El inperio del Nortte.

Aquí se irán publicando las escenas de rol tanto de trama principal, como las que querais publicar los jugadores. Debido a la naturaleza de este foro, si se admite contenido NSFW.
Larabelle Evans
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Registrado: Mar Jul 02, 2024 4:52 am
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Re: El inperio del Nortte.

Mensaje por Larabelle Evans »

Días en el Limbo.

Punto de vista: Mássimo.

El mediodía en la Villa Marttini se había instalado con la pesadez de una campana de cristal. Afuera, el sol de Piamonte, bajo y blando, teñía el horizonte de un ocre apagado. Adentro, reinaba un silencio de post-guerra.

El comedor, una sala amplia con paneles de madera de nogal pulido, conservaba un aire de calma opulenta, pero la atmósfera estaba densa, pegajosa. El rastro de la comida —un aroma sutil a risotto con trufa y vino tinto— flotaba en el aire, mezclándose con la fragancia a cera de abeja del mobiliario antiguo.

Mássimo estaba de pie al lado de la chimenea apagada, sorbiendo un espresso. Su traje de lana oscura parecía absorber toda la luz disponible. A su lado, Vittoria repasaba anotaciones en una tableta, con la misma concentración fría de las últimas 48 horas, durante las cuales la Operación Cacao Dorado había entrado en su fase crítica.
La calma era una fachada tensa. La caída bursátil de Rinaldi había sido un éxito quirúrgico, pero la réplica, lo sabían, era inevitable y se pagaría en carne. El pulso de Mássimo latía con una ansiedad que no permitía mostrar, un tic nervioso que solo se manifestaba en el control excesivo que ejercía sobre la taza.

Mássimo dice con acento turinés, "El Consorcio está herido, pero no muerto. Su respuesta no será legal. Será personal."

Vittoria asintió.
Vittoria dice con acento turinés, "Milán está conteniendo el daño financiero. Pero en Marsella, su sede de logística, la calle está caliente. Han movido fichas."

Antes de que Mássimo pudiera responder, el silencio del comedor fue quebrado por un golpe seco y la entrada precipitada de Rodrico y Enrrico. No se movían como sirvientes, sino como fusibles que acaban de saltar.

Rodrico, siempre el primero en entrar en calor, estaba pálido, con la respiración entrecortada. Enrrico, más contenido, mantenía una postura rígida, pero la urgencia en sus ojos era palpable.

Rodrico dice con acento turinés, "Signore. Problemas en Catania. Mercenarios reportados."

Mássimo dejó la taza sobre la repisa de mármol. El sonido fue apenas un clic, pero resonó como un disparo. Su rostro, ya grave, se contrajo en un gesto de rabia contenida.

Mássimo dice con acento turinés, "¿Quién? ¿Qué carajo han enviado?"

Enrrico dio un paso al frente, su voz un murmullo profesionalmente bajo.

Enrrico dice con acento piamontés, "Hombres de contacto en el puerto de Catania reportan movimiento de elementos no identificados, de perfil balcánico. No buscaban a la Signorina Ferrari directamente. Fue una advertencia. Una declaración de intenciones."

El aire del comedor se volvió instantáneamente pesado, saturado de la amenaza que Mássimo más temía.

Mássimo dice con acento turinés, "Ve al punto, Enrrico."

Rodrico tomó el relevo, con una tensión palpable.

Rodrico dice con acento turinés, "Secuestraron a Lucía, Patrón. Su nana. Estaba en el mercado de la Peschiera. La agarraron camino de vuelta."

Mássimo sintió un frío acerado treparle por la espalda. Lucía. La mujer que había criado a Leila, el único punto de debilidad emocional que la Regina de Catania permitía tener visible. Tocarla era un mensaje obsceno.

Mássimo dice con acento turinés, "¡Mierda! ¿La tienen?"

Rodrico negó con la cabeza, una exhalación de alivio superficial.

Rodrico dice con acento turinés, "No por mucho. La seguridad de la Regina reaccionó rápido. Contactos de la calle nos dicen que la tienen de vuelta en la Villa Ferrari.
El cuerpo de Mássimo se relajó apenas, pero la rabia no se disipó. Se transformó en una furia fría y posesiva. Tocaron a su futura esposa. No a ella directamente, sino a lo que más valoraba y lo que más protegía. Para él, era lo mismo.

Mássimo se giró hacia el ventanal, apretando los puños. Su amor por Leila era real, una elección forjada en años de conocimiento mutuo, pero también era la necesidad de poseer la joya más valiosa, de ser el único escudo para la mujer más fuerte. Era un amor de estructura, de cimientos.

Mássimo dice con acento turinés, "Esto es Rinaldi. Están buscando el punto débil. Están buscando que Leila se mueva. Están buscando que yo me mueva."

Vittoria se levantó, su voz firme y lógica.

Vittoria dice con acento turinés, "Exacto, Padre. Su objetivo era sacarte de Turín. Necesitas quedarte aquí. La jugada en Milán está en su punto de quiebre. Si te vas, colapsa el frente financiero."

Mássimo cerró los ojos un instante. La desesperación lo golpeó. Sentía las paredes de la Villa Marttini como un confinamiento. Quería estar en Catania, tomar a Leila en sus brazos, sentir el olor a sal y tierra quemada de su isla, no este ambiente controlado y aséptico. Quería protegerla con su propia presencia, y el no poder hacerlo lo carcomía.

Mássimo dice con acento turinés, "Estoy harto. Quiero la boda ya. Quiero sacarla de ahí. Quiero tenerla bajo mi cuidado. Bajo mi nombre. En mi casa. Esta mierda no se detendrá hasta que me case y sepa que no puede ser tocada."

Era la verdad. La urgencia no era solo amor, era logística de guerra.

Se giró hacia Rodrico, la decisión cortando el aire.

Mássimo dice con acento turinés, "Rodrico. Te vas a Catania. Ahora."

Rodrico asintió de inmediato.

Mássimo dice con acento turinés, "Toma a Paolo, Emiliano y al menos ocho hombres más. No necesito sicarios, necesito ojos y músculo. Tienen una hora para estar en el Jet.

Rodrico dice con acento turinés, "Entendido, Patrón. ¿Alguna directriz para la seguridad de ella?"

Mássimo tensó la mandíbula.

Mássimo dice con acento turinés, "No confío en ellos. En absoluto."

Su desconfianza era un hecho crudo, nacido de su amor protector. Dalila, la nueva jefa de seguridad de Leila, y su primo Raffaele, eran eficientes según los reportes, pero eran ajenos a su esfera. Eran el protocolo. Y él no creía en el protocolo. Creía en la lealtad que había forjado él mismo.

Mássimo dice con acento turinés, "Esa mujer, Dalila, es nueva. Su primo Raffaele, más de lo mismo. Están siguiendo un manual. Los Rinaldi no leen manuales. Quiero que mi gente respire el mismo aire que Leila. Si los guardias de ella fallan, mi gente debe estar allí."

Rodrico dice con acento turinés, "Lo entiendo. Mis hombres estarán invisibles."

Mássimo asintió. El peso de la impotencia se hizo sentir, el amargo sabor de la distancia.

Mássimo dice con acento turinés, "No me puedo mover de aquí por este maldito ataque bursátil. Pero te lo digo, Rodrico. Si a Leila le pasa algo… si solo se acerca un dedo a su piel, no solo iré a por Rinaldi. Iré a por todo lo que toque esa isla. Y tú serás mi primer punto de contacto. ¿Claro?"

Rodrico, conocedor del temperamento de su jefe, asintió con una seriedad pétrea.

Rodrico dice con acento turinés, "Claro, Jefe. Me voy. Estará a salvo."

Rodrico salió tan rápido como entró, seguido por Enrrico que regresó a sus propias tareas.

Vittoria se acercó a su padre, tocándole el hombro.

Vittoria dice con acento turinés, "Hiciste lo correcto, Padre. Mover a Rodrico es lo más seguro. En el Consorcio esperaban tu movimiento, no el de él."

Mássimo se giró, su mirada desolada.

Mássimo dice con acento turinés, "No es solo la guerra, Vittoria. Es que no la toquen. No quiero que nada la ensucie. Ella es la única cosa que no está rota en este imperio. La única joya que no puedo permitir que me vuelvan a quitar."

La descripción no era poética; era literal. Leila era la única verdad en su vida compleja y brutal, y la idea de que los Rinaldi la usaran como palanca de presión lo enfurecía con una desesperación primaria.

Mássimo dice con acento turinés, "Quiero la boda cuanto antes. No puedo esperar. Cada día que no es mi esposa, es un flanco abierto que alguien más puede atacar."

Y esa tarde, en la burbuja de opulencia de la Villa Marttini, Mássimo Martini saboreaba el verdadero precio de ser el Leone del Nord: la impotencia de no poder proteger personalmente lo que más amaba.

Mássimo se giró hacia Vittoria, dejando atrás la ventana que daba a la penumbra del Piamonte. La rabia se había convertido en una urgencia fría, enfocada ahora en la única certeza que podía construir.

Mássimo dice con acento turinés, "¿Y los trajes? ¿Ya tienes los diseños?"

Vittoria, que aún estaba procesando la logística de la guerra, parpadeó. Era un cambio de carril tan abrupto, de la vida de Lucía a la seda nupcial, que por un instante se sintió desorientada. Pero solo por un instante. La boda de su padre era la culminación de su estrategia, el cese al fuego que legitimaría su reinado. Su voz recuperó un entusiasmo genuino y profesional.

Vittoria dice con acento turinés, "Sí, Padre. Están listos. Hice exactamente lo que pediste: funcionales, discretos, pero con la firma Marttini. De hecho, los tengo montados en el estudio. Sabía que esta urgencia por la fecha llegaría."

El rostro de Mássimo se iluminó de una manera sutil, un cambio de luz en una habitación oscura. La ilusión era palpable, una grieta en su armadura de Leone del Nord.

Mássimo dice con acento turinés, "Vamos."

La transición de la sala al estudio de diseño de Vittoria, en el ala oeste de la Villa, fue un respiro bienvenido. El estudio era luminoso, con grandes ventanales y mesas de trabajo cubiertas de bocetos, telas y patrones.

Sobre dos maniquíes de costura, separados por una mesa de caoba, reposaban los diseños terminados. No eran las prendas reales, sino patrones de prueba con las telas definitivas.

Vittoria se acercó al primer maniquí, con una sonrisa de satisfacción profesional.

Vittoria dice con acento turinés, "Tu traje, Padre. Gris pizarra. Lanilla de cachemira, corte sastre turinés, limpio. Nada de solapas exageradas. Líneas verticales que acentúan el porte. El forro, solo en seda negra. El cuello, rígido, para el dominio. No es solo un traje de novio, es el uniforme de tu juramento."

Mássimo se acercó, tocando la tela. Era suave, áspera y pesada a la vez. Olía a disciplina y a poder. Era exactamente lo que había imaginado.

Mássimo dice con acento turinés, "Perfecto."

Luego, Mássimo se movió hacia el segundo maniquí. El aire alrededor de esa pieza parecía cambiar. Era un vestido, simple en su complejidad, que capturaba la esencia de Leila Ferrari sin aspavientos.

Vittoria dice con acento turinés, "Y el de Leila. Tono perla, no blanco. Ella me pidió tres cosas: calma, redención y amor. Y que no pareciera un disfraz. La tela es seda cruda de Milán, caída natural. Sin encajes que la ahoguen. El cuello es cerrado, alto, como un escudo, pero la espalda es un susurro, cayendo en un ligero pico en V."

El vestido era una declaración silenciosa. La manga era larga y estrecha, terminando en un puño que casi cubría el dorso de la mano, dándole un aire de realeza recatada. El único adorno era una sutil línea de bordado, apenas perceptible, que dibujaba una espiral ascendente desde la cintura hasta el hombro.

Vittoria dice con acento turinés, "El bordado es hilo de plata mate. Es el único elemento de brillo. Simboliza su ascenso, su camino fuera de Catania y hacia tí. La cola es corta, para que pueda moverse, para que no la detenga. Es el vestido de una Regina que elige ser una Signora."

Mássimo no dijo nada. Solo estiró la mano, deteniéndola a centímetros de la tela, temiendo romper el hechizo. El vestido era más que una prenda; era la imagen materializada de la promesa de un futuro donde la guerra se hacía en nombre del amor, y no al revés.

Vittoria observó la expresión de su padre. Ya no había rabia, ni frustración por el ataque de Rinaldi. Solo una necesidad profunda, casi física, de poseer esa calma, esa redención que el vestido representaba.

Mássimo dice con acento turinés, "Es hermoso."

Su voz era un hilo, más suave de lo que lo había sido en meses.

Mássimo dice con acento turinés, "Quiero que se haga con la máxima discreción. Que nadie, absolutamente nadie, lo vea hasta el día de la boda."

Vittoria asintió, entendiendo la orden: proteger la promesa.

Vittoria dice con acento turinés, "Está bajo mi supervisión personal. Está a salvo."

Mássimo se quedó unos segundos más frente al vestido. En la tela de seda cruda, en el color perla que no clamaba inocencia sino aceptación, él veía la única salida a su caos. Veía a Leila Ferrari, su Piccolina, bajo su nombre, bajo su ley, en su casa. Ya no solo como una aliada amada, sino como la columna inamovible de su imperio.

La guerra continuaba, pero ahora tenía una fecha de caducidad: el día en que él se pusiera ese traje gris pizarra, y Leila vistiera su vestido perla.
Aletheia
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Re: El inperio del Nortte.

Mensaje por Aletheia »

DESARMADO Y SOLO

La atmósfera en la villa es de una asfixia silenciosa, cargada con el olor a tabaco frío y el aroma denso de un café que nadie ha probado. La luz grisácea del amanecer piamontés se filtra por los ventanales, iluminando las motas de polvo que flotan sobre informes financieros que ya no tienen valor frente al vacío absoluto de la pérdida. El espacio es una jaula de desesperación; Mássimo Martini, despojado de la arrogancia del Leone, se encuentra atrapado en el centro de un desasosiego que le oprime el pecho, asediado por el silencio sepulcral de la Regina Ferrari y el eco inexistente de los hombres que envió a su resguardo y que hoy yacen en el fondo del Tirreno. La entrada de Raffaele en este santuario de poder en decadencia no trae consigo la sumisión del protocolo, sino la frialdad de una sentencia que ya ha sido redactada en el código de la invisibilidad.
el sonido característico de las hélices irrumpe el silencio dentro de la villa. Desde el gran ventanal se observa una nave que, en principio, parece despertar una ligera esperanza en el capo turinés.
Mássimo observa la aeronave desde el ventanal de su despacho y una ligera sonrisa se dibuja en su rostro.
Mássimo murmura con acento turinés: "Piccolina..."
el helicóptero aterriza y permanece inmóvil durante segundos que parecen eternos. la portezuela se abre y una figura imponente desciende con calma estudiada.
Mássimo sale del despacho rumbo al vestíbulo para buscar a Leila.
Dos hombres permanecen atentos sin bajar del helicóptero, pero en una posición que permite una reacción rápida y definitiva.
Una mujer de servicio abre la puerta principal de la villa. su rostro se queda líbido al ver al hombre que permanece de pie en el umbral.
Raffaele cruza el umbral con una calma que resulta violenta, manteniendo sus manos visibles pero su mirada plateada fija en un Mássimo que parece haber envejecido una década en una sola noche.
Mássimo llega bajando la escalera cuando ve al hombre.
El sobre que Raffaele sostiene en la mano diestra capta la mirada de la mujer.
Mássimo lo observa fijo y con desconfianza.
Raffaele evalúa al capo con gelidez, valorando su aspecto de un vistazo
Mássimo dice con acento turinés: "Yo atiendo al Signore. Retírate, grazie."
Dices con acento milanés: "Soy Raffaele Vescovi, traigo un mensaje de la regina."
Mássimo le habla a la empleada.
Mássimo mira con severidad a Raffaele.
La mujer abandona el vestíbulo con rapidez.
Mássimo dice con acento turinés: "¿Donde está Leila. Porqué no la trajiste?"
Raffaele le tiende el sobre.
Mássimo se acerca a Raffaele sin invadir su espacio.
Mássimo coge el sobre aún con duda en los ojos.
Dices con acento milanés: "No la traje porque no quiere verte ni hablarte."
Dices con acento milanés: "el mensaje es breve y claro: el compromiso y por tanto el matrimonio queda cancelado de manera definitiva e irrevocable. Leila Ferrari ya no existe para ti, Mássimo. El compromiso ha sido pulverizado por tu propia infamia, y ella no volverá a ser la moneda de cambio de tu redención. He venido a decirte que su silencio no es un accidente, sino la nueva frontera de tu imperio".

Mássimo se tensa visiblemente al oír eso.
Dices con acento milanés: "la explicación la hallarás en el diario que contiene el sobre."
Mássimo rompe el sello del sobre sacando el contenido con la furia y confusión reflejadas en su cara.
Mássimo saca el diario y sus ojos recorren el contenido.
Mássimo tiene el rostro desencajado al leer la confesión de Chyara.
Mássimo murmura con acento turinés: "Cazzo. Chyara. Maldita sea. "
Raffaele no le ha quitado la vista de encima.
Mássimo rompe las hojas del diario dejándolas caer al suelo. Mira a Raffaele con furia y derrota.
Raffaele le sostiene la mirada con frialdad.
Mássimo dice con acento turinés: "Leila. Yo, necesito verla. Tengo que explicarle... "
Dices con acento milanés: "eso no va a ocurrir."
Mássimo dice con acento turinés: "¿Tú no me puedes impedir verla. "
Dices con acento milanés: "Puedo y lo haré. No volverás a acercarte a Leila. si intentas llamarla, lo sabré, si pisas Catania, lo sabré. Y te aseguro que no te gustará el resultado si no te mantienes al margen y te olvidas de Leila Ferrari."
Dices con acento milanés: "a menos, claro, que quieras que los Martini corran la misma suerte que los Rinaldi y que cierto jet que parece que ya no tienes en tu haber de activos. Si das un solo paso hacia Catania, si intentas rozar siquiera el aire que ella respira, los Marttini dejarán de ser una noticia de sucesos para convertirse en un registro borrado. Los Rinaldi y tus hombres en el jet fueron solo el prefacio; tú decides si quieres que tu familia sea el siguiente capítulo del olvido".

Mássimo dice con acento turinés: "Ella tiene que escucharme. Sí, le fallé pero no es como dice Chyara en ese puto diario. "
Raffaele chasquea la lengua con evidente fastidio.
Mássimo lo mira detenidamente al escuchar sobre el avión de sus hombres.
Mássimo dice con acento turinés: "¿qué tienes tú que ver con mis hombres?"
Dices con acento milanés: "ella no tiene que hacer nada, te follaste a su sorellina y da igual el contexto, la traición está ahí, diga lo que diga la exconsigliere."
Mássimo murmura con acento turinés: "Io amo a Leila..."
Mássimo aprieta los puños y sus nudillos se ponen blancos.
Dices con acento milanés: "Has quedado informado sobre la decisión de la regina. Mantente alejado y busca tu vida y tu salvación en otra corona. Ella cuenta con la protección de la cúpula y no necesita a un hombre que no es capaz de mantener la polla dentro de la cremallera."
Mássimo da un paso hacia Raffaele, con los puños aún apretados, mientras el rastro de la duda sobre el destino de sus hombres le nubla el juicio.
Mássimo dice con acento turinés: "Qué pasó con mis hombres. "
Dices con acento milanés: "tu amas a Leila... quizá tu concepto de amar a una mujer es un tanto... curioso cuando te importó una mierda follarte a su sorellina. No entiendes de lealtad, sino de control y rendición. tu lenguaje es la cama, pero nada más. Leila necesita mucho más que eso y se merece mucho más que eso."
Mássimo siente con cada palabra de Raffaele que sus planes de futuro con Leila se quiebran en mil pedazos.
Dices con acento milanés: "Tus hombres... ya no existen."
Los ojos y rostro de Mássimo pasan de la furia y la frustración a un dolor infinito. Ha perdido no solo a unos cuantos guardias. Ha perdido a su hombre más leal, a su casi confidente.
Mássimo dice con acento turinés: "¿esto, esto es la venganza de Leila? "
Una llama de furia se enciende en los ojos de Raffaele.
Dices con acento milanés: "Venganza? No, Martini, es el precio de sangre que te tocó pagar por ponerla en riesgo, por pensar más en tus intereses, en tu dominio, en tus ambiciones que en ella."
Mássimo lo mira apenas, con la derrota haciendo mella en su muro de contención emocional.
Mássimo dice con acento turinés: "Yo nunca he querido poner en riesgo a Leila. "
Dices con acento milanés: "Estabas demasiado ocupado en tus asuntos con Rinaldi y la dejaste expuesta. Y solo cuando supiste que se habían llevado a su nana, te dignaste a reforzar su seguridad."
Dices con acento milanés: "¿Te estás oyendo? ¿Acaso eres un novato, Martini?"
La culpabilidad se instala en su ser.
Mássimo niega bajando la mirada.
Dices con acento milanés: "En este mundo no se trata de lo que no queremos hacer, se trata de lo que no consideramos, de lo que dejamos ahí, a la mano de nuestro enemigo."
Mássimo asiente.
Dices con acento milanés: "Perdiste a leila porque nunca la viste, la rescataste y la metiste en otra jaula; la dominaste, la hiciste que se rindiera en tu cama, pero nunca te ocupaste de ella, de ella como mujer, no la regina de Catania."
Mássimo dice con acento turinés: "¿Y tú que sabes de lo que Leila necesita?"
Dices con acento milanés: "Y no contento con todo eso, te inmiscuyes en tus asuntos, la dejas expuesta y como guinda, te follaste a su sorellina casi en sus narices."
Mássimo levanta la mirada hacia Raffaele con gelidez.
Dices con acento milanés: "Lo que yo sepa o no, está fuera de tu alcance, martini."
Dices con acento milanés: "Estás informado de lo que tenías que saber."
Mássimo dice con acento turinés: "¿estás interesado en Leila, no es cierto?"
Mássimo lo mira interrogante.
Dices con acento milanés: "No estás en posición de hacer preguntas, menos de intentar marcar territorio. leila no es una propiedad para medirse a ver quién la tiene más larga."
Dices con acento milanés: "Leila no es tuya, Mássimo... Ni de nadie."
Dices con acento milanés: "conozco la salida, no te molestes en ofrecerme cortesía."
Raffaele se vuelve y camina hacia la puerta principal.
Mássimo lo mira irse con el orgullo y el corazón destrozados a partes iguales.
Raffaele abre y atraviesa el umbral sin mirar atrás ni una sola vez.
En menos de cinco minutos el helicóptero despega, cerrando así el capítulo entre la Regina de Catania y el leone del Nor.
Mássimo Martini permaneció inmóvil en el centro del vestíbulo, rodeado por los jirones de papel del diario de Chyara que yacían a sus pies como los restos de un naufragio. El zumbido decreciente del helicóptero se clavaba en sus oídos con la finalidad de una lápida cerrándose; el Leone del Nord, el estratega que había construido un imperio sobre la precisión y el control, se descubrió de pronto habitando una cáscara vacía de sí mismo. La revelación de su infamia con Chyara, expuesta en la bitácora cruda de una muerta, no solo había pulverizado su compromiso, sino que había desnudado la mentira de su propia redención. Comprendió, con una lucidez lacerante, que Raffaele tenía razón: nunca había amado del todo a Leila como mujer, sino como la joya definitiva que validaba su dominio, una "Regina" a la que rescató de un infierno solo para encerrarla en el laberinto de sus propias ambiciones y deseos básicos.

Sus ojos se posaron en el anillo de compromiso que descansaba sobre los restos del diario, un objeto pequeño y oscuro que pesaba más que todo su oro piamontés. Aquel anillo era el símbolo de su absoluta derrota; mientras él jugaba a las finanzas y a los ataques bursátiles contra los Rinaldi, la realidad de la isla —el fuego, la lealtad verdadera y la sangre— lo había sobrepasado sin que siquiera viera venir el golpe. Había perdido a sus hombres más leales, a su confidente y el respeto de la Cúpula, pero el dolor más profundo nacía de saber que el "ingeniere" no era solo un mensajero, sino el arquitecto de una nueva estructura donde Mássimo ya no tenía lugar.

Atrapado en la luz grisácea de un amanecer que ya no le pertenecía, Mássimo sintió cómo la culpabilidad se instalaba en su pecho como una condena perpetua. Había dejado a Leila expuesta a sus enemigos por priorizar su guerra personal, y en su arrogancia, creyó que el sexo y el control eran sustitutos de la presencia y el cuidado. Ahora, el silencio de la Villa Ferrari se extendía hasta Turín como una frontera infranqueable, recordándole que su imperio era ahora una jaula de cristal donde solo quedaban las motas de polvo y el eco de una traición que no podría explicar jamás. El León del Norte estaba, por primera vez, desarmado y solo, reconociendo que el precio de su soberbia había sido el olvido definitivo de la única verdad que alguna vez quiso poseer.
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