Aquí se irán publicando las escenas de rol tanto de trama principal, como las que querais publicar los jugadores. Debido a la naturaleza de este foro, si se admite contenido NSFW.
Madrid amaneció en mayo con esa luz dorada que no caía de golpe, sino que se iba derramando poco a poco sobre las fachadas antiguas de la Gran Vía, acariciando balcones de hierro, cornisas gastadas, cristales de tiendas recién abiertas y marquesinas donde la ciudad parecía despertar con prisa, pero sin perder del todo su elegancia. Los autobuses pasaban dejando un rumor grave sobre el asfalto. Los taxis blancos con franja roja se detenían frente a hoteles, cafeterías y portales donde la gente salía con gafas oscuras, bolsos al hombro, teléfonos en la mano y el paso decidido de quien ya había sido tragado por la jornada.
Entre ese movimiento constante, casi teatral, se encontraba **Sabores de México**, un restaurante mexicano de fachada cálida y discreta que parecía resistirse a ser solamente otro local más en medio del bullicio madrileño. Desde fuera, sus cristales dejaban ver un interior cuidado, íntimo, lleno de detalles que no caían en el folclor barato ni en la decoración excesiva. Había madera oscura, barro bruñido, textiles en tonos tierra, lámparas de fibras naturales y pequeños objetos traídos de México con gusto y memoria: una máscara de jaguar en una pared lateral, fotografías en blanco y negro de mercados, cocineras tradicionales, campos de agave, costas norteñas y mesas familiares.
El nombre del restaurante, escrito en letras firmes sobre la entrada, parecía tener peso propio. **Sabores de México** no era solamente un negocio. Era una promesa. Una manera de decirle a Madrid que México no cabía en una postal ni en un plato mal entendido con exceso de color. Allí, México olía a maíz tostado, a chile seco abriéndose en aceite caliente, a cilantro recién picado, a limón partido, a ajo machacado, a mantequilla dorándose sobre una sartén, a caldo profundo y lento, a tortilla hecha con paciencia.
A esa hora de la mañana, antes de abrir al público, el restaurante tenía un silencio distinto. No era vacío. Era preparación.
Desde la cocina llegaba el golpe seco de los cuchillos contra las tablas, el silbido breve del vapor al escapar de una olla, el murmullo del personal organizando mise en place, el roce de las cazuelas, el tintineo de cucharas contra recipientes metálicos. El aire estaba cargado de aromas superpuestos: tomates asados, cebolla tatemada, chile ancho hidratándose en agua caliente, vainilla mexicana, canela, piloncillo y un fondo marino casi imperceptible proveniente del pescado fresco que Olivia había pedido revisar desde temprano.
Olivia Fuentes Guerra estaba en su territorio.
Se movía por la cocina con una seguridad natural, sin necesidad de alzar la voz para que todos entendieran quién llevaba el ritmo. Su estatura notable y su porte atlético le daban una presencia inmediata, pero era su manera de mirar, de probar, de corregir y de tocar los ingredientes lo que imponía respeto. Llevaba el cabello recogido de forma práctica, aunque algunas ondas densas de castaño profundo con destellos cobrizos escapaban alrededor de su rostro, encendiéndose cada vez que la luz de la mañana entraba por la puerta de servicio. Su piel bronceada conservaba algo del sol de Sonora, de esa mezcla de desierto y mar que no se borra aunque una mujer cruce océanos.
El uniforme blanco de chef le quedaba impecable, ajustado con sobriedad a su cintura firme. En el cuello, apenas visible cuando se inclinaba sobre una preparación, llevaba un collar fino con pequeñas conchas marinas. No era un adorno elegido al azar. Era Guaymas. Era infancia. Era sal. Era memoria. Era una forma silenciosa de recordar que, aunque Madrid le hubiera abierto una puerta inmensa, ella venía de otro azul, de otro calor, de otra manera de entender la vida.
Olivia probó con la punta de una cuchara una salsa de chile pasilla y ciruela. Cerró los ojos apenas un segundo. La acidez estaba bien. El dulce no invadía. El ahumado permanecía al final, elegante, como una sombra.
Olivia dice con acento sonorense, "Le falta una pizca de sal, nada más. No me la mates, nomás despiértamela."
Uno de los cocineros asintió de inmediato. Ella dejó la cuchara en el recipiente correspondiente, se limpió las manos con un paño y miró hacia el pasillo que comunicaba con el comedor. Sabía que James ya estaba allí. Lo había visto entrar quince minutos antes, con sombrero en la mano, camisa de lino oscuro, botas bien cuidadas y esa mezcla de estrella cansada y hombre sentimental que no siempre conseguía esconder bajo la sonrisa.
James de Los Santos estaba de pie junto a la barra principal.
No parecía el dueño de un restaurante revisando cuentas antes de vender. Parecía un hombre despidiéndose de una etapa completa de su vida.
Su carrera musical había tomado un impulso difícil de ignorar. La gira que lo esperaba en México no era una serie de fechas improvisadas. Era un regreso grande, con escenarios importantes, entrevistas, compromisos de promoción, familia esperando, amigos de la industria abriéndole puertas y un público que lo reclamaba desde hacía tiempo. La música regional mexicana lo había formado, lo había sostenido y ahora lo estaba llamando de vuelta con fuerza. Madrid le había dado calma, un refugio, cierta distancia de los excesos de la fama y la posibilidad de construir algo con las manos, aunque fuera a través de otros. Pero México seguía siendo México. Y cuando el país de uno llama desde el pecho, tarde o temprano se responde.
Aun así, dejar **Sabores de México** le dolía.
James pasó los dedos por el borde de la barra, como si reconociera la textura de la madera por última vez. Allí había brindado con amigos después de conciertos pequeños. Allí había visto llorar a mexicanos expatriados al probar un mole que les recordaba a sus madres. Allí había escuchado a españoles descubrir que un taco podía ser fino, complejo y profundo sin perder calle. Allí había apostado dinero, tiempo y terquedad. Allí había aprendido que un restaurante no se mantiene solo con nostalgia, sino con disciplina diaria.
Y por eso Olivia era la única opción real.
James no quería venderle el restaurante a un inversor frío, ni a una cadena que convirtiera el lugar en una caricatura rentable. Quería entregárselo a alguien que entendiera el fuego desde adentro. Alguien que respetara el maíz, la sal, las manos de las cocineras, la memoria de los ingredientes y también la exigencia de Madrid, una ciudad capaz de abrazar un concepto con entusiasmo y olvidarlo con la misma velocidad si dejaba de sorprender.
Olivia salió de la cocina secándose las manos. Su caminar tenía ese ritmo firme y natural que hacía voltear discretamente a quien la veía pasar. No era una sensualidad buscada. Era presencia. Era cuerpo habitado sin disculpa. Sus hombros se mantenían erguidos, su mirada café almendrada iba directa hacia James y su sonrisa, amplia pero contenida, suavizó por un momento la solemnidad de la mañana.
James levantó la vista.
James dice con acento mexicano, "Mira nomás, jefa. Hasta parece que el restaurante ya sabe que hoy se decide su destino."
Olivia se acercó a la barra y apoyó una mano sobre la madera.
Olivia dice con acento sonorense, "Pues más le vale portarse bonito. Porque si me lo quedo, lo voy a traer derechito."
James soltó una risa baja, nostálgica, mirando alrededor.
James dice con acento mexicano, "Eso es justo lo que me da paz, Olivia. Que contigo este lugar no se va a dormir. Al contrario. Me da la impresión de que apenas va a ponerse bueno."
Olivia no respondió de inmediato. Miró el comedor, las mesas aún vacías, las sillas perfectamente alineadas, los vasos limpios capturando destellos de luz, las paredes donde México aparecía sin gritar. Había trabajado allí un año y medio. Un año y medio de turnos largos, proveedores españoles aprendiendo a distinguir los chiles, clientes pidiendo menos picante, críticos gastronómicos entrando con desconfianza, noches llenas, noches flojas, platos que cambiaban, menús de temporada, discusiones con cocina, risas con sala, cansancio en los pies y una certeza creciendo dentro de ella: aquel restaurante podía ser más.
Mucho más.
Olivia dice con acento sonorense, "No te voy a mentir, James. Me emociona. Me emociona un chorro. Pero también me pesa. Porque no estoy comprando cuatro paredes, ni una cocina equipada, ni una marca que ya camina. Estoy comprando una responsabilidad."
James la observó con atención. Le gustaba esa forma que tenía Olivia de no adornar demasiado las cosas. Era ambiciosa, sí. Tenía fuego. Tenía carácter. Pero no era ingenua. Sabía que la emoción no pagaba nóminas, que el talento no bastaba si las cuentas no cerraban, y que un restaurante en la Gran Vía podía devorarse a cualquiera que confundiera pasión con improvisación.
James dice con acento mexicano, "Por eso quería hablarlo contigo sin prisas. Nada de rodeos, nada de jugarle al vivo. Yo quiero un trato justo. Para ti y para mí. Me voy a México, sí. Viene una gira que puede cambiarme la vida otra vez. Pero no quiero irme sintiendo que abandoné esto como si no valiera."
Olivia asintió despacio. Tomó aire. El olor del café recién hecho venía desde la barra; alguien del equipo lo había preparado para ellos. También llegaba, más profundo, el aroma del fondo de res con especias que hervía en cocina. Ese olor le recordó a Olivia los caldos de casa, las mañanas calientes, la paciencia de las mujeres que cocinan sin medirlo todo pero sabiendo exactamente cuándo algo está listo.
Olivia dice con acento sonorense, "Yo tampoco quiero aprovecharme de que te vas. Sería una falta de respeto. A ti, al equipo y al restaurante. Pero también tengo que ser clara: si compro, necesito margen para invertir. Hay cosas que quiero cambiar."
James ladeó la cabeza, interesado.
James dice con acento mexicano, "¿Como qué?"
Olivia caminó unos pasos hacia el centro del comedor. Su mirada recorrió el lugar con precisión de chef y de futura dueña. Ya no lo veía solamente como empleada. Lo veía como territorio creativo, como empresa, como casa.
Olivia dice con acento sonorense, "La carta necesita respirar más. Hay platos muy buenos, pero algunos ya se sienten pesados para esta ciudad. Madrid está comiendo diferente, James. Quiere historia, sí, pero también técnica, ligereza, sorpresa. Quiero meter más producto de temporada español trabajado con alma mexicana. Pescado del norte, mariscos bien tratados, salsas limpias, maíces especiales, cenas de degustación. Y quiero que Sonora entre en la carta sin pedir permiso."
James sonrió con una mezcla de orgullo y curiosidad.
James dice con acento mexicano, "Ahí está. Ya salió Guaymas."
Olivia sonrió también, pero su mirada se mantuvo firme.
Olivia dice con acento sonorense, "Pues claro que salió. Yo no crucé medio mundo para cocinar como si no tuviera tierra. Quiero traer el mar de Guaymas, el desierto, la carne asada bien entendida, la tortilla de harina hecha con respeto, el chiltepín, el bacanora aunque sea con cuidado, porque aquí las licencias son otra historia. Quiero que la gente pruebe Sonora y entienda que México no es una sola voz."
James se quedó callado un momento.
La emoción de la gira seguía allí, vibrándole bajo la piel. Se imaginaba los aeropuertos, los camerinos, los gritos del público, los acordes de la banda abriéndose paso en la noche mexicana. Se imaginaba cantando de nuevo cerca de los suyos, comiendo después del concierto en alguna mesa llena de primos, músicos, amigos viejos y botellas medio vacías. Pero mientras Olivia hablaba, también se imaginaba aquel restaurante sobreviviendo a su ausencia. No como una reliquia suya, sino como algo vivo.
Eso le dolió un poco menos.
James dice con acento mexicano, "¿Sabes qué me gusta de ti, Olivia? Que no hablas como alguien que quiere tener un restaurante para sentirse importante. Hablas como alguien que ya está escuchando lo que el restaurante quiere ser."
Olivia bajó la mirada apenas un segundo. No por timidez, sino porque la frase le tocó una zona íntima.
Olivia dice con acento sonorense, "Yo he querido esto desde hace mucho. No exactamente este lugar, no exactamente Madrid, pero sí una cocina mía. Una donde pueda mandar sin volverme injusta. Crear sin perder el piso. Darle trabajo digno a la gente. Hacer que un cliente se siente y sienta que comió algo con raíz, no nomás algo bonito para la foto."
James asintió.
James dice con acento mexicano, "Entonces hablemos de números."
La frase cambió el aire. No lo volvió frío, pero sí más concreto.
Se sentaron en una mesa junto a la ventana. Desde allí la Gran Vía seguía pasando como una corriente: turistas con mapas, trabajadores, repartidores, parejas, señoras elegantes, jóvenes con audífonos. Dentro, el restaurante parecía suspendido en una burbuja de madera, chile y café.
James sacó una carpeta de piel café. Olivia llevó consigo una libreta negra, algunas hojas impresas y un bolígrafo. No era la primera vez que revisaban cifras, pero sí era la conversación definitiva. Sobre la mesa fueron apareciendo balances, inventario, valor del mobiliario, contratos con proveedores, licencias, estado de la cocina, proyección de ingresos, deudas pendientes y estimación del fondo de comercio. James había sido ordenado. Olivia también.
James dice con acento mexicano, "Te dejo todo transparente. No hay deudas escondidas. Hay pagos normales de proveedores, nómina al corriente y el contrato del local está en condiciones estables. La marca tiene buen nombre, pero tampoco te voy a vender humo. Hay meses fuertes y meses donde se sufre."
Olivia hojeó los documentos con atención. Sus dedos, fuertes y cuidados, pasaban página sin prisa. No se dejó impresionar por las cifras positivas ni asustar por las complicadas. Había aprendido que un restaurante se lee como una salsa: no basta con probar lo dulce; hay que encontrar la acidez, el amargo, la grasa, el punto donde puede cortarse.
Olivia dice con acento sonorense, "El verano puede ponerse bueno si trabajamos bien las reservas y los menús para turistas. Pero septiembre va a ser clave. Ahí se ve si el cambio pega o si nomás fue novedad."
James dice con acento mexicano, "Exacto. Por eso pensé en un precio que reconozca lo que ya vale, pero que no te deje ahorcada antes de empezar."
Olivia levantó la mirada.
Olivia dice con acento sonorense, "Dímelo."
James respiró hondo. Por primera vez en la mañana, su expresión perdió el brillo de cantante y quedó solamente el hombre de negocios, aunque con un fondo sentimental imposible de ocultar.
James dice con acento mexicano, "Por el traspaso completo, marca, mobiliario, equipamiento, cartera de proveedores, inventario inicial y cesión de operación, yo había pensado en trescientos veinte mil euros."
Olivia no reaccionó de inmediato. Miró el papel, luego la barra, luego la cocina. No era una cifra absurda. Tampoco era cómoda. Sabía que James podía pedirla sin sentirse ladrón, pero también sabía que ella tendría que reformar, actualizar carta, reforzar comunicación, invertir en producto, mejorar la cava, cambiar parte de la vajilla y preparar una nueva identidad sin romper la anterior.
Olivia dice con acento sonorense, "Es una cifra seria."
James dice con acento mexicano, "Lo es."
Olivia apoyó el bolígrafo sobre la mesa.
Olivia dice con acento sonorense, "Y no está fuera de la realidad. Pero si pago eso, entro apretada. Y si entro apretada, el restaurante lo siente. No quiero comprar para sobrevivir, James. Quiero comprar para hacerlo crecer."
James entrecerró los ojos, no con molestia, sino con concentración.
James dice con acento mexicano, "¿Qué propones?"
Olivia tomó una hoja donde había hecho sus propios cálculos. La deslizó hacia él.
Olivia dice con acento sonorense, "Doscientos ochenta mil. Con una entrada fuerte al firmar y el resto en pagos acordados durante dieciocho meses. Sin regatearte por deporte. Es lo que me permite quedarme con aire para invertir desde el primer trimestre."
James miró la hoja. Leyó despacio. Olivia había incluido una proyección de reforma gradual, inversión en cocina, comunicación, eventos privados y actualización de carta. No era capricho. Era plan.
El cantante se recargó en la silla. Desde la cocina llegó una risa breve, luego el sonido de una licuadora encendiéndose. La vida del restaurante seguía, indiferente al peso simbólico de esa mesa.
James dice con acento mexicano, "Doscientos ochenta se me queda corto."
Olivia no se ofendió.
Olivia dice con acento sonorense, "Lo sé."
James la miró.
James dice con acento mexicano, "Y trescientos veinte te ahorca."
Olivia sostuvo su mirada.
Olivia dice con acento sonorense, "También lo sabes."
Hubo un silencio honesto. De esos que no necesitan llenarse con frases bonitas.
James se frotó la mandíbula. Pensó en sus años allí. Pensó en las noches en que el restaurante había estado vacío y él había dudado de todo. Pensó en la primera crítica buena. Pensó en Olivia llegando al equipo con esa mezcla de disciplina y carácter, corrigiendo caldos, elevando platos, ganándose al personal sin comprar simpatías. Pensó en lo que pasaría si le vendía a otro. Pensó en México esperándolo.
James dice con acento mexicano, "Trescientos mil."
Olivia respiró despacio.
James levantó una mano antes de que ella hablara.
James dice con acento mexicano, "Trescientos mil, pero con condiciones que te ayuden. Entrada al firmar, el resto en veinte meses. Te dejo dos contactos de patrocinio gastronómico que pueden servirte para eventos. Y durante los primeros tres meses, si necesitas que aparezca una noche para una inauguración de nueva etapa o algo especial antes de irme de lleno, lo hago. Sin cobrarte."
Olivia lo observó en silencio.
La propuesta era justa. Más que justa. No era solamente una venta. Era una entrega cuidada.
Olivia dice con acento sonorense, "¿Y tú qué pides además del precio?"
James miró hacia la pared donde colgaba una fotografía de un mercado mexicano. Una mujer mayor aparecía sirviendo comida en un puesto, con las manos firmes y el rostro serio. Esa foto siempre le había gustado.
James dice con acento mexicano, "Que no lo conviertas en una cosa sin alma."
Olivia suavizó la expresión.
James dice con acento mexicano, "Cámbiale lo que tengas que cambiarle. Métele Sonora, métele tu historia, hazlo más fino, más bravo, más tuyo. Pero no dejes que se vuelva un restaurante mexicano hecho para gente que no quiere entender México."
Olivia sintió que algo se le acomodaba en el pecho. Había esperado una condición de negocio, una cláusula, una exigencia sobre el nombre o la imagen. En cambio, James le estaba pidiendo respeto. Y eso ella sí podía prometerlo sin dudar.
Olivia dice con acento sonorense, "Eso no va a pasar."
James la miró con seriedad.
Olivia dice con acento sonorense, "Te lo digo bien claro. Este lugar va a cambiar, porque tiene que cambiar. Pero no va a perder raíz. Si algo quiero es que huela más a México, no menos. Que se sienta más verdadero. Más elegante, sí. Más preciso. Pero también más profundo."
James sonrió apenas.
James dice con acento mexicano, "Entonces estamos hablando el mismo idioma."
Olivia extendió la mano hacia la carpeta, tomó el bolígrafo y anotó la cifra en una hoja limpia: **300.000 euros**. Debajo escribió las condiciones generales: entrada al firmar, pagos durante veinte meses, traspaso completo, acompañamiento simbólico de James durante la transición y revisión legal final antes de notaría.
No era todavía la firma definitiva, pero era el acuerdo. El momento en que dos voluntades dejaban de rondarse y se encontraban en un punto concreto.
James miró la cifra escrita por Olivia. Luego miró sus manos. Manos de cantante, de hombre acostumbrado al micrófono, al aplauso, al escenario. Manos que habían sostenido contratos, botellas, guitarras, sueños. Olivia miró las suyas: manos de chef, de fuego, de cuchillo, de masa, de sal, de quemaduras pequeñas y precisión. Dos mundos distintos unidos por una misma nostalgia.
James se levantó primero.
James dice con acento mexicano, "Pues entonces, Olivia Fuentes Guerra, si los abogados no encuentran ninguna cosa rara y Dios no se pone creativo, Sabores de México es tuyo."
Olivia también se puso de pie. Su altura, su porte y esa mirada directa llenaron el pequeño espacio entre ambos. No sonrió de inmediato. Había emoción en ella, sí, pero también una conciencia profunda de lo que acababa de aceptar. Comprar un restaurante en la Gran Vía no era un sueño romántico. Era una batalla. Era despertarse antes que todos, acostarse con números en la cabeza, cargar con empleados, clientes, críticas, impuestos, proveedores y expectativas. Era poner su nombre en la puerta aunque todavía no estuviera escrito allí.
Luego sonrió.
Y esa sonrisa blanca, amplia, honesta, iluminó su rostro con la fuerza de una mujer que acababa de tomar posesión de su destino.
Olivia dice con acento sonorense, "Entonces lo voy a cuidar. Pero también lo voy a hacer mío."
James extendió la mano.
Olivia la tomó.
El apretón fue firme, sin exageración, sin teatro. Un acuerdo entre dos mexicanos en Madrid, rodeados por el aroma del chile, el café y el maíz; dos personas entendiendo que a veces vender no significa abandonar, y comprar no significa borrar. Afuera, la Gran Vía siguió rugiendo con su prisa elegante. Dentro, **Sabores de México** pareció contener la respiración durante un instante.
James apretó un poco más la mano de Olivia, con una emoción que no quiso disfrazar del todo.
James dice con acento mexicano, "Haz que valga la pena, chef."
Olivia sostuvo su mirada.
Olivia dice con acento sonorense, "Va a valerla."
Desde la cocina, alguien llamó a Olivia para revisar una preparación. La voz llegó mezclada con vapor, metal y el perfume profundo de los chiles tostados. Ella soltó la mano de James despacio, como quien termina un pacto y comienza otro. Antes de volver a su cocina, miró una vez más el comedor.
Las mesas vacías ya no le parecieron mesas esperando clientes.
Madrid amanecía con esa luz de mayo que no terminaba de ser suave ni del todo insolente. Entraba por los balcones del piso de Olivia Fuentes Guerra como una sábana dorada, extendiéndose sobre el suelo de madera clara, las macetas de albahaca junto a la ventana, los libros de cocina abiertos sobre la mesa del comedor y una taza olvidada con restos de café frío.
El apartamento estaba en una zona tranquila, no demasiado lejos del movimiento de la Gran Vía, pero lo bastante apartado para que el ruido llegara filtrado, reducido a un rumor urbano de motores, pasos y conversaciones tempranas. Era un hogar vivido, no una casa de revista. Tenía fotografías pequeñas de Sonora, una manta tejida sobre el respaldo del sofá, cerámicas mexicanas en una repisa y un par de cuchillos profesionales perfectamente limpios sobre la isla de la cocina. Había orden, pero no rigidez. Calidez, pero no exceso.
Aime Fuentes Montalbo lo había notado desde el primer día.
Y también había notado lo fácil que sería usarlo.
La puerta se abrió poco después de las ocho de la mañana.
Aime entró con los tacones en la mano, el cabello rojo ligeramente revuelto sobre los hombros y el abrigo beige doblado sobre un brazo. No parecía avergonzada. Tampoco cansada de una forma vulgar. Su cansancio tenía una coreografía calculada: los labios apenas hinchados, la mirada miel todavía húmeda de una noche prolongada, el cuello largo sosteniendo la cabeza con esa altivez que convertía cualquier regreso en una aparición.
Vestía la misma blusa satinada color marfil con la que había salido la tarde anterior, aunque ahora llevaba los primeros botones abiertos con una naturalidad peligrosa. La falda negra, estrecha y elegante, seguía marcando su cintura con precisión. Sus pecas café con leche, dispersas sobre el puente de la nariz y la parte alta de los pómulos, daban a su rostro una inocencia que no tenía nada que ver con sus intenciones.
Cerró la puerta con cuidado.
No porque quisiera respetar el descanso de Olivia.
Sino porque le gustaba entrar sin pedir permiso, como si la casa ya hubiera empezado a pertenecerle.
Desde la cocina, el sonido de una cuchara contra una taza se detuvo.
Olivia apareció unos segundos después, descalza, con unos pantalones amplios de lino y una camiseta blanca sencilla. Llevaba el cabello recogido en un moño imperfecto y el rostro limpio, todavía marcado por la serenidad doméstica de quien había dormido poco, pero bien. En sus manos sostenía una taza de café recién hecho.
La miró de arriba abajo.
No con juicio.
Con preocupación.
Eso fue lo primero que irritó a Aime.
Olivia dice con acento sonorense, 'Buenos días.'
Aime levantó apenas la comisura de los labios.
Aime dice con acento jalisciense, 'Buenos días, hermana.'
La palabra hermana salió dulce, pulida, casi afectuosa. Pero no tocó el centro de la frase. Se quedó en la superficie, como una joya falsa sobre terciopelo caro.
Olivia se apoyó en el marco de la cocina.
Olivia dice con acento sonorense, 'No sabía si ibas a volver anoche o hasta mediodía.'
Aime dejó los tacones junto a la entrada con una delicadeza estudiada. Luego se quitó el abrigo lentamente, como si no hubiera sido sorprendida regresando de una noche ajena, sino entrando a un salón donde todos debían esperar a que ella terminara de acomodarse.
Aime dice con acento jalisciense, 'Volví a una hora razonable para Madrid.'
Olivia arqueó una ceja.
Olivia dice con acento sonorense, 'Son las ocho y cuarto de la mañana.'
Aime caminó hacia la sala. Sus pies descalzos tocaron la madera con ligereza. Incluso sin tacones mantenía esa postura vertical, impecable, como si una línea invisible la sujetara desde la coronilla.
Aime dice con acento jalisciense, 'Exacto. La mañana apenas empieza.'
Olivia respiró hondo. No sonrió, pero su rostro tampoco se endureció. Esa era una de las cosas que Aime encontraba más útiles y más desesperantes en ella: Olivia tardaba en ofenderse. Antes de hacerlo, intentaba comprender.
Aime lo veía como una debilidad.
Y como una herramienta.
Olivia dice con acento sonorense, '¿Quieres café?'
Aime giró la cabeza hacia ella. Sus ojos miel, todavía cargados de una luz espesa, se detuvieron en la taza.
Aime dice con acento jalisciense, 'Sí. Negro. Sin azúcar.'
Olivia asintió y regresó a la cocina.
Aime la siguió sin prisa, observando cada detalle como si estuviera evaluando una propiedad. La encimera limpia. La libreta con anotaciones del menú de Sabores de México. Una carpeta con presupuestos de proveedores. Un ramo pequeño de flores frescas en un vaso ancho. La vida de Olivia estaba sobre esa mesa con una confianza casi obscena.
Aime se acercó a la libreta.
Leyó una línea sin tocarla.
Mole blanco con piñón. Tostada de callo estilo Sonora. Tamal de elote con crema ahumada.
Sus labios se afinaron.
Olivia no era una chef improvisada. Eso Aime ya lo sabía. Pero verlo escrito, verlo materializado en decisiones, en costos, en proveedores, en platos con intención, le produjo una incomodidad sorda. Olivia tenía algo que ella no había conseguido del todo: un mundo propio que no dependía de la herencia de José Fuentes.
Aime tenía la hacienda. Tenía el apellido. Tenía las tierras de agave, los hornos, las bodegas, los contactos, los números, las esculturas y la belleza feroz que sabía convertir en ventaja. Pero Olivia tenía algo más irritante: legitimidad ganada.
Y la gente solía confundirse ante esas cosas.
Olivia puso una taza frente a ella.
Olivia dice con acento sonorense, 'Toma.'
Aime rodeó la taza con ambas manos. Sus uñas largas, perfectamente limadas, brillaron contra la cerámica blanca.
Aime dice con acento jalisciense, 'Gracias.'
Olivia se sentó del otro lado de la isla. La observó un momento.
Olivia dice con acento sonorense, '¿Estás bien?'
Aime bebió un sorbo de café antes de responder. Le gustó. Era fuerte, aromático, sin amargura excesiva.
Aime dice con acento jalisciense, 'Estoy perfecta.'
Olivia dice con acento sonorense, 'Eso no fue lo que pregunté.'
Aime levantó la mirada.
Ahí estaba. Esa pequeña firmeza inesperada en Olivia. No era dominante, no era arrogante, no intentaba imponerse. Pero tenía raíz. Como los árboles del desierto que parecían secos hasta que uno intentaba arrancarlos.
Aime sonrió.
Aime dice con acento jalisciense, 'Conocí a alguien.'
Olivia bajó la taza despacio.
Olivia dice con acento sonorense, 'Ajá.'
Aime cruzó una pierna sobre la otra. El gesto fue simple, pero exacto; una apertura mínima del cuerpo, una forma silenciosa de recordar que la conversación giraba alrededor de ella.
Aime dice con acento jalisciense, 'En una cafetería cerca de Chamberí. Yo estaba revisando unos correos de la hacienda y acomodando unas notas para la entrevista de mañana.
Aime dice con acento jalisciense, Se llamaba Jorge. O eso dijo. Español, abogado, veintitantos años, manos lindas, conversación aceptable y una necesidad muy transparente de impresionar.'
Olivia la miró con una mezcla de paciencia y cansancio.
Olivia dice con acento sonorense, 'Aime.'
Aime bebió otro sorbo.
Aime dice con acento jalisciense, '¿Qué?'
Olivia dice con acento sonorense, 'Tienes entrevista mañana con una directora de galería importante. Llegaste hace dos días. Estás en una ciudad que no conoces bien. Y te fuiste con un desconocido.'
Aime dejó la taza sobre la isla sin hacer ruido. Sus ojos se aclararon un poco, adquiriendo ese ámbar eléctrico que en otra mujer habría parecido ternura. En ella era una cortina.
Aime dice con acento jalisciense, 'No me fui con un desconocido. Me fui con una oportunidad de entretenimiento.'
Olivia dice con acento sonorense, 'Eso no lo vuelve más seguro.'
Aime dice con acento jalisciense, 'Olivia, no soy una niña.'
Olivia dice con acento sonorense, 'No dije que lo fueras.'
Aime dice con acento jalisciense, 'Lo insinuaste.'
Olivia apoyó los antebrazos sobre la isla.
Olivia dice con acento sonorense, 'Insinué que me preocupas.'
La frase quedó ahí.
Sencilla. Directa. Sin defensa.
Aime sintió un pequeño tirón interno, no de culpa, sino de fastidio. La preocupación de Olivia tenía una textura incómoda. No era posesiva ni útil como la de otros. No venía con demanda inmediata. No parecía querer comprar obediencia. Solo estaba ahí, expuesta, honesta.
Y Aime detestaba las emociones que no podía convertir de inmediato en deuda.
Durante un segundo, su rostro se suavizó. No porque la hubiera conmovido, sino porque supo que eso funcionaría mejor.
Aime bajó la mirada hacia la taza.
Aime dice con acento jalisciense, 'Perdón. No quise preocuparte.'
Olivia parpadeó. La dureza de sus hombros cedió un poco.
Aime lo notó.
Por supuesto que lo notó.
Olivia dice con acento sonorense, 'Nomás avísame la próxima vez, ¿sí? No para controlarte. Para saber que estás bien.'
Aime asintió lentamente.
Aime dice con acento jalisciense, 'Está bien. Te aviso.'
Mentirle fue fácil.
Lo difícil fue que Olivia pareciera aliviada.
La chef se levantó y fue hacia el refrigerador. Sacó fruta cortada, yogur natural y un recipiente con algo que olía a salsa tatemada.
Olivia dice con acento sonorense, '¿Has desayunado?'
Aime dice con acento jalisciense, 'No.'
Olivia dice con acento sonorense, 'Siéntate. Te preparo algo rápido.'
Aime la observó moverse por la cocina con esa seguridad que no necesitaba adornos. Olivia no cocinaba para lucirse en su propia casa. Cocinaba como quien respira, como quien traduce afecto en fuego, sal y cuchillo. Cortó pan, calentó una tortilla, revisó unos frijoles, exprimió limón sobre aguacate.
Aime pensó en Sabores de México.
Pensó en los invitados de la inauguración.
Pensó en la posibilidad de que aquella cocina, ese restaurante y el apellido Fuentes empezaran a asociarse más con Olivia que con la hacienda de Guadalajara.
No.
Eso no podía permitirse.
Aime apoyó la barbilla sobre una mano.
Aime dice con acento jalisciense, 'Ayer estuve revisando algunas cosas del restaurante.'
Olivia giró apenas.
Olivia dice con acento sonorense, '¿Qué cosas?'
Aime dice con acento jalisciense, 'Lo que me has contado. El concepto. La ubicación. La inauguración. La prensa que quieres invitar.'
Olivia volvió a la sartén.
Olivia dice con acento sonorense, 'Todavía estoy afinando eso.'
Aime dice con acento jalisciense, 'Precisamente.'
Olivia se quedó quieta un instante.
Olivia dice con acento sonorense, '¿Precisamente qué?'
Aime sonrió con suavidad.
Aime dice con acento jalisciense, 'Creo que podríamos hacerlo más grande.'
Olivia apagó el fuego. Puso el plato frente a Aime: huevos con salsa tatemada, aguacate, frijoles y una tortilla caliente envuelta en servilleta de tela. Un desayuno sencillo, pero impecable.
Olivia dice con acento sonorense, '¿Podríamos?'
Aime tomó el tenedor.
Aime dice con acento jalisciense, 'No te pongas territorial. Estoy pensando en ayudarte.'
Olivia se cruzó de brazos.
Olivia dice con acento sonorense, 'No me estoy poniendo territorial. Estoy preguntando qué quieres decir.'
Aime cortó un trozo de huevo y lo probó. Se tomó un momento antes de hablar. Sabía que a Olivia le importaba su comida, y también sabía que el silencio después del primer bocado le daría poder.
Luego sonrió.
Aime dice con acento jalisciense, 'Está muy bueno.'
Olivia la miró con desconfianza.
Olivia dice con acento sonorense, 'Gracias.'
Aime dice con acento jalisciense, 'Lo digo en serio. Tienes mano. Mucha.'
La defensa de Olivia bajó apenas. Otro punto exacto.
Aime continuó.
Aime dice con acento jalisciense, 'Sabores de México no debería presentarse solo como un restaurante. Debería presentarse como una experiencia cultural mexicana contemporánea. Gastronomía, arte, tequila, diseño, territorio. México sin folclor barato. México con poder.'
Olivia la escuchó.
Eso bastaba por ahora.
Aime dice con acento jalisciense, 'Yo tengo la hacienda. Tengo la historia del agave. Tengo piezas escultóricas que dialogan con la tierra, con el fuego, con la transformación. Tú tienes la cocina. Si lo hacemos bien, la inauguración podría convertirse en algo que la prensa de Madrid no trate como una apertura más, sino como una declaración.'
Olivia tardó en responder.
Olivia dice con acento sonorense, '¿Y casualmente tus esculturas estarían ahí?'
Aime no se ofendió. Al contrario, sus ojos se encendieron un poco.
Aime dice con acento jalisciense, 'No casualmente. Estratégicamente.'
Olivia suspiró.
Olivia dice con acento sonorense, 'Aime.'
Aime dice con acento jalisciense, '¿Qué? Es una buena idea.'
Olivia dice con acento sonorense, 'No dije que fuera mala.'
Aime dice con acento jalisciense, 'Entonces no pongas esa cara.'
Olivia dice con acento sonorense, 'Pongo esta cara porque me estás vendiendo una colaboración como si ya la hubieras decidido tú sola.'
Aime dejó el tenedor sobre el plato.
La frase le molestó.
No por injusta.
Por precisa.
Su rostro permaneció tranquilo, pero el tono de sus ojos cambió, volviéndose más denso, más ocre. Esa mirada suya podía parecer herida cuando en realidad estaba calculando el ángulo de entrada.
Aime dice con acento jalisciense, 'Pensé que te daría gusto que quisiera involucrarme.'
Olivia no respondió de inmediato.
Aime vio el golpe entrar.
Había elegido bien.
Olivia quería una hermana. No una socia. No una rival. No una visitante de paso. Quería algo que Aime no tenía intención de ofrecerle por completo, pero sí podía administrar en dosis pequeñas.
Olivia dice con acento sonorense, 'Sí me da gusto que quieras estar aquí.'
Aime bajó la mirada otra vez.
Aime dice con acento jalisciense, 'Entonces déjame estar.'
El silencio siguiente fue breve, pero delicado.
Olivia se apoyó contra la encimera. Su rostro se suavizó de una manera que a Aime le pareció casi ingenua.
Olivia dice con acento sonorense, 'No tienes que demostrarme nada para quedarte, Aime.'
Aime sintió una punzada leve en el estómago.
No era ternura. No exactamente.
Era el desconcierto de escuchar una frase que no traía trampa visible.
Aime tomó la taza y bebió café para ocultar cualquier reacción.
Aime dice con acento jalisciense, 'Todas las personas dicen eso hasta que empiezan a llevar cuentas.'
Olivia la miró con más atención.
Olivia dice con acento sonorense, '¿Quién te enseñó eso?'
La pregunta fue demasiado directa.
Aime sonrió.
Aime dice con acento jalisciense, 'La vida. Los abogados. Los trabajadores de la hacienda. Los proveedores. Los parientes. Mi padre.'
Olivia bajó la mirada.
José Fuentes era un nombre que, entre ellas, no terminaba de quedarse quieto. Para Olivia, había sido una ausencia con visitas. Para Aime, una presencia exigente, pesada, llena de expectativas y favoritismos que cambiaban según la conveniencia. El mismo hombre había dejado heridas distintas en cada hija.
Y también una herencia desigual.
Olivia dice con acento sonorense, 'Mi papá no fue fácil.'
Aime alzó una ceja.
Aime dice con acento jalisciense, 'Tu papá.'
Olivia levantó la vista.
Olivia dice con acento sonorense, 'Nuestro papá.'
Aime sonrió sin calidez.
Aime dice con acento jalisciense, 'Qué generosa.'
Olivia apretó los labios. Por primera vez esa mañana, algo en ella se cerró.
Olivia dice con acento sonorense, 'No vine a pelear contigo.'
Aime dice con acento jalisciense, 'Estamos desayunando.'
Olivia dice con acento sonorense, 'Contigo a veces las dos cosas se parecen mucho.'
Aime soltó una risa baja.
Aime dice con acento jalisciense, 'Eso fue casi gracioso.'
Olivia se sirvió más café. No le ofreció más a Aime. El gesto fue pequeño, pero Aime lo registró como una resistencia.
La casa ya no estaba tan dócil.
Aime decidió cambiar de terreno.
Aime dice con acento jalisciense, 'La entrevista de mañana es a las once.'
Olivia dice con acento sonorense, 'Con la directora de Jannah al-Fan.'
Aime asintió.
Aime dice con acento jalisciense, Latifa Mubarak. Árabe, formada en París, instalada en Madrid. Tiene fama de elegir artistas con discurso político y estética impecable. No compra solo belleza. Compra narrativa.'
Olivia dice con acento sonorense, '¿Y tú qué vas a venderle?'
Aime sostuvo su mirada.
Aime dice con acento jalisciense, 'Transformación. Herencia. Fuego. Materia domesticada. El agave como memoria familiar y como violencia elegante.'
Olivia permaneció callada unos segundos.
Olivia dice con acento sonorense, 'Eso sí suena a ti.'
Aime sonrió.
Aime dice con acento jalisciense, '¿Lo dices como elogio?'
Olivia dice con acento sonorense, 'Lo digo como observación.'
Aime volvió a tomar el tenedor. Comió otro bocado, despacio.
Aime dice con acento jalisciense, 'Necesito que me acompañes mañana.'
Olivia parpadeó.
Olivia dice con acento sonorense, '¿A la galería?'
Aime dice con acento jalisciense, 'Sí.'
Olivia dice con acento sonorense, '¿Por qué?'
La pregunta llegó demasiado rápido para el gusto de Aime.
Aime no dejó que se le notara.
Aime dice con acento jalisciense, 'Porque eres mi hermana. Porque vives aquí. Porque conoces Madrid mejor que yo. Y porque una chef mexicana a punto de abrir un restaurante en la Gran Vía complementa muy bien mi discurso.'
Olivia soltó aire por la nariz.
Olivia dice con acento sonorense, 'Ahí está.'
Aime dice con acento jalisciense, '¿Ahí está qué?'
Olivia dice con acento sonorense, 'La parte real.'
Aime se echó hacia atrás en la silla. Su cuello largo se tensó apenas, elegante incluso en la incomodidad.
Aime dice con acento jalisciense, 'No finjas que la estrategia te ofende. Tú también estás abriendo un negocio. Sabes cómo funciona esto.'
Olivia dice con acento sonorense, 'La estrategia no me ofende. Me ofende que escondas el cariño detrás de la estrategia y la estrategia detrás del cariño.'
La frase cayó limpia.
Aime no respondió.
Durante un segundo, la cocina pareció demasiado clara, demasiado silenciosa, demasiado íntima para una mujer acostumbrada a convertir cada habitación en escenario. Afuera, Madrid seguía moviéndose. Un claxon lejano. Una persiana metálica subiendo en algún local. Voces en la calle. La ciudad no sabía que, dentro de ese piso, dos hijas de José Fuentes estaban midiendo la herencia invisible que él les había dejado.
Aime fue la primera en sonreír.
Aime dice con acento jalisciense, 'Eres más lista de lo que pareces.'
Olivia no se rio.
Olivia dice con acento sonorense, 'Y tú más triste de lo que quieres parecer.'
Aime sintió la frase como una mano entrando sin permiso.
Su mirada cambió. El ámbar se endureció hacia un miel cobrizo, metálico. Ya no había falsa calidez en sus ojos. Solo una quietud fría, contenida, peligrosa.
Aime dice con acento jalisciense, 'No vuelvas a hacer eso.'
Olivia sostuvo la mirada.
Olivia dice con acento sonorense, '¿Hacer qué?'
Aime dice con acento jalisciense, 'Hablar como si me conocieras.'
Olivia bajó la voz.
Olivia dice con acento sonorense, 'Entonces déjame conocerte.'
Aime se levantó.
La silla no rechinó. Ella jamás permitía que sus movimientos sonaran torpes. Tomó su taza, caminó hasta el fregadero y la dejó ahí con una calma tan perfecta que parecía fabricada.
Aime dice con acento jalisciense, 'Tengo que ducharme. Después voy a revisar unas llamadas de Guadalajara.'
Olivia no intentó detenerla.
Olivia dice con acento sonorense, '¿Todo bien en la hacienda?'
Aime se detuvo de espaldas.
Pensó en los correos pendientes. En el administrador solicitando autorización para reparar una fuga en el sistema de riego. En los números de exportación. En las quejas de un proveedor. En el capataz que llevaba dos semanas pidiendo una reunión directa porque no confiaba en las órdenes enviadas desde Madrid.
Pensó también en Jorge, el abogado español de manos lindas, dormido cuando ella se marchó de su apartamento sin dejar nota. Había sido amable. Demasiado fácil. La había mirado como muchos hombres la miraban: creyendo descubrir algo espontáneo en una mujer que no hacía nada sin medir el efecto.
Aime dice con acento jalisciense, 'Todo está bajo control.'
Olivia dice con acento sonorense, 'Eso tampoco fue lo que pregunté.'
Aime giró apenas el rostro.
Aime dice con acento jalisciense, 'Pero es la respuesta que tengo.'
Luego salió de la cocina.
Caminó por el pasillo hacia la habitación de invitados que Olivia le había preparado. La puerta estaba entreabierta. Dentro, sus maletas seguían ordenadas con precisión casi militar. Ropa colgada por colores. Estuche de maquillaje sobre la cómoda. Una carpeta negra con fotografías de sus esculturas. Una libreta de piel con notas para la entrevista. Dos pequeños frascos de tequila premium de la hacienda, traídos no como regalo, sino como símbolo.
Se detuvo frente al espejo de cuerpo entero.
La mujer que le devolvió la mirada parecía intacta.
Cabello rojo carmesí cayendo como seda salvaje. Piel pálida. Pecas dulces. Boca serena. Cuerpo firme, construido con disciplina y vanidad. Ojos de miel endurecida.
Aime levantó una mano y acomodó un mechón junto a su cuello. Luego inclinó la cabeza, estudiándose con la misma severidad con la que evaluaba una escultura antes de decidir si merecía existir.
Mañana tendría a Latifa Mubarak frente a ella.
El viernes sería una puerta.
Madrid podía abrirse.
Olivia podía servirle de puente.
Sabores de México podía convertirse en escaparate.
Y la ternura de su hermana, bien administrada, podía ser más útil que cualquier recomendación formal.
Aime sonrió al espejo.
No era una sonrisa feliz.
Era una promesa.
Aime murmura con acento jalisciense, 'Una cosa a la vez.'
Al otro lado de la puerta, en la cocina, Olivia permaneció sola con el desayuno a medio recoger. Miró hacia el pasillo por donde Aime se había ido y luego bajó la vista a la libreta del restaurante.
Durante años había imaginado a su media hermana como una figura lejana, casi abstracta: la hija menor, la de Guadalajara, la heredera de la hacienda, la muchacha del cabello rojo de la que José hablaba con una mezcla de orgullo y cansancio.
Ahora la tenía en su casa.
Y comprendía, con una claridad incómoda, que acercarse a Aime no sería como recuperar una parte perdida de la familia.
Sería como aprender a sostener fuego sin quemarse.
Olivia tomó la taza de Aime del fregadero, la lavó en silencio y la dejó escurrir junto a la suya.
Olivia murmura con acento sonorense, 'Ay, muchacha.'
No había rabia en su voz.
Todavía no.
Solo una tristeza prudente.
Y, debajo de esa tristeza, una decisión lenta: Olivia quería a Aime cerca, sí. Pero no estaba dispuesta a dejar que su hermana menor convirtiera su casa, su restaurante y su vida en otro territorio heredado.
Aime Fuentes Montalbo llegó sola a la galería Jannah al-Fan a las diez con cuarenta y dos de la mañana.
Olivia no había confirmado si la acompañaría.
No había mandado mensaje. No había llamado. No había dejado una nota sobre la mesa del desayuno. Nada.
Aime tampoco había preguntado dos veces.
No iba a rogar.
Esa idea le había acompañado durante el trayecto en taxi desde el departamento hasta el barrio donde se encontraba la galería, una zona de Madrid de calles limpias, fachadas sobrias y escaparates diseñados para parecer discretos aunque todo en ellos costara demasiado. A través de la ventanilla, la ciudad pasaba con su ruido de viernes: motos entre carriles, gente con café en mano, turistas mirando mapas en el móvil, señoras bien vestidas saliendo de portales antiguos, repartidores descargando cajas frente a restaurantes que todavía no abrían.
Aime iba sentada en el asiento trasero con la espalda recta, las piernas cruzadas, una carpeta negra sobre el regazo y el teléfono en la mano. No miraba la pantalla porque esperara un mensaje de Olivia. Eso se repetía a sí misma con cierta dureza. Miraba la pantalla porque tenía pendientes de la hacienda, porque un correo de Guadalajara había llegado de madrugada, porque el administrador insistía en hablar con ella antes de autorizar un ajuste de presupuesto para mantenimiento.
Pero cada vez que el teléfono vibraba, sus ojos bajaban demasiado rápido.
Ninguna notificación era de Olivia.
Aime bloqueó la pantalla y la dejó boca abajo.
Llevaba un traje de lino color hueso, entallado en la cintura, con pantalón recto y chaqueta abierta sobre una blusa de seda color vino oscuro. El rojo carmesí cobrizo de su cabello caía peinado en ondas limpias sobre un hombro, brillante, denso, trabajado con una precisión que parecía natural solo para quien no supiera cuánto tiempo requería fabricar esa impresión. En los labios llevaba un tono suave, casi desnudo, para que sus pecas café con leche conservaran esa apariencia juvenil que le convenía. Los ojos, grandes y almendrados, tenían una luz miel más clara de lo habitual.
Había decidido entrar como una artista seria.
No como una heredera.
No como una hermana de nadie.
No como una muchacha mexicana pidiendo una oportunidad.
El taxi se detuvo frente a un edificio de piedra clara con balcones de hierro negro y una puerta amplia de cristal ahumado. Sobre una placa de latón cepillado se leía el nombre de la galería en letras sobrias:
Jannah al-Fan.
Paraíso del Arte.
Aime pagó, bajó sin prisa y esperó a que el conductor sacara del maletero la caja rígida donde viajaba la pieza de muestra. No era la obra completa en su escala original; esa permanecía en resguardo en un taller especializado, preparada para transporte. Lo que llevaba era una versión reducida, autorizada por ella misma, elaborada con los mismos materiales, más un dossier fotográfico completo de la escultura principal.
El conductor dejó la caja sobre la acera.
Taxista dice con acento español, '¿Quiere que se la acerque a la puerta? Pesa un poco.'
Aime lo miró.
No con dureza.
Con esa cortesía distante que colocaba a la otra persona justo donde ella quería.
Aime dice con acento jalisciense, 'Sí, por favor. Hasta recepción.'
El hombre obedeció.
Aime no cargaba cosas pesadas cuando podía lograr que alguien más lo hiciera sin pedirlo demasiado.
Entró a la galería con una calma controlada. Lo primero que la recibió fue el olor: piedra fría, madera encerada, pintura reciente y un leve rastro floral que venía de algún difusor caro, apenas perceptible. El vestíbulo era amplio, con muros blancos de acabado mate, piso de microcemento gris claro y una iluminación precisa, fría sin ser hospitalaria. Las obras expuestas en la sala principal no competían entre sí. Había espacio alrededor de cada una. Silencio suficiente para que el visitante se sintiera obligado a bajar la voz.
Aime reconoció de inmediato una intención curatorial fuerte.
Nada estaba ahí por decoración.
Eso le gustó.
Y la irritó.
Una recepcionista joven, vestida de negro, levantó la vista desde el mostrador.
Recepcionista dice con acento español, 'Buenos días.'
Aime se acercó. El taconeo sobre el suelo pulido sonó limpio, medido, imposible de ignorar.
Aime dice con acento jalisciense, 'Buenos días. Tengo cita con la señora Latifa Mubarak a las once. Aime Fuentes Montalbo.'
La recepcionista revisó la agenda en una tableta.
Recepcionista dice con acento español, 'Sí, la tenemos registrada. La señora Mubarak está terminando una llamada. Puede esperar unos minutos. ¿Quiere agua, café o té?'
Aime dejó que pasara un segundo antes de responder.
Aime dice con acento jalisciense, 'Agua natural, gracias.'
La recepcionista asintió y miró la caja rígida.
Recepcionista dice con acento español, '¿La pieza viene ahí?'
Aime volvió apenas el rostro hacia la caja.
Aime dice con acento jalisciense, 'Una versión de estudio. La obra principal no se transporta sin condiciones técnicas adecuadas.'
La recepcionista recibió el comentario con una sonrisa profesional.
Recepcionista dice con acento español, 'Claro. Puede dejarla aquí junto al mostrador por ahora.'
Aime no respondió de inmediato. Miró el lugar exacto donde la joven señalaba. Era seguro, sí. Limpio, también. Pero estaba demasiado cerca del paso.
Aime dice con acento jalisciense, 'Prefiero que permanezca a la vista y lejos del tránsito.'
La recepcionista parpadeó una vez.
Recepcionista dice con acento español, 'Por supuesto. La colocamos al lado de ese muro.'
El taxista, que aún aguardaba una instrucción final, movió la caja hacia el lugar indicado.
Aime le dio las gracias con una sonrisa breve. Luego recibió el vaso de agua y se sentó en una banca baja, tapizada en tela gris perla, frente a una escultura abstracta de mármol blanco y hierro oxidado.
No sacó el teléfono.
No quería parecer ansiosa.
Mientras esperaba, observó la sala. Había tres visitantes en silencio, una pareja mayor y un hombre con gafas de montura gruesa. Más al fondo, un asistente ajustaba la ficha técnica de una obra. Los sonidos eran pequeños: el roce de suela sobre el piso, una tos contenida, el zumbido bajo del sistema de climatización, una puerta cerrándose en algún pasillo interno.
Aime bebió agua.
A las once en punto, una mujer apareció desde el corredor que conducía a las oficinas.
Latifa Mubarak no necesitaba alzar la voz para dominar el espacio.
posee una fisonomía que evoca los paisajes serenos de las islas de Baréin, manifestando una belleza que reside en la salud y la honestidad de su forma. Su cabeza está coronada por una cabellera azabache, densa y de una textura generosa que fluye como el petróleo crudo, la cual suele recoger con una sencillez pragmática, dejando al descubierto una frente despejada y una mandíbula de líneas suaves pero definidas. Su rostro es un lienzo de calidez; sus ojos, grandes y almendrados con el color de los dátiles maduros, poseen una claridad que sugiere una observación profunda del mundo, enmarcados por cejas naturales que no conocen la rigidez del diseño artificial. Su nariz es recta y fina, descendiendo hacia unos labios de color arcilla, carnosos de forma natural y habituados a una expresión de tranquilidad que prescinde de cualquier cosmético. Su cuello es esbelto y firme, sirviendo de transición hacia unos hombros de notable presencia; no son hombros frágiles, sino la base de una estructura atlética forjada por horas de cincelar piedra y amasar volúmenes de barro. Esta fuerza se extiende por sus brazos, donde la musculatura es magra y funcional, culminando en unas manos que son el testimonio vivo de su oficio: palmas amplias, dedos largos de gran destreza y una piel que, aunque suave, revela la callosidad sutil de quien domina la materia. El torso de Latifa mantiene una elegancia orgánica, con una postura erguida que nace de una columna vertebral acostumbrada al equilibrio y una cintura que se mueve con la fluidez del agua del Golfo. Sus piernas son largas y de pisada segura, terminando en pies que prefieren la libertad de unas sandalias abiertas o el contacto directo con el suelo del taller. En conjunto, su cuerpo no es un objeto de exhibición, sino un instrumento de creación, irradiando una vitalidad joven y una sobriedad estética que convierte su simple presencia en una forma de arte en sí misma.
El rostro de Latifa es una síntesis de armonía y autenticidad, donde cada rasgo parece haber sido tallado con la misma paciencia con la que ella trata sus esculturas. Su estructura ósea presenta una suavidad ovalada que se acentúa en una mandíbula limpia y unos pómulos sutilmente marcados, proporcionándole una simetría natural que no requiere de artificios para destacar. La piel, de un tono bronce cálido que recuerda a la arena de las costas de Manama al atardecer, posee una textura vibrante y mate, libre de maquillajes pesados, permitiendo que la frescura de su juventud brille a través de una superficie limpia y bien cuidada. Sus ojos son, sin duda, el centro gravitacional de su expresión. De forma almendrada y amplia, están enmarcados por unas pestañas negras, densas y naturalmente curvas que proyectan sombras suaves sobre sus iris de color café moca profundo. Estos ojos poseen una claridad excepcional, una mirada "limpia" que transmite una inteligencia serena y una capacidad de observación casi táctil, como si pudiera medir el volumen de los objetos solo con verlos. Sus cejas, oscuras y de arco orgánico, mantienen su grosor natural sin seguir modas rígidas, aportando una fuerza de carácter que equilibra la dulzura de su boca. Los labios, de un tono rosado terroso, tienen una curva definida y relajada, habituados más a la concentración del trabajo que a la tensión, completando una fisonomía que proyecta una belleza atemporal, equilibrada y profundamente humana.
Aime las miró primero.
Latifa lo notó.
Eso fue lo segundo que Aime entendió.
Lo primero fue que esa mujer no iba a impresionarse con facilidad.
Latifa se acercó con una sonrisa sobria.
Latifa dice con acento árabe, 'Señorita Fuentes Montalbo.'
Aime se puso de pie.
Aime dice con acento jalisciense, Señorita Mubarak. Gracias por recibirme.'
Se dieron la mano.
El apretón de Latifa fue firme, seco, sin agresividad. No intentaba imponerse; no lo necesitaba.
Latifa miró la caja rígida.
Latifa dice con acento árabe, 'Veo que ha traído una pieza.'
Aime dice con acento jalisciense, 'Una versión de estudio. La obra principal está documentada en el dossier y disponible para revisión técnica cuando usted lo considere necesario.'
Latifa volvió los ojos hacia ella.
Latifa dice con acento árabe, 'Bien. Me gusta cuando un artista sabe distinguir entre presentación y transporte.'
Aime sonrió, apenas.
Aime dice con acento jalisciense, 'La escultura no se improvisa en una maleta.'
Latifa sostuvo la mirada un segundo más.
Latifa dice con acento árabe, 'No. No se improvisa.'
No hubo halago claro. Tampoco rechazo. Solo una puerta entreabierta.
Latifa indicó el pasillo con una mano.
Latifa dice con acento árabe, 'Venga conmigo. Hablaremos en mi despacho. Nadia, por favor, que lleven la caja con cuidado.'
La recepcionista llamó a un asistente. Dos personas tomaron la caja con correas y la siguieron por el pasillo.
Aime caminó junto a Latifa.
El corredor era más estrecho que la sala principal, pero mantenía la misma limpieza visual. En las paredes había fotografías en blanco y negro de procesos artísticos: manos cubiertas de polvo, moldes abiertos, metal fundido, piedra tallada, arcilla húmeda. Aime miró una imagen de una mujer golpeando mármol con cincel. La fotografía capturaba el instante exacto en que el cuerpo se inclinaba hacia la materia.
Latifa dice con acento árabe, 'Esa pieza fue mía.'
Aime giró la cabeza hacia ella.
Aime dice con acento jalisciense, '¿La del mármol?'
Latifa dice con acento árabe, 'Sí. Hace dieciocho años. Pesaba casi tres toneladas. Tardé ocho meses en terminarla y dos años en venderla.'
Aime no supo si aquello era una advertencia o una cortesía.
Aime dice con acento jalisciense, 'Las obras pesadas piden paciencia.'
Latifa dice con acento árabe, 'Y dinero. Mucho dinero. Espacio, seguro, montaje, mantenimiento, compradores adecuados. La paciencia sola no paga una grúa.'
Aime aceptó el golpe sin bajar el rostro.
Aime dice con acento jalisciense, 'Por eso vine con números.'
Latifa abrió la puerta de su despacho.
El despacho de Latifa
El despacho administrativo de Latifa Mubarak no tenía la frialdad de una oficina común. Era funcional, pero cada elemento parecía elegido por alguien que pensaba con las manos. La mesa principal era de madera oscura, amplia, con vetas visibles bajo una capa mate. Sobre ella había una computadora, una libreta abierta, un portaminas metálico, varias fichas de artistas y una pequeña escultura de arcilla sin esmaltar que parecía un fragmento de torso.
El olor era distinto al de la sala: café árabe, papel, madera y un rastro mineral que venía de una repisa donde descansaban muestras de piedra, metal y cerámica. Junto a la ventana había una mesa auxiliar cubierta con catálogos de exposiciones. En una pared lateral, un tablero reunía planos de montaje, fotografías de obras y notas adhesivas colocadas con orden riguroso. No era un espacio decorativo. Era un lugar de decisiones.
Latifa señaló una silla frente al escritorio.
Latifa dice con acento árabe, 'Siéntese, por favor.'
Aime se sentó sin apresurarse. Cruzó las piernas y colocó la carpeta sobre sus rodillas. No dejó que la silla la hiciera parecer pequeña. Enderezó la espalda, alargó el cuello y mantuvo los hombros relajados. Si Latifa quería evaluarla, vería control.
Los asistentes entraron con la caja.
Latifa dice con acento árabe, 'Aquí, sobre la mesa de revisión.'
La mesa de revisión estaba a un lado del despacho, cubierta con fieltro gris. Los asistentes colocaron la caja encima. Aime se levantó de inmediato.
Aime dice con acento jalisciense, 'Yo la abro.'
No pidió permiso.
Latifa tampoco la detuvo.
Aime liberó los cierres con movimientos precisos. Dentro, la versión de estudio de la escultura descansaba protegida por espuma cortada a medida y tela de algodón crudo. Antes de tocar la pieza, Aime se quitó los anillos y los dejó junto a la carpeta. Luego sacó unos guantes negros de algodón del bolsillo interior de la caja.
Latifa observó en silencio.
Aime notó esa mirada.
Le agradó que Latifa observara los detalles correctos.
Con cuidado, extrajo la escultura.
“Agave bajo la lengua del fuego” apareció bajo la luz blanca del despacho.
Era más pequeña que la obra final, pero conservaba su tensión. La base ovalada de piedra volcánica negra tenía un peso visual inmediato, una presencia porosa, oscura, casi áspera al ojo. De ella ascendían formas inspiradas en el corazón del agave, trabajadas en bronce patinado, abiertas hacia arriba con una mezcla de filo y curva. No parecían hojas naturales, sino estructuras tensas, casi defensivas. Algunas superficies tenían un verde grisáceo apagado; otras se hundían en un azul petróleo ennegrecido. En el centro, la pieza de vidrio soplado en tonos ámbar, miel y dorado atrapaba la luz del despacho y la devolvía en reflejos cálidos. Las vetas rojizas dentro del vidrio parecían suspendidas, detenidas en mitad de una combustión.
Los bordes de cobre pulido marcaban ciertas líneas como cicatrices limpias. Las grietas rellenas de resina color caramelo no ocultaban la fractura; la hacían parte del lenguaje de la obra.
Latifa se acercó.
No dijo nada durante casi un minuto.
Aime permaneció al lado de la mesa, quieta, permitiendo que la obra trabajara por ella. Esa era una disciplina difícil para alguien como ella. Aime prefería conducir las impresiones, no esperar a que nacieran. Pero sabía que hablar demasiado pronto podía abaratar la pieza.
Latifa inclinó un poco el rostro. Miró la base. Después el vidrio. Después las uniones.
Latifa dice con acento árabe, '¿Quién fundió el bronce?'
Aime dice con acento jalisciense, 'Un taller en Tlaquepaque. Yo trabajé el modelo, supervisé la cera, la fundición, la pátina y los acabados.'
Latifa dice con acento árabe, '¿La piedra?'
Aime dice con acento jalisciense, 'Volcánica. Jalisco. La pieza final usa un bloque más estable, tratado para evitar desprendimiento superficial. Esta versión conserva más textura porque quería que la muestra hablara con menos corrección.'
Latifa tomó una lámpara pequeña de revisión y dirigió la luz hacia una de las grietas rellenas con resina.
Latifa dice con acento árabe, 'La resina puede envejecer mal si no se protege de ciertos cambios de temperatura.'
Aime dice con acento jalisciense, 'Lo sé. Uso resina epóxica con estabilizador UV. En la pieza final va sellada en capas finas, no en volumen profundo. Tengo ficha técnica del material y recomendaciones de conservación.'
Latifa miró hacia ella.
Latifa dice con acento árabe, 'Tráigamela.'
Aime abrió la carpeta negra y sacó una hoja impresa. Se la entregó.
Latifa leyó de pie. No hacía gestos. Sus ojos iban de una línea a otra con rapidez.
Latifa dice con acento árabe, 'Peso de la obra final.'
Aime dice con acento jalisciense, 'Ciento dieciocho kilos con base incluida.'
Latifa dice con acento árabe, 'Dimensiones.'
Aime dice con acento jalisciense, 'Ciento diez centímetros de alto, ochenta y dos de ancho, cincuenta y seis de profundidad.'
Latifa dice con acento árabe, '¿Edición única?'
Aime dice con acento jalisciense, 'Pieza única. Esta versión de estudio no se vende como obra independiente. Puede permanecer como apoyo curatorial, pero no entra al mercado.'
Latifa dejó la hoja sobre la mesa.
Latifa dice con acento árabe, 'Eso es una decisión fuerte para una artista nueva.'
Aime sostuvo la mirada.
Aime dice con acento jalisciense, 'No estoy construyendo volumen. Estoy construyendo valor.'
Latifa no sonrió, pero algo en sus ojos cambió.
Latifa dice con acento árabe, 'Todos los artistas que entran aquí dicen alguna versión de eso.'
Aime no se movió.
Aime dice con acento jalisciense, 'Entonces algunos lo dirán mejor que otros.'
El silencio fue breve.
Latifa regresó a su silla. Aime también se sentó, aunque dejó la escultura descubierta sobre la mesa de revisión.
Latifa dice con acento árabe, 'Hábleme de usted. No del apellido. De usted.'
Aime dejó la carpeta sobre el escritorio, abierta.
Aime dice con acento jalisciense, 'Tengo veintiséis años. Me formé primero en talleres privados en Guadalajara y después tomé cursos especializados en modelado, fundición y materiales mixtos. No vengo de una academia europea, si eso es lo que pregunta. Vengo de una hacienda tequilera, de bodegas, de hornos, de tierra roja y de una familia donde la materia siempre ha tenido valor económico antes que valor simbólico. Mi trabajo nace de ahí.'
Latifa apoyó los codos en los brazos de la silla.
Latifa dice con acento árabe, '¿Y eso le pesa o le conviene?'
Aime respiró despacio.
Buena pregunta.
No decorativa.
Aime dice con acento jalisciense, 'Las dos cosas. Me conviene porque tengo acceso a materiales, historia, paisaje, trabajadores, procesos. Me pesa porque la gente cree que eso me vuelve menos artista. Como si la herencia cancelara la disciplina.'
Latifa dice con acento árabe, 'A veces la herencia cancela la necesidad.'
Aime sonrió con frialdad ligera.
Aime dice con acento jalisciense, 'La necesidad no siempre produce talento. A veces solo produce prisa.'
Latifa la observó con más atención.
Latifa dice con acento árabe, 'Usted habla con mucha seguridad.'
Aime dice con acento jalisciense, 'Porque conozco mi trabajo.'
Latifa dice con acento árabe, 'No. Muchos conocen su trabajo y aun así dudan. Usted habla como alguien que no quiere permitir que la contradigan.'
Aime sintió una tensión en la mandíbula, pequeña, casi invisible.
Latifa la había tocado donde no había pedido permiso.
Aime mantuvo la sonrisa.
Aime dice con acento jalisciense, 'Me pueden contradecir con argumentos.'
Latifa dice con acento árabe, 'Bien. Entonces empecemos.'
Aime inclinó apenas la cabeza.
Latifa tomó un lápiz y miró otra vez la escultura.
Latifa dice con acento árabe, 'La pieza tiene fuerza formal. Eso es evidente. El equilibrio entre piedra, bronce y vidrio está bien resuelto. No veo una obra inmadura en ejecución. Pero sí veo una artista que corre el riesgo de explicar demasiado su propia herida.'
Aime parpadeó una sola vez.
Aime dice con acento jalisciense, 'No trabajo desde la herida.'
Latifa dice con acento árabe, 'Todos trabajamos desde alguna herida. La diferencia está en si la obra la transforma o solo la exhibe.'
Aime mantuvo la espalda recta.
El impulso inicial fue defenderse. Decir que su obra no era confesional, que hablaba de proceso, de territorio, de destilación, de materia sometida al fuego. Pero Latifa no era una visitante de inauguración ni una periodista buscando frases bonitas. Era escultora. Sabía leer peso, unión, tensión, decisión. No bastaba con seducirla.
Había que responderle bien.
Aime dice con acento jalisciense, 'La pieza no pide compasión. No me interesa que el espectador piense en mi familia y sienta ternura. Me interesa que entienda que todo legado exige una forma de violencia. La tierra se corta, el agave se arranca, el corazón se cuece, el líquido se destila. Después alguien lo sirve en una copa y lo llama celebración. Yo trabajo sobre esa contradicción.'
Latifa anotó algo.
Latifa dice con acento árabe, 'Eso está mejor.'
Aime no agradeció.
No quería parecer alumna.
Latifa levantó la vista.
Latifa dice con acento árabe, '¿Tiene más obra?'
Aime sacó varias fotografías impresas. Las colocó sobre el escritorio en orden. No las deslizó al azar. Cada imagen tenía una función: primero la obra más limpia, luego la más agresiva, después la más íntima, finalmente la que tenía mayor presencia comercial.
Aime dice con acento jalisciense, 'Tengo una serie de siete piezas terminadas y tres en proceso. Todas giran alrededor de materia, herencia y transformación. No todas hablan del tequila de forma directa. Algunas trabajan con metal oxidado, barro bruñido, fibra de agave y vidrio.'
Latifa tomó las fotografías una por una.
El despacho se llenó del sonido seco del papel al moverse.
Latifa dice con acento árabe, 'Esta tiene un problema de proporción.'
Aime miró la imagen.
Era una pieza vertical de barro oscuro y cobre.
Aime dice con acento jalisciense, 'Fue intencional.'
Latifa dice con acento árabe, 'No dije que fuera accidental. Dije que tiene un problema.'
Aime sintió calor en la nuca.
Su rostro no cambió.
Latifa continuó.
Latifa dice con acento árabe, 'La base no soporta visualmente la parte superior. No hablo de estabilidad física. Hablo de peso visual. Se siente vanidosa. Quiere elevarse antes de merecerlo.'
La frase molestó a Aime más de lo razonable.
Porque no hablaba solo de la obra.
O quizá sí.
Latifa no apartó la mirada.
Aime tomó la fotografía y la observó. Podía negarlo. Podía argumentar que la intención era precisamente generar incomodidad, un ascenso demasiado tenso, una forma que desafiara su propio soporte. Podía sostenerlo con seguridad suficiente para que otra persona dudara.
Pero Latifa no iba a dudar.
Aime dejó la fotografía sobre la mesa.
Aime dice con acento jalisciense, 'Puedo revisar la base.'
Latifa asintió una vez.
Latifa dice con acento árabe, 'Eso también está mejor.'
Aime sintió el deseo de borrarle esa calma del rostro.
No de forma vulgar. No con un arrebato. Solo quería obligarla a admirar. A conceder. A inclinarse un poco.
Era una necesidad antigua, conocida. Una presión interna que le decía que si alguien no la admiraba rápido, había que encontrar el modo de colocarse en el centro de su mirada.
Aime bajó la mano a su carpeta, tocó el borde y respiró.
No aquí.
No todavía.
Latifa revisó las demás imágenes.
Latifa dice con acento árabe, '¿Ha vendido obra antes?'
Aime dice con acento jalisciense, 'Sí. A coleccionistas privados en México. Tres piezas de mediano formato y dos encargos.'
Latifa dice con acento árabe, '¿Facturación?'
Aime abrió otra sección del dossier.
Aime dice con acento jalisciense, 'Aquí están los rangos de venta, fechas y datos generales. No incluyo nombres completos por confidencialidad, pero puedo proporcionar referencias si avanzamos a una segunda etapa.'
Latifa tomó la hoja.
Latifa dice con acento árabe, 'Sus precios son altos para su trayectoria pública.'
Aime dice con acento jalisciense, 'Son adecuados para materiales, proceso y posicionamiento.'
Latifa dice con acento árabe, 'El mercado no paga solo materiales y proceso. Paga deseo, confianza y trayectoria.'
Aime dice con acento jalisciense, 'Por eso estoy aquí.'
Latifa apoyó la hoja en el escritorio.
Latifa dice con acento árabe, 'Jannah al-Fan no es una tienda de prestigio instantáneo, señorita Fuentes Montalbo.'
Aime sostuvo su mirada.
Aime dice con acento jalisciense, 'No vine a comprar prestigio.'
Latifa dice con acento árabe, '¿No?'
Aime sonrió apenas.
Aime dice con acento jalisciense, 'Vine a negociar una entrada seria.'
Latifa se recostó en la silla.
Latifa dice con acento árabe, 'Entonces hablemos seriamente. Una artista nueva en nuestra programación no entra con una individual completa, salvo casos muy excepcionales. Podemos considerar una participación en muestra colectiva, una presentación privada para coleccionistas o una exhibición de una sola pieza dentro de un diálogo curatorial más amplio. Si hay interés real, se trabaja a partir de ahí.'
Aime escuchó sin interrumpir.
Latifa dice con acento árabe, 'La comisión de la galería es del cincuenta por ciento sobre venta. Los costos de transporte, seguro y embalaje especializado se negocian según proyecto. Para obra internacional, necesitamos documentación completa, certificado de autenticidad, ficha técnica, condiciones de conservación y una propuesta clara de precio. Además, la obra debe pasar por revisión física antes de cualquier compromiso.'
Aime dice con acento jalisciense, 'Eso es razonable.'
Latifa dice con acento árabe, 'Todavía no he terminado.'
Aime se quedó quieta.
Latifa dice con acento árabe, 'También necesito saber si usted es capaz de trabajar con una curaduría sin intentar controlar todo el relato. Una galería no sirve solo para poner una obra en una sala bonita. Nosotros construimos contexto, mercado y lectura crítica. Si una artista exige admiración pero no acepta edición, se vuelve muy difícil trabajar con ella.'
Aime sintió cómo la frase se instalaba entre ambas.
Esta vez no fingió no entender.
Aime dice con acento jalisciense, '¿Esa es una pregunta o una advertencia?'
Latifa dice con acento árabe, 'Las dos.'
Aime se permitió una sonrisa lenta.
Aime dice con acento jalisciense, 'Acepto dirección cuando viene de alguien que sabe mirar.'
Latifa dice con acento árabe, 'Eso suena elegante. No responde.'
Aime inclinó la cabeza.
Sus ojos adquirieron un brillo denso, una mezcla de desafío y encanto. Era el gesto que usaba cuando quería que la dureza pareciera personalidad, no defensa.
Aime dice con acento jalisciense, 'Puedo trabajar con curaduría. No me interesa entregar una obra para que la vuelvan otra cosa, pero sí entiendo que una exposición necesita conversación. Si usted me dice que una pieza no está lista, la escucho. Si me dice que una idea está débil, la discuto. Si me pide que rebaje mi obra para hacerla más cómoda, no.'
Latifa la observó unos segundos.
Latifa dice con acento árabe, 'Eso sí responde.'
Aime no bajó la mirada.
Latifa tomó la fotografía de “Agave bajo la lengua del fuego” en su versión final y la colocó junto a la pieza de estudio.
Latifa dice con acento árabe, 'Esta obra puede funcionar. No en la sala principal todavía. No como centro de la temporada. Pero puede funcionar en una presentación cerrada si se articula bien.'
Aime sintió una satisfacción inmediata, filosa.
No la mostró completa.
Aime dice con acento jalisciense, '¿Con qué tipo de coleccionistas?'
Latifa dice con acento árabe, 'Personas interesadas en arte latinoamericano contemporáneo, materiales nobles, piezas con discurso territorial. También algunos compradores de diseño escultórico, aunque yo tendría cuidado con eso. Su obra no debe parecer decoración de lujo.'
Aime dice con acento jalisciense, 'No lo es.'
Latifa dice con acento árabe, 'Lo sé. Pero el dinero a veces intenta convertirlo todo en decoración.'
Aime pensó en la hacienda. En salones con muebles caros, en botellas de edición limitada colocadas como símbolos de buen gusto, en personas que hablaban de tradición mientras regateaban salarios. Pensó en su propia tendencia a usar belleza como arma. Pensó en lo fácil que sería vender una parte de su obra a alguien que solo quisiera colocarla junto a una barra de tequila premium.
Aime dice con acento jalisciense, 'No quiero que mi trabajo termine adornando la ignorancia de nadie.'
Latifa la miró con una expresión que por primera vez se acercó a la aprobación.
Latifa dice con acento árabe, 'Entonces tendrá que aprender a decir que no a compradores con dinero.'
Aime dice con acento jalisciense, 'Eso sé hacerlo.'
Latifa dice con acento árabe, 'No siempre. Muchos artistas creen que saben hasta que llega la primera oferta grande.'
Aime no respondió de inmediato.
Latifa tomó su taza de café, bebió un sorbo y volvió a dejarla sobre un plato pequeño de cerámica azul oscuro.
Latifa dice con acento árabe, '¿Por qué Madrid?'
Aime dice con acento jalisciense, 'Porque México ya me mira con demasiadas referencias familiares.'
Latifa dice con acento árabe, '¿Y cree que Madrid no lo hará?'
Aime dice con acento jalisciense, 'Madrid no conoció a mi padre.'
Latifa dice con acento árabe, 'Madrid conoce el dinero. Con eso le basta para inventar historias.'
Aime sonrió con una dureza breve.
Aime dice con acento jalisciense, 'Entonces le daré una historia mejor.'
Latifa dice con acento árabe, 'Cuidado con eso.'
Aime dice con acento jalisciense, '¿Con qué?'
Latifa dice con acento árabe, 'Con confundir historia con personaje. El personaje atrae. La obra sostiene. Si el personaje pesa más que la obra, la carrera se rompe muy rápido.'
Aime se quedó callada.
Esa frase no le gustó.
No porque fuera falsa.
Sino porque Latifa parecía haberla visto entrar desde el primer minuto. El cabello, la postura, el traje, la forma de hablar, el modo en que había colocado cada fotografía. Todo en Aime era control. Todo estaba diseñado para producir una reacción. Incluso su honestidad tenía una puesta en escena.
Latifa no lo condenaba.
Solo lo veía.
Y eso era peor.
Aime dice con acento jalisciense, 'Mi obra sostiene.'
Latifa dice con acento árabe, 'Puede sostener. No es lo mismo.'
Aime apoyó una mano sobre la mesa.
Aime dice con acento jalisciense, 'Entonces déjeme demostrarlo.'
Latifa entrelazó los dedos.
Latifa dice con acento árabe, 'Le propongo esto. Envíeme en una semana el dossier completo actualizado: fotografías profesionales de las siete piezas, fichas técnicas, precios revisados, currículum artístico sin adornos innecesarios, statement de máximo una página y propuesta de transporte para la obra principal. Yo revisaré el material con mi equipo. Si mantiene el nivel, podemos considerar incluir una pieza en una presentación privada a finales de junio.'
Aime calculó rápido.
Una presentación privada no era una exposición. Pero tampoco era una negativa. Era una puerta real, con condiciones reales.
Aime dice con acento jalisciense, '¿Finales de junio de este año?'
Latifa dice con acento árabe, 'Sí. Dos coleccionistas de Londres estarán en Madrid. También una curadora de Lisboa y un asesor de una fundación cultural. No prometo venta. Prometo mirada seria.'
Aime sintió que la palabra mirada le tocaba algo más profundo que venta.
Mirada seria.
Eso era, en el fondo, lo que exigía desde niña sin admitirlo. Que la miraran sin reducirla a hija, a cuerpo, a heredera, a capricho, a adorno. Que miraran algo hecho por ella y no solo a ella.
Pero ese pensamiento le pareció demasiado vulnerable.
Lo cerró de inmediato.
Aime dice con acento jalisciense, 'Acepto.'
Latifa levantó una ceja.
Latifa dice con acento árabe, 'Todavía no hemos hablado de ajustes.'
Aime dice con acento jalisciense, 'Los escucho.'
Latifa tomó la fotografía de la pieza con problema de proporción y la separó.
Latifa dice con acento árabe, 'Esta no entra en el dossier principal hasta que la revise.'
Aime apretó los dedos bajo la mesa.
Aime dice con acento jalisciense, 'De acuerdo.'
Latifa señaló otra imagen.
Latifa dice con acento árabe, 'Esta tiene potencial, pero necesita mejores fotografías. La luz actual la vuelve más decorativa de lo que es.'
Aime dice con acento jalisciense, 'Puedo rehacerlas.'
Latifa tomó una tercera.
Latifa dice con acento árabe, 'Y aquí el texto no debe hablar de “sangre familiar”. Suena demasiado teatral. Hable de linaje productivo, transmisión material, estructuras de propiedad, trabajo invisible. Sea concreta. La emoción entra mejor cuando no se le empuja.'
Aime sintió un roce de molestia.
Aime dice con acento jalisciense, 'La sangre es concreta.'
Latifa dice con acento árabe, 'Sí. Pero en un statement de artista joven puede sonar a recurso fácil.'
Aime sostuvo la mirada.
Quiso decirle que fácil era hablar de trabajo invisible desde una galería impecable de Madrid. Quiso recordarle que ella venía de una tierra donde los apellidos decidían quién mandaba, quién obedecía y quién era recordado. Quiso defender la palabra sangre porque le gustaba su fuerza, su dramatismo, su capacidad de incomodar.
Pero Latifa tenía razón en una cosa: el dramatismo podía traicionarla.
Aime respiró.
Aime dice con acento jalisciense, 'Lo revisaré.'
Latifa asintió.
Latifa dice con acento árabe, 'Bien.'
El teléfono de Aime vibró dentro de su bolso.
No lo miró.
Latifa sí notó que no lo miraba.
Latifa dice con acento árabe, 'Puede revisar si es urgente.'
Aime dice con acento jalisciense, 'No lo es.'
No sabía si era cierto.
Pero no iba a darle a nadie, ni siquiera a un teléfono, el poder de interrumpirla en ese momento.
Latifa cerró el dossier con cuidado.
Latifa dice con acento árabe, 'Hay algo más que debo decirle.'
Aime levantó un poco el mentón.
Aime dice con acento jalisciense, 'La escucho.'
Latifa dice con acento árabe, 'Tiene talento. Tiene materiales. Tiene una presencia que puede abrirle puertas. Pero también tiene una energía que puede cerrárselas. En una entrevista, eso puede parecer seguridad. En un montaje, puede convertirse en conflicto. En una venta, puede parecer misterio. En una relación profesional larga, puede cansar.'
Aime se quedó inmóvil.
No era una crítica técnica. Era una lectura personal.
Y Aime odiaba ser leída sin haber entregado el libro.
Aime dice con acento jalisciense, '¿Suele hablar así con los artistas que apenas conoce?'
Latifa no se inmutó.
Latifa dice con acento árabe, 'Solo con los que creo que podrían durar.'
La respuesta la desarmó apenas.
No lo suficiente para mostrarlo.
Aime miró la escultura sobre la mesa de revisión. La luz atravesaba el vidrio ámbar y proyectaba una mancha dorada sobre el fieltro gris. La pieza parecía más quieta que ella. Más paciente. Más dispuesta a soportar la mirada ajena sin tener que dominarla.
Eso también le molestó.
Aime dice con acento jalisciense, 'Duraré.'
Latifa dice con acento árabe, 'Eso lo decide el trabajo. No la voluntad.'
Aime se levantó.
Latifa también.
Durante unos segundos, las dos mujeres quedaron de pie frente a la mesa de revisión, separadas por la escultura. No había enemistad entre ellas. Tampoco confianza. Había algo más útil: reconocimiento profesional, todavía frío, todavía vigilado.
Latifa extendió la mano.
Latifa dice con acento árabe, 'Envíeme el material el próximo viernes, antes de las seis de la tarde.'
Aime estrechó su mano.
Aime dice con acento jalisciense, 'Lo tendrá.'
Latifa dice con acento árabe, 'Y señorita Fuentes Montalbo.'
Aime la miró.
Latifa dice con acento árabe, 'No traiga solo una obra bella. Traiga una obra que pueda defender incluso cuando nadie la esté mirando a usted.'
Aime sintió que la frase le entraba despacio, no como herida abierta, sino como presión sobre una zona ya sensible.
Sonrió.
Aime dice con acento jalisciense, 'Eso no será un problema.'
Latifa no le devolvió la sonrisa.
Latifa dice con acento árabe, 'Veremos.'
La salida
Los asistentes volvieron a guardar la pieza de estudio bajo la supervisión directa de Aime. Ella revisó cada protección, cada esquina, cada cierre. No permitió que nadie se apresurara. Latifa observó desde su escritorio, sin intervenir.
Cuando la caja quedó lista, Aime tomó su carpeta, sus anillos y su bolso.
Latifa la acompañó hasta el inicio del pasillo.
Latifa dice con acento árabe, 'Mi asistente le enviará un correo con los requisitos formales.'
Aime dice con acento jalisciense, 'Perfecto.'
Latifa dice con acento árabe, 'Y busque un fotógrafo que entienda volumen. No uno que trate sus piezas como producto.'
Aime dice con acento jalisciense, 'Tengo uno en Guadalajara.'
Latifa dice con acento árabe, 'Si entiende volumen, úselo. Si solo entiende lujo, no.'
Aime sostuvo la mirada.
Aime dice con acento jalisciense, 'Entendido.'
Se despidieron sin beso, sin cortesía excesiva. Solo otro apretón de manos.
Aime salió al vestíbulo con el rostro tranquilo y la sangre acelerada.
La recepcionista le abrió la puerta. Afuera, Madrid seguía luminosa, más cálida que al entrar. El ruido de la calle la recibió de golpe: motores, pasos, una conversación rápida en español, el tintineo de una bicicleta pasando cerca de la acera.
El asistente dejó la caja junto a ella.
Recepcionista dice con acento español, '¿Quiere que llamemos un taxi?'
Aime iba a decir que sí.
Entonces miró el teléfono.
Tenía tres mensajes.
Dos eran de la hacienda.
Uno era de Olivia.
Olivia: “Perdón por no contestarte antes. Se me complicó la mañana en el restaurante. ¿Cómo te fue?”
Aime leyó el mensaje una vez.
Luego otra.
La disculpa no era suficiente.
Pero era útil.
Guardó el teléfono sin responder de inmediato.
Aime dice con acento jalisciense, 'Sí. Llámeme un taxi, por favor.'
Mientras esperaba, se colocó los lentes de sol. No porque el sol fuera insoportable, sino porque necesitaba recuperar el control de su rostro antes de volver al mundo.
Latifa Mubarak no la había rechazado.
Tampoco la había adorado.
Eso era lo intolerable.
Y lo interesante.
Aime miró la placa de latón de la galería. Jannah al-Fan. Paraíso del Arte. El nombre le pareció pretencioso, hermoso y conveniente. Un lugar así podía convertir una obra en conversación. Una conversación en venta. Una venta en reputación. Una reputación en poder.
El taxi llegó.
El asistente colocó la caja en el maletero. Aime subió al asiento trasero, cruzó las piernas y sacó el teléfono. Abrió el mensaje de Olivia.
Durante unos segundos pensó en responder con frialdad.
“Bien.”
Solo eso.
Una palabra seca, suficiente para castigar.
Pero luego imaginó a Olivia leyendo el mensaje, preocupándose, queriendo compensar su ausencia. Imaginó su rostro sonorense, honesto, abierto de esa manera que todavía no sabía protegerse del todo.
Aime escribió despacio.
Aime: “Me fue bien. Latifa está interesada, aunque fue bastante dura. Te cuento en casa.”
Miró la frase.
Añadió otra línea.
Aime: “Me hubiera gustado que estuvieras.”
No era completamente mentira.
Tampoco era completamente verdad.
Era mejor.
Envió el mensaje y apoyó la cabeza contra el respaldo.
El taxi avanzó por Madrid.
Aime cerró los ojos detrás de los lentes oscuros. Todavía podía escuchar la voz de Latifa, seca y clara, atravesada por ese acento árabe que no suavizaba las críticas.
“No traiga solo una obra bella. Traiga una obra que pueda defender incluso cuando nadie la esté mirando a usted.”
Aime apretó la mandíbula.
Ella podía defender su obra.
Podía defender su nombre.
Podía defender su belleza, su herencia, su lugar, su derecho a entrar donde quisiera.
Lo que todavía no sabía era si podía soportar una sala donde la miraran menos a ella que a lo que había creado.
Y esa duda, pequeña y humillante, la acompañó todo el camino de regreso.
Escena con contenido sexual explícito. UNicamente para mayores de 18 años. Queda bajo su responsabilidad la lectura de este rol.
Punto de vista: AIme & Romero.
Slainte Social Club
Aime va Llegando al club más popular de Madrid. Había pasado el resto de la tarde en la casa resolviendo asuntos de la hacienda . Esa noche se sentía con ganas de fiesta, y un buen entretenimiento.
Ves una barra con dos bartenders atendiendo aquí.
Te encuentras con Romero.
Romero está apoyado contra la pared del club junto a la barra, fumándose un cigarrillo con esa parsimonia pesada y vigilante de quien está acostumbrado a cuidar perímetros, aunque esa noche el perímetro fuera solo suyo. Llevaba una chaqueta de cuero oscuro y los ojos entrecerrados, fijos en el vaivén de la pista.
Personas van y vienen, entrando y saliendo del cafe.
Cuando sus miradas se cruzaron, Aime no vio la típica sumisión del hombre que se deslumbra. Vio una lascivia fría, del norte, una radiografía directa que le recorrió las piernas y el escote sin pedir permiso ni ofrecer disculpas. Ese fue el anzuelo. Ella, incapaz de dejar pasar a alguien que no se doblegaba al instante, frenó el paso, sacó un encendedor de su bolso y se le plantó a dos centímetros, invadiendo su aire con el aroma dulce de su perfume.
Romero te mira.
Aime mira al hombre con curiosidad y evaluación.
Romero
Este espécimen de la sierra sinaloense posee una fisonomía que parece diseñada bajo la premisa de una eficiencia letal envuelta en un envoltorio de elegancia salvaje. Su cuerpo es un manifiesto de la potencia aerodinámica, una estructura de un metro con ochenta y ocho centímetros que se mueve con una fluidez líquida, casi silenciosa. El torso es un lienzo de músculo fibroso y funcional, con hombros anchos pero de una flexibilidad sorprendente que le permite reaccionar con la velocidad de un resorte. Sus pectorales son firmes y chatos, sin el volumen estorboso del culturismo, permitiendo que su caja torácica se expanda con una respiración rítmica y controlada. El abdomen es una pared de nervio puro, con la línea de los oblicuos descendiendo de forma pronunciada hacia una cintura estrecha y ágil, donde la piel se vuelve más clara y revela la tensión constante de su núcleo. Sus caderas son estrechas y fibrosas, diseñadas para el giro rápido y el avance explosivo, conectando con unas piernas que son auténticos resortes de anatomía masculina. Los muslos poseen una musculatura alargada y potente, mientras que sus pantorrillas son magras y nervudas, terminando en pies de pisada firme y planta segura que parecen aferrarse al terreno con una autoridad instintiva. La presencia de este hombre es magnética y profundamente carnal, una mezcla de guardaespaldas leal y seductor implacable. Cada movimiento que realiza tiene un propósito protector: su cuerpo se inclina sutilmente hacia lo que valora, interponiéndose como un escudo humano sin perder jamás la gracia de un felino al acecho. Sus manos son de dedos largos y diestros, con una piel que alterna la suavidad de quien cuida los detalles con la dureza táctica en las palmas, capaces de una caricia electrizante o de un agarre de acero en fracciones de segundo. Emana un aroma a tabaco fino, cuero y una nota cítrica persistente que se mezcla con el calor natural de su piel, creando una estela que invita a la proximidad mientras su mirada advierte el riesgo. Es una contradicción viviente: la promesa de una seguridad absoluta bajo la amenaza latente de una naturaleza indomable, un hombre que no necesita alzar la voz para dominar el espacio, pues su sola silueta proyecta el peso de una protección que es, al mismo tiempo, una invitación al peligro del placer.
Su rostro es un despliegue de ángulos agresivos y simetría inquietante; posee pómulos altos y cortantes que proyectan sombras profundas sobre sus mejillas hundidas, dándole un aire de ave de presa. Sus ojos, de un tono miel quemado que resplandece con una claridad casi animal bajo la luz del sol, están enmarcados por pestañas densas y oscuras que suavizan su mirada solo lo suficiente para resultar hipnótica, aunque en su interior arde una chispa de alerta constante, propia de quien ha hecho de la vigilancia su religión. Su boca es ancha, de labios definidos que suelen curvarse en una media sonrisa ladeada, un gesto cargado de una coquetería arrogante que sugiere que sabe exactamente el efecto que provoca. La piel de su cara, de un bronceado oliva impecable, se tensa sobre una mandíbula de hierro, siempre impecablemente rasurada para no ocultar la hoyuela que se forma en su mentón, un contraste juguetón frente a la intensidad peligrosa de su expresión.
Lleva cazadora de algodón en color gris pizarra marca horizonte libre sobre los hombros.
Viste camiseta manga larga de algodón en color crema marca horizonte libre.
Viste pantalones de pana en color verde oliva ahumado marca horizonte libre.
Calza botas de gamuza en color marrón tavaco marca horizonte libre.
Aime Dice con acento jalisciense: "¿Te gusta lo que ves?"
Aime lo mira y se muerde los labios con probocación.
en principio, Romero ni se inmuta frente a la mirada de la mujer. Suelta el humo despacio, de lado, y la ve desde su altura con una sonrisa apenas dibujada en la comisura de los labios, una mueca cargada de una madurez peligrosa.
Dices con acento jalisciense: "Porque a mí. Sí, y mucho."
Aime se queda quieta, observándolo.
El DJ anima a los presentes.
Romero dice con acento sinaloense: "Puede que me guste lo que veo, plebe. Tendría que ver más de cerca, tocar, a ver si lo que mis ojos tienen delante es tan bueno como parece o si es puro humo."
Aime ríe acomodándose el cabello sin dejar de mirarlo.
Aime se acerca acortando la distancia entre ambos.
El DJ juega con las luces del local.
Aime Murmura con acento jalisciense: "Del Norte. ¿Sinaloa tal vez? MM, Me encantan los hombres cómo tú..."
Aime le acaricia el pecho con suavidad.
Romero la mira de arriba abajo con los ojos brillantes y la mirada del depredador que solo aguarda a que la presa se acerque.
Camareros van atendiendo clientes sentados en las mesas.
Aime se arquea lo justo para ofrecerle los pechos con travesura.
Personas charlan sentadas en algunos sillones.
Romero le mira los pechos y asciende despacio, muy despacio.
Aime sonríe satisfecha al ver esa mirada de deseo.
Romero se inclina hacia ella después de apagar el cigarrillo.
Gente se va moviendo por toda la planta principal.
Romero habla con rudeza sin ceder del todo a la provocación.
Varias parejas se desplazan hasta la pista para bailar.
Romero dice con acento sinaloense: "Qué buscas? Porque yo solo estoy disponible para culearte y no para exhibirme contigo en una pista."
Aime ríe divertida.
Aime se acerca a susurrarle al oído.
El DJ juega con las luces del local.
Aime respira cálidamente en su cuello.
Romero aprovecha la cercanía que ella misma le proporciona y la agarra con firmeza por el cuello en un gesto claramente dominante.
Susurras a Romero: "Y, si quiero culiar. ¿Eres tan bueno cómo lo pareces?"
La mano de romero se desliza sin pedir permiso y se hunde en la melena cobriza. Tira del pelo con firmeza para echarle la cabeza hacia atrás y hablarle al oído.
Aime gime con la mirada encendida de lujuria pura.
romero le susurra con tono autoritario: "No hablo de lo que soy, lo demuestro porque eso es mil veces mejor que palabras huecas. ahora, tú, estás dispuesta a irte con un desconocido? Porque delante de todos no te voy a culear.
Romero mantiene la sujeción firme, sin lastimarla. Su propósito no es ocasionarle dolor, es marcar sus límites con claridad.
Aime no se doblega ante su voz, sino que se humedece por sus palabras y por la sujeción.
Romero se fija en que las pupilas de la mujer se dilatan.
Aime Murmura con acento jalisciense: "Si me ofreces algo más que sugetarme del pelo, sí. Me voy contigo."
Romero murmura con acento sinaloense: "así que te gusta el culeo duro. Eso lo verás en breve."
Aime Murmura con acento jalisciense: "Me gusta el sexo en todos los sentidos, no solo salvaje."
Romero sin mediar palabra la agarra con firmeza de la muñeca y sale de la pista en dirección a un hotel.
“20 Minutos después.
Romero entra en el hotel.
Romero pasa por la recepción, entra en el elevador y marca su planta.
Aime entra junto a él.
el ascensor llega como si en el fondo sintiera la urgencia de ambos de llegar y soltar la correa del deseo.
Las puertas del ascensor se abren. romero tira de la mujer sin mediar palabra, saca la llave magnética y abre.
La puerta de la habitación se cierra con un golpe seco, aislando el ruido de Madrid. La penumbra del cuarto apenas estaba rota por las luces de los carteles de neón que se filtraban a través del ventanal.
Romero la devora con la vista apenas un segundo.
Aime lo nota y deshinivida comienza a desvestirse con sensualidad.
Te desnudas.
Aime desliza el vestido con movimientos deliberados para que él se excite.
Romero da un paso largo, eliminando la distancia. Su cuerpo masivo acorrala a Aime contra la puerta antes de que ella pudiera siquiera recalcular su postura. La mano derecha del sinaloense sube con una velocidad limpia, enterrando los dedos en el vello de la nuca de ella, agarrándole el cabello con la firmeza justa para obligarla a inclinar la cabeza hacia arriba. Su olor a tabaco, cuero y sudor limpio inunda las fosas nasales de la jalisciense.
Aime se aferra a la espalda de Romero clabando los dedos en la camisa.
Romero le habla al oído con su tono autoritario habitual.
Romero murmura con acento sinaloense: "Traes una calentura que se te sale por los poros, pero si crees que vas a llevar las riendas y provocarme para que te ruegue o me rinda a eso, estás perdida porque yo ni me rindo ni ruego."
esa determinación la irritó y excitó a partes iguales.
Romero baja la izquierda y le alcanza el clítoris. Sin darle tiempo a reaccionar, le separa los labios y le masajea el punto sensible para inflamarlo.
Un gemido gutural escapa de los Labios de la escultora. Ella separa las piernas para darle más acceso.
Los dedos castigan el clítoris de Aime con un ritmo tortuoso que solo la moja y fomenta el anhelo.
Romero murmura con acento sinaloense: "Eso, aquí eres tú quien te rindes, bonita. así, ábrete más."
Aime se retuerce placenteramente bajo él.
Aime Murmura con acento jalisciense: "Qué rico. Así, así."
Los dedos se deslizan frotando la hendidura, hurgando hasta encontrar la entrada prieta de Aime y avanzar sin pedirle permiso.
Romero murmura con acento sinaloense: "Voy a culearte como nadie te ha culeado antes y no es alarde. Es afirmación."
Aime gimotea y lujuriosa busca desabrocharle la camisa.
Aime Murmura con acento jalisciense: "Quiero comprobarlo."
Romero usa la derecha para cogerle las muñecas delgadas y le sube los brazos sobre la cabeza.
Aime lo mira no con rendición, más bien con lujuria.
Aime está más que empapada.
Romero murmura con acento sinaloense: "lo que tú vas a querer es acabar. Y te tengo una sorpresa. Lo harás cuando yo te lo diga. No antes, no después. "
AIme Murmura con acento jalisciense: "Me vas hacer suplicar?"
Romero hunde los dedos un poco más hasta alcanzar el bulto rugoso de Aime. A sabiendas de que la mujer está ardiendo, dobla las falanges y comienza a pulsar con intensidad.
Romero hace el amago de besarla, pero solo le lame los labios y se los mordisquea.
Romero vuelve a clavar la mirada en ella.
Aime jadea y gime descontrolada. empuja las caderas buscando más contactos de los dedos que la torturan.
Romero murmura con acento sinaloense: "voy a hacerte sollozar de placer que no es lo mismo."
Aime Murmura con acento jalisciense: "sí, así. "
A medida que romero entra cada vez más hondo, su mano choca contra el clítoris de aime provocando una estimulación intensa y sostenida.
Los ojos de aime están oscurecidos de lujuria.
La vagina de la escultora se va cerrando alrededor de los dedos de Romero.
Romero murmura con acento sinaloense: "No te vengas, pelirroja. Si dejas que el orgasmo te arrase ahora, salgo por esa puerta. así que aguanta porque tú quisiste venir aquí."
Romero le suelta las manos y desliza la palma callosa por su rostro, dejándola sobre su pecho, pellizcándole el pezón iniesto.
Aime jadea ansiosa por correrse, odiando esos dedos que la están empujando al límite. Pero no quiere parar.
Aime respira un par de veces controlando sus ganas de correrse. Lo mira con necesidad.
Romero saca los dedos de ella y se los lleva a la boca.
Romero dice con acento sinaloense: "saboréate, pelirroja. chupa para ver qué tan hábil es esa boca tuya."
Aime le chupa los dedos con deleite y lujuria.
Aime le mantiene la mirada.
Romero la observa determinando con precisión qué tan cerca está de acabar. Cuando ve que sus pupilas se ensanchan un poco más, saca los dedos y baja la cabeza y le planta un beso espeso, carnal, desprovisto de cualquier delicadeza romántica, devorándole la boca mientras la derecha, ahora en su cuello la mantenía fija, anulando cualquier intento de Aime por dictar el compás. Ella gime entre sus labios, desarmada, sintiendo cómo las manos de Romero la levantan del suelo por los muslos, obligándola a enredar las piernas alrededor de su cintura mientras él camina con paso pesado hacia la cama, listo para el quiebre absoluto.
La suelta sobre el colchón y se cierne sobre ella separándole los muslos, exponiendo su sexo caliente y mojado.
Aime se frota contra él.
Romero inicia un ataque sin tregua sobre su clítoris mientras la vuelve a invadir con los mismos dos dedos. él la saborea con fruición sosteniendo un ritmo que, sabía, la volvería loca.
Romero separa la boca a menos de un centímetro y le habla autoritario.
Aime se arquea aferrándose a las sábanas entre gritos y jadeos.
Romero dice con acento sinaloense: "ábrete bien para mí, sostén tus muslos con las manos y no subas las caderas o te quedarás sin esa recompensa que tanto quieres, pelirroja."
Aime asiente y se abre más para Él.
Romero se mantiene a menos de un centímetro del clítoris de la mujer. Era consciente de que la necesidad la obligaría.
Aime Murmura con acento jalisciense: "Más, más. "
Aime aferra sus muslos como él le dijo.
Romero reanuda su tarea ignorando los jimoteos de la mujer. la fricción aumenta de manera gradual. Los dedos masculinos se abren paso en esa vagina cerrada casi al máximo a punto de alcanzar el clímax.
Las contracciones aumentan la frecuencia, aunque todavía no llegan a ser espasmódicas.
Aime se pierde en el placer y dominio que su amante le proporciona.
Romero mantiene la intensidad de su lengua sobre el clítoris mientras saca los dedos despacio, solo para desabrocharse el vaquero y bajarse el bóxer con una urgencia pesada, visceral, revelando su erección turgente y oscura.
AIme Murmura con acento jalisciense: "Quiero que me culeés... "
Romero saca el preservativo de la cartera, rompe el empaque y se enfunda.
AIme Murmura con acento jalisciense: "Quiero sentirme llena de ti..."
Las respiraciones de la mujer son irregulares. él sabe que está a punto de acabar y se levanta, tira de sus tobillos y le pone una almohada bajo las caderas para levantarle la pelvis y hundirse hasta el fondo.
Romero clava los ojos en ella mientras siente cómo lo aprieta cerrándose con firmeza en contracciones espasmódicas e involuntarias.
él no aguarda, inicia un vaivén feroz, hundiéndose al mismo ritmo de sus jadeos y los gemidos femeninos.
El encuentro se vuelve puramente físico, un oleaje de carne contra carne donde el sinaloense impuso un ritmo seco, duro, marcando cada embestida con el peso de su cuerpo. Aime, atrapada por su propia naturaleza liberal, intentó arquear la espalda para buscar su propio ángulo y dominar la fricción, pero las manos de Romero se clavaron en sus costillas, manteniéndola fija contra el colchón, recordándole con cada impacto quién dictaba las reglas.
Romero no la besa con ternura; le mordisquea el cuello, devorándole la piel mientras sus propios jadeos ásperos llenan la habitación. En su mente, la silueta de Stella Hazel operaba como el motor de esa furia contenida, pero sobre el cuerpo de Aime, esa obsesión se traducía en una posesión absoluta, carnal y desprovista de romance.
Aime le rasguña la camisa y le responde a los besos con fiereza y pasión.
Aime no deja de gemir y de entregarse a esa posesión carnal y salvaje.
Las nuevas contracciones de los músculos vaginales comenzaron a volverse espasmódicas, rítmicas, respondiendo a la presión brutal del clítoris chocando contra el pubis del escolta. El orgasmo le llegó como un latigazo que le nubló la vista.
Aime se pierde en su mirada lujuriosa y autoritaria, algo que para Aime se vuelve un desafío.
Aime se corre entre gritos. Su vagina se cierra con fuerza ordeñando a su amante mientras ella se aferra a las sábanas.
Romero murmura con acento sinaloense: "voy a castigarte por haberte venido sobre mi verga sin permiso, pelirroja. Prepárate."
Aime lo invita con la mirada a que la castigue.
Romero se arrodilla en el colchón y apoya las palmas callosas sobre las suaves rodillas femeninas. Los músculos abdominales de aime se contraen por la tensión y la postura.
Aime lo mira espectante.
Aime Murmura con acento jalisciense: "Culéame rico, castígame. "
Romero se reubica de tal manera que su pubis le presione el clítoris cuando la embista.
Un grito aogado sale de sus labios. La oleada de placer la recorre de pies a cabeza.
Romero empieza a empujar sin parar.
Aime se aferra a Romero con necesidad y lujuria. Su vagina lo aprieta fuerte.
Romero murmura con acento sinaloense: "no te vengas hasta que te lo ordene, pelirroja."
Aime Murmura con acento jalisciense: "No quiero que pares. Dame más."
Aime lo mira entregada mientras sus gemidos son un ruego inarticulado por más.
Romero suda copiosamente. La rebeldía de la mujer lo exacerba a querer dominar su voluntad.
Aime le busca los labios para morderlos con fiereza.
Romero la esquiva y no le permite alcanzar su boca.
Romero sale de ella y le da la vuelta dejándola boca abajo sobre el colchón.
Sin darle tiempo a nada le separa los muslos y se vuelve a hundir en ella.
La rudeza de su amante y la pérdida del dominio la irritan, pero la incitan a querer tenerlo. ese pensamiento junto con el placer se mezclan volviéndose para la escultora un capricho.
Aime empuja las caderas hacia él. Las penetraciones son más profundas.
el ángulo con la almohada ahora bajo ella es el perfecto para que romero alcance ese punto donde el dolor se vuelve placentero.
Romero la inmoviliza con las manos.
Romero murmura con acento sinaloense: "aquí no mandas tú, reina, aquí tu te doblegas a lo que mi cuerpo quiere."
Aime se excita por sus palabras y se entrega.
Aime Murmura con acento jalisciense: "Me encanta rendirme a lo que tu cuerpo quiere."
Romero dice con acento sinaloense: "pues ríndete ahora, pelirroja."
Aime gimotea, deja de buscar imponerse, se entrega a las envestidas de Romero que la empujan a otro orgasmo.
Romero dice con acento sinaloense: "así, vente ahora, acaba, pelirroja. siénteme bien dentro y vente."
Con un grito aogado, AIme se deja ir. SU vagina ordeña a Romero con una lujuria salvaje.
Romero siente el ordeño interno, el calor húmedo que lo envolvía con fuerza. Aprieta los dientes, los trapecios se le tensan como cuerdas y acelera las últimas tres embestidas, hundiéndose hasta el fondo del cérvix de Aime mientras suelta un gruñido gutural, denso, vaciándose en su interior en una descarga caliente que la hace temblar de pies a cabeza.
Aime temblorosa y satisfecha se deja caer en la cama.
Aime respira entre cortado.
Aime intenta recobrar el aliento. Su mente aún sigue en esa nube de lujuria y placer.
Minutos después, Romero se retira despacio, dejando que el aire acondicionado enfríe la piel sudada de ambos. Se sienta al borde de la cama, dándole la espalda, mientras se limpia con parsimonia, recuperando la distancia del escolta silencioso.
AIme Dice con acento jalisciense: "Fue, delicioso."
Aime habla con más calma desde la cama.
Romero se guarda la verga en el bóxer y se abrocha el pantalón.
Romero enciende un cigarrillo.
Aime se incorpora y se sienta a su lado.
Aime lo mira con curiosidad analizando sus gestos.
Aime Murmura con acento jalisciense: "eres un misterio, sinaloense. "
Aime le acaricia la espalda.
Romero da una calada profunda y expulsa el humo, despacio.
el sinaloense se levanta y se dirige a la ventana, la abre y luego se vuelve hacia la mujer.
Aime lo observa.
Romero dice con acento sinaloense: "tú, en cambio, eres casi tan clara como el agua, pelirroja."
Romero fuma con parsimonia sin dejar de mirarla.
Aime sonríe y se levanta para ir al baño a asearse.
Romero termina el cigarrillo y lo lanza por la ventana.
El ruido del agua se filtra hasta la habitación.
Aime se da una ducha rápida sin dejar de pensar en lo sucedido, en el placer y cómo la hizo rendirse, eso era algo a lo que ella no estaba acostumbrada.
Romero camina hacia el baño, pero no entra.
Romero la mira ducharse.
Aime termina la ducha y se seca con rapidéz.
Aime sale del baño, encontrándose con él y lo mira.
Romero dice con acento sinaloense: "Puedes quedarte el tiempo que quieras aquí. fue un gusto culearte, pelirroja."
Aime Dice con acento jalisciense: "Yo también tengo que irme."
Romero se dirije a la puerta.
Romero dice con acento sinaloense: "Pues que tengas buenas noches."
Aime se viste y lo detiene antes de salir.
Romero la mira con intensidad y le aparta la mano con firmeza.
Romero dice con acento sinaloense: "¿qué quieres?"
Aime Dice con acento jalisciense: "que nos volvamos a ver. Te invito a la inauguración del restaurante de mi hermana."
Romero la mira sin responder de inmediato.
Romero dice con acento sinaloense: "tengo un trabajo exigente. No aseguro ir. dime donde es y si tengo tiempo, me paso por ahí."
Romero la suelta.
Romero dice con acento sinaloense: "Una cosa, pelirroja. No te hagas expectativas conmigo. Culearte estuvo bien, pero solo eso. No me comprometo, no me involucro."
Aime se encoge de hombros.
Aime Dice con acento jalisiense: "Tranquilo, no te estoy presentando a mi familia para casarme. Solo es un plan, y ya está"
Aime Dice con acento jalisciense: "Sabores de México, en la gran vía."
Romero asiente con la cabeza.
El sinaloense omite revelar que sabe perfectamente que sitio es.
Romero dice con acento sinaloense: "Simplemente dejo las cosas claras."
Aime asiente.
Romero dice con acento sinaloense: "No te garantizo ir, pero agradezco la invitación."
Aime Dice con acento jalisciense: "De acuerdo."
Aime se regresa al buró por su bolso.
Romero atraviesa el umbral de la puerta y cierra tras de sí sin volverse a verla ni una sola vez.
El eco de una rendición
Plaza Mayor, 1:17 a. m.
Aime salió del hotel con el cabello todavía ligeramente húmedo en las puntas y la piel envuelta en una tibieza que no pertenecía al aire de Madrid.
La puerta giratoria la devolvió a la calle con una suavidad impersonal. Detrás de ella quedaba el vestíbulo silencioso del hotel, el brillo discreto del mármol, el recepcionista nocturno fingiendo no mirar demasiado, el ascensor que había subido minutos antes con dos cuerpos cargados de una urgencia demasiado clara. Afuera, la madrugada tenía otra textura. Más fresca. Más real. Menos obediente.
Plaza Mayor se abría a pocos pasos con su amplitud antigua, sus fachadas rojizas y sus soportales en penumbra. Las luces amarillas de los faroles bañaban las piedras del suelo con un resplandor cansado, como si la ciudad hubiera terminado de representar su papel turístico y ahora respirara para sí misma. Todavía había grupos dispersos: dos parejas extranjeras caminando con abrigos ligeros, un hombre cerrando la terraza de un bar, tres jóvenes riéndose demasiado fuerte cerca de un arco, una mujer con tacones en la mano esperando un taxi junto a la esquina.
Aime caminó despacio.
No porque le faltaran fuerzas.
Porque necesitaba recuperar la forma de su cuerpo en el mundo.
Los tacones golpeaban la piedra con un ritmo limpio, más lento del habitual. Llevaba el bolso sujeto bajo el brazo, el vestido acomodado con precisión y el abrigo sobre los hombros. A simple vista no parecía una mujer que acabara de salir de una habitación donde había perdido, por unos minutos, el control que tanto cultivaba. Parecía lo que siempre procuraba parecer: una presencia segura, hermosa, difícil de tocar de verdad.
Pero por dentro algo se movía con torpeza.
No era arrepentimiento.
Aime no se arrepentía del deseo cuando le convenía.
Tampoco era vergüenza. La vergüenza le parecía una emoción vulgar cuando no podía utilizarse para obtener algo.
Era otra cosa.
Una especie de irritación íntima, baja, persistente, instalada en el pecho y no en la piel. Su cuerpo estaba satisfecho. Eso era indiscutible. Lo sentía en la pesadez agradable de los muslos, en la sensibilidad tibia de la cintura, en la forma en que el aire fresco le rozaba el cuello y le recordaba el calor de otra respiración. El sinaloense había sido eficaz, rudo, directo. No había pedido ternura ni prometido nada. No había intentado quedarse con ella a través de palabras dulces. No había caído en el error de mirarla como si fuera una aparición destinada a cambiarle la vida.
Ese era el problema.
Aime cruzó bajo uno de los arcos de la plaza y salió hacia una calle más estrecha. El ruido cambió de inmediato. La amplitud quedó atrás y Madrid se volvió corredor de piedra, balcones oscuros, persianas bajas, olor a humedad antigua, cerveza derramada y detergente de algún local recién fregado.
Sacó el teléfono.
No tenía mensajes de el sinaloense.
Por supuesto que no los tenía.
Ni siquiera le había pedido el número.
Aime se detuvo un segundo junto a una pared de ladrillo y miró la pantalla bloqueada. El reflejo negro le devolvió parte del rostro: ojos oscuros por la madrugada, labios todavía algo inflamados, pecas suavizadas por la luz amarilla de la calle. Se vio hermosa. Eso debía bastar.
No bastó.
Apretó la mandíbula y guardó el móvil.
Aquel hombre no le había pedido nada.
Ni su número.
Ni una foto.
Ni una promesa.
Ni una segunda noche.
Había aceptado la invitación al restaurante con una distancia casi ofensiva, como si la posibilidad de verla otra vez fuera una opción menor dentro de una agenda más importante. “Si tengo tiempo, me paso por ahí.” La frase seguía ahí, seca, con ese acento sinaloense áspero que no suplicaba ni adornaba. Aime la recordaba con una claridad molesta.
Si tengo tiempo.
Como si ella fuera una nota al margen.
Como si su cuerpo, su cabello, su boca, su manera de mirar, su forma de entrar en una habitación y alterar el aire no hubieran bastado para colocarse en el centro.
Aime volvió a caminar.
A esa hora, los taxis pasaban con menos frecuencia. Pudo pedir uno desde la aplicación, pero decidió avanzar un poco antes. Necesitaba moverse. Necesitaba que la calle le devolviera una versión de sí misma más ordenada. Cada paso era una pequeña corrección. La espalda recta. Los hombros suaves. El mentón en su lugar. La respiración medida.
No había perdido nada, se dijo.
Había querido placer y lo había obtenido.
Había querido comprobar si ese hombre era tan bueno como parecía y lo había comprobado.
Había querido entretenimiento y lo había tenido.
Entonces, ¿por qué le ardía esa zona invisible donde normalmente colocaba su superioridad?
La respuesta apareció sin pedir permiso.
Porque él no había terminado rindiéndose.
Aime frunció apenas los labios.
No le gustó pensarlo así. Sonaba demasiado simple, demasiado adolescente, demasiado transparente. Ella no necesitaba que todos se rindieran. No de forma evidente. No siempre. Pero sí necesitaba notar el momento exacto en que una persona empezaba a girar alrededor de ella. Ese cambio en la respiración. Esa mirada más larga de lo prudente. Esa necesidad de agradarle. Esa rendija por donde podía meter los dedos y mover la voluntad ajena.
Con el sinaloense no había encontrado rendija.
Había encontrado muro.
Un muro caliente, físico, deseoso, sí. Pero muro.
Y lo peor era que parte de ella había disfrutado estrellarse contra él.
Aime llegó a una avenida con más luz. Un autobús nocturno pasó casi vacío, iluminado por dentro como una caja triste. Una mujer mayor caminaba con un perro pequeño envuelto en un abrigo ridículo. Dos hombres hablaban en voz baja frente a un bar que ya cerraba. La ciudad no estaba dormida del todo, pero tampoco estaba despierta. Madrid a esa hora parecía un cuerpo después de una fiesta: maquillado a medias, cansado, aún capaz de resultar bello si se miraba desde el ángulo correcto.
Aime pidió un coche.
Mientras esperaba, abrió la cámara frontal del móvil. Se revisó sin sonreír. Peinó con los dedos una onda roja junto a la sien. Se limpió una sombra mínima bajo el labio inferior. Acomodó el escote para que no pareciera descuido, sino intención. Sus ojos miel, bajo la luz blanca de la pantalla, no tenían la suavidad falsa de otras ocasiones. Estaban más duros.
Más despiertos.
Aime murmura con acento jalisciense, 'No eres tan importante.'
Lo dijo en voz baja, como si el sinaloense pudiera escucharla desde alguna parte de la ciudad.
Pero la frase no iba dirigida a él.
Iba dirigida a la parte de sí misma que seguía pensando en su espalda, en su forma de apartarle la mano, en la manera en que había cerrado la puerta sin volverse a verla.
No eres tan importante.
El coche llegó a los pocos minutos. Era un sedán oscuro, limpio, con olor a ambientador cítrico y tapicería recién aspirada. Aime subió al asiento trasero y dio la dirección del departamento de Olivia.
Conductor dice con acento español, '¿Todo bien con la temperatura?'
Aime dice con acento jalisciense, 'Está bien, gracias.'
El conductor asintió y arrancó.
Aime apoyó la cabeza contra el respaldo, mirando por la ventanilla. Madrid empezó a deslizarse hacia atrás en fragmentos: callejones estrechos, semáforos en ámbar, fachadas cerradas, una farmacia iluminada, motos aparcadas en fila, bolsas de basura junto a portales antiguos. La ciudad tenía una elegancia más honesta de madrugada, sin tanto esfuerzo por gustar.
Eso también le molestó.
Aime estaba acostumbrada a que las cosas tuvieran que esforzarse para merecer atención.
El silencio del coche le dejó demasiado espacio para pensar.
Jorge había sido distinto.
Jorge, el abogado, había tenido esa educación española ligeramente presumida, esa manera de explicarle cosas como si ella fuera a impresionarse.
Flash back.
Aime entra a la cafetería Cervantes. Es un local que ha pasado de padres a hijos desde hace casi cien años. Pese a la antigüedad, está totalmente reformado aunque conserva aires de mediados del siglo XX. Tiene mesas cuadradas rodeadas por cómodos sillones imitación piel y taburetes en la barra de madera oscura. La decoración está compuesta por fotografías de portadas de clásicos de la literatura universal. Sonríe mirando el lugar mientras una camarera le deja la carta.
Luego de echarle un vistazo rápido, la joven se decide por un expreso.
En la mesa contigua Jorge teclea furioso en su portátil sin apenas levantar la vista de la pantalla sin hacer mucho caso a lo que lo rodea, sin embargo, al escuchar una voz pedir su consumición se sobresalta y levanta la vista encontrándose con Aime. Una mujer que posee una presencia que se siente antes de verse, una fuerza gravitacional que altera el aire de la habitación mucho antes de que sus tacones golpeen el suelo. Es una combinación embriagadora de juventud vibrante y una autoridad narcisista que emana de cada poro de sus 1.66 metros de estatura, una altura que ella proyecta como si fuera monumental gracias a una postura impecable y un cuello largo, de cisne, que sostiene su cabeza con la altivez de una reina absoluta. Su cabello es una densa cascada de un rojo encendido que cae con el peso de la seda salvaje sobre sus hombros; no es un tono apagado, sino un carmesí cobrizo que parece atrapar la luz y retenerla, enmarcando su figura con un aura de fuego constante. Ella suele atusar los mechones con dedos posesivos, de uñas largas y perfectamente limadas, realizando gestos calculados para que el brillo de su melena actúe como un faro. Bajo este marco ardiente, su rostro en forma de corazón es su mejor trampa. Bajando por su figura, se revela un torso de proporciones atléticas y puramente femeninas. Sus pechos son firmes y de tamaño medio, siempre presentados con un orgullo que roza la soberbia, acentuados por una clavícula pronunciada que añade una nota de refinamiento a su sensualidad. Su abdomen es un testimonio de disciplina férrea; la piel, de una palidez cremosa, se tensa sobre una musculatura trabajada que se hunde en una cintura estrecha y flexible. Este es el punto de giro, el eje de su cuerpo donde comienza su despliegue más agresivo. Desde esa cintura mínima, su cuerpo se expande con una urgencia casi arquitectónica hacia unas caderas amplias y poderosas. Su caminar no es azaroso; es un contoneo rítmico, deliberado, que parece dictar el pulso de quienes la observan. Sus nalgas, grandes y voluminosas, constituyen el remate de su silueta de reloj de arena; son el atributo que ella considera más funcional para subyugar la voluntad ajena a través del deseo, una herramienta de control que maneja con total consciencia de su impacto. Sus extremidades inferiores completan este monumento a la vanidad. Muslos torneados: Posee una firmeza que denota fuerza y agilidad, sugiriendo una potencia física que iguala su ambición. Piernas infinitas: Se extienden con gracia hasta llegar a unos tobillos finos. Sus pies, meticulosamente cuidados, presentan una piel suave y una pedicura perfecta, a menudo en tonos que contrastan con su cabello. Ella se siente perfecta de la cabeza a los pies. No busca la aprobación, busca la adoración absoluta, disfrutando del silencio reverencial que deja a su paso, convencida de que el mundo no es más que el escenario diseñado para sostener su figura.
Sus ojos grandes y almendrados son el centro de gravedad de su rostro, una trampa de miel dorado enmarcada por pestañas densas que funcionan como un telón calculado. Este pigmento no es estático, sino un espectro reactivo a su psique: cuando busca adoración, el iris se aclara hacia un ámbar eléctrico que proyecta una falsa calidez; cuando manipula, se torna un ocre profundo y denso como el almíbar; y ante el desafío, se transforma en un miel cobrizo metálico que revela la maldad gélida que esconde. Justo debajo de esta mirada hipnótica, una constelación de pecas café con leche se dispersa estratégicamente sobre el puente de su nariz respingona y la parte alta de sus pómulos. Este detalle es su mayor engaño, pues dota a su rostro de una inocencia sensual y juvenil que desarma al espectador, ocultando la autoridad narcisista que emana de su estructura ósea. Su cara, de una geometría perfecta en forma de corazón, presenta una piel de porcelana traslúcida que se tensa sobre pómulos altos y definidos, descendiendo en líneas elegantes hacia una barbilla fina y altiva. Todo en su rostro, desde la dulzura aparente de sus pecas hasta la profundidad cambiante de sus ojos, está diseñado como un monumento a la vanidad, donde la frescura natural es solo el disfraz de una voluntad depredadora .
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Los ojos de ambos jóvenes se encuentran y, cuando en la boca de Aime se dibuja una sonrisa Jorge se siente descubierto y vuelve a intentar concentrarse en el documento que tiene abierto en su portátil
aunque lo intenta, constantemente desvía la mirada hacia la mesa donde la joven da vueltas a un café
Aime se levanta, y camina hasta la otra mesa.
-Hola... –el acento jalisiense es claramente perceptible en cuanto habla.
-Hola... –dice Jorge al tiempo que se levanta de su silla cortésmente-, no te había visto antes por aquí…, tampoco es que venga mucho pero me acordaría de ti.
-Apenas llevo pocos días en Madrid.
-Aime le tiende la mano y Jorge se la estrecha mientras sonríe divertido.
-Mira, eso lo tenemos en común, yo también soy un recién llegado, si es que al final va a ser cierto el dicho de que no hay nada más madrileño que no ser de Madrid. ¡Pero disculpa mi torpeza! –dice mientras separa la silla que tiene enfrente de él-, ¿te gustaría sentarte?
-Soy Aime, y tu? –pregunta ella curiosa mientras toma asiento.
-Me llamo Jorge –dice él imitándola y volviendo a sentarse.
-bienes por trabajo?"
Jorge suspira profundamente mientras busca la forma más sencilla de explicarlo
-es..., una forma de verlo, si"
Mientras la hermosa joven lo mira atenta, Jorge mira fugazmente la puerta, y los alrededores
-no lo dices muy convencido"
después de comprobar que nadie lo escucha apolla sus manos encima de la mesa
-es..., complicado…, digamos que las cosas en mi pueblo se torcieron y tuve que salir a escape –mientras habla Jorge se acaricia nerviosamente la muñeca-, me junté con ciertas personas que no debí juntarme y ahora tengo que..., ganarme la vida aquí"
-comprendo. Bueno, es un nuevo comienzo."
-eso dicen de todo, verdad? siempre estamos empezando"
Aime asiente afirmativamente, momento que Jorge aprovecha para bajar la tapa de su ordenador, sabe perfectamente que hoy no va a trabajar más
-y tú?, estás aquí por trabajo?"
Aime lo mira con interÉs, y da un sorbo a su taza de cafÉ.
-soy escultora, y vengo a buscar oportunidad en una galería –dice ella antes de darle un sorbo a su taza.
Mientras hablan, la mirada de Jorge está fija en ella, sin embargo, el comentario de su profesión hace que desplace la mirada de sus ojos a su manos.
-siempre pensé que las escultoras tendrían las manos..., encallecidas –mientras habla vuelve a subir la mirada de la mesa a la cara de su, imprevista, compañera de mesa pero se detiene brevemente en sus pechos procurando que Aime no se dé cuenta
-me gusta cuidarme -dice ella mientras lo mira coqueta.
-y ya has conseguido hablar con algún representante de alguna galería?"
-el viernes voy a hablar con uno"
-oh! el viernes? y estás nerviosa?
Aime se muerde el labio y asiente.
-Tienes fotos de alguna de tus esculturas? Me encantaría verlas.
Aime da otro trago a su expreso.
-si."
Jorge se queda mirando las manos de la escultora revolver el café como si fueran imnóticas
Aime saca su celular y le muestra fotos, Jorge se queda impactado por una escultura de formato mediano, imponente sin ser monumental, trabajada sobre una base ovalada de piedra volcánica negra traída de Jalisco, rugosa, porosa y pesada, como si conservara todavía el aliento mineral de la tierra caliente. Desde esa base asciende una estructura orgánica inspirada en el corazón del agave: no reproduce la planta de manera literal, sino que la descompone en formas afiladas, curvas y casi corporales, con pencas estilizadas de bronce patinado que se abren hacia arriba como cuchillas elegantes, algunas teñidas con veladuras verde grisáceas y otras oscurecidas hasta un tono azul petróleo, como si hubieran sido quemadas lentamente. En el centro, la artista incrustó una pieza alargada de vidrio soplado en tonos ámbar, dorado y miel, atravesada por vetas rojizas que parecen moverse con la luz; -Esa parte representa el mosto, el tequila, la sangre familiar y la dulzura transformada por el calor –explica Aime señalando un punto de la fotografía.
La escultura tiene detalles de cobre pulido en los bordes, finos como cicatrices luminosas, y pequeñas grietas rellenas con resina traslúcida color caramelo, que dan la sensación de una herida sellada con lujo. La obra transmite una mezcla inquietante de belleza, herencia y violencia contenida: habla del agave como raíz, del fuego como castigo y purificación, y de la familia como una materia que puede destilarse hasta volverse orgullo, veneno o legado. No es una pieza cálida, aunque use tonos dorados; es seductora y dominante, igual que la autora, porque obliga al espectador a acercarse para admirar sus brillos, pero al hacerlo lo enfrenta con sus filos."
-y esto es lo que vas a presentar? no entiendo por qué estás nerviosa, son..., hermosas, ciertamente hermosas –cuando pronuncia la palabra hermosas los ojos de Jorge se desvían ligeramente hacia el cuerpo de Aime.
-sí. y espero les guste"
-estoy seguro de que no vas a tener problema"
-gracias, que lindo eres."
-es una pena -los ojos del joven parecen aguarse brevemente-, mi hermana es artista..., ella seguro podría darte una mejor opinión que la mía pero..., no debo ponerme en contacto con ellos, por su seguridad -la mano con la que Jorge sujeta su taza parece temblar un poco antes de reponerse momento que Aime aprovecha para acercarse y tomársela.
-ay, no… nada de tristeza, eres lindo cuando sonríes - El contacto de la piel de Aime hace que Jorge sienta un latigazo.
-vaya, igual esa es otra cosa que podemos tener en común? tú también eres..., linda? -Jorge sonríe francamente mientras aprieta la mano de Aime y desliza su dedo pulgar por la muñeca de la joven que, aparentemente, no tiene interés en separarse
-en serio lo crees?"
-Infinitamente más que tus esculturas –murmura Jorge tiernamente.
Mientras los dedos de ambos se mantiene entrelazados un ligero sonrojo aparece en las mejillas de Aime
-y dÓnde vives? –pregunta ella al tiempo que se separa simplemente para cambiarse de lado en la mesa y sentarse al lado de Jorge
-de momento en un pequeño apartamento –mientras hablan Jorge decide acercar su silla hasta que sus piernas entran en contacto- espero pronto poder mudarme a algo más grande pero..., bueno, ya sabes, las cosas están difíciles"
-lo imagino. yo vivo con mi hermana, que es Chef."
-sois una familia de artistas entonces, una engrandece el alma y otra el estómago –la sonrisa que se dibuja en la boca de Jorge es de una cordialidad adulante- ambas son igual de necesarias"
-eso nos dicen -Aime lo mira con intensidad y una sonrisa coqueta
Mientras la conversación progresa Jorge desplaza su mirada intermitentemente de los ojos a los labios de Aime, incluso, en un momento dado le retira un mechón de pelo y se lo coloca detrás de la oreja, momento que la joven aprovecha para acortar la distancia, lo justo para que su perfume fresco inunde las fosas nasales del muchacho.
-Quieres que vayamos a dar un paseo? –susurra él seductoramente cerca del oído de Aime.
-Me gusta la idea... –murmura ella, con ese acento que a Jorge empieza a enloquecerle.
Muy a su pesar por tener que separarse, Jorge se levanta y se dirige a la barra para pagar las consumiciones mientras Aime se incorpora de la silla con sensualidad y elegancia. En cuanto la pantalla del datáfono muestra el mensaje de transacción autorizada Jorge se gira y vuelve a quedarse observando con auténtica admiración el cuerpo de su acompañante que ya lo espera para salir del lugar. Con pasos medidos y cautos Jorge se coloca al lado de Aime y le ofrece el brazo que ella acepta y así los dos se dirigen a la salida del local.
-dónde vamos? –murmura Aime con voz suave y melosa mientras atraviesan la puerta y salen al exterior.
Fuera la plaza de España los espera, un amplio espacio ajardinado en el casco histórico de la ciudad, concretamente en el distrito moncloa-Aravaca. Esta plaza une la Gran Vía con la Calle de la Princesa. Se trata de un lugar bastante concurrido
-y que tienes previsto hacer en cuanto triunfes en Madrid? –pregunta Jorge cuando ambos están ya en la acera.
Los tacones de Aime golpean rítmicamente el cemento mientras las luces de las farolas proyectan sus sombras sobre el pavimento
-comprarme una casa, y viajar mucho.
El comentario hace que Jorge dibuje una sonrisa que se acaba convirtiendo en una risa aparentemente honesta.
-viajar, ese siempre es un buen plan –mientras habla Jorge decide cambiar su posición y pasar un brazo por la cintura de Aime para tenerla más cerca y se llena los ojos con ella, Aime se deja hacer y sonríe.
La posición favorece que Jorge note la piel de su cintura y decide acariciarla suabemente para hacer que se herice
-yo..., en realidad no tengo planes, es decir, supongo que me gustaría fichar por un buen despacho…, ganar casos..., que mi nombre se pronuncie con cierto temor en los juzgados -Jorge sonríe mientras desliza su dedo pulgar cada vez más hacia arriba lo que provoca que Aime se erice y lo mire con un brillo de picardía- pero de momento el único lugar en el que se pronuncia mi nombre es en el del vivero cuando se me cae algo al suelo, así que supongo que aún falta
la pareja sigue recorriendo las calles de Madrid que a estas horas empiezan a estar casi desiertas
-trabajas en un vivero?"
-en realidad..., donde se pueda. Cuando uno lo pierde todo no puede cerrarse a nada –la voz de Jorge suena firme- en realidad soy abogado"
-interesante, ya tengo quien me defienda"
Mientras hablan Jorge ha introducido ligeramente su mano por debajo del TOP de Aime
-eso significa que tengo mi primera clienta? –pregunta Jorge, mientras que vuelve a acercarse a su oído y le susurra- puedo hacerte el descuento de clienta especial"
-Sí, hazlo –murmura Aime con su acento jalisiense que, quizá por el momento o quizá por su propia imaginación Jorge nota más marcado y que lo está volviendo loco.
La posición en la que se han quedado hace que Jorge no pueda contenerse y mordisquee suavemente el lóbulo de la oreja provocando un bajo gemido de la mexicana.
-Quieres que nos vayamos a un lugar más tranquilo? –susurra Jorge.
-Vamos."
Aunque la vivienda de Jorge está cerca de la cafetería donde se han conocido, el paseo que ahora termina los ha alejado lo suficiente como para que sea una mejor idea levantar la mano y parar un taxi. La pareja se sube junta en el asiento trasero y Jorge le indica al taxista del lugar al que ir.
Bajarse del taxi, subir en el ascensor y entrar en el piso es cuestión de segundos; sin apenas tiempo de cerrar la puerta Aime lo mira con deseo y lo acaricia. Ese es el momento que Jorge aprovecha para apretarse a su cuerpo y juntar sus labios con una pasión que deja poco a la imaginación.
La temperatura de la habitación no hace más que subir, Aime lo besa apasionada y le muerde los labios a la vez que Jorge introduce su lengua en la boca de ella mientras desliza sus manos por su espalda para quitarle la ropa
-Eres bella, eres preciosa –susurra Jorge con la voz cargada de deseo.
-y tu eres guapo –murmura ella al tiempo que le desabotona la camisa y le baja el cierre de los pantalones.
Jorge da un paso atrás para observarla detenidamente, no puede parar de llenarse los ojos con su cuerpo, momento que Aime aprovecha para desnudarse.
El frenesí reina en la habitación así que Jorge termina de sacarse la ropa y se abalanza sobre el cuerpo de Aime agarrando con fuerza su cintura, caen en la cama, donde empieza a morderle los pechos que ahora quedan a la altura de su boca provocando que de la boca de ella se escapen ligeros gemidos y que su cuerpo se arquee de placer.
-mas….
La voz de la chica incita a Jorge a seguir así que desciende por su vientre, marcando con suabes movimientos de lengua el camino hacia su sexo lo que lleva a Aime a levantar las caderas hacia su boca.
Jorge juega con su lengua velozmente en el sexo de la joven
-asi, mas, que rico –gime Aime aferrándose a las sábanas- ¡asi ¡
Jorge desplaza las manos hasta los turgentes pechos de la chica para estirar firmemente de sus pezones, al mismo tiempo Aime le acaricia el cabello. sus gemidos de placer resuenan en el cuarto.
Jorge se separa de Aime dejándola tirada en la cama, se levanta a por un preservativo y, después de colocárselo, nuevamente le separa las piernas y se introduce entre ellas buscando sus labios para fundirse en un beso salvaje. Mientras sus sexos casi se tocan Jorge busca en los ojos de Aime alguna señal de duda
Aime lo recibe con ganas, su vagina lo aprieta, el movimiento de ambos cuerpos es salvaje, las manos de Jorge se desplazan por todo el cuerpo de la mujer buscando abarcar el mayor número de sensaciones posibles
Aime lo acaricia y sus caderas se mueven salvaje. su interior se contrae, estimulándolo. Al tiempo que la penetra Jorge desliza una mano hasta el clítoris de ella y lo acaricia, quiere conseguir llevarla al éxtasis
la pareja acelera sus movimientos hasta que, primero ella y después él, explotan en oleadas intensas de placer que los hacen morderse los lavios hasta casi hacerse sangre.
El grito y los espasmos de Aime dejan claro que ha llegado al orgasmo, y son estos los que provocan que Jorge no dure más de dos envestidas antes de venirse dentro de ella.
Con la espalda perlada de sudor Jorge se deja caer sobre el cuerpo de Aime, y sin soltarla atrae las sábanas y mantas que han quedado desordenadas para, sin saber muy bien como, taparse ambos
-No hace falta que te marches, quédate a dormir esta noche y descansa –susurra Jorge mientras sus extremidades están aún entrelazadas a lo que Aime asiente aún con el aliento entrecortado.
De vuelta al presente.
Con Jorge, su belleza había funcionado como siempre.
Con el sinaloense , no.
Él la había deseado sin convertir ese deseo en obediencia.
Eso era nuevo.
No completamente nuevo, quizá, pero sí raro. Raro de una forma que la obligaba a mirarse con más honestidad de la que le gustaba.
Aime giró el rostro hacia la ventana.
Su reflejo la acompañaba sobre el vidrio oscuro, superpuesto a las luces de Madrid. Dos Aimes viajaban en el asiento trasero: la de fuera, impecable, satisfecha, con el cabello rojo cayendo sobre los hombros; y la de dentro, irritada porque un hombre que no pertenecía a sus planes había atravesado su noche y se había marchado sin pedir un lugar en ella.
Le pareció intolerable.
También le pareció interesante.
Eso era lo peligroso.
Cuando algo la desafiaba, Aime tendía a convertirlo en objetivo.
No siempre por deseo. A veces por orgullo. A veces por hambre de confirmación. A veces porque no soportaba que alguien conservara una parte de sí fuera de su alcance. El sinaloense había dejado claro que no se involucraba, no se comprometía, no esperaba nada. Esa distancia, en otro hombre, habría sido una pose. En él había sonado como un hecho.
Y Aime no sabía todavía qué hacer con los hombres que no estaban actuando para ella.
El coche dobló por una avenida más amplia. El conductor llevaba una emisora baja, apenas audible. Una voz hablaba de tráfico nocturno y luego entró una canción antigua, suave, demasiado romántica para la escena. Aime sintió ganas de pedirle que la quitara, pero no lo hizo. No quería parecer alterada por algo tan mínimo.
Sacó de nuevo el teléfono.
Abrió la conversación con Olivia.
Nada.
Su hermana no le había escrito.
Aime miró la hora. 1:36 a. m.
Olivia probablemente dormía. O quizá estaría despierta revisando pendientes del restaurante, preocupada por proveedores, por menús, por la inauguración, por esa vida que parecía estar armando con sus propias manos sin pedir permiso a nadie.
Aime sintió otra molestia distinta.
Más fina.
Olivia tampoco la había buscado.
No tenía obligación, se dijo. Ella era adulta. Había salido sola. No había avisado demasiado. No había prometido hora de regreso. Pero aun así, una parte de Aime esperaba encontrar un mensaje. Algo que confirmara preocupación. Algo que pudiera usar para entrar al departamento con una mezcla de reproche y cansancio, obligando a Olivia a sentirse culpable por no haberla acompañado, por no haber preguntado, por no haber estado.
Nada.
El vacío de la pantalla la dejó sin herramienta.
Aime bloqueó el teléfono.
Aime murmura con acento jalisciense, 'Perfecto.'
El conductor la miró por el retrovisor, quizá pensando que hablaba con él, pero no dijo nada.
Aime volvió a guardar el móvil en el bolso.
De pronto pensó en Latifa Mubarak.
La entrevista del día anterior seguía pesando de otra forma. Latifa la había mirado como el sinaloense , aunque desde un lugar completamente distinto: sin rendirse. Sin darle admiración gratuita. Sin dejarse arrastrar por el personaje. Aime había salido de aquella galería con una oportunidad real y una incomodidad parecida a la que ahora le dejaba aquel hombre en el cuerpo.
Latifa había desafiado su obra.
El sinaloense había desafiado su control.
Olivia, quizá sin querer, desafiaba su capacidad de convertir el afecto en moneda segura.
Madrid estaba resultando menos dócil de lo previsto.
Aime cerró los ojos un momento.
En Guadalajara, todo tenía un mapa conocido. La hacienda, los trabajadores, los proveedores, los viejos apellidos, los hombres que creían poder subestimarla hasta que descubrían que ella sabía leer contratos, cuentas y debilidades. Incluso quienes no la querían la ubicaban. Sabían quién era. Hija de José Fuentes. Nieta de un hombre de campo con dinero y carácter. La pelirroja de la hacienda. La escultora. La muchacha complicada. La que no pedía lugar porque entraba como si ya lo tuviera.
En Madrid, en cambio, tenía que construir la escena desde cero.
Eso la excitaba.
Y la enfurecía.
El coche se detuvo en un semáforo. Aime abrió los ojos. En la acera, un grupo de chicas jóvenes reía junto a la entrada de un local cerrado. Una de ellas llevaba un vestido plateado y el maquillaje corrido. Otra la abrazaba por los hombros. Había una intimidad simple en esa imagen, una confianza sin cálculo, una torpeza compartida.
Aime las observó hasta que el coche avanzó.
No las envidió.
Eso se dijo.
Ella no necesitaba ese tipo de vínculos. Eran frágiles, demandantes, llenos de pequeñas deudas emocionales. Mejor la admiración. Mejor el deseo. Mejor la utilidad. Mejor los vínculos donde cada quien sabía qué podía obtener del otro.
Pero entonces recordó a Olivia lavando una taza en silencio, preguntándole si estaba bien, preparando desayuno sin exigir nada.
Y el pensamiento le incomodó más que el recuerdo de aquel hombre.
Porque el sinaloense la desafiaba desde el deseo.
Olivia la desafiaba desde una ternura que no sabía cómo cobrar.
El coche se acercó al edificio. Las calles eran más tranquilas. Algunos balcones seguían iluminados, pero la mayoría de las ventanas estaban oscuras. El conductor se orilló frente al portal.
Conductor dice con acento español, 'Aquí es.'
Aime dice con acento jalisciense, 'Sí. Gracias.'
Pagó desde la aplicación, bajó del coche y esperó a que arrancara antes de buscar las llaves. No quería que nadie viera si tardaba en entrar. Ese tipo de detalles le parecían absurdos, pero los cuidaba. La imagen no se sostenía solo en grandes apariciones. También en pequeños controles.
El portal olía a piedra fría, metal y limpiador. Aime entró, cerró detrás de sí y subió en el ascensor sin encontrarse con nadie.
En el espejo estrecho del elevador volvió a mirarse.
Ahora la luz era más cruel.
Mostraba el cansancio alrededor de los ojos, el leve enrojecimiento de la piel del cuello, una marca mínima cerca de la clavícula que el abrigo no cubría del todo. Aime la tocó con dos dedos. No sintió ternura ni nostalgia. Sintió propiedad invadida.
el sinaloense había dejado una señal.
Eso no le gustó.
O sí.
Su boca se tensó.
Aime dice con acento jalisciense, apenas audible, 'Maldito sinaloense.'
El ascensor se abrió.
El pasillo del piso estaba en silencio. Aime caminó hasta la puerta de Olivia, introdujo la llave con cuidado y entró.
El departamento estaba oscuro, salvo por una luz pequeña encendida en la cocina. Olivia había dejado una lámpara baja sobre la encimera. No había nota. No había reproche. No había escena.
Solo luz suficiente para que Aime no tropezara al regresar.
La suavidad de ese gesto la detuvo en la entrada.
Aime cerró la puerta muy despacio.
El silencio del departamento era distinto al del hotel. En el hotel todo había sido tránsito, anonimato, cuerpo, humo, aire acondicionado, sábanas ajenas. Aquí olía a casa de alguien: jabón de platos, café viejo, madera, una vela apagada, especias guardadas en frascos. En la sala había una manta doblada sobre el sofá y, sobre la mesa, algunos papeles del restaurante con anotaciones de Olivia.
Aime dejó el bolso sobre una silla.
Se quitó los tacones.
El alivio en los pies le subió hasta las rodillas. Apoyó una mano en la pared y respiró hondo. Por primera vez en toda la noche, su cuerpo dejó de actuar.
No había nadie mirándola.
Y aun así, no sabía cómo descansar.
Caminó hasta la cocina y encontró un vaso limpio junto al fregadero. Se sirvió agua. Bebió despacio, mirando hacia el pasillo donde estaba la habitación de Olivia. La puerta estaba cerrada.
Aime imaginó a su hermana dormida, quizá de lado, con el cuerpo agotado por las horas en el restaurante, sin maquillaje, sin defensa, confiando en que su media hermana volvería en algún momento.
Esa confianza era casi ofensiva.
Aime dejó el vaso sobre la encimera.
Pudo irse directo a dormir.
No lo hizo.
Se acercó a los papeles de Olivia y los miró sin tocarlos. Lista de proveedores. Confirmación de mobiliario. Pendientes de inauguración. Nombre de invitados. Menú tentativo. Cada hoja era una prueba de trabajo real, constante, silencioso. Aime pasó los ojos por las líneas y sintió que el placer físico de la noche se alejaba un poco, sustituido por una claridad más fría.
La inauguración de Sabores de México sería importante.
El sinaloense podía aparecer.
Latifa podía convertirse en puerta.
Olivia podía ser aliada, obstáculo o instrumento, según cómo se movieran las cosas.
Aime apoyó los dedos sobre el borde de la mesa.
No estaba satisfecha.
No del todo.
Su cuerpo sí.
Su orgullo no.
Su vanidad tampoco.
Había querido una noche de placer y había terminado con dos certezas desagradables: que el sinaloense no estaba bajo su control, y que ella quería volver a verlo precisamente por eso.
Aime apagó la luz pequeña de la cocina.
El departamento quedó casi a oscuras.
Antes de ir a su habitación, miró una última vez hacia la puerta cerrada de Olivia.
Luego caminó por el pasillo, entró a la habitación de invitados y cerró la puerta sin hacer ruido. Se quedó de pie en medio del cuarto, envuelta en la penumbra, con Madrid latiendo lejos al otro lado de la ventana.