Punto de vista: Laura
Laura Jiménez García nació y creció en Elizondo, un pueblo rodeado de montañas verdes, bosques húmedos y niebla casi permanente. Allí las mañanas olían a lluvia y a tierra mojada, y las casas de piedra parecían mantenerse iguales pasaran los años que pasaran. Era el tipo de lugar donde todo el mundo se saludaba por la calle, donde las persianas se abrían temprano y donde los rumores viajaban más rápido que cualquier otra cosa.De pequeña pasaba muchísimo tiempo fuera de casa con su hermano mayor. Los dos se escapaban a los bosques cercanos, caminando entre árboles enormes, riachuelos helados y senderos cubiertos de barro. Él siempre iba unos pasos por delante y ella lo seguía sin protestar, convencida de que mientras estuviera con él nada malo podía pasarle. Construían refugios improvisados, recogían hojas húmedas del suelo y volvían a casa con las zapatillas llenas de tierra y las manos congeladas. Laura siempre recordaría esa sensación de seguridad absoluta que tenía entonces, como si el mundo todavía fuera pequeño y sencillo.
Aun así, nunca fue la típica chica fría o distante. Había algo muy dulce e inocente en ella. Mientras otras niñas empezaban a rebelarse, Laura seguía refugiándose en los libros, en las conversaciones tranquilas y en esa vida pequeña y ordenada que conocía desde siempre. Los profesores la adoraban porque siempre parecía responsable y correcta, aunque por dentro empezaba a sentirse cada vez más limitada por el entorno en el que había crecido.
El colegio estaba lleno de rutinas rígidas: misas, actos religiosos, disciplina constante y una idea muy concreta de cómo debía ser una chica “adecuada”. Y aunque Laura encajaba perfectamente desde fuera, con los años empezó a cansarse de vivir bajo tantas expectativas. Sentía que llevaba demasiado tiempo siendo exactamente lo que todos querían que fuese, sin llegar a preguntarse nunca quién era realmente cuando nadie la observaba.
Más adelante consiguió entrar en la Universidad de Navarra para estudiar Medicina. Allí siguió destacando por ser una alumna brillante y extremadamente responsable. Nunca necesitó llamar la atención; simplemente era buena en lo que hacía. Sus profesores confiaban en ella y sus compañeros la veían como esa chica tranquila y delicada que parecía tener la vida completamente bajo control.
Pero la realidad era distinta. Aunque quería a su familia y a la vida que había tenido, llevaba años sintiéndose atrapada dentro de la imagen que todos tenían de ella. En Elizondo siempre había sido “la niña buena”, la chica inteligente del pueblo, la hija perfecta. Y poco a poco empezó a cansarse de vivir bajo esos estigmas y expectativas. Había algo dentro de ella que necesitaba descubrir quién era lejos de las miradas conocidas, lejos de las normas con las que había crecido.
Cuando le ofrecieron una beca para trasladarse a Madrid y formarse en el Instituto Anatómico Forense, sintió miedo y alivio al mismo tiempo. Era una oportunidad enorme: especializarse en medicina forense mientras colaboraba haciendo guardias hospitalarias para completar la residencia. Madrid representaba exactamente todo lo que nunca había tenido: anonimato, libertad, exceso, decisiones propias y la posibilidad de equivocarse sin que todo un pueblo hablara de ello.
Aceptar significó dejar atrás prácticamente toda su vida. Sus padres, sus amigos, la rutina segura que conocía desde pequeña e incluso esa versión inocente y controlada de sí misma con la que todos la identificaban. Se marchó con pena, sintiendo que estaba rompiendo algo importante, pero también con la certeza de que necesitaba hacerlo. Porque por primera vez en su vida quería descubrir quién era realmente cuando nadie esperaba que fuese perfecta.