador dice con acento mexicano: "el tenebrismo no es algo que a todos les guste, así que lo dejé en 200."
AIme se sorprende un poco por el precio y asiente.
AIme dice con acento jalisciense, "Me gusta así que te lo compro. "
Salvador dice con acento mexicano: "bien"
Salvador descuelga el cuadro y se lo entrega a aime, no sin antes despedirse de la pintura
areli le dedica una última mirada
areli dice, a ver a quién engatuzas en el infierno, porque ahí debes de estar
Aime ríe.
Un asistente recoge el cuadro para envolverlo.
el asistente regresa con el cuadro resguardado y se lo entrega a Aime.
Aime dice con acento jalisciense, "Gracias. "
AIme sonríe a ambos.
Salvador dice con acento mexicano: "por nada"
AIme dice con acento jalisciense, "Pasaré a pagarlo en resepción. Ha sido un gusto conocerlos. Espero verlos pronto. "
Salvador dice con acento mexicano: "igualmente"
Salvador sonríe.
areli le sonríe a aime
AIme dice con acento jalisciense, "Bueno. Los dejo, nos vemos pronto. Cuídense. "
Salvador y areli se despiden de aime
AIme se agacha para despedirse con un beso en la mejilla de Areli.
Aime sonríe y sale de la sala central rumbo a la salida.
Aime salió de la sala central con el cuadro resguardado entre las manos.
No lo llevaba pegado al pecho, pero tampoco lo trataba como un objeto cualquiera. El asistente lo había envuelto con cuidado, primero con papel protector, luego con una cubierta rígida y una cinta discreta que aseguraba los bordes. Aun así, Aime podía sentir el peso real de la compra. No era mucho. No era una pieza grande. Pero tenía presencia. Como si aquello que había visto en la imagen del joven hermoso con el pecho abierto y los gusanos brotando desde dentro hubiera quedado vibrando bajo el embalaje.
“Belleza aguzanada”.
El título le gustaba.
No porque fuera bonito.
Porque era exacto de una forma incómoda.
Caminó por el pasillo hacia recepción con el sonido bajo de sus sandalias contra el suelo y la carpeta negra bajo el brazo. La galería seguía funcionando con esa calma vigilada que ya empezaba a resultarle familiar. Una mujer hablaba en voz baja por teléfono junto a una pared blanca. Dos técnicos cruzaron con una escalera plegable. Al fondo, la asistente de Latifa revisaba documentos sin levantar demasiado la vista.
Aime llegó al mostrador.
Recepcionista dice con acento español, '¿Va a realizar la compra del cuadro de Salvador?'
Aime dejó el paquete sobre la superficie con cuidado.
Aime dice con acento jalisciense, 'Sí. “Belleza aguzanada”.'
La recepcionista buscó en el sistema.
Recepcionista dice con acento español, 'Correcto. Doscientos euros.'
Aime sacó la tarjeta de su cartera.
El precio le seguía pareciendo bajo.
Demasiado bajo.
No lo dijo.
Pagó sin mover un gesto. La máquina emitió un sonido breve, seco, y la recepcionista le entregó el comprobante junto con una pequeña ficha de adquisición.
Recepcionista dice con acento español, 'Aquí tiene. La obra queda registrada a su nombre. ¿Desea que la enviemos a alguna dirección o se la lleva ahora?'
Aime miró el paquete.
Aime dice con acento jalisciense, 'Me la llevo.'
Recepcionista dice con acento español, 'Perfecto. Le puedo dar una bolsa rígida para transportarla mejor.'
Aime dice con acento jalisciense, 'Se lo agradezco.'
Mientras la recepcionista preparaba la bolsa, Aime miró hacia el pasillo por donde había dejado a Salvador y Areli. No los veía ya. Solo quedaba la memoria de la risa de Areli, el gesto paciente de Salvador, la manera en que él había hablado de sus cuadros sin necesidad de defenderlos demasiado. Había algo raro en ese hombre. No raro por extravagante, sino por la forma en que parecía sostener una oscuridad sin querer convertirla en una pose.
Eso también podía servirle a la galería.
Y quizá a ella.
No como Julián.
No como un hombre del pasado.
No como alguien disponible para ser tocado emocionalmente desde un mensaje.
Salvador era otra cosa. Un artista con un mundo propio, una tutelada que hablaba sin filtro y una pintura que no intentaba agradar. Aime no estaba segura de si le caía bien. Pero le interesaba. Y el interés, en ella, era casi siempre el primer movimiento de algo.
La recepcionista le entregó la bolsa rígida.
Recepcionista dice con acento español, 'Listo, señorita Fuentes Montalbo.'
Aime tomó la bolsa y el comprobante.
Aime dice con acento jalisciense, 'Gracias.'
Se volvió hacia la salida.
La puerta de cristal dejó entrar un rectángulo de luz blanca desde la calle. Aime cruzó el umbral con la carpeta, la obra comprada y la sensación de que la mañana le había entregado más de lo que había ido a buscar.
Había entrado a revisar su futuro con Latifa.
Salía con una carta de intención pendiente, un precio preliminar de veintidós mil euros, una posible presentación privada a finales de junio y un cuadro de un pintor mexicano que acababa de conocer.
No estaba mal.
El aire exterior le golpeó el rostro con el ruido inmediato de Madrid.
Coches.
Voces.
Una moto pasando demasiado cerca.
El sonido de tacones sobre la acera.
El olor a café de una cafetería próxima mezclado con perfume de gente que caminaba rápido y el humo leve de un autobús detenido en el semáforo.
Aime se detuvo unos pasos lejos de la entrada.
No quería parecer apurada.
Nunca después de una reunión importante.
Apurada parecía la gente que salía a perseguir lo que no tenía. Ella prefería salir como quien acaba de dejar algo acomodado detrás de sí.
Acomodó mejor la bolsa con el cuadro en una mano y sostuvo la carpeta negra con la otra. La fachada de Jannah al-Fan quedó a su espalda, sobria, silenciosa, sin necesidad de anunciar que dentro acababan de decidir parte de su futuro inmediato.
Aime giró apenas la cabeza.
La placa de la galería brillaba con discreción.
Sacó el teléfono.
La pantalla tenía varias notificaciones, pero las ignoró. Abrió la cámara y enfocó la entrada desde un ángulo parcial. No quería una foto evidente. Solo un fragmento de la puerta, el reflejo de la calle en el cristal y una esquina de la bolsa rígida donde viajaba la obra de Salvador.
Tomó la imagen.
La miró.
Era buena.
No demasiado clara.
No demasiado secreta.
Escribió una historia.
“Hay salas que no solo aprueban. También devuelven preguntas.”
La leyó.
Le gustó.
No mencionaba a Latifa. No mencionaba la aprobación. No hablaba de precios ni de la presentación privada. Pero quien supiera mirar entendería que algo había ocurrido.
La subió.
Luego guardó el móvil sin revisar quién la veía.
Por ahora.
Aime caminó hacia la esquina para pedir un coche. La bolsa con el cuadro se balanceaba apenas junto a su pierna. Pensó en dónde colocaría “Belleza aguzanada” dentro de su departamento. No en la sala principal. Todavía no. Quizá en el pasillo que llevaba al estudio, en una pared donde la luz lateral pudiera tocarlo por la tarde. O quizá frente a una butaca, para verlo cuando quisiera recordar que la belleza también podía estar podrida por dentro y aun así provocar deseo.
La idea le resultó agradable.
No por el cuadro solamente.
Por lo que decía de ella sin decirlo.
El teléfono vibró.
Aime miró la pantalla.
Olivia había visto la historia.
El mensaje llegó poco después.
Olivia: “¿Cómo te fue?”
Aime se quedó mirando el nombre de su hermana.
No respondió enseguida.
Abrió la aplicación del coche y confirmó destino: Torre Plaza España.
Después volvió al chat.
Aime: “Bien. La obra avanza.”
Olivia respondió rápido.
Olivia: “¿Latifa dijo que sí?”
Aime caminó hasta un costado de la acera, donde no estorbaba el paso.
Aime: “Carta de intención esta tarde. Revisión física de la pieza. Presentación privada a finales de junio si todo queda como debe.”
El mensaje quedó enviado.
Esta vez Olivia no contestó con texto.
Mandó un audio.
Aime lo miró.
Por un momento no quiso abrirlo.
El coche estaba a cuatro minutos.
La calle estaba viva alrededor. Nadie la conocía. Nadie sabía que el nombre de Olivia podía atravesarle la mañana de una forma más incómoda que la crítica de Latifa. Nadie sabía que su hermana podía sonar orgullosa y culpable al mismo tiempo, y que eso a Aime le molestaba porque la obligaba a decidir qué hacer con una ternura que nunca terminaba de querer recibir.
Pulsó reproducir.
La voz de Olivia salió baja, con ruido de cocina de fondo.
Olivia dice en audio con acento sonorense, 'Aime, qué gusto. De verdad. Eso es muy grande. Te lo mereces, ¿sí? Yo sé que has trabajado mucho. Me da mucho orgullo. Luego me cuentas bien, si quieres. No te quito tiempo. Felicidades.'
El audio terminó.
Aime sostuvo el móvil unos segundos.
No te quito tiempo.
La frase venía marcada por la conversación de días atrás. Por la mudanza. Por la historia de la puerta propia. Por todas las veces en que Olivia intentaba acercarse y al mismo tiempo pedía permiso para no molestar.
Aime no respondió con audio.
Escribió:
Aime: “Gracias. Te cuento después.”
Nada más.
Lo envió.
Olivia puso que estaba escribiendo.
Luego dejó de escribir.
Aime miró ese pequeño silencio digital y sintió una satisfacción fría, breve, limpia. No había hecho nada cruel. No había dicho nada malo. Pero Olivia se había detenido. Había medido. Había sentido el borde.
Suficiente.
El coche llegó.
Aime subió al asiento trasero, dejó la bolsa con el cuadro a un lado y la carpeta sobre sus piernas.
Conductor dice con acento español, '¿A Plaza España?'
Aime dice con acento jalisciense, 'Sí.'
El coche arrancó.
La galería quedó atrás entre el movimiento de la calle. Aime giró la cabeza y la vio desaparecer por el cristal trasero. No como algo perdido. Como un lugar al que volvería con más fuerza.
El coche dobló hacia una avenida más amplia.
Aime volvió a mirar el cuadro. Salvador lo había vendido por doscientos euros. Absurdo. Quizá era humildad, quizá desinterés, quizá una forma distinta de no medir el valor. Ella no entendía del todo esa manera de soltar una obra. Aime necesitaba precio, posición, negociación, margen, sala, mirada. Salvador parecía pintar desde una zona menos limpia, más dolorosa, y aun así reír con Areli frente a un cuadro de un pañal sucio como si la vida no le debiera una explicación a nadie.
El móvil vibró otra vez.
Administrador de la hacienda.
Aime respondió la llamada.
Aime dice con acento jalisciense, 'Sí.'
Lucas dice con acento mexicano, 'Señorita Aime, buen día. Hablé con Emiliano.'
Aime enderezó un poco la espalda.
Aime dice con acento jalisciense, '¿Y?'
Lucas dice con acento mexicano, 'Dice que puede viajar. Que si usted lo necesita, sale cuando le indique. Solo pide saber cuánto tiempo estima que estará fuera para dejar cubiertas las rutas.'
Aime miró por la ventanilla.
Aime dice con acento jalisciense, 'Dos semanas de inicio. Quizá más, dependiendo de la galería y del traslado de la obra.'
Lucas dice con acento mexicano, 'Entendido. ¿Le digo que prepare algo más?'
Aime dice con acento jalisciense, 'Sí. disponibilidad inmediata y ropa adecuada para Madrid. Nada llamativo. Quiero discreción.'
Lucas dice con acento mexicano, Se lo comunico.
Aime se quedó un segundo en silencio.
Luego añadió:
Aime dice con acento jalisciense, 'Y dile que me llame directamente esta noche.'
Lucas dice con acento mexicano, 'Claro, señorita.'
Aime colgó.
El coche siguió avanzando.
La decisión la tranquilizó más de lo que esperaba. Después de lo ocurrido con Jorge, después de ese acuerdo desagradable que había tenido que aceptar para cerrar el asunto de Laura, no quería más improvisados entrando en su vida. No quería fragilidades ajenas convertidas en amenaza. No quería hombres que se acercaran como deseo y terminaran hablando como abogados. No quería desconocidos con contrato observando sus movimientos.
Quería gente que respondiera a ella.
Emiliano respondería.
Aime apoyó la cabeza contra el respaldo.
La mañana había abierto demasiadas puertas.
Y Aime no pensaba dejar ninguna sin controlar.
El coche llegó a la Torre Plaza España poco después.
El conductor se detuvo frente a la entrada. Aime recogió la carpeta, la bolsa con el cuadro y bajó con calma. La recepción del edificio olía a mármol limpio, madera nueva y aire acondicionado suave. El portero la saludó con cortesía.
Portero dice con acento español, 'Buenos días, señorita Fuentes.'
Aime dice con acento jalisciense, 'Buenos días.'
Portero dice con acento español, '¿Necesita ayuda con el paquete?'
Aime miró la bolsa.
Aime dice con acento jalisciense, 'No. Puedo llevarlo.'
Caminó hacia los ascensores.
La puerta metálica se abrió sin ruido. Entró sola. En el reflejo del ascensor vio su rostro sereno, el cabello rojo recogido, la carpeta, la obra envuelta. Parecía alguien que había salido a una reunión y regresaba con una parte más clara de su futuro.
El ascensor subió.
Aime pensó en la frase de Latifa.
“Hay que merecerlas después de recibirlas.”
No le gustaba que otra mujer le hablara así.
Le gustaba menos que la frase tuviera sentido.
Cuando entró al departamento, el silencio la recibió como algo propio. Dejó la carpeta sobre la mesa, colocó la bolsa con el cuadro en el sofá y abrió las cortinas. Madrid se extendió al otro lado del cristal, pleno, ruidoso y lejano.
Sacó el cuadro con cuidado.
Retiró una parte del embalaje, solo lo suficiente para ver el rostro del joven pintado, la belleza del cuerpo, el pecho abierto, los gusanos, la contradicción desagradable entre deseo y asco.
Aime lo apoyó contra la pared del pasillo.
Dio dos pasos atrás.
Ahí funcionaba.
No en la sala.
No todavía.
En el pasillo hacia el estudio, donde cualquier visita tendría que verlo de reojo antes de entrar en su espacio de trabajo.
Aime se cruzó de brazos.
Aime murmura con acento jalisciense, 'Belleza por fuera.'
La frase quedó incompleta.
No hacía falta terminarla.
El teléfono vibró.
Esta vez no lo revisó enseguida.
Miró el cuadro.
Luego la ciudad.
La galería ya había dado el primer sí.
Salvador y Areli habían entrado en su mapa.
Emiliano venía.
Olivia seguía al otro lado de una pantalla, queriendo acercarse sin saber dónde poner los pies.
Aime sonrió apenas.
No una sonrisa amplia.
Solo el gesto mínimo de quien empieza a ver las piezas en su sitio.
Aime murmura con acento jalisciense, 'Ahora sí.'
Y el departamento volvió a quedarse en silencio.
Indira
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Registrado: Vie Oct 04, 2024 11:44 pm

Re: La Perla, sal y Mezcal

Mensaje por Indira »

La versión que Julián quiso creer

Punto de vista: Aime

Aime dejó el teléfono sobre la mesa del comedor y se quedó mirando la pantalla unos segundos más.

El mensaje de Julián seguía abierto.

Julián: “Déjame invitarte una copa. Solo una. Quiero verte.”

La ciudad estaba encendida detrás del ventanal de su departamento en Torre Plaza España. Madrid se extendía abajo con sus luces limpias, sus coches pequeños, sus avenidas ordenadas desde la altura. Dentro del departamento, el silencio era suyo. No había pasos de Olivia, ni olor a cocina ajena, ni esa presencia familiar que siempre parecía pedirle una explicación por respirar diferente.

Aime tomó la copa de tequila que tenía sobre la mesa y bebió un sorbo.

El calor le bajó lento por la garganta.

Volvió a leer el mensaje.

No respondió de inmediato.

Se levantó, caminó hacia el pasillo y se detuvo frente al cuadro de Salvador que acababa de comprar en la galería. “Belleza aguzanada” todavía estaba apoyado contra la pared, sin colgar. El joven pintado seguía ahí, hermoso y podrido por dentro, con el pecho abierto y los gusanos saliendo de la carne. Aime lo observó con una atención tranquila.

Después volvió al teléfono.

Aime: “Una copa.”

Julián respondió casi al instante.

Julián: “Una copa. Te espero en el bar del hotel.”

Aime: “No me esperes con esa cara de arquitecto serio.”

Julián: “No prometo nada.”

Aime sonrió apenas.

Aime: “Entonces tendré que arreglarlo cuando llegue.”

No esperó la respuesta.

Bloqueó el teléfono y se fue al dormitorio.

El armario seguía a medio ordenar. Algunas prendas aún estaban dentro de fundas, otras dobladas sobre la silla junto al espejo. Aime abrió una de las puertas y dejó que los dedos pasaran despacio por las telas. No quería vestirse como una mujer que iba a pedir perdón. Tampoco como una mujer que iba a entregarse. Tenía que ser otra cosa: la Aime que Julián recordaba, pero más pulida. Más suave. Más difícil de rechazar.

Eligió un vestido negro de punto fino, ceñido al cuerpo sin parecer vulgar, con manga larga y un escote discreto que dejaba limpio el cuello. Se soltó el cabello rojo, lo peinó con los dedos hasta que cayó sobre sus hombros con volumen natural. Se maquilló poco: piel luminosa, ojos definidos, labios en un tono cálido que parecía suyo. Se puso unos aretes pequeños, un anillo fino y perfume en la nuca.

Frente al espejo, se miró con calma.

No parecía una mujer rota.

Tampoco parecía una mujer arrepentida.

Pero podía parecerlo cuando hiciera falta.

Tomó el bolso, el abrigo y el teléfono. Antes de salir, miró una vez más hacia el cuadro de Salvador.

Aime murmura con acento jalisciense, “Pórtate bien.”

Luego apagó la lámpara del pasillo y cerró la puerta del departamento.

El trayecto hasta Plaza Mayor fue breve. Aime fue en el asiento trasero del taxi mirando por la ventanilla, sin revisar mensajes. Julián escribió dos veces.

Julián: “Ya estoy abajo.”

Julián: “No hay prisa.”

Aime leyó la segunda notificación en la pantalla bloqueada y no respondió.

Llegó tarde.

No demasiado tarde. Solo lo suficiente.

El hotel estaba iluminado con elegancia discreta. El portero le abrió la puerta y el olor a madera encerada, flores blancas y perfume caro la recibió en el vestíbulo. El bar quedaba a la izquierda, con luces bajas, mesas pequeñas, sillones de cuero oscuro y música suave.

Aime se detuvo en la entrada.

Buscó a Julián sin girar la cabeza de golpe.

Él estaba en una mesa junto a un ventanal interior, con un vaso de whisky frente a él. Se puso de pie al verla. La reacción fue inmediata, demasiado sincera para ocultarla bien. Primero la alegría. Después la sorpresa. Luego esa cautela que él intentó acomodarse en el rostro antes de que ella llegara.

Aime caminó hacia él.

Julián estaba más maduro. Más ancho de hombros, más firme en la postura. La camisa negra le marcaba el cuello fuerte y la chaqueta oscura le daba un aire sobrio. Sus ojos café oscuro la miraban como si una parte de él hubiera esperado ese momento y otra quisiera salir de allí antes de que fuera tarde.

Aime llegó a la mesa.

Aime dice con acento jalisciense, “Hola, Julián.”

Julián dice con acento jalisciense, “Hola, Aime.”

Ella le ofreció la mejilla.

Julián dudó un instante. Luego se inclinó y la besó con cuidado. El contacto fue breve, pero suficiente para que el perfume de Aime quedara entre los dos.

Aime sonrió.

Aime dice con acento jalisciense, “Gracias por esperarme.”

Julián dice con acento jalisciense, “Dijiste una copa. No dijiste puntualidad.”

Aime dejó escapar una risa suave.

Aime dice con acento jalisciense, “Qué feo recibes.”

Julián tomó su abrigo y lo colocó sobre el respaldo de la silla.

Julián dice con acento jalisciense, “No. Solo estoy intentando no empezar como antes.”

Aime se sentó, acomodándose el vestido con naturalidad.

Aime dice con acento jalisciense, “¿Y cómo empezábamos antes?”

Julián tomó asiento frente a ella.

Julián dice con acento jalisciense, “Tú llegabas tarde, yo me enojaba, tú sonreías, yo dejaba de estar enojado.”

Aime apoyó el bolso junto a la silla.

Aime dice con acento jalisciense, “Entonces no suena tan mal.”

Julián la miró, y aunque intentó mantener la seriedad, una sonrisa se le escapó.

Julián dice con acento jalisciense, “Ese era el problema.”

El camarero se acercó.

Camarero dice con acento español, “Buenas noches. ¿Qué desea tomar la señora?”

Aime ni siquiera abrió la carta.

Aime dice con acento jalisciense, “Tequila reposado. Solo. Sin hielo.”

Camarero dice con acento español, “Tenemos Don Julio 1942.”

Aime dice con acento jalisciense, “Está bien.”

El camarero se retiró.

Julián la observaba.

Aime apoyó los codos con suavidad sobre la mesa.

Aime dice con acento jalisciense, “¿Qué?”

Julián dice con acento jalisciense, “Nada.”

Aime dice con acento jalisciense, “Julián.”

Él suspiró, sonriendo apenas.

Julián dice con acento jalisciense, “Me acordé de ti en la hacienda corrigiendo a todos por el tequila.”

Aime dice con acento jalisciense, “Porque lo servían mal.”

Julián dice con acento jalisciense, “Era una cena familiar. El mesero estaba nervioso.”

Aime inclinó la cabeza.

Aime dice con acento jalisciense, “Y después lo sirvió bien.”

Julián soltó una risa baja.

Julián dice con acento jalisciense, “Eso sí.”

Aime lo miró con una dulzura más tranquila.

Aime dice con acento jalisciense, “Te gustaba cuando hacía eso.”

Julián bajó un poco la mirada hacia su vaso.

Julián dice con acento jalisciense, “Me gustaba verte segura.”

Aime dejó que la frase se quedara ahí.

El camarero volvió con el tequila. Lo sirvió en un vaso bajo, sin adornos. Aime lo tomó, lo acercó a la nariz y bebió un sorbo. Julián la miraba con esa atención que aún sabía tocarle lugares antiguos.

Aime bajó el vaso.

Aime dice con acento jalisciense, “Me alegra verte.”

Julián no respondió enseguida.

La frase lo sorprendió más que cualquier coquetería.

Julián dice con acento jalisciense, “Me alegra que hayas venido.”

Aime sostuvo el vaso entre las manos.

Aime dice con acento jalisciense, “Pensé en decirte que no.”

Julián asintió despacio.

Julián dice con acento jalisciense, “Lo imaginé.”

Aime dice con acento jalisciense, “Pero también pensé que habría sido muy grosero después de tanto tiempo.”

Julián sonrió.

Julián dice con acento jalisciense, “Claro. Viniste por educación.”

Aime bajó la mirada, riendo.

Aime dice con acento jalisciense, “Y porque quería verte.”

Julián se quedó quieto.

Aime levantó los ojos hacia él.

Aime dice con acento jalisciense, “Las dos cosas pueden ser verdad.”

Julián respiró despacio, como si intentara mantener los pies en el suelo.

Julián dice con acento jalisciense, “Contigo siempre pueden ser verdad demasiadas cosas al mismo tiempo.”

Aime no se defendió. Solo bebió otro sorbo.

Aime dice con acento jalisciense, “Puede ser.”

Eso también lo tomó desprevenido.

Julián la miró con más atención.

Julián dice con acento jalisciense, “Estás distinta.”

Aime sonrió un poco.

Aime dice con acento jalisciense, “Ya empezaste con eso.”

Julián dice con acento jalisciense, “Lo digo bien.”

Aime dice con acento jalisciense, “¿Distinta cómo?”

Julián apoyó el vaso sobre la mesa.

Julián dice con acento jalisciense, “Más tranquila. O intentando estarlo.”

Aime bajó los ojos hacia su tequila. Movió el vaso apenas, mirando el líquido ámbar.

Aime dice con acento jalisciense, “Ha sido un año raro.”

Julián se inclinó apenas hacia ella.

Julián dice con acento jalisciense, “¿Por Madrid?”

Aime asintió.

Aime dice con acento jalisciense, “Por Madrid. Por la galería. Por Olivia. Por todo.”

Julián dice con acento jalisciense, “Vi lo de tu departamento.”

Aime levantó los ojos.

Aime dice con acento jalisciense, “¿La historia?”

Julián dice con acento jalisciense, “Sí.”

Aime sonrió de lado.

Aime dice con acento jalisciense, “No reaccionaste.”

Julián dice con acento jalisciense, “No sabía si debía.”

Aime sostuvo su mirada unos segundos.

Aime dice con acento jalisciense, “Antes no te preocupaba tanto.”

Julián dice con acento jalisciense, “Antes me equivocaba más contigo.”

Aime bajó la mirada.

No respondió de inmediato.

Luego dijo, más bajo:

Aime dice con acento jalisciense, “Yo también.”

Julián se quedó mirándola.

Aime pasó el dedo por el borde del vaso.

Aime dice con acento jalisciense, “Compré el departamento porque necesitaba un lugar mío. No quería seguir sintiéndome como si estorbara.”

Julián frunció apenas el ceño.

Julián dice con acento jalisciense, “¿Estorbabas?”

Aime soltó una risa pequeña, sin alegría.

Aime dice con acento jalisciense, “No sé. Olivia nunca lo diría así.”

Julián dice con acento jalisciense, “Pero tú lo sentías.”

Aime asintió.

Aime dice con acento jalisciense, “Ella tiene su restaurante, sus amigos, su gente. Todo mundo la quiere. Todo mundo sabe dónde ponerse alrededor de ella. Yo llegué y... no sé. A veces sentía que era una visita larga.”

Julián la escuchaba sin interrumpir.

Aime continuó, con voz más suave:

Aime dice con acento jalisciense, “Y no quiero sonar injusta. Olivia ha intentado ser buena conmigo. A su manera. Pero hay cosas que no se arreglan con ofrecerte una habitación.”

Julián apoyó los antebrazos sobre la mesa.

Julián dice con acento jalisciense, “¿Hablaste con ella?”

Aime levantó una ceja, casi triste.

Aime dice con acento jalisciense, “¿Tú crees que yo no intento hablar?”

Julián no contestó rápido.

Aime suavizó la expresión enseguida.

Aime dice con acento jalisciense, “Perdón. No quise sonar así.”

Julián negó.

Julián dice con acento jalisciense, “No pasa nada.”

Aime bajó un poco la voz.

Aime dice con acento jalisciense, “Es que contigo me sale decir cosas que normalmente no digo.”

Julián la miró como si esa frase hubiera abierto una puerta.

Julián dice con acento jalisciense, “Puedes decirlas.”

Aime le sostuvo la mirada.

Aime dice con acento jalisciense, “Eso también decías antes.”

Julián dice con acento jalisciense, “Y lo decía en serio.”

Aime dice con acento jalisciense, “Lo sé.”

La respuesta fue pequeña.

Dócil.

Julián bajó los ojos un momento, afectado por esa suavidad.

Aime lo dejó respirar.

Luego sonrió apenas.

Aime dice con acento jalisciense, “¿Te acuerdas de aquella cena en la hacienda? La de los proveedores de Guadalajara.”

Julián soltó una risa baja.

Julián dice con acento jalisciense, “La noche del mantel rojo.”

Aime rio.

Aime dice con acento jalisciense, “Era horrible ese mantel.”

Julián dice con acento jalisciense, “Tú dijiste que parecía boda de rancho caro.”

Aime se cubrió un poco la boca con los dedos al reír.

Aime dice con acento jalisciense, “No puedo creer que haya dicho eso.”

Julián dice con acento jalisciense, “Lo dijiste. Y la señora del proveedor estaba al lado.”

Aime dice con acento jalisciense, “Ay, no.”

Julián sonrió más. Esa sonrisa ya era menos defensiva.

Julián dice con acento jalisciense, “Después te fuiste al patio porque dijiste que te dolía la cabeza.”

Aime lo miró.

Aime dice con acento jalisciense, “Y tú saliste a buscarme.”

Julián asintió despacio.

Julián dice con acento jalisciense, “Estabas sentada en la fuente.”

Aime dice con acento jalisciense, “Con los tacones en la mano.”

Julián dice con acento jalisciense, “Y enojada porque nadie notaba que habías organizado toda la cena.”

Aime bajó la mirada.

Aime dice con acento jalisciense, “Sí.”

Julián la observó.

Aime levantó los ojos.

Aime dice con acento jalisciense, “Tú sí lo notaste.”

Julián dice con acento jalisciense, “Claro que lo noté.”

Aime sonrió con suavidad.

Aime dice con acento jalisciense, “Me llevaste una copa de agua. No tequila. Agua.”

Julián dice con acento jalisciense, “Porque ya habías tomado tequila.”

Aime dice con acento jalisciense, “Y me dijiste que no tenía que demostrarle nada a nadie esa noche.”

Julián bajó la vista, recordando.

Julián dice con acento jalisciense, “Y tú me dijiste que yo no entendía.”

Aime lo miró con una ternura triste.

Aime dice con acento jalisciense, “A veces sí entendías.”

Julián levantó los ojos.

Aime continuó:

Aime dice con acento jalisciense, “Solo que yo quería que entendieras de otra forma.”

Julián no respondió.

Aime llevó la copa a sus labios, bebió apenas y dejó el vaso otra vez.

Aime dice con acento jalisciense, “Yo era muy complicada contigo.”

Julián sonrió sin alegría.

Julián dice con acento jalisciense, “Un poco.”

Aime lo miró.

Aime dice con acento jalisciense, “Un mucho.”

Julián respiró hondo.

Julián dice con acento jalisciense, “Sí.”

Aime aceptó el golpe sin endurecerse.

Aime dice con acento jalisciense, “Pero también te quise bonito algunos días.”

Julián se quedó quieto.

La frase le entró directo.

Aime bajó la mirada a sus manos.

Aime dice con acento jalisciense, “No siempre supe hacerlo bien. Pero sí hubo días, Julián.”

Julián tomó su vaso, pero no bebió.

Julián dice con acento jalisciense, “Sí hubo.”

Aime sonrió apenas.

Aime dice con acento jalisciense, “El viaje a Tapalpa.”

Julián cerró los ojos un segundo, como si el recuerdo llegara completo.

Julián dice con acento jalisciense, “No empieces.”

Aime dice con acento jalisciense, “¿Qué?”

Julián abrió los ojos.

Julián dice con acento jalisciense, “Sabes que ese recuerdo me gana.”

Aime se inclinó apenas hacia él.

Aime dice con acento jalisciense, “Por eso lo dije.”

Julián la miró, pero no con enojo. Más bien con esa mezcla de rendición y cuidado que ella conocía demasiado bien.

Aime dice con acento jalisciense, “Llovía horrible.”

Julián dice con acento jalisciense, “Y tú insistías en salir.”

Aime dice con acento jalisciense, “Porque la cabaña olía a humedad.”

Julián dice con acento jalisciense, “No olía a humedad.”

Aime lo miró con una sonrisa juguetona.

Aime dice con acento jalisciense, “Sí olía.”

Julián dice con acento jalisciense, “Lo que pasa es que querías usar mi suéter.”

Aime se recargó en la silla y tomó su vaso.

Aime dice con acento jalisciense, “Me quedaba mejor que a ti.”

Julián sonrió.

Julián dice con acento jalisciense, “Eso sí.”

Aime bebió un sorbo.

Aime dice con acento jalisciense, “Todavía lo tengo.”

Julián se quedó mirándola.

Julián dice con acento jalisciense, “¿El suéter?”

Aime asintió.

Aime dice con acento jalisciense, “Creo que sí. En una caja de Guadalajara.”

Julián bajó la mirada. La sonrisa que apareció en su rostro ya no era solo nostalgia. Era algo más vulnerable.

Julián dice con acento jalisciense, “No pensé que guardaras cosas así.”

Aime no respondió de inmediato.

Luego dijo:

Aime dice con acento jalisciense, “Guardo más cosas de las que parece.”

Julián sostuvo su mirada.

Por un momento el bar alrededor pareció bajar de volumen.

Aime dejó que ese silencio los acercara.

Después cambió el tono, más suave.

Aime dice con acento jalisciense, “Mi mamá también guarda cosas. Rosalinda. Cartas viejas, recortes, fotos que nadie más quiere ver.”

Julián se enderezó un poco.

Julián dice con acento jalisciense, “¿Cómo está ella?”

Aime miró el vaso.

Aime dice con acento jalisciense, “Del corazón, igual. A veces mejor, a veces no tanto. Sigue en la hacienda, con personal pendiente de ella. Médicos, enfermera, todo eso.”

Julián dice con acento jalisciense, “¿La has visto?”

Aime negó despacio.

Aime dice con acento jalisciense, “No desde que vine a Madrid.”

Julián dice con acento jalisciense, “¿La extrañas?”

Aime sonrió sin alegría.

Aime dice con acento jalisciense, “Sí.”

Se quedó callada un segundo.

Aime dice con acento jalisciense, “Pero también siento que a veces le hago daño.”

Julián frunció el ceño.

Julián dice con acento jalisciense, “¿Por qué dices eso?”

Aime se tocó el anillo con el pulgar.

Aime dice con acento jalisciense, “Porque soy intensa. Porque llego y muevo todo. Porque ella se altera si me ve alterada. Y cuando intento controlarme, igual me conoce.”

Julián la miró con una ternura que intentó disimular.

Aime continuó:

Aime dice con acento jalisciense, “Quiero ser buena hija, ¿sabes? Buena hermana. Buena escultora. Buena en algo sin romper todo alrededor.”

Julián habló más bajo.

Julián dice con acento jalisciense, “No rompes todo alrededor.”

Aime levantó los ojos hacia él.

Aime dice con acento jalisciense, “Tú no tienes que defenderme.”

Julián dice con acento jalisciense, “No lo estoy haciendo por obligación.”

Aime lo sostuvo con la mirada.

Aime dice con acento jalisciense, “Siempre haces eso.”

Julián dice con acento jalisciense, “¿Qué?”

Aime dice con acento jalisciense, “Ver algo bueno en mí cuando yo no lo estoy viendo.”

Julián no sonrió.

Julián dice con acento jalisciense, “Porque lo hay.”

Aime dejó que la frase se quedara.

Luego bajó los ojos, como si le costara recibirla.

Aime dice con acento jalisciense, “Me hacía falta escucharte decir algo así.”

Julián respiró despacio.

La mano que tenía sobre la mesa se movió apenas, como si quisiera acercarse a la de ella. No lo hizo.

Aime sí.

Apoyó sus dedos cerca de los de Julián, sin tocarlo al principio. Luego rozó apenas su mano.

Aime dice con acento jalisciense, “Perdón.”

Julián se quedó inmóvil.

Julián dice con acento jalisciense, “¿Por qué?”

Aime no levantó la mirada enseguida.

Aime dice con acento jalisciense, “Por haber sido difícil. Por no saber decir las cosas. Por dejar que pensaras que no me importabas.”

Julián tragó saliva.

Aime levantó los ojos.

Aime dice con acento jalisciense, “No estoy diciendo que todo fue mi culpa.”

La frase salió suave.

Casi cuidadosa.

Aime dice con acento jalisciense, “Tú también te fuiste cuando yo no sabía pedir que te quedaras.”

Julián la miró con dolor.

Julián dice con acento jalisciense, “Aime... yo intenté quedarme.”

Aime asintió.

Aime dice con acento jalisciense, “Sí. A tu manera.”

No sonó como acusación directa. Sonó como tristeza.

Julián no supo qué responder.

Aime acarició con el pulgar el borde de su mano y luego retiró los dedos, como si temiera haber cruzado demasiado.

Julián la siguió con la mirada.

Julián dice con acento jalisciense, “No tienes que apartarte.”

Aime lo miró.

Aime dice con acento jalisciense, “No quiero incomodarte.”

Julián soltó una risa baja, casi incrédula.

Julián dice con acento jalisciense, “Ahora te preocupa incomodarme.”

Aime sonrió apenas.

Aime dice con acento jalisciense, “Estoy intentando hacer las cosas mejor.”

Julián la miró largo.

Quería creerle.

Se le notaba.

Aime no llenó el silencio. Solo tomó su copa y bebió otro sorbo pequeño.

Julián dice con acento jalisciense, “Me alegra verte así.”

Aime dice con acento jalisciense, “¿Así cómo?”

Julián dice con acento jalisciense, “Más... no sé. Más dispuesta a hablar.”

Aime dejó el vaso.

Aime dice con acento jalisciense, “Contigo puedo intentar.”

Julián sostuvo sus ojos.

Aime agregó, más bajo:

Aime dice con acento jalisciense, “Si todavía quieres escucharme.”

Julián no dudó.

Julián dice con acento jalisciense, “Sí quiero.”

Aime sonrió.

No amplia.

Solo lo suficiente para darle algo.

El camarero apareció con discreción.

Camarero dice con acento español, “¿Desean algo más?”

Julián miró a Aime.

Julián dice con acento jalisciense, “¿Otra copa?”

Aime negó despacio.

Aime dice con acento jalisciense, “No. Mejor caminemos.”

Julián dice con acento jalisciense, “¿Por la plaza?”

Aime asintió.

Aime dice con acento jalisciense, “Hace mucho que no caminamos juntos.”

Julián pidió la cuenta.

Mientras esperaban, Aime se puso de pie y tomó su abrigo. Julián se levantó de inmediato y se lo recibió.

Julián dice con acento jalisciense, “Déjame.”

Aime le dio la espalda suavemente.

Él le colocó el abrigo sobre los hombros. Sus manos rozaron la tela cerca de su cuello. Aime se quedó quieta, dejando que el gesto durara un segundo más.

Aime dice con acento jalisciense, “Gracias.”

Julián dice con acento jalisciense, “De nada.”

Ella giró apenas el rostro hacia él.

Aime dice con acento jalisciense, “Seguías haciendo eso incluso cuando estábamos peleados.”

Julián la miró cerca.

Julián dice con acento jalisciense, “¿Qué cosa?”

Aime dice con acento jalisciense, “Cuidarme.”

Julián bajó un poco la mirada.

Julián dice con acento jalisciense, “No sabía hacer otra cosa contigo.”

Aime no respondió.

Solo lo miró con una suavidad que lo dejó sin defensas por un instante.

Cuando salieron del bar, el vestíbulo del hotel estaba más tranquilo. Cruzaron hacia la entrada y el portero abrió la puerta. La noche de Plaza Mayor entró fresca, con olor a piedra, comida tardía y aire húmedo.

Aime bajó los escalones primero.

Julián caminó a su lado.

Ella no tomó su mano todavía.

Esperó.

Al cruzar los soportales, el frío la hizo cerrar un poco el abrigo. Julián lo notó.

Julián dice con acento jalisciense, “¿Tienes frío?”

Aime dice con acento jalisciense, “Un poco.”

Julián empezó a quitarse la chaqueta.

Aime dice con acento jalisciense, “No, Julián. No hace falta.”

Julián dice con acento jalisciense, “No pregunté.”

Se la colocó sobre los hombros.

Aime bajó la vista a la tela y la sujetó con ambas manos.

Aime dice con acento jalisciense, “Me acordé de Tapalpa.”

Julián se quedó mirándola.

Aime levantó los ojos.

Aime dice con acento jalisciense, “Tu suéter.”

Julián sonrió de lado.

Julián dice con acento jalisciense, “El que nunca me devolviste.”

Aime caminó más despacio.

Aime dice con acento jalisciense, “Tal vez porque me gustaba pensar que todavía tenía algo tuyo.”

Julián no respondió.

Aime miró hacia la plaza iluminada.

Aime dice con acento jalisciense, “Qué tonta, ¿no?”

Julián dijo en voz baja:

Julián dice con acento jalisciense, “No.”

Aime giró hacia él.

Julián la miraba con esa esperanza que ya empezaba a ganarle terreno al miedo.

Aime sonrió apenas.

Aime dice con acento jalisciense, “Ven.”

Y esta vez fue ella quien tomó su mano.

Julián cerró los dedos alrededor de los suyos.

Caminaron juntos bajo la luz dorada de Plaza Mayor, con los recuerdos entrando despacio entre ellos, como si ninguno de los dos quisiera mirar todavía lo que podía venir después.
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