Entre agaves y Sombras.

Aquí se irán publicando las escenas de rol tanto de trama principal, como las que querais publicar los jugadores. Debido a la naturaleza de este foro, si se admite contenido NSFW.
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Larabelle Evans
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Entre agaves y Sombras.

Mensaje por Larabelle Evans »

La noche del aniversario.

Punto de vista: AIme Beckmann Rosas.

La lluvia caía en cortinas finas sobre los campos de agave de la Hacienda La Rosa, cada gota golpeando las pencas azuladas como si marcara un compás antiguo y lúgubre. El aire olía a tierra mojada, a hojas partidas y a la madera oscura y añeja de las barricas de roble; un perfume pesado de fermento y reposo, un vaho de tiempo condensado y tequila que Aime Beckmann Rosas conocía mejor que su propio nombre o la letra de su acta de nacimiento. La hacienda estaba anclada en el corazón agreste de Tequila, Jalisco, donde las faldas del Volcán de Tequila dibujaban una alfombra verdeazulada que se extendía, ondulante, hasta el horizonte roto.
La casa principal, de muros encalados que reflejaban apenas la luz de la noche y corredores frescos de cantera rosa, parecía contener la respiración. Un silencio pesado e irrompible se había instalado en cada rincón: esa noche se cumplía un año exacto del accidente aéreo que había arrancado a sus padres adoptivos del mundo, y La Rosa, más que un hogar, vibraba con la memoria como una cuerda tensa a punto de romperse. El peso de la propiedad y del apellido se sentía palpable en el ambiente, mezclado con el frío que traía el viento de la montaña.
Aimé caminó por el patio central descalza, desafiando la temperatura; la falda larga de seda oscura se le pegaba a las piernas por la humedad. Sentía el frío pulido de la cantera bajo las plantas de los pies, una sensación de conexión terrenal que la anclaba. Llevaba el cabello rojo y abundante recogido en un moño imperfecto, un desafío sutil a la pulcritud que se esperaba de la dueña. Sus manos, con uñas siempre impecables, estaban sorprendentemente manchadas de yeso y barro fresco.
Se detuvo frente a una escultura a medio terminar: un torso femenino en yeso, de tamaño natural, pulido hasta el brillo sedoso en algunas partes, áspero y lleno de intención en otras, con una curva de cadera que Aimé había exagerado a propósito, dotándola de una sensualidad casi brutal. Era su espejo sin cristal, una representación de la belleza que ella misma estaba creando, fuera de las reglas.
Aime dice con acento jalisciense, su voz suave pero con un dejo metálico. "Miren, muchachos, la belleza no se encuentra; se hace. Y pa’ hacerla hay que saber quitar lo que sobra, hasta que duela."
En la penumbra del umbral del taller, dos sombras la observaban con una mezcla de fascinación y temor reverencial. Eran Jabier, de diecinueve años, con la chaqueta raída que no lograba ocultar la fuerza de sus hombros y las manos grandes y toscas que intentaba educar en la arcilla; y Angélica, de dieciséis, delgada como una rama recién cortada y con ojos enormes y oscuros que aún no terminaban de creer que alguien la hubiera sacado de la calle y la hubiera traído a este lugar de abundancia.
Aime los había rescatado del orfanato del DIF y de las esquinas peligrosas de Guadalajara. Les daba techo, comida, el calor necesario, clases de escultura y, en la misma medida, expectativas que olían tanto a un futuro prometedor como a un peligro desconocido. El olor a trementina, a pigmentos secos y a polvo de mármol que salía del taller no era solo un olor, era el aroma de su nueva vida, forjada por la voluntad de Aimé.
Angélica, encogida levemente en el marco de la puerta, se atrevió a preguntar, con la voz apenas audible.
Angélica dice con acento jalisciense, "¿Y si no me sale, Aimé? ¿Y si me queda feo y no sirve pa’ nada?"
Aime se giró lentamente, la mirada penetrante.
Aime dice con acento jalisciense, "Pues se vuelve a empezar, mija. Nadie nace perfecto; lo que importa es que tú quieras serlo. El error no es fracasar, el error es conformarse con ser menos de lo que puedes."
Aime sonrió con esa mezcla perfecta de ternura calculada y orgullo inmenso que siempre la acompañaba. Su voz era suave, un arrullo, pero cada palabra llevaba la certeza de quien sabe manipular miradas, sentimientos y voluntades ajenas. En su pecho, la necesidad de ser admirada y adorada latía como un tambor ceremonial; no era solo vanidad, era una estrategia de supervivencia. El arte no era un pasatiempo; le servía para representarse, para esculpir versiones de sí misma que luego mostraba al mundo como pruebas irrefutables de su grandeza y su derecho a ocupar el centro.

El peso del Yeso y la Memoria.

Un recuerdo la atravesó con la nitidez de una fotografía antigua, el olor a humedad y tristeza del pasado.

Flashback: Orfanato del DIF, hace 20 años.


La sala de visitas olía a desinfectante barato y a soledad. Una niña de ojos grandes, más maduros de lo que su rostro infantil sugería, y ropa gastada, Aime, tenía seis años y se aferraba a un cuaderno de dibujos lleno de figuras desproporcionadas pero vitales. Entró la pareja de la hacienda: Don Ramiro Rosas, alto y formal, con un traje de lino que olía a dinero antiguo y a lavanda; ella, Doña rocío Beckmann, elegante y con una sonrisa amplia y ansiosa que parecía querer llenar el vacío del mundo. La mujer la tomó entre sus manos con una delicadeza extrema, como si la niña fuera una pieza valiosa de porcelana y no una niña asustada de la periferia. La adoptaron, y la llevaron a La Rosa. Le dieron educación privada, vestidos finos, profesores de idiomas y arte, y la sensación embriagadora de que el mundo le pertenecía. Sus padres adoptivos la colmaron de mimos excesivos; la convirtieron en la niña consentida que aprendió rápidamente a exigir atención incondicional y, sobre todo, a medir el poder exacto de una sonrisa o un capricho.
[Fin del Flashback]
Todo cambió de forma abrupta e irreversible el día del accidente: un viaje familiar a Europa que terminó en una noticia fría, brutal y escueta —un avión que no llegó a su destino final— y la soledad que quedó como un hueco inmenso, que Aimé, en lugar de llorar, llenó con ambición implacable. Ahora, ella no era la hija adoptiva; era la dueña de La Rosa.
Aime se permitió un susurro que era mitad confesión, mitad proclama.
Aime dice con acento jalisciense, "Ellos me dieron todo lo que no tuve. Y yo les di lo que ellos querían, lo que tanto me pidieron con sus ojos: una hija que brillara con luz propia, que fuera digna de su imperio."
Aime deslizó la punta de sus dedos, ahora limpios de yeso, sobre la arcilla húmeda de la escultura. La lluvia fuera arreció con la fuerza de un aguacero de abril, el rumor de las gotas amplificándose en el techo de teja. El aire se hizo más frío, trayendo consigo el aroma metálico del relámpago lejano. Una nueva oleada de recuerdo, más reciente y punzante, la inundó.

Flashback: La Rosa, hace 8 meses

La sala de juntas de la hacienda era inmensa, intimidante, con muebles de caoba pulida y el retrato severo de su abuelo adoptivo presidiendo la mesa, con ojos que parecían juzgar. El notario leía el testamento con voz monótona y oficial. Aimé, de 26 años recién cumplidos y una compostura de hierro, escuchaba cómo las palabras "propiedad," "administración," y "única heredera universal" se posaban sobre ella con el peso de una losa. El tío abuelo, Don Rafael, el hermano de su padre adoptivo, la miraba desde el extremo de la mesa con desaprobación apenas velada y un odio contenido, su bigote blanco temblando de rabia. Él había esperado la hacienda. Aimé, sin embargo, solo sentía el frío cálculo de la oportunidad. La herencia no era un regalo ni una carga; era una herramienta que ella usaría para construir su propio trono.
[Fin del Flashback]
Jabier carraspeó, el sonido seco rompiendo la tensión. Estaba incómodo. Sabía que la noche era delicada, llena de aniversarios y fantasmas que Aimé no dejaba descansar.
Jabier dice con acento jalisciense, con la voz más gruesa de lo habitual, "¿Va a venir Don Rafael, Aime? Por lo del… por la misa de mañana."
Aime alisó con gesto lento la seda de su falda, como si estuviera puliendo una joya. Su acento jalisciense se hizo más marcado, más cortante, como una navaja.
Aime dice con acento jalisciense, "Va a venir a ver lo que no pudo quitarnos, Jabier. Y le vamos a dar un buen espectáculo. Que vea que La Rosa tiene una dueña que no va a doblarse por él ni por nadie."
Se volvió hacia la casa, dejando atrás el refugio de su taller y el aroma a arcilla. La luz ámbar y cálida que se filtraba por las ventanas altas de la sala principal invitaba a una falsa sensación de calidez familiar, pero Aime sabía que esa noche, La Rosa era un escenario frío, preparado meticulosamente para un solo acto: la demostración de que la huérfana consentida no solo había sobrevivido a la tragedia, sino que había tomado el control total de su destino y del de la hacienda. El olor a tierra mojada de la lluvia se mezclaba ahora con el aroma incipiente del incienso que quemaban en la pequeña capilla, preparando el luto. La noche de su aniversario luctuoso, Aime no permitiría ni una lágrima; ella reinaría.
La mañana siguiente amaneció en La Rosa con un sol jalisciense que quemaba ya desde temprano, secando la humedad de la cantera y evaporando la tristeza superficial de la noche. El aroma a tierra mojada se había disipado, dejando un rastro denso y especiado de cempasúchil fresco y copal que la cocinera de la hacienda, Doña Cuca, quemaba en el umbral de la capilla. Doña Cuca, una mujer robusta de manos ásperas y mirada sabia, oficiaba su propio rito, una mezcla de fe y superstición protectora. El día no olía a luto; olía a ceremonial, a negocio y a la promesa tóxica de la herencia que Rocío y Ramiro habían legado.

La Llegada de los Indeseables.

La mesa del desayuno, servida en el amplio comedor con vista a los campos de agave que se extendían hasta el horizonte azul, era una obra de arte por sí misma. El mantel de lino bordado, la plata pulida y las tazas de porcelana fina contrastaban con la tensión palpable que flotaba en el ambiente.
Aimé estaba sentada a la cabecera, con la espalda recta y el mentón alto. Iba vestida para la contención, pero con una intencionalidad brutal: un traje sastre de lana fría color crema, de corte impecable y moderno, que acentuaba la estrechez de su cintura y la amplitud poderosa de sus caderas. El cuello largo, de cisne, sostenía su cabeza con la altivez de una reina. Llevaba el cabello rojo encendido recogido en una trenza pulida que caía como una soga brillante sobre el hombro, y sus ojos, grandes y almendrados, color miel ámbar, brillaban con una falsa calidez, como oro fundido. Cada gesto era una pincelada de control.
Jabier, vestido con camisa blanca impecable y pantalones de mezclilla oscuros, se movía silencioso sirviendo el café de olla, endulzado con piloncillo. No cruzaba la mirada con Aimé, pero estaba pendiente de su más mínimo movimiento, listo para actuar. Angélica, en un vestido sencillo de manta con bordados en el cuello, estaba de pie junto a la ventana, atenta a los vehículos que ascendían por el camino de grava. Sus ojos eran la vigilancia silenciosa de Aimé.
"Ahí vienen, Aimé," susurró Angélica, la voz tensa, sin mover un músculo. "La camioneta negra de Don Rafael y el sedán plateado de Prudencia."
Aimé deslizó la punta de un cuchillo de plata sobre un pan dulce con parsimonia, disfrutando del crujido.
Aime dice con acento jalisciense, "Que pasen. Y que Jabier se asegure de que el tequila que le sirvan a Don Rafael sea de la reserva, el reposado más viejo. Necesita que su memoria sea... plácida."
Su tono era dulcemente calculador. Jabier asintió con una reverencia casi imperceptible y salió hacia la bodega.
La primera en aparecer por el arco de la entrada fue Doña Prudencia, hermana de Doña Rocío, una mujer menuda y nerviosa que llevaba un luto riguroso que parecía viejo y apolillado, con un collar de perlas que se ajustaba demasiado a su cuello, como si la asfixiara la formalidad. Venía acompañada de su hijo, Esteban, un abogado pálido y con traje mal ajustado que miraba la opulencia de la hacienda con los ojos hambrientos de un prestamista que calcula el valor de la propiedad.
Detrás, llegó Don Rafael, el tío abuelo de Ramiro, exhalando el aire de la montaña con un desprecio contenido que le llenaba el pecho. Alto, pero encorvado por la rabia de la pérdida de control, su bigote blanco como la espuma temblaba sobre el borde de sus labios finos. Lo acompañaba su esposa, Doña Socorro, una matrona de semblante duro, con un chal de seda negra que cubría sus hombros como un sudario.
Aimé se puso de pie, su movimiento lento, calculado, haciendo que el traje color crema pareciera el único punto brillante y vivo en el ambiente. Su altura, de 1.66 metros, se proyectó como si dominara la sala.
Aimé dice con acento jalisciense, un timbre melodioso que contrastaba con la firmeza de su postura: "Qué gusto tenerlos de vuelta en La Rosa, tía Prudencia, Don Rafael. Es un día difícil, pero es una alegría ver que el respeto por la familia sigue intacto. Angélica, por favor, sírveles algo fresco. El viaje es largo."
Su sonrisa fue una obra de arte: amplia, auténtica en su falsedad, proyectando una inocencia sensual y juvenil, cortesía de sus pecas, que se contradecía con la autoridad fría de sus ojos ámbar.
Doña Prudencia se acercó con los ojos aguados, pero se detuvo antes de abrazar a Aimé, intimidada por su presencia. "Mi niña, luces tan… fuerte. Un año, un año sin mi Rocío, tu madre..."
Aimé la detuvo con un toque suave y posesivo en el antebrazo.
Aime dice con acento jalisciense, "Tía. Mamá nos enseñó que la fuerza no es la ausencia de dolor, sino la capacidad de levantarse. Para ella, hoy es un día de honra, no de llanto. Por favor, siéntense."
El gesto de su mano, de uñas largas y pulidas, fue un desalojo amable.
Don Rafael no se molestó en disimular. Se dirigió a Aimé, su voz grave, un trueno seco. "Honra. La que tú le has robado al apellido, Aimé. Un año, y en lugar de llorar, te dedicas a hacer muñecos de barro en el taller, mientras la hacienda..." Hizo un gesto despectivo con la mano. "Es un insulto a la memoria de Ramiro."
El ojo de Aimé se contrajo ligeramente, el ámbar se oscureció a un ocre profundo y denso, revelando la maldad gélida que escondía. Pero su voz siguió siendo un arrullo de seda, imperturbable.
Aimé dice con acento jalisciense, "Mi arte es lo único que me dejaron. Y es lo único que me permite mantener el negocio en alto. La hacienda no es solo dinero, Don Rafael; es cultura, es belleza, es lo que ellos querían. Jabier, por favor, lleva al tío un vaso de nuestro reposado. El de la reserva familiar, el que le gustaba a mi padre. Para calentar el alma. Él lo necesita."
Jabier regresó con la copa de tequila, manteniéndose discretamente detrás de Aimé, como una sombra protectora. No era un sirviente; era un centinela. Don Rafael tomó el vaso con rabia, pero el aroma añejo y el color cobrizo del tequila hicieron que su hostilidad se mitigara por un segundo de placer.
Esteban, el abogado, aprovechó la pausa para hablar con voz engolada y nerviosa, alisándose el traje de poliéster. "Aimé, hemos venido también para revisar el inventario. La misa es lo primero, por supuesto, pero los negocios no esperan. ¿Ya está lista la documentación de la producción de este ciclo? Me gustaría ver los libros antes de que nos vayamos."
Aimé inclinó la cabeza, su trenza brillando con el movimiento calculado.
Aime dice con acento jalisciense, "Esteban. La producción está en orden, y el notario tiene todos los reportes. Hoy no es día de negocios, es día de fe y de recuerdo. Mañana a primera hora, si te parece. Por cierto, ¿viste la nueva bodega que mandé construir? Es una joya de la arquitectura vernácula, diseño mío. El abuelo estaría orgulloso de la inversión."
La mención de la nueva bodega, una inversión millonaria que Aimé había impulsado sin consultar, sirvió como un golpe directo a la línea de flotación. Don Rafael gruñó, bebiendo de golpe el tequila.
Doña Socorro, por fin, intervino con voz amarga y monótona, juzgando cada detalle de Aimé. "Una bodega. El dinero se debe guardar, Aimé, no gastar en ladrillos para tu vanidad. Te dejaron un imperio, no un parque de diversiones. Estás jugando a ser empresaria."
Aimé sonrió, y sus pecas café con leche le dieron un toque de inocencia letal. Se acercó a su tía abuela con una familiaridad que no le correspondía, inclinándose para que la matrona oliera su perfume caro.
Aimé dice con acento jalisciense, "Tía Socorro, querida. La belleza es la mejor inversión. Y la vanidad, a veces, es solo la forma más honesta de ambición. Angélica," se giró hacia su asistente, "acompaña a Doña Socorro y a tía Prudencia a la capilla. El padre Lázaro ya debe estar listo para recibirnos. Y tú, Jabier, vigila que nadie moleste a Doña Cuca en la cocina. El mole debe estar perfecto para después del servicio. Y que le pongan extra chocolate a la porción de Don Rafael."
Jabier y Angélica se movieron con diligencia inmediata, sus ojos oscuros llenos de una devoción silenciosa hacia Aimé. Eran sus ojos y sus manos en la hacienda, un par de profesionales eficientes que le debían a ella su estabilidad. Ella era la que les había dado una vida, y ellos pagarían esa deuda con una lealtad absoluta, sirviendo a su reina en el escenario de su dolor y su poder.
Aimé esperó a que todos se encaminaran hacia la capilla. Tomó ella misma el brazo de Don Rafael con una firmeza insoportable, su mano pequeña sobre su antebrazo huesudo, guiándolo por el corredor de cantera bajo el sol intenso.
Aimé dice con acento jalisciense, su voz bajando a un susurro seductor y peligroso que solo él podía oír. "La Rosa es mía, tío. Y brilla más que nunca. Que la misa sirva para que lo recuerden todos. No voy a fallarle a la memoria de Ramiro. Yo soy la hija que él escogió. Y créame, es una bendición que no tenga que lidiar con nadie más."
Y con ese acto de absoluta manipulación emocional, Aimé Beckmann Rosas, la dueña del imperio de agave, entró a la capilla bajo la mirada de sus parientes resentidos y el aroma punzante del incienso. Lista para interpretar el papel de la hija en duelo que era, en realidad, el de la heredera implacable que no temía pisotear a nadie para conservar su trono. La misa sería su primera victoria pública del día.
La gala en Guadalajara era la siguiente parada en su plan. La Fundación del Tequila y la Cámara de Comercio organizaban una noche benéfica en un hotel de lujo de Jalisco a la que acudiría esa noche.
Larabelle Evans
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Re: Entre agaves y Sombras.

Mensaje por Larabelle Evans »

La misa y la declarasión de poder.

Punto de vista: Aime.

La campana de la capilla repicaba con una solemnidad antigua, grave, como si cada tañido descendiera por los campos de agave hasta hundirse en la tierra negra de Jalisco. El sonido se mezclaba con el murmullo del viento entre las pencas azuladas y con el aroma penetrante del copal ardiendo en pebeteros de barro. Era el sonido de la tradición, del duelo y, para algunos, de la oportunidad.

Dentro, la luz se filtraba a través de vitrales modestos, pintando manchas de color sobre la cantera pulida. Olía a cera caliente, a madera vieja y a lirios recién cortados que ya empezaban a marchitarse bajo el calor. El incienso flotaba en el aire como una neblina delicada que acariciaba la piel y disimulaba el tufo a ambición reprimida.

Aimé estaba de pie junto al primer banco, un oasis de calma calculada en medio de la tempestad de sentimientos.

Su traje sastre color crema, de corte impecable, parecía tallado directamente sobre su cuerpo. La tela, fina y estructurada, abrazaba la curva exacta de sus caderas y marcaba la estrechez elegante de su cintura, un recordatorio sutil de que, aunque estaba de luto, no había dejado de ser una mujer formidable. La trenza rojiza, pulida hasta el brillo, descansaba sobre su hombro izquierdo como una cuerda de cobre encendido. Su perfume, discreto pero inolvidable, mezclaba jazmín, ámbar y un fondo dulce de vainilla oscura, una fragancia diseñada para dejar una huella persistente.

Su rostro era una obra perfectamente controlada: sereno, contenido, casi devoto. El maquillaje era mínimo, lo justo para acentuar sus ojos verdes, que parecían absorber toda la luz de la capilla.

Solo el leve movimiento de su mandíbula revelaba la tensión que habitaba debajo, el esfuerzo por mantener a raya la emoción genuina y la furia estratégica.
El padre Lázaro terminó el evangelio y la miró con una inclinación apenas perceptible.

Era su turno. El momento de la consagración, no de un alma, sino de un imperio.

Aimé avanzó por el pasillo central. Los tacones resonaron contra la cantera con una precisión quirúrgica. No sonaban como pasos. Sonaban como una firma. Cada paso era un acto de propiedad.

Tomó el atril con ambas manos. La madera estaba fría, un contraste bienvenido con el calor interno que Aimé intentaba disimular. Inspiró.

Aime dice con acento jalisciense, su voz suave, casi íntima, capturando la atención de todos. "Hace veinte años, yo llegué a esta hacienda sin entender por qué la vida te quita unas cosas y luego, de pronto, te regala otras. Llegué sin nada, con las manos vacías y el corazón roto."

El tono era vulnerable. Lo justo. Nunca demasiado. Suficiente para ganarse la simpatía de Prudencia y para hacer gruñir mentalmente a Don Rafael, al que le fastidiaba la teatralidad de los nuevos ricos, aunque ella no fuera exactamente nueva.

Prudencia levantó la mirada de inmediato. Doña Socorro frunció el ceño, como si el sentimentalismo fuera un pecado capital. Esteban anotó algo diminuto en el borde de su agenda de cuero.

Aime dice con acento jalisciense, "Ramiro y Rocío me enseñaron que la familia no siempre nace de la sangre. A veces nace de la elección. Y cuando alguien te elige, te da algo que nadie puede arrebatarte: la certeza de pertenencia. Ellos me dieron su nombre, su casa y, lo más importante, su confianza."

Un silencio cargado se extendió por la capilla. La mención de Rocío y Ramiro, los dueños originales y sus benefactores, era el ancla emocional que la legitimaba.

Don Rafael, sintiéndose interpelado por esa "certeza de pertenencia," se permitió un carraspeo agrio que resonó en el eco de la capilla.

Aime se detuvo, clavando una mirada gélida y fugaz en el tío abuelo. La pausa fue un dardo envenenado. Ella sabía que el viejo quería La Rosa y su silencio era una réplica contundente: no la tendrás.

Aime dejó que la emoción se insinuara en sus ojos, pero no la permitió caer.
Aime dice con acento jalisciense, esta vez con una firmeza serena. "Hoy no les prometo tristeza. Les prometo continuidad. La Rosa seguirá creciendo. Seguirá honrando su nombre, y nuestra tradición, con la misma pasión que le pusieron sus fundadores. Y mientras yo respire, nadie va a reducir este legado a una nota al pie, ni va a deshonrar la visión de quienes creyeron en mí."

La última frase salió envuelta en seda, pero llevaba acero por dentro. Una promesa a los ausentes y una amenaza velada a los presentes.

Cuando regresó a su asiento, Prudencia le apretó la mano con gratitud. Las lágrimas, ahora de alivio, corrían por sus mejillas. Aimé correspondió con una sonrisa tibia, filial, diseñada para calmar.

Prudencia dice con voz ahogada por el dolor sincero. "Ella era mi hermanita, Aimé. Y tú… eres igual a ella, mi niña. La misma templanza, la misma fortaleza. Tienes que cuidarte."

Aimé dice con acento jalisciense, "Gracias, Tía. Es el mejor halago que puedo recibir. Y créame, me cuido. Siempre." (La última parte fue una promesa a sí misma).

Al salir de la capilla, el sol jalisciense golpeó con fuerza la cantera, arrancando destellos blancos. El aire olía a tierra caliente, flores marchitándose y mole recién terminado.

La comida transcurrió en el patio central bajo el toldo que protegía del sol. Fue una sucesión de elogios hipócritas, recuerdos genuinos y ese deporte nacional llamado heredar con resentimiento.
Finalmente, llegó la despedida, el momento que Aimé había estado esperando para ejecutar sus movimientos finales.
En el patio principal, bajo la sombra de los arcos, Aimé acompañó a cada uno hasta sus vehículos, despidiéndolos con la dosis exacta de emoción y estrategia.
La camioneta Suburban arrancó levantando polvo en la explanada de la hacienda.
Aimé se quedó quieta hasta que el vehículo desapareció entre los agaves. Un minuto entero, observando cómo su oposición se retiraba.

La sonrisa cayó de su rostro como una máscara dejada sobre una mesa. Su expresión se endureció hasta volverse un diamante.

Respiró. Profunda. Lenta. Una sola vez. Exhaló el olor a incienso y se llenó de olor a tierra y agave.

Luego giró apenas la cabeza, sin elevar la voz, en un tono que cortaba el aire.
Aime dice con acento jalisciense, "Lucas."
Él apareció desde el corredor lateral como si hubiera estado esperando precisamente eso, como una sombra convocada por su dueña.
Lucas Valdés caminaba con esa seguridad tranquila que solo tienen los hombres acostumbrados a trabajar con las manos y a no pedir permiso para ocupar espacio. Alto, ancho de hombros, la camisa azul remangada hasta los antebrazos, el sol había dejado un tono dorado sobre su piel morena. Llevaba la barba corta, perfectamente cuidada, y los ojos oscuros de alguien que observa demasiado.
Y que desea aún más. Porque la miraba. Siempre la miraba.
Como si Aimé fuera la primera copa después de una larga jornada. O la última tentación antes del infierno.
Lucas se detuvo frente a ella, lo bastante cerca para que pudiera percibir el olor de su loción mezclado con sudor limpio, cuero y campo recién trabajado. La cercanía era su propio idioma.
Aime dice con acento jalisciense, su voz baja y sedosa, como el reposado añejo que acababa de servirle a su tío abuelo. "Viste cómo se van, Lucas? Parecen perros apaleados. Vinieron a buscar una grieta, un error, algo que les diera esperanza, y se van con la cola entre las patas. Don Rafael parecía que iba a llorar en la banqueta."
El sol de la tarde doraba las rejas de hierro forjado de la hacienda, pero el tono de Aimé era frío, a pesar del calor del día.
Lucas no apartó la mirada de ella. Su silencio era una respuesta, una aprobación que valía más que mil palabras. Su cuerpo, un ancla de calidez y músculo bajo la camisa de lino, se erguía en el centro del patio, un contraste delicioso para el inmaculado traje crema de seda que Aimé llevaba. Era la personificación de la tierra fértil y la fuerza bruta que ella, la sofisticada heredera, había aprendido a manejar.

Lucas dice con acento jalisciense, su voz grave como la tierra después de la lluvia, una resonancia que Aimé sentía directamente en el pecho. "No buscaron una grieta, patrona. Querían que se cayera el muro entero. Y no se cayó porque usted estaba ahí, tan firme como el Volcán de Colima. No tienen nada que hacerle, Aimé. Lo sabe. Su herencia es intocable."

Aimé se acercó un paso más, reduciendo el espacio entre ellos hasta que su aliento cálido se mezcló con el aroma limpio de tabaco y tierra que siempre acompañaba a Lucas. Ladeó la cabeza con un gesto lento y estudiado, y la trenza de fuego, densa y brillante, se deslizó un poco más sobre el hombro de su traje. La distancia era una formalidad que Aimé gustaba de romper, una técnica sutil para recordar a los demás dónde estaba el verdadero poder. Y el deseo.

Aimé dice con acento jalisciense, con un susurro que no necesitaba alzar la voz para ser intenso, sino que se enroscaba como una serpiente. "Claro que lo sé, mi Lucas. Pero la certeza no basta. Necesito... paz. Estos viajes de aniversario, las miradas de juicio de Socorro, las preguntas maliciosas de Esteban sobre los libros de inventario... eso desgasta. Y yo necesito toda mi energía para crear. Para que La Rosa siga siendo la belleza que ellos querían, pero solo mía."

Ella levantó la mano, de uñas pulidas y largas como almendras de fuego, y la posó suavemente sobre la camisa tensa de Lucas, justo a la altura de su pectoral fuerte. No era un gesto de cariño; era una toma de posesión, una marcada del territorio. Sentir la dureza de su músculo, la calidez que irradiaba, era una descarga eléctrica que la recorría. Ella necesitaba palpar su control sobre él, y el conocimiento de que ese cuerpo era, en esencia, una extensión de su voluntad. La sensación la excitaba, la llenaba de esa adulación física que tanto anhelaba; ser la fuerza que mueve a un hombre fuerte.

Lucas no se movió, pero su pecho se expandió perceptiblemente bajo el toque. La respiración se le hizo más lenta, más profunda, como el latido de un tambor. Sus ojos oscuros brillaron con un fuego indomable que Aimé reconoció: no era la sumisión, sino el hambre de un hombre cautivado. Él era tan ambicioso como ella, pero su ambición se había enfocado en una sola mujer.

Lucas dice con acento jalisciense, con la voz apenas ronca, sus palabras medidas. "La belleza se paga, Aimé. Y el silencio se compra. Usted me dice el precio, y yo lo cobro. Con sangre, si hace falta."

Aimé sonrió, y esa sonrisa era un contrato. Era la sonrisa que buscaba: la que prometía un intercambio desigual de poder y placer. Se inclinó un poco más, su perfume de jazmín y vainilla oscura envolviendo a Lucas como una promesa. El movimiento intencional acentuó la curva perfecta de su cintura y la plenitud de su escote sobrio, un detalle que Aimé sabía que Lucas podía ver perfectamente desde su altura. Era una muestra de la mercancía que estaba dispuesta a canjear.

Aimé dice con acento jalisciense, dulce, casi como una súplica infantil, aunque el contenido era veneno puro. "Necesito que Don Rafael deje de visitarnos. Que Esteban no tenga razón para volver a preguntar por los inventarios, ni por el ganado. Que Doña Socorro y su juicio se queden en Guadalajara. Esos 3, Lucas... son una enfermedad que no deja respirar a la hacienda. Son como una mala hierba que necesita ser arrancada de raíz."

Su mano se deslizó lentamente sobre el pecho de él, una caricia de seda sobre roca, que era también una orden ineludible. Se detuvo en el hombro, apretando ligeramente. La punta de su dedo trazó un círculo invisible sobre la tela.

Aimé dice con acento jalisciense, su voz se oscurece con la gravedad de la petición, pero manteniendo la dulzura seductora. "Necesito que se esfumen, mi Lucas. Limpio. Un accidente, Lucas. Algo que duela, sí, que sea un castigo del destino, pero que sea un error del camino, no mío. Algo que demuestre que la carretera es caprichosa y que no perdona a los viajeros ambiciosos. Algo que suceda pronto, de camino a casa, por ejemplo. Solo me da pena mi tía Prudencia, la hermana de mi madre. Ella sí era cercana, ella no tiene malicia. A ella hay que dejarla tranquila, que llore lo que tenga que llorar."

Lucas la miró. El deseo latía palpable en sus ojos, luchando contra la fría y terrible exigencia de la petición. Matar era un trabajo, pero el premio era Aimé.

Lucas dice con acento jalisciense, con un tono de desafío envuelto en seducción, como el filo de una navaja bajo el terciopelo. "Me está pidiendo que le limpie el camino, patrona. Que manche mis manos para que las suyas sigan limpias. Eso vale más que el mejor tequila de su reserva.
Aimé dejó escapar una risa corta, musical, que le erizó la piel. Quitó la mano de su hombro y la colocó suavemente detrás de la nuca de Lucas, deslizando los dedos en la corta humedad de su cabello, obligándolo a inclinarse apenas hacia ella. El contacto era íntimo, peligroso. La tensión sexual en el aire era tan densa que podía cortarse.

Aimé dice con acento jalisciense, con el aliento a un milímetro de la boca de él, un soplo de perdición y jazmín. "¿Y quién dice que no estoy dispuesta a pagar el precio completo, Lucas? Con intereses, mi capataz. Usted siempre ha sido un hombre justo. Con la hacienda... y conmigo. Yo no soy como ellos, Lucas. Yo sí sé agradecer la lealtad."

Ella se mordió el labio inferior de forma juguetona, sus ojos ámbar brillando con esa mezcla de inocencia y malicia que lo desarmaba. Era la abeja en la flor, y Lucas estaba aturdido por su néctar. La promesa era explícita, el control era absoluto. Aimé no ofrecía su cuerpo por obligación; lo ofrecía como la recompensa suprema por la lealtad y el riesgo, un trato que hacía palpitar a Lucas con una mezcla abrumadora de deseo y poder.

Lucas cedió. Su mano subió lentamente y atrapó la mano de Aimé que estaba en su nuca, apretándola con una posesividad que le devolvía algo del poder. Sus ojos se clavaron en los de ella. El trato estaba sellado.

Lucas dice con acento jalisciense, con la voz profunda, rendida a su voluntad, pero con la promesa de la violencia en el tono. "Tendrán que irse por la carretera vieja, la que cruza la sierra. Es traicionera con la lluvia, y más con la neblina de la tarde. Un camión que se cruce en el momento exacto, una curva mal tomada... Será el destino, no usted. Nadie culparía a la heredera, solo a un mal conductor. No se preocupe, Aimé. La Rosa tendrá su paz. Y usted... tendrá el silencio que tanto necesita para que la adoren sin interrupciones."

Lucas no soltó la mano de Aimé, sino que la llevó con una lentitud premeditada a sus labios. No fue un gesto de galantería, ni el beso respetuoso de un empleado a su patrona. Fue la mordida suave, apenas perceptible, de un animal que reconoce la calidad de la carne. El contacto de sus labios secos, ligeramente ásperos por el trabajo, contra la piel sensible de Aimé, justo donde la muñeca se une a la palma, envió un escalofrío eléctrico que recorrió todo su brazo. No la besó con dulzura; la reclamó.

Lucas dice con acento jalisciense, su voz era una grava fina, baja y arenosa, casi un ronroneo de depredador satisfecho. Hablaba solo para ella, a una distancia demasiado corta para la formalidad. "El silencio en esta hacienda de muros altos es una cosa, Aimé. Pero mi silencio es otra, tiene un precio. Me va a pagar el costo de mi discreción con el cuerpo, ¿verdad? Con el fuego que veo en sus ojos, con esas caderas que me tienen desvelado y con esa boca que no me deja dormir tranquilo. ¿Es ese el trato que cerramos, patrona? ¿Cuerpo, alma y tranquilidad por un par de 'accidentes' que me encargaré de enterrar muy lejos?"
Aimé no hizo el menor intento por retirar su mano. Mantuvo la barbilla inalterable, sus ojos ámbar brillando con un fuego líquido y calculado. El atrevimiento de Lucas, su insolencia ruda y sin pulir, lejos de ofenderla o asustarla, la encendía de una manera que la sumisión jamás lograría. Él no era un títere que se movía a golpe de chequera. Era una fuerza bruta, elemental, que ella podía dirigir y moldear, lo cual era infinitamente más gratificante que la obediencia ciega. La idea de que este hombre, poderoso y peligroso, con el olor a tierra mojada y sol pegado a la piel, estuviera dispuesto a cometer un asesinato y a desearla con la misma intensidad voraz, la hacía sentirse dueña absoluta de su destino e invencible ante cualquier enemigo.
Aime dice con acento jalisciense, su respiración se aceleró levemente, su tono era un desafío coqueto y una verdad innegable. "Mi cuerpo no está en venta, Lucas. Se ofrece. Y solo a quien yo decido que lo merece. Los demás... solo pueden mirarlo de lejos y morirse de envidia por lo que nunca tendrán. Pero usted, mi Lucas, se ha ganado el derecho a cobrar su servicio en la moneda que más le gusta. ¿O no es así? ¿No le gusta la sensación de ganar y de ser mi hombre, mi único hombre que no se doblega?"
Ella deslizó su mano libre sobre el antebrazo musculoso de Lucas, una caricia calculada y lenta, permitiendo que las puntas afiladas de sus uñas pulidas arañaran apenas el tejido de lino de su camisa. Sintió el músculo tenso y duro como la piedra caliza que se usaba para construir las paredes de La Rosa. No era una simple caricia; era una medición.
Lucas cerró los ojos por un instante, la línea de su mandíbula se tensó. La tensión entre ellos era tan densa, que el aire mismo se sentía más pesado, cargado de promesa y peligro. Él era plenamente consciente de que la estaba desafiando, no por un impulso de rebelión estúpida, sino para aumentar el valor de la apuesta, para que la recompensa, cuando llegara, fuera dulce y absoluta. Le encantaba ese juego de poder invertido, la forma en que ella, la sofisticada patrona vestida de seda, se rebajaba un poco solo para elevarse como dueña y señora de su deseo.
Lucas dice con acento jalisciense, abrió los ojos y el fuego en ellos era inconfundible, una llama alimentada por el resentimiento y el deseo. Su voz se volvió notablemente más grave y un poco ronca. "No me gusta mirar de lejos, Aimé. Y no voy a morir de envidia por algo que ya estoy apunto de poseer. Me gusta sentir. Y me gusta, sobre todo, que sepa, aquí," —él apretó la mano de ella con fuerza, sintiendo el hueso fino y la suavidad de la piel contrastando con su aspereza— "que no soy un perrito faldero que obedece por migajas. Soy el guardián de su hacienda, el que limpia su camino. Y los guardianes, Aimé, también tienen que ser alimentados. Con lo que les dé la gana, ¿o no es así, patrona?"

Sin esperar a que ella respondiera a su desafío, Lucas usó la mano que le sostenía para acercarla de golpe, un movimiento brusco, firme y autoritario que obligó a Aimé a dar un paso hacia él. El impacto no fue violento, pero fue ineludible. La distancia que habían mantenido se esfumó en un segundo. El tejido de su fino traje crema rozó el áspero lino azul de la camisa de Lucas.
Él la tomó del mentón con la mano que tenía libre, sin ninguna delicadeza que pudiera confundirse con afecto, obligándola a levantar el rostro hasta que sus ojos se encontraron. El pulgar de Lucas, curtido y áspero como la lija, trazó la línea de su mandíbula, un contorno de posesión que no dejaba lugar a dudas. No era un gesto de ternura, sino la firma brutal de un contrato. La hizo sentir pequeña, y esa sensación era la gasolina de su excitación.

Lucas dice con acento jalisciense, su voz profunda como un barril resonando en el silencio del patio, era un fuego sordo. "No un poco, Aimé. Se le acabó la porción de degustación. Me debe el cuerpo entero. El negocio es limpio, y el pago, patrona, el pago es completo. Me está pidiendo que le quite de encima la cabeza de tres parientes, tres de la sangre de su difunto padre que le estorban para el control total. Eso vale el sol, la luna, y todas las estrellas que cubren esta hacienda y este Jalisco entero. Y usted, Aimé, usted es la estrella más brillante y codiciada de este cielo. La quiero entera, doblada a mi voluntad, gimiendo mi nombre hasta que amanezca y el rocío seque."

Aimé sintió un escalofrío que no era de frío, sino de excitación pura, corriendo por su espina dorsal. Este era el Lucas que ella había convocado: el animal, el capataz brutal que no pedía permiso, que tomaba lo que ella ofrecía con una voracidad que contrastaba con su propia frialdad calculada en los negocios. La rudeza de su toque no era una agresión, sino una liberación de las reglas que la asfixiaban. Se abandonó a su agarre, dejando que él sintiera la tensión y el deseo creciente de su cuerpo bajo la seda fina de su traje.

Aime dice con acento jalisciense, su voz se hizo un hilo tembloroso, una nota alta que vibraba con anhelo, pero nunca con miedo. "Cobra, mi Lucas. No se quede con la duda. Cobra ahora, para que sepa lo que le espera. Me gusta sentir que lo merezco y que usted se lo gana."

Sin romper el contacto visual, un duelo de voluntades donde el deseo era el árbitro, Aimé se inclinó apenas. Fue un movimiento deliberado, acortando el último espacio que los separaba, y le permitió probar. No fue un beso completo, jamás, sino la provocación estudiada de una reina: el roce intencional, fugaz y caliente, de sus labios carmesí con la comisura seca y áspera de Lucas. Un susurro húmedo, una probada de lo prohibido, retirada casi al instante. Una migaja de seda, vainilla y perfume costoso contra la austeridad de su piel. El acto fue rápido, dominante por parte de ella, y dejó en Lucas la promesa tangible de que había mucho más detrás de esa barrera helada.

Él gruñó, un sonido gutural, bajo y profundo, que resonó más en el pecho de Aimé que en el aire. Era el sonido de un depredador que acababa de morder el cebo.

Lucas dice con acento jalisciense, se irguió de nuevo, su cuerpo de roca irradiaba ahora una calma peligrosa, una compostura que solo el cazador que tiene la presa atrapada puede permitirse. Su voz era tranquila, pero cada palabra tenía el peso del granito. "Gracias por el aperitivo, patrona. Me recuerda el precio exacto de mi discreción y de mi trabajo. Ya entendí el mensaje. Los parientes... caerán como fruta podrida. Mañana a la mañana, la prensa hablará de una tragedia en la carretera. Un accidente desafortunado. La Rosa será suya por completo, Aimé. La limpieza estará hecha, y no habrá cabos sueltos, ni testigos, ni remordimientos."

Hizo una pausa dramática, devolviéndole la mano a su mentón, pero esta vez el agarre fue más firme, con la fuerza de un ancla que no se movería. Sus ojos oscuros, inteligentes, astutos y llenos de un deseo apenas contenido, se clavaron no en sus ojos, sino en la ambición pura que Aimé portaba como corona.

Lucas dice con acento jalisciense, "Pero el cobro, Aimé, la posesión real de lo que usted me debe por darle este imperio en bandeja de plata, no se hace aquí en el patio, a la vista del sol que todo lo ve y de la servidumbre que todo lo murmura. El verdadero pago se hace en la oscuridad, donde la decencia se va al carajo y nadie nos vea. Quiero la habitación principal, Aimé. La suya. Quiero sus sábanas de seda, esas que huelen a jazmín y a mujer cara y dominante. Esta noche, después de esa gala aburrida en Guadalajara donde se va a mostrar como la hija perfecta. No va a dormir sola. Y mañana, cuando el sol se alce sobre estas tierras que ahora serán suyas, usted ya no será solo la dueña de la hacienda. Será mi patrona, marcada por mí, sabiendo que yo soy el dueño de su secreto y de su cuerpo. ¿Cerrado el trato, Aimé? ¿O quiere que busque otra forma de cobro?"

Él no estaba pidiendo una negociación. Estaba decretando una orden. Y la excitación de Aimé no conocía límites ante esa toma de control total, ante la promesa de una humillación exquisita.

Aime dice con acento jalisciense, su voz era un suspiro de rendición que resonaba, paradójicamente, con la promesa de una batalla. "Vaya a trabajar, mi Lucas. Póngase la ropa de faena y haga lo que tiene que hacer. Y prepárese. Porque esta noche, si cumple, si me entrega la hacienda limpia, va a ser la noche más larga, ruda y gloriosa de su vida."

Lucas soltó su mentón con un pequeño empujón, y se alejó con la misma tranquilidad implacable con la que había llegado. Se dirigió hacia las bodegas, donde guardaba las herramientas necesarias para 'limpiar' el camino, sin mirar atrás, como si ella fuera ya un hecho consumado. Dejó a Aimé temblando levemente, sola en el centro del patio, con el aroma a tierra mojada, pólvora y la promesa de sangre y seda flotando en el aire caliente. La fastuosa gala en la ciudad esperaba, sí, pero la verdadera, la inevitable cita, era en su cuarto.
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