El Teorema de la Tarta Voladora
Punto de vista: Candy Featherstone
El viento de la mañana golpeaba los cristales del balcón con un silbido constante, pero dentro de la habitación lavanda, el verdadero vendaval llevaba el nombre de Candy.Se había despertado media hora antes de lo previsto porque en su cabeza había empezado a sonar, en bucle, la sintonía de unos dibujos animados que veía de pequeña. Cuando esa melodía se le metía entre ceja y ceja, no había vuelta atrás: su cerebro decretaba que el día tenía que avanzar a triple velocidad.
En mitad de la prisa por vestirse, Candy intentó ponerse la falda de tul lavanda mientras saltaba a la pata coja para meter el otro pie en una zapatilla deportiva. El resultado fue el esperado. Perdió el equilibrio, rebotó contra el armario de madera y terminó sentada de golpe en el suelo, con el sombrero en forma de cupcake enterrado hasta las orejas y las medias de algodón crema a medio subir.
Se recolocó el sombrero de un manotazo, soltando una risita cantarína mientras el acento de Yorkshire se le escapaba entre los dientes al protestar contra la gravedad.
—¡Vaya por Dios! —refunfuñó para sí misma, mirando el techo lavanda—. Las faldas de tul deberían venir con un manual de instrucciones para aterrizajes forzosos. El señor Higgins siempre decía que yo tenía los pies de plomo y la cabeza de corcho, y mira, hoy le daría la razón.
Mirar hacia el techo la hizo quedarse quieta un second, observando los adhesivos de estrellas que brillaban en la oscuridad. Verlas ahí alineadas, aunque ahora estuvieran apagadas por la luz del día, la transportó de golpe a una noche de tormenta en su antiguo pueblo, cuando tenía unos doce años. Se acordó de cómo se había pasado tres horas intentando fabricar un telescopio casero usando dos tubos de cartón de papel higiénico, un bote de mermelada de ciruela vacío y las gafas de lectura de su padre. El invento, por supuesto, no sirvió para ver las constelaciones, pero logró pegar los tubos al mantel del comedor con un pegamento industrial que tardaron tres semanas en quitar. Sus padres casi la obligan a dormir en el cobertizo con las gallinas esa noche.
Candy sonrió ante el recuerdo, sacudió la cabeza para espantar las pelusas y se levantó del suelo de un impulso elástico. Terminó de ajustarse la falda, se abrochó el reloj azul celeste en la muñeca izquierda de un tirón y se echó la chaqueta verde menta por encima, dejando los botones de galleta desabrochados.
Se acercó al espejo ovalado con marco de perlas solo para comprobar que los pendientes de dona estuvieran emparejados. Al otro lado del cristal, se contempló una mujer de rostro ovalado, con los pómulos marcados y la nariz pequeña y respingona cubierta por unos pocos polvos de talco de la noche anterior. Sus ojos grandes, de un azul celeste brillante, chispeaban bajo unas cejas arqueadas llenas de expresividad, y sus labios delgados ya se estiraban en una mueca de pura impaciencia. Su pelo rubio fresa, esa masa voluminosa, larga y rizada que mezclaba tonos dorados y rosados, era un auténtico nido de grillos mañanero. Algunos mechones flotaban a los lados de sus mejillas rosadas, completamente ajenos a la existencia de un cepillo.
—Estás salvaje hoy, personita del espejo —le dijo a su reflejo con un guiño—. Pero los genios no tienen tiempo de peinarse. ¡Tenemos un desayuno que conquistar!
Agarró el bolso en forma de cupcake de la biblioteca de madera, tirando al suelo tres figuritas de cerámica que por suerte cayeron sobre un cojín, y abrió de par en par la puerta que daba al balcón de color marfil para que entrará el aire.
El frío de la calle le dio en la cara, pero a Candy le importó poco. Caminó por la alfombra de felpa rosa en forma de nube y se acercó a la mesa redonda de cristal. Al mover el brazo para apartar la tetera con orejitas de gato, la manga de su chaqueta se enganchó con la jirafa de peluche que custodiaba la mesa. El muñeco se tambaleó, golpeó la bandeja de porcelana con estampado de fresas y esta empezó a deslizarse peligrosamente hacia el borde del balcón.
Con un reflejo que ni ella misma sabía de dónde salía, Candy estiró la pierna izquierda y amortiguó la bandeja con la punta de la zapatilla blanca, atrapándola justo antes de que se estampara contra el suelo. Se quedó congelada en esa postura de equilibrista durante tres segundos, respirando hondo.
Esa salvada milagrosa le trajo otro flashback de relleno a la cabeza. Se vio a sí misma a los quince años, participando en el concurso de tartas de la feria anual de su pueblo en Yorkshire. Había preparado una torre de tres pisos de bizcocho de limón con merengue italiano. Justo cuando entraba en la carpa del jurado, tropezó con el cable del generador eléctrico. La tarta salió volando por los aires ante los gritos de los vecinos. En un acto de pura desesperación norteña, Candy saltó de cabeza sobre la mesa de los jueces y atrapó el piso superior de la tarta directamente con la bandeja de aluminio, mientras los otros dos pisos aterrizaban sobre el sombrero de copa del alcalde. Al final no ganó el premio al sabor, pero le dieron una mención de honor al "espectáculo más aerodinámico de la comarca".
Candy soltó una carcajada de solo recordarlo, volvió a colocar la bandeja en el centro de la mesa con cuidado y acarició la cabeza de la jirafa de peluche.
—Casi la lías otra vez, compañera —le susurró al peluche—. NeoMadrid no está preparado para que le llueva porcelana de fresa desde las alturas.
Dejó atrás el columpio colgante que se mecía con el viento y las macetas de cupcakes con lavanda, y regresó al interior del apartamento, cerrando la puerta del balcón con el pie. Cruzó el distribuidor de paredes vainilla a paso ligero, ignorando el puf en forma de dona que casi la hace tropezar, y se metió directa en la cocina de color blanco crema, encendiendo el altavoz inteligente al pasar para que una melodía de violines superacelerada inundara la casa.
Una cocina lujosa de color Blanco crema
—¡Muy bien, cocina! —anunció con su acento cantarín, plantándose frente a la encimera de cuarzo rosado—. Hoy el horno dice que toca ensayar las galletas de jengibre hiperactivas. Esas que llevan tanta especia que te hacen estornudar confeti.
Abrió la Alacena de dos puertas con demasiada energía, provocando que un paquete de chispas de colores mal cerrado se volcara sobre la cafetera Noir Deluxe. Candy miró el desastre de bolitas de azúcar esparcidas por el suelo y, en vez de enfadarse, se agachó a recogerlas tarareando el ritmo de los violines, lista para convertir otro lunes cualquiera en un festival de caótica diversión.
Se puso a juntar las esferas de colores con los dedos, pero las bolitas de azúcar salían rodando hacia la base de la estufa Magic Revolution como si tuvieran vida propia. Al agacharse para perseguir una chispa de color azul celeste, su sombrero de cupcake chocó de lleno contra la puerta de la despensa de doble puerta, que se abrió con un crujido, dejando caer un rodillo de madera directo en su pie izquierdo.
—¡Ay! —protestó, frotándose la zapatilla blanca.
Definitivamente, los objetos de esta casa se han confabulado para hacerme bromas. ¡Pero no ganarán! ¡Tengo el poder del jengibre de mi parte!
Olvidándose por completo de las chispas que quedaban en el suelo, se levantó de un salto y encendió la estufa de cuatro hornillas. En un parpadeo, la isla de mármol se llenó de cuencos, harina tamizada y melaza líquida. El caos de su cabeza pareció transferirse a sus manos, pero de una forma extrañamente armónica: volcaba la canela a ojo, lanzaba los jengibres rallados desde un palmo de distancia y, aun así, la balanza digital marcaba los gramos exactos que requería la receta tradicional.
Mientras esperaba que la masa tomara cuerpo, se fijó en el reloj de pared en forma de galleta. Ver las manecillas de cucharita moverse la hizo acordarse de otra tontería de su adolescencia: la vez que intentó acortar el tiempo de fermentación de unos bollos de viento metiéndolos en el invernadero de tomates de su tío porque hacía más calor. Los bollos duplicaron su tamaño en diez minutos, atrajeron a todas las avispas de la región y terminaron sabiendo a fertilizante orgánico. Su tío no pudo entrar al invernadero en todo el verano.
Una alarma con sonido de campana la trajo de vuelta a la realidad. Candy cortó la masa en formas de personitas con un ritmo frenético, metió las bandejas al horno y limpió la encimera pasándole un trapo de forma tan enérgica que tiró el conejo de peluche dentro del fregadero de cerámica blanca.
—¡Al agua, conejo! —rió, rescatando al muñeco por las orejas y sentándolo junto al grifo dorado en forma de cisne—. Te toca vigilar que no se quemen.
Exactamente doce minutos después, Candy abrió el horno. El olor picante, dulce y reconfortante del jengibre inundó hasta el último rincón de la cocina blanco crema. Retiró la bandeja con una soltura impecable, colocó las galletas humeantes en una caja metálica decorada con ositos y se desató el delantal con estampado de cupcakes, lanzándolo a ras de aire para que colgara milagrosamente del gancho de la puerta.
Se echó el bolso de cupcake al brazo, agarró la caja de galletas aún calientes con ambas manos y abrió la puerta hacia el exterior usando la punta de la zapatilla.
—¡Cuidado, NeoMadrid! —exclamó con su voz cantarína, antes de que el portazo cerrara la escena—. ¡Llevo cargamento de energía y muerden si las miras mal!
Candy sale de la casa.
Candy se aleja saltando por la ciudad.