Cómo desaparecer mal

Aquí se irán publicando las escenas de rol tanto de trama principal, como las que querais publicar los jugadores. Debido a la naturaleza de este foro, si se admite contenido NSFW.
Morcego
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Cómo desaparecer mal

Mensaje por Morcego »

Relato 1

Jorge San Martín siempre había creído que las consecuencias eran algo que les ocurría a los demás.
Nació en Cambados, un pueblo de costa donde el mar nunca era solo mar. Allí las mañanas olían a salitre, gasóleo húmedo y vino blanco derramado sobre barras de madera pulida. Allí las bateas flotaban sobre la ría como plataformas inmóviles perdidas entre la niebla atlántica. Desde lejos parecían parte natural del paisaje; desde cerca, cualquiera entendía que también eran dinero, favores, poder y silencio.
Cambados no era un lugar espectacular. Precisamente por eso resultaba tan difícil de abandonar. Las calles estrechas de piedra conservaban la humedad incluso en verano y el viento de la costa se colaba entre las fachadas como si el pueblo entero respirase despacio. Había tabernas antiguas donde el tiempo parecía transcurrir a otra velocidad, soportales oscuros y plazas donde los viejos observaban pasar a la gente con esa forma gallega de mirar, entre la nostalgia, la curiosidad y la desconfianza, una forma de mirar que parecía recordar demasiado.
Porque si, Cambados recordaba; recordaba quién había sido tu abuelo, qué negocios había hecho tu padre y qué coche permanecía demasiado tiempo aparcado junto al puerto ciertas noches. Allí los apellidos seguían teniendo peso propio. No hacía falta amenazar a nadie; bastaba la memoria.
Jorge aprendió de De niño que en el pueblo había calles donde convenía no hacer preguntas, bares donde algunos hombres nunca levantaban la voz y familias cuyo respeto se mantenía más por memoria que por miedo inmediato. Los Matalobos pertenecían a esa clase de nombres. No hacía falta explicar quiénes eran; bastaba pronunciarlos más bajo que el resto. Sin embargo, siempre creyó estar por encima de aquel mundo.
Se marchó a Santiago de Compostela para estudiar derecho convencido de que la inteligencia podía abrir cualquier puerta. Y, durante años, tuvo razón. Era brillante, rápido, peligrosamente encantador cuando quería serlo. Aprendió a leer a la gente como si fueran expedientes judiciales: detectar inseguridades, deseos, puntos débiles. Las mujeres llegaban a su vida con facilidad insultante y desaparecían con la misma rapidez. Para él, el compromiso no era más que una trampa elegante inventada por personas incapaces de soportar la soledad.
Su filosofía sentimental? seducir un juego, mentir una herramienta social y escapar antes de que aparecieran sentimientos reales una forma de supervivencia emocional, como si la vida no fuese más que una vulgar serie de TV. La diferencia era que Jorge no vivía en una comedia americana. Vivía en Galicia. Y en Galicia algunos errores no terminan con algo tan banal como una bofetada ni con una copa derramada sobre un traje caro.
Todo empezó con Eva Matalobos, La hija de Moncho Matalobos. Apareció en su vida como aparecen las tormentas atlánticas: lentamente al principio, inevitables después. Jorge sabía perfectamente quién era ella desde la primera noche. Sabía también que acercarse demasiado era una estupidez. Precisamente por eso lo hizo; porque parte de él necesitaba comprobar que seguía siendo intocable.
La relación duró apenas unas semanas; suficientes para que ella confundiera intensidad con amor y él confundiera arrogancia con control. El problema no fue acostarse con ella. El problema fue desaparecer después. No responder llamadas. Reírse del asunto en el lugar equivocado. Permitir que el orgullo hiciera el resto.
En pueblos como Cambados las humillaciones no se evaporan. Se pudren lentamente. La noticia llegó una madrugada lluviosa, envuelta en humo de tabaco y olor a café recalentado. Un viejo conocido entró en el bar donde Jorge bebía solo y dejó caer la frase sin dramatismo:
—Tes que marchar. Hoxe.
Nada más, no hizo falta explicar el resto.
El jefe de los Matalobos no había montado un escándalo. No había amenazas públicas ni coches ardiendo. Mucho peor: había puesto precio a su cabeza de forma discreta, fría, despiadada; exactamente como podría esperarse de gente acostumbrada a que otros ejecuten los problemas por ellos.
Por primera vez en muchos años, Jorge sintió miedo auténtico; no el miedo elegante de los pocos juicios en los que había participado hasta el momento, ni el de las discusiones inteligentes que mantenía con sus compañeros de promoción en esas cenas que tenían en algún restaurante fino de Santiago. No, este era un Miedo físico. Animal. El tipo de miedo que acelera el corazón cuando un coche reduce velocidad demasiado cerca o cuando un desconocido mantiene la mirada un segundo de más.
Abandonó el pueblo antes del amanecer con una bolsa de viaje improvisada, algo de dinero, varios contactos poco fiables y la incómoda sensación de que su vida pendía de algo mucho más fino que un hilo de pescar.
Mientras la carretera húmeda se alejaba de la ría, Jorge comprendió algo que jamás había considerado posible, quizá, y solo quizá, ya no era el hombre más peligroso de la habitación.
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